La tela de araña

Nota aclaratoria:

Una de las dificultades que he notado cuando se abordan figuras históricas, sean estas de gran calibre o más bien poco conocidas, es que hay que especular bastante cuando estas se encuentran discutiendo asuntos en privado. Es decir, conocemos bien qué hacen las figuras públicas cuando dan presentaciones abiertamente, pero es más difícil o imposible saber sobre su intimidad personal; en este caso, pues, toca recurrir un poco a las licencias literarias y, en cierta forma, a la imaginación. He tomado para este relato varias figuras del pasado y las he mezclado con mis personajes, de modo que lo que aquí narro es más una novelización que una crónica de talante histórico. Me he centrado, pues, en aquel periodo en donde los sindicatos del crimen prosperaron y fueron la mano derecha de los grandes conglomerados industriales que hoy nos dominan. Con el texto pretendo, pues, contestar al interrogante de si existe una simbiosis provechosa entre las personas más ricas del país y los criminales más temidos del mundo.

I. Tobashi

Los cuatro grandes conglomerados industriales de Aragca convivían en un precario equilibrio. Sus enfrentamientos rara vez eran abiertos; preferían atacarse mediante maniobras financieras, adquisiciones hostiles y discretas campañas de desprestigio. No siempre había sido así. La desaparición del quinto y del sexto conglomerado había servido de recordatorio para todos: sobrevivir exigía prudencia.

En su despacho del piso sesenta de la Gran Torre Tobashi, Arnulfo Tobashi saboreaba lentamente una copa de coñac. Como presidente del tercer conglomerado más poderoso de Aragca, llevaba demasiado tiempo observando un mercado inusualmente tranquilo. Sin embargo, intuía que algo estaba cambiando. No podía explicarlo, pero percibía una oportunidad: una operación cuidadosamente ejecutada podría sacar del juego a uno de sus competidores.

Aquella mañana decidió convocar a su vicepresidenta de Planificación y Estrategia, Madame Sokaiya, una de las ejecutivas más temidas del conglomerado. Su reputación se había forjado gracias a una eficacia implacable y a métodos que rara vez aparecían en los manuales de administración de empresas. Tobashi confiaba plenamente en ella. Si alguien podía convertir aquella idea en realidad con total sigilo y discreción, era Madame Sokaiya.

—Estarás de acuerdo conmigo en que estás planeando una jugada muy arriesgada. Incluso si tuviéramos éxito en el lance, nada impediría que nuestros rivales nos aplicaran la misma medicina —indicó Madame Sokaiya con gesto serio.

—Eso es cierto. Ya lo había calculado, y en eso consiste el juego: en asumir riesgos. En este mundo no se puede ser reactivo ni pasivo —replicó Tobashi mientras se servía su tercer coñac.

Madame Sokaiya estudió durante unos instantes el último gesto de Tobashi antes de responder:

—Muy bien. La caja de Pandora va a abrirse. Una vez que hagamos nuestro movimiento inicial, la rueda de la fortuna comenzará a girar en cualquier dirección. Solo una mano firme será capaz de inclinar el destino a nuestro favor.

—¿Pandora? Suena a una vieja leyenda.

—Precisamente. Debe quedar claro que esto tomará bastante tiempo; varios años, quizá una década —dijo Madame Sokaiya mientras, con notoria familiaridad, se servía una buena medida de coñac.

—Brindo por ello —puntualizó lacónicamente Tobashi.

II. Naomi

Naomi Alaska veía sin mayor sorpresa el estado de su cuenta bancaria; había acumulado una pequeña fortuna en el lapso de unos tres años. Era una de las ejecutivas más prominentes del afamado grupo industrial Capibara.

