Una hora más juntitos los dos



Una pelirroja, uniformada de policía y con gafas de sol, interroga a un sujeto maniatado en una oscura bodega. El prisionero, amordazado, viste apenas una camiseta y calzoncillos blancos. Su rostro se ve sudoroso y algo magullado; tiene algunas salpicaduras de sangre. La mujer, con una porra en mano, lo circunda como un halcón acechando a su presa.

Se detiene frente al desdichado y le espeta: "Tienes hasta la medianoche para escribir un microrelato aceptable".

El escritor fija la mirada en el reloj analógico de la pared, que marca justo las doce, e inhala aliviado. La oficial capta de inmediato el pensamiento del hombre. Ella misma verifica su reloj digital de pulsera y sonríe con frialdad: "Hoy es el día en que se atrasa una hora el reloj, así que eso me otorga sesenta minutos adicionales contigo".

La luz se extingue. A lo lejos tan solo se escuchan los gritos y lloriqueos del pobre hombre.

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Relato para participar en la convocatoria "Cada Jueves un Relato," auspiciada por Dafne en su blog "Sine Die."

El tema de esta semana es el cambio de horario.

Puedes ver todos los detalles y otras participaciones siguiendo este enlace.




Consumidores Psicofobicos




Estaba escuchando, mientras manejaba el auto, el programa Pase lo que Pase de Radio con Vos, y oí al locutor, muy convencido de sí mismo, afirmar que: "no conocía a nadie que no tuviera un problema mental. Todo el mundo está loco”.

—¡Puf, paparruchas! —contesté al aire, enfurecido—. Recordé que esa frase la elaboraron en 1950 en el Departamento de Salud del Reino de Aragca. Como todo lo de ese gobierno, fue una historia creada para etiquetar a los ciudadanos: "este está neurótico, este es autista, este es bipolar"… Se inventaron cien mil sintomatologías para que la gente tuviera que acudir a servicios psiquiátricos innecesarios, recibir fármacos y, en general, alimentar con dinero a un sistema de salud corrupto. Habían convertido a la gente sana en enferma usando esas frases de manipulación masiva, para volvernos consumidores de químicos cancerígenos, "todo para nuestro bien".

Pero mi día no había terminado. Manejaba yo hacia un conocido establecimiento de ropa y artículos usados; buscaba un disfraz para Halloween. Y cuál no sería mi sorpresa cuando encontré, entre mil cachivaches, otro signo del consumismo de nuestro tiempo: allí, arrumbada, estaba la famosa máscara de Ada Escualo, el célebre personaje de las sagas de cine. Su imagen era inconfundible; se habían vendido cientos de juguetes con su estampa y allí, abandonada y sucia, haciendo más basura que otra cosa, estaba la icónica cara de la heroína. La imagen era chocante; sentí que iba a vomitar. “¿Es esto lo que hace el maldito consumismo?” —me pregunté sin darme respuesta.

Sin pensarlo mucho, pagué por la máscara. Era barata, como todo lo que alguna vez fue importante.

Me alejé pensando que, a los chicos del grupo de manejo de ansiedad les encantaría tener una Ada de edición limitada para la colección, los ayudaría a calmarse un poco.




En cuerpo ajeno



La esteticista que me arreglaba las uñas —tanto de pies como de manos— solía decir, mientras aplicaba el esmalte, que tenemos tres cuerpos: el material, el astral y otro más que, con gesto de complicidad, aseguraba que requería un alto grado de comprensión espiritual para explicármelo. Nunca le presté demasiada atención, hasta el día en que fui abducida, encarcelada y ejecutada en Mimas.

Fue entonces cuando vi mi cuerpo físico separado de mí. Al morir, quedé reducida a una existencia inmaterial, intangible, sin forma e indetectable. Supuse que así era la muerte, de modo que me dediqué a observar a otros morir y comprobé que no se convertían en fantasmas. Más bien ocurría lo que muestran las películas: una luz o una oscuridad se lleva el alma del recién fallecido.

Sin cuerpo, decidí fabricarme uno con lo que tenía a mano: polvo lunar, rico en calcio. Tras años de ensayo y error, logré crear una especie de armadura semejante a una cáscara de huevo. Era frágil, pero me permitía contener mi espíritu dentro de una interfaz capaz de interactuar con el mundo material.

La baja gravedad de Mimas, junto con la ropa de estilo medieval, ayudaba a proteger mi frágil piel. Siempre fui cuidadosa de evitar tropezar o correr riesgos innecesarios.

Con mi nuevo cuerpo incluso conseguí empleo en una universidad, dictando la cátedra de Medios y vías de transporte interdimensional. Todo marchaba bien hasta que conocí al decano, el doctor Uribe, un hombre nervioso, atento a tres cosas al mismo tiempo. Se acercó a saludarme con amabilidad y, sin previo aviso, me lanzó un leve puño a la altura del hígado. No fue agresión, sino un “bautizo háptico” que aplicaba a los nuevos profesores.

Esa noche, al volver a casa, noté una grieta en el sitio del golpe. Intenté repararla, pero la fisura se extendió hasta recorrerme por completo. La armadura se quebró, liberando un cuerpo de Fuego y Sombra: el que nunca me mencionó la esteticista. Era translúcido, con seis alas, y me sirvió para emprender el vuelo y escapar de Mimas. Vagué entre las estrellas rumbo a la Tierra. ¿A qué época? Poco importa. 

Por fin era libre.

