Todas mis pesquisas, y en especial las órdenes de la Jefa, me condujeron a una de las oficinas regionales del famoso S.H.I.V.A. (Servicio de Investigación de Anomalías).
Lo primero que se me ocurrió fue preguntar: «¿Y la H?».
A lo cual tuve mil respuestas diferentes. Unos me dijeron que era por Hermético; otros, que por Humano (pero dejó de usarse luego del incidente U-731); también podría ser por Hostil. Sin embargo, todos coinciden en que es un asunto «clasificado» sobre el que no se debe preguntar.
El grupo que tenía al frente me pareció un poco variopinto y peculiar en grado extremo; se trataba de personas ya en edad de retiro, muchos de ellos padeciendo enfermedades terminales y tufo de cognac caro y rancio.
—¿Exactamente a qué se dedican ustedes? —le pregunté a «Pedro» (quien me parecía el líder del inusual grupete).
—Nuestra división sigue estrictos protocolos de detección de presencia y/o actividad extraterrestre en el país.
—¿Es de esa manera como encubren su verdadera misión?
—No le entiendo. Nuestra misión es la que le he indicado.
—Bastante extraño para una agencia gubernamental con décadas de presupuesto, protocolos paranoicos, archivos ultrasecretos y tecnología clasificada ... cuyo mayor logro es no haber encontrado jamás un extraterrestre. No crea que estoy aquí por pura casualidad.
—Entiendo su preocupación, Señor Auditor —intervino de repente «Pablo»—. Comprenderá usted que todo «foráneo» debe ser bastante listillo si ha podido encontrar y llegar a nuestro planeta. Todos ellos son bastante discretos, no andan por allí gritando a los cuatro vientos: «¡Eh, heme aquí, vengo de Sirio!».
—Voy a lo práctico: si hay ausencia de evidencia...
—Significa que no hay evidencia de ausencia —me interrumpió «Priscila», la más vieja de los cuatro.
—Significa que el gobierno ha tirado a la basura millones en una causa perdida.
—Señor Auditor, no sea tan impaciente —intervino «Tomás», uno de los miembros a quien no había visto hasta el momento. Era un hombre joven de unos 33 años, vestido con túnica y sandalias del siglo I, con cara y barba de hippie—. Varios años de investigación cuidadosa han hecho que la higuera produzca fruto fuera de estación.
—¿Cómo va eso? —respondí secamente.
—Analice esto —indicó, mientras me arrojaba un rollo de papel amarillento similar al de un sismógrafo.
—No entiendo el gráfico, ¿de qué se trata? —bufé visiblemente exasperado.
—Es de Mimas. Lo que usted está viendo es la lectura de nuestros instrumentos indicando actividad biológica inusual en aquel lugar.
—¿Mimas? ¿Es una de las lunas de Neptuno?.
—De Saturno, para ser precisos. Lo que usted tiene en sus manos es la inconfundible huella digital del calor corporal de un ser humano.
Me quedé pensando unos minutos y dije:
—Mi Jefa quedará muy complacida con estos avances.
—«Ellos» estarán seguros de que así será —replicó el enigmático «Tomás».
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