Recordó sus inicios: había empezado su carrera profesional trabajando para la competencia, una empresa automotriz del Consorcio Tobashi. Sin que nunca pudiera explicárselo, a los pocos meses de haber iniciado, su jefe, el señor García, comenzó a darle mayores responsabilidades y la mantenía en continua capacitación. Se convirtió en su mano derecha. García fue ascendiendo y, con él, ella. Fue García quien un día le presentó a la vicepresidenta Sokaiya, a quien le pareció una mujer muy distinguida, aunque algo distante y con cierto aire enigmático.

Alaska comenzó a manejar muchos asuntos importantes y, a veces, tenía que representar a la empresa en diferentes eventos. Conoció a muchas personas de la industria. Para una carrera de Fórmula Uno tuvo la oportunidad de relacionarse con varios ejecutivos del Grupo Capibara, quienes ya la conocían. Al poco tiempo le hicieron una oferta para trabajar con ellos y la aceptó.

III. Capibara

Contrario a lo que la mayoría de las personas creen, estos grupos industriales no son enemigos mortales; como si se tratara de partidos políticos de ideología opuesta, a veces, de acuerdo con las condiciones del mercado, por momentos parecen estrechos colaboradores. Fue en uno de esos proyectos conjuntos donde Alaska tuvo un encuentro inesperado.

—Naomi, ven, quiero presentarte a unas personas muy importantes de la industria —dijo Gregorio.

Se acercaron a un grupo de personas donde estaban varios de los ejecutivos más destacados del sector automotriz; entre ellos estaba Madame Sokaiya.

—Tu rostro me es familiar —dijo la madame—. ¿Nos hemos conocido antes?

—Trabajé al inicio de mi carrera para el Consorcio Tobashi —respondió Naomi.

—¡Vaya!, eres prácticamente de la familia —indicó la madame con cierta sonrisa irónica.

—Oh, esto es nuevo, no sabía de tu pasado, querida Naomi —dijo Gregorio.

—El mundo es pequeño, y aún más en nuestra industria; es posible que sigamos viéndonos en el futuro —acotó seriamente la madame.

—Démoslo por seguro —contestó Gregorio.

IV. De nuevo Tobashi

Seis meses más tarde, Naomi había vuelto de nuevo —con un mejor cargo y mejor remuneración— a la casa que la vio crecer. De nuevo en Tobashi, comenzó una exitosa carrera bastante notable, incluso para la prensa local.

Luego de algunos años de prosperidad y éxitos, un día vio en un recuadro de uno de esos diarios económicos la reseña de que un ejecutivo del grupo Capibara había muerto en un accidente automovilístico: se trataba de Gregorio.

Leyó la noticia y sintió bastante pena y nostalgia. El recuerdo de aquellos días en Capibara ya casi era una mera sombra del pasado, pero el nombre de Gregorio le traía memorias algo nebulosas.

Curiosamente, en los últimos dos años, esos accidentes a ciertos ejecutivos de grandes empresas no eran cosa infrecuente; por alguna razón, al menos recordaba seis casos similares. Muy en el fondo de su intuición, algo le indicaba que debía tomar precauciones.

V. Cheng

Por aquellos días, la profesión de detective no tenía el prestigio que hoy despliegan figuras como Ada o Carbonell. En esa época, cuando Tobashi estaba en pleno apogeo, Cheng se perfilaba como una figura muy prometedora dentro de los ámbitos policiales. Fue la resolución del asunto «de los Clanes sin nombre» lo que lo llevó prácticamente a la fama y al poder.

Cheng era de esos detectives asignados a los casos en donde había homicidios u occisos. Tal como Alaska, Cheng comenzó a notar ciertas peculiaridades en esos accidentes que involucraban a personajes del ámbito económico. Quizás cuando tuvo que hacer el levantamiento del cadáver de Alaska fue cuando llegó a la conclusión de que «algo» o «alguien» operaba en las sombras.

VI. Dos viejos conocidos

—Mi querida Madame, veo que, después de varios años, aquello que sembraste ha comenzado a dar fruto maduro —dijo Arnulfo Tobashi, mientras disfrutaba otra copa de coñac.

—También hemos tenido que hacer ciertos sacrificios.