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Relato para participar en la convocatoria de Campirela para "Cada jueves un relato",  Oct/9/2025: Explorar el cuerpo como espacio simbólico, político, erótico, emocional. Un territorio que se transita, se defiende, se desea, se transforma. Seguir el enlace para ver los detalles del reto y otras participaciones




Lobezno en Mimas



Desde su nave espacial, el Gran Lobo Malo se prepara para aterrizar en Mimas, una de las más pequeñas lunas de Saturno. Le han contado que allí se encuentra uno de los mejores bares del cuadrante Sigma de la Via Lactea. Aterriza y, con paso dubitativo, se aproxima a Five Points, un sitio donde espera consumir cerveza  romulana y quizá algo más con alguna de las chicas de piel verde.

Al entrar, descubre que el lugar es todo menos hospitalario. Varias mesas están ocupadas por jugadores de póker; en una reconoce a Bill the Butcher, en otra, situada en una esquina opuesta, está el “Predicador” Vallon. El resto son una mezcla de bandas: los Death Rabbits, los Bowery Boys y, más allá, los Plug Uglies junto con otros pandilleros cuyo nombre ya no recordaba. Camina con cuidado hacia la barra, procurando que ningún “dedos largos” se acerque a esculcarle los bolsillos. Con agilidad esquiva un mordisco de Hell-Cat Maggie, la mujer de garras aceradas que intenta arrancarle un trozo de oreja.

Tras superar varios obstáculos, finalmente llega a la barra. Para su sorpresa, la tabernera es una bella rubia vestida de rojo. La capucha que lleva no alcanza a ocultar su rostro, y con un gesto elegante introduce en su boca una goma de mascar rosada.

—Dame un cóctel Manhattan.

—Buena elección, tenemos whisky canadiense y bourbon del sur —responde la rubia, inflando un globo rosado con el chicle que mastica, lo revienta y vuelve a tragárselo con naturalidad.

La dama mezcla los licores mencionados junto con otros similares y le entrega la bebida en un vaso modelado con el motivo del Empire State, con King Kong en la cima. Si se observa el curioso vaso al detalle, se puede distinguir en la mano del grotesco simio una figurita idéntica a la tabernera, que le guiña un ojo al Lobo Feroz, quien se ha detenido a contemplar la insólita escultura cristalina.

—Hace falta hielo aquí.

—Mi segundo apellido es Gélida —responde la rubia, y sin dudarlo escupe el chicle dentro del mini Empire State. El astuto cliente contempla como la goma se transforma en cubos de hielo rosado.

—Cortesía de la casa —concluye ella con aire profesional.

Encantado por el servicio, el lobo aclara la voz y, antes de dar el primer sorbo, proclama:

—¡Por Nueva Ámsterdam!

De inmediato todo queda en silencio. La música de clavicémbalo que animaba el lugar y las conversaciones en las mesas cesan. Todos lo miran por un instante que parece eterno. Luego, como si nada, la música y el bullicio regresan, y cada cual vuelve a su rutina tabernaria.

La dama, curtida en esas lides, introduce rápidamente otros dos trozos de goma en su boca.

—No es usted vecino de la Gran Manzana, ¿verdad?

—Tan solo voy de paso. Estoy llevando unos pasabocas a mi abuela.

—¿Te advirtió mamita que no entraras en la taberna?

—Solo me dijo que no bebiera demasiado.

—¿Y mencionó algo sobre mis hielos de chicle?

—Dijo que no los masticara —respondió, mientras apuraba el cóctel con rapidez.

—¿Y qué hace todo niño desobediente? —preguntó posándole cariñosamente una mano en el hombro y con la otra le dio una palmada en la nuca que casi le arranca la cabeza, provocando que el insólito hielo se le atragantara.

Al ingerir el extraño cubo, los ojos del lobito quedaron desorbitados y cayó al suelo, paralizado.

—No te preocupes, yo te cuidaré. Son solo los efectos de la ayahuasca y un poco de fugu japonés. En unos instantes estarás bien, casi como nuevo —indicó la misteriosa rubia. Pero él apenas escuchaba una voz lejana; su mente vagaba por dimensiones psicodélicas donde lo de adentro estaba afuera y toda lógica carecía de sentido, mientras atravesaba un mosaico de universos paralelos multicolores.

—Noicanícula, noicanícula —intentaba gruñir, sin poder coordinar los labios.

De pronto pudo ver con claridad: estaba en Times Square. En todas las pantallas aparecía proyectada la imagen de la tabernera, vestida con capucha roja y haciendo globos de chicle. Las imágenes le guiñaban al mismo tiempo. De la pantalla más grande comenzó a materializarse esa mujer, que lo persiguió con intención de aplastarlo. Corrió hacia el único lugar posible: la Estatua de la Libertad, que parecía tener el mismo tamaño que la colosal figura televisiva. Pero horror de horrores: el rostro de la estatua era el mismo de la diabólica rubia. La imagen de la televisión y la estatua se unieron, formando una diosa de dimensiones colosales. Con una mano lo atrapó y trepó agilmente por las Torres Gemelas. Él  no podía creer lo que sucedía. Apenas escuchó el ruido de unos helicópteros artillados, su corazón no resistió más y murió de un paro cardiaco.

De vuelta en la taberna, la rubia, junto con un hombre que estaba jugando al póker y que se identificó como el Cazador analizaban el cuerpo inmóvil del incauto. Con profunda reverencia le entregó un puñado de dólares.

—Zaida cumple. Te dije que te lo entregaría, y ahí lo tienes. Todo tuyo. ¿Deseas algo de chicle para pasar la noche, querido mío?

* * *

Relato para participar en la convocatoria del Tintero de Oro, Caperucita en Manhattan, 

seguir este enlace para ver las bases del concurso y otras participaciones

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