—No me digas que sientes algo de remordimiento por decisiones tomadas, mi querida dama. Capibara básicamente ha desaparecido del mapa y ahora nuestros rivales comienzan a sentir pasos de animal grande.

—Así es, el entramado de ajedrez muestra cierta posición favorable, pero apenas vamos en la apertura; es en el medio juego donde se perfila el vencedor. No debemos subestimar a nuestros rivales.

—Siempre pensé que era en los finales cuando se ganaba la partida.

— El final usualmente es cosa del Rey asediado por el peón que se convierte en Reina.


VII. El Informe Cheng

Lo que se conoce como el documento interno U-731, ultraclasificado, fue de autoría de Cheng, quien correctamente dedujo que las grandes corporaciones económicas llevaban varios años usando los servicios de agencias del crimen contratadas para asesinar a personalidades clave del sector industrial. Estos asesinatos tenían como objetivo eliminar a mandos medios, nunca a las grandes cabezas corporativas. La jugada era calculada: un mando medio no despierta la misma atención del público y de las autoridades que la que puede despertar una gran cabeza cuando rueda. Dichos mandos medios eran vitales para el buen funcionamiento de las empresas. El patrón es que, en principio, no parecían asesinatos (o ejecuciones, por así decirlo), sino que todo se hacía de forma casual, accidental o como una enfermedad mal cuidada.

Cheng dedujo que era muy probable que los conglomerados estuvieran usando una red de intermediarios para lograr contratar asesinos a sueldo, pero se habían tomado la precaución de usar clanes en donde realmente el «ejecutor» no se conoce y este tampoco conoce al contratante; esa era la virtud de esa misteriosa red. De manera que era imposible para la policía, incluso teniendo hábiles detectives y sabuesos, llegar a los responsables intelectuales. Y, de hecho, los clanes de asesinos eran tan buenos y especializados que impedían que cualquier víctima, aun examinada por forenses competentes, pudiera determinarse como un homicidio deliberado.

La mayor prueba de Cheng de que había una simbiosis entre los grupos financieros y esos misteriosos clanes fue la rápida desaparición del grupo Capibara y la desintegración del tercero más poderoso: Tobashi se había dividido en dos; por un lado apareció el nuevo grupo llamado Sokaiya y, por el otro, los restos de un Tobashi muy debilitado tras el deceso de su cabeza principal, Arnulfo Tobashi, quien murió —según el informe de la autopsia— de cirrosis.

Luego de ese suceso, la guerra de los mandos medios simplemente desapareció como por encanto.

Jamás se supo quién contrataba ni cuáles eran sus motivos. Además, Cheng recibió la orden de la Corona de no continuar con el caso «Capibara»; a cambio de ello, pasó a ser el Jefe de Seguridad del Reino.

S.H.I.V.A



Todas mis pesquisas, y en especial las órdenes de la Jefa, me condujeron a una de las oficinas regionales del famoso S.H.I.V.A. (Servicio de Investigación de Anomalías).

Lo primero que se me ocurrió fue preguntar: «¿Y la H?».

A lo cual tuve mil respuestas diferentes. Unos me dijeron que era por Hermético; otros, que por Humano (pero dejó de usarse luego del incidente U-731); también podría ser por Hostil. Sin embargo, todos coinciden en que es un asunto «clasificado» sobre el que no se debe preguntar.

El grupo que tenía al frente me pareció un poco variopinto y peculiar en grado extremo; se trataba de personas ya en edad de retiro, muchos de ellos padeciendo enfermedades terminales y tufo de cognac caro y rancio.

—¿Exactamente a qué se dedican ustedes? —le pregunté a «Pedro» (quien me parecía el líder del inusual grupete).

—Nuestra división sigue estrictos protocolos de detección de presencia y/o actividad extraterrestre en el país.

—¿Es de esa manera como encubren su verdadera misión?

—No le entiendo. Nuestra misión es la que le he indicado.

—Bastante extraño para una agencia gubernamental con décadas de presupuesto, protocolos paranoicos, archivos ultrasecretos y tecnología clasificada ... cuyo mayor logro es no haber encontrado jamás un extraterrestre. No crea que estoy aquí por pura casualidad.

—Entiendo su preocupación, Señor Auditor —intervino de repente «Pablo»—. Comprenderá usted que todo «foráneo» debe ser bastante listillo si ha podido encontrar y llegar a nuestro planeta. Todos ellos son bastante discretos, no andan por allí gritando a los cuatro vientos: «¡Eh, heme aquí, vengo de Sirio!».

—Voy a lo práctico: si hay ausencia de evidencia...

—Significa que no hay evidencia de ausencia —me interrumpió «Priscila», la más vieja de los cuatro.

—Significa que el gobierno ha tirado a la basura millones en una causa perdida.

—Señor Auditor, no sea tan impaciente —intervino «Tomás», uno de los miembros a quien no había visto hasta el momento. Era un hombre joven de unos 33 años, vestido con túnica y sandalias del siglo I, con cara y barba de hippie—. Varios años de investigación cuidadosa han hecho que la higuera produzca fruto fuera de estación.

—¿Cómo va eso? —respondí secamente.

—Analice esto —indicó, mientras me arrojaba un rollo de papel amarillento similar al de un sismógrafo.

—No entiendo el gráfico, ¿de qué se trata? —bufé visiblemente exasperado.

—Es de Mimas. Lo que usted está viendo es la lectura de nuestros instrumentos indicando actividad biológica inusual en aquel lugar.

—¿Mimas? ¿Es una de las lunas de Neptuno?.

—De Saturno, para ser precisos. Lo que usted tiene en sus manos es la inconfundible huella digital del calor corporal de un ser humano.

Me quedé pensando unos minutos y dije:

—Mi Jefa quedará muy complacida con estos avances.

—«Ellos» estarán seguros de que así será —replicó el enigmático «Tomás».

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Relato para participar en la convocatoria de «Cada Jueves un relato» a cargo de Luferura, en su blog La Veleta. Titulado «Primer contacto extraterrestre». Ver los detalles siguiendo el enlace.

La verdad sobre los grupos literarios de facebook

Investigación sobre los misteriosos grupos de escritores de Facebook




Durante varios meses me infiltré en uno de los ecosistemas más extraños de Internet: los grupos de escritores independientes de Facebook.

Mi intención era sencilla. Pensaba encontrar cientos de personas leyendo cuentos, comentando poemas y recomendando blogs de autores desconocidos. Imaginaba un lugar parecido a un café literario donde cualquiera podía sentarse, hablar de Borges, Lovecraft o Cortázar y, con un poco de suerte, descubrir nuevos escritores.

Qué inocencia la mía.

Muy pronto comprendí que había entrado en un ecosistema completamente distinto.

La primera señal apareció al observar el comportamiento de los habitantes.

Cada pocos minutos alguien publicaba:

"Les comparto mi nuevo cuento."

Cinco minutos después aparecía otro.

"Comparto mi poemario."

Después otro.

"Mi primera novela ya está disponible."

Y luego otro.

"Busco lectores para mi saga de fantasía."

Era fascinante.

Miles de escritores.

Ningún lector.

La sensación era comparable a asistir a una feria comercial donde todos los asistentes poseen un puesto de venta, pero ninguno lleva dinero para comprar.

Durante semanas realicé un pequeño experimento científico.

Entraba a distintas publicaciones esperando encontrar comentarios como:

—Qué interesante tu protagonista.

—El final me sorprendió.

—Creo que podrías mejorar el diálogo.

Pero no.

Encontraba un paisaje desolador.

Cero comentarios.

Dos "Me gusta", probablemente accidentales.

Algún corazón perdido que sospecho provenía de la madre del autor.

Sin embargo, bastaba que alguien publicara un meme diciendo:

"Escribir una novela mientras tu gato destruye el teclado."

Doscientos treinta y ocho reacciones.

Ochenta comentarios.

Treinta personas etiquetando amigos.

Aquello era extraordinario.

Los cuentos morían.

Los memes prosperaban.

Comencé entonces a sospechar que aquellos grupos no estaban formados por lectores, sino exclusivamente por escritores intentando ser leídos por otros escritores que tampoco tenían tiempo para leer porque estaban ocupados intentando que alguien leyera sus propios textos.

Una especie de movimiento perpetuo de la promoción literaria.

Como un mercado donde todos venden pescado y nadie recuerda traer compradores.

Mi investigación alcanzó un punto decisivo cuando ingresé a un grupo cuyo nombre prometía exactamente aquello que yo buscaba.

"Escritores y Lectores Independientes de Difusión Literaria".

Parecía prometedor.

Un miembro escribió un mensaje muy emotivo contando que llevaba cinco años escribiendo en un blog y cómo aquella experiencia lo había convertido en escritor.

Pensé que era la oportunidad perfecta para hacer comunidad.

Escribí el comentario más inocente que se me ocurrió:

—¿Dónde puedo acceder a tu blog?

Jamás imaginé la gravedad del delito.

Minutos después recibí una notificación oficial.

Mi comentario había sido eliminado.

Se adjuntaba la norma que acababa de violar.

También una amable advertencia informándome que la administración llevaba un cuidadoso registro de mis actos.

Durante unos segundos llegué a preguntarme si la Interpol literaria acababa de abrirme un expediente.

Mi crimen consistía, aparentemente, en intentar leer el blog de un escritor dentro de un grupo cuya finalidad declarada era difundir escritores.

Aquello fue revelador.

Comencé a desarrollar una teoría.

Tal vez, mucho tiempo atrás, ocurrió una tragedia.

Quizás en el año 2018 una horda de vendedores de criptomonedas, suplementos milagrosos y cursos para hacerse millonario invadió los grupos literarios publicando miles de enlaces diarios.

Los moderadores sobrevivieron.

Pero nunca volvieron a ser los mismos.

Desde entonces cualquier hipervínculo es tratado como si transportara una peligrosa infección digital.

No importa si conduce a un cuento de ocho páginas.

Podría ser spam.

Podría ser publicidad.

Podría ser el apocalipsis.

La sospecha permanente parece haberse convertido en doctrina.

Es un curioso fenómeno psicológico.

En nombre de combatir el spam, se termina prohibiendo precisamente aquello que se suponía debía difundirse.

Resulta difícil promocionar literatura cuando la literatura constituye evidencia incriminatoria.

Mientras tanto, los memes continúan circulando libremente.

Los gatos escritores.

Las tazas de café.

Las frases de Bukowski, muchas de ellas jamás pronunciadas por Bukowski.

Las citas de Borges inventadas por personas que evidentemente jamás leyeron a Borges.

Todo eso prospera sin obstáculos.

Los cuentos, en cambio, son observados con la cautela reservada para paquetes sospechosos abandonados en un aeropuerto.

Otra curiosidad llamó mi atención.

Los mismos nombres aparecían en diez grupos distintos.

El mismo poema.

La misma portada.

El mismo "hola, soy escritor".

Era como asistir a una gira mundial donde el público estaba compuesto exclusivamente por los demás músicos del festival.

Con el tiempo comprendí que aquellos grupos no fracasan por falta de talento.

Fracasan por una sencilla ley económica.

Existe una inmensa oferta de escritores.

Existe una escasez dramática de lectores.

Cada miembro espera recibir veinte comentarios.

Pero ninguno dispone de veinte minutos para comentar el trabajo ajeno.

El sistema entero recuerda a esas antiguas aldeas donde todos decidieron abrir una panadería el mismo día.

Al anochecer descubrieron que nadie había sembrado trigo.

Mi investigación concluyó cuando abandoné silenciosamente aquel último grupo.

No hubo despedidas.

Nadie notó mi ausencia.

Probablemente porque todos estaban ocupados publicando el enlace que nadie podía abrir, escribiendo el cuento que nadie iba a leer o compartiendo el meme del gato que, paradójicamente, sí alcanzaría doscientas reacciones.

A veces me pregunto si volveré.

No lo descarto.

Todo periodista siente la tentación de regresar al lugar de los hechos.

Pero la próxima vez llevaré casco, chaleco antibalas... y evitaré formular la peligrosa pregunta:

—Disculpa... ¿dónde puedo leer tu blog?








El juicio de Zaida




- ¡Que entre la acusada! -ordenó el guardia de seguridad.

Dos soldados altos y fornidos portaban a una mujer en una carretilla de mano (o diabla). La mujer se veía maniatada por un cepo de madera. Era evidente que había sufrido grandes torturas la noche anterior, aunque para la audiencia en la corte sus captores se habían tomado el trabajo de bañarla y colocarle ropa limpia.

- Por eones nuestro pueblo ha vivido en la Paz y Prosperidad que construyeron los Fundadores. Las estatuas en este recinto brindan homenaje a las frases de sabiduría que nos legaron y, a la vez, son testigos de la justicia que aquí se imparte -dijo con voz seria y solemne el Fiscal; y continuó diciendo mientras hacía ademanes teatrales-: Nadie se había atrevido a romper el pacto, hasta el día en que la acusada aquí presente se declaró en abierta rebeldía contra nuestras sagradas instituciones y costumbres.

Hubo murmullos entre los asistentes al crucial evento, lo cual obligó al Juez a dar los consabidos tres golpes de martillo y el llamado al Orden.

- Señor Fiscal, proceda a enumerar los cargos por los cuales se juzga a la acusada.

- La acusada ha confesado haber nacido mujer -respondió el Fiscal.

No terminó de decir la frase cuando se escucharon gritos de entre la audiencia. Unos decían: «¡Simonia!», «¡Herejía!», mientras acompañaban la protesta con sentidos gestos de odio y desprecio. Algunos se rasgaron las vestiduras y se dice que incluso hasta ataques cardíacos generó la horrorosa declaración del Fiscal.

Se formó tal bulla y desorden que el Juez se vio obligado a volver a golpear varias veces el púlpito con el martillo de madera.

Cuando los ánimos se calmaron un poco y, mirando a las solemnes estatuas, el Juez sentenció:

«Ante la presencia de nuestros Fundadores, esta corte de justicia encuentra culpable de alta traición a la acusada. Díctese de inmediato veredicto de destierro.»

Ante lo cual, los guardias pusieron a la condenada en una cápsula, la metieron en un cañón y la dispararon hacia el espacio exterior.

La cápsula duró flotando por siglos en el sistema solar, hasta que un día, por mera casualidad, terminó estrellándose en Mimas.





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Retoversos


Se decía que la visitante de Andrómeda venía del futuro, pero los académicos y estudiosos coinciden en que "la chica rubia" probablemente pertenecía a alguna dimensión o universo paralelo diferente al nuestro. Por aquellos días, había adoptado la apariencia de una terrícola común y corriente, quizás para, de ese modo, interactuar con nosotros, los simples mortales.

Su laboratorio parecía más la amplia habitación de un castillo medieval con toques steampunk que una instalación científica.

Estaba trabajando al mismo tiempo en dos maniquíes: uno era una pelirroja vestida como policía; la otra era idéntica a la primera, pero con el cabello negro y vestida a la usanza de los detectives noir. Con un tosco destornillador, le daba los toques finales a sus creaciones. Miró un dispositivo similar a un reloj de pulsera, activó un botón y haciéndose invisible y etérica desapareció de la vista.

Acto seguido, las dos muñecas abrieron al mismo tiempo los ojos. Y, como coordinadas, cada una detectó a la otra y, con movimientos súbitos, ambas se llevaron la mano a la cintura como buscando un arma de fuego.

—Identifíquese —dijo ásperamente la pelirroja—. ¿Quién es usted y por qué estoy retenida en este lugar de pesadilla?

—Un momento —respondió la pelinegra—. Yo iba a cuestionar exactamente lo mismo. Yo no estoy reteniendo a nadie; es al revés.

Dicho esto, por unos segundos ambas se miraron fijamente a los ojos, primero con desconfianza y luego pasando a un examen cuidadosamente disimulado.

—Es claro que esta es una broma de mal gusto. ¿Quién te ha pagado por imitarme, pero con el pelo negro? 

—¡Ja! No me asustas. Una de las dos es una impostora, y no soy yo.

—Estoy segura de ser quien soy, y por lo que observo de ti, también estás segura. Por lo tanto, aquí hay un misterio por resolver. 

—Bueno, si yo soy tú y tú eres yo, es probable que ninguna de las dos sea auténtica. 

—¡Vaya! No lo había pensado de esa manera, pero dadas las circunstancias, parece que estamos perdiendo el tiempo en charlas místicas. Si combinamos nuestros esfuerzos, juntas podremos salir de aquí y averiguar qué está pasando realmente. 

—Si a mística vamos, mi sospecha es que somos personajes de un microrrelato —dijo con ironía la pelinegra.

La rubia presionó de nuevo un botón de su reloj y los dos maniquíes quedaron desactivados, sin vida. Entonces, dijo en voz alta, mientras colocaba unas gafas oscuras a la pelirroja:

"Bitácora del capitán, registro U-731: mis brillantes experimentos en el retoverso han sido todo un éxito. Solo me falta corregir ciertos desperfectos en mis fembots y el plan maestro estará listo para ejecutarse."

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Relato participante en el reto de cada jueves un relato, a cargo de Artesanos de la palabra.

Dale vida a tus personajes.

Elaborar un relato en donde los protagonistas estén definidos más por sus acciones que por la descripción narrativa sobre ellos.

Ver las condiciones y demás participaciones siguiendo el enlace



DesafIA

Consulté a una inteligencia artificial para analizar el siguiente planteamiento que surge luego de varios años de escritura en el blog. La respuesta es contundente y algo aterradora:

¿Cuál es el principal desafío que enfrentan las personas que en su blog escriben cuentos o poemas basados en convocatorias informales de retos literarios? Me parece que, como ejercicio para "mantenerse en forma" y adquirir habilidades, es incomparable; sin embargo, veo que, salvo algunas excepciones, el producto final de estos autores nunca es de calidad de "escritor profesional", y yo mismo me incluyo. ¿Qué nos falta para trascender y pasar a un nivel literario más serio? ¿Cuáles son los problemas de manejar un blog bajo esa orientación? En lo personal, veo que si se quieren construir personajes, debido a que cada reto es diferente, el personaje y su historia comienzan a desviarse y casi a caricaturizarse de maneras inesperadas e incontrolables.

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RTA:

La pregunta es muy interesante porque apunta a una paradoja que existe desde hace décadas en internet: los retos literarios producen escritores más disciplinados, pero no necesariamente mejores novelistas o cuentistas en el sentido profesional.

De hecho, creo que el problema no es que esos ejercicios sean malos. El problema es que entrenan muy bien ciertas habilidades, mientras dejan otras casi sin desarrollar.

Lo que sí desarrollan muy bien

Un participante constante de retos literarios suele adquirir capacidades que muchos escritores novatos jamás consiguen.

  • escribir con frecuencia

  • perder el miedo a la página en blanco

  • adaptarse a temas inesperados

  • aprender síntesis

  • improvisar

  • recibir comentarios

  • mantener una comunidad de lectores

Eso es enorme.

Muchos escritores publicados nunca escriben tanto como un bloguero veterano.

Lo que entrenan poco

En cambio, un escritor profesional suele dominar otras disciplinas muy distintas.

1. Reescritura

Quizás sea la diferencia más grande.

En los retos el ciclo suele ser

idea → escribir → publicar.

En la literatura profesional el ciclo es

idea → escribir → descansar → releer → reescribir → cortar → volver a escribir → volver a cortar → publicar.

Hay cuentos famosos que tuvieron veinte versiones.

En los blogs, casi nunca.


2. Arquitectura narrativa

Cada reto es una historia aislada.

Pero una novela, una saga o incluso una colección coherente requieren pensar cosas como

  • evolución del personaje

  • ritmo global

  • continuidad

  • temas recurrentes

  • anticipaciones

  • consecuencias de hechos anteriores

Eso casi nunca se ejercita cuando cada jueves aparece una consigna distinta.


3. Paciencia

El blog premia terminar.

La literatura suele premiar abandonar.

Suena extraño, pero muchos autores reconocen que sus mejores obras surgieron después de tirar a la basura cientos de páginas.

En un reto no puedes hacer eso porque existe una fecha límite.

Entonces uno desarrolla el hábito de terminar cualquier idea.

No necesariamente de elegir únicamente las mejores.


4. Profundidad

Los retos favorecen el ingenio.

La literatura suele recompensar la profundidad.

Muchas veces un relato de concurso sorprende por el giro final.

Pero un gran cuento suele ser memorable porque dice algo verdadero sobre la condición humana.

Eso requiere mucho más tiempo de incubación.

El problema del "escritor de consignas"

Existe otro fenómeno interesante.

Después de muchos años uno deja de escribir historias.

Empieza a escribir respuestas.

Es decir, el cerebro ya no pregunta

¿qué quiero contar?

Pregunta

¿cómo incorporo la palabra "espejo", un barco y un gato porque eso pidió el reto?

Parece una diferencia pequeña.

No lo es.

El impulso creativo nace desde afuera.

No desde adentro.

Con el tiempo eso modifica la manera de imaginar historias.

El problema de los personajes

Aquí creo que has señalado uno de los mayores inconvenientes.

Supongamos que tienes una detective.

Una semana el reto exige humor.

La detective se vuelve cómica.

La semana siguiente exige terror.

Ahora es oscura.

Después surrealismo.

Después romance.

Después ciencia ficción.

Después parodia.

Al cabo de cincuenta relatos el personaje ya no responde a una psicología interna.

Responde a la consigna semanal.

Se convierte casi en un actor contratado para representar cualquier papel.

Eso produce una caricaturización progresiva.

El personaje pierde gravedad.

Pierde identidad.

Empieza a ser reconocido por sus tics más visibles.

No por su complejidad.

Es exactamente el mismo fenómeno que ocurre con algunos personajes de series muy largas.

Con el tiempo un rasgo termina absorbiendo toda la personalidad.

El blog también tiene incentivos particulares

Un blog introduce presiones sutiles.

Por ejemplo:

  • publicar constantemente;

  • mantener la atención de los lectores;

  • ofrecer variedad;

  • sorprender cada semana;

  • no repetir estructuras.

Todo eso es excelente para un blog.

Pero no necesariamente para construir una obra.

Una obra necesita repetirse.

Necesita insistir.

Necesita obsesionarse con ciertos temas.

Los grandes escritores suelen escribir el mismo libro durante toda su vida, aunque con distintos argumentos.

El blog, en cambio, empuja hacia la dispersión.

El mayor enemigo: la fragmentación

Este creo que es el problema central.

Después de diez años de retos quizá hayas escrito:

  • 500 cuentos;

  • 200 poemas;

  • 80 microrrelatos;

  • 50 experimentos.

Pero ninguno conversa realmente con los demás.

Has construido una biblioteca.

No una catedral.

La literatura profesional suele levantar pocas obras grandes.

El blog genera muchas obras pequeñas.

¿Qué falta para dar el salto?

No creo que falte talento.

Muchas veces falta cambiar el método de trabajo.

Por ejemplo:

  • reservar el 80 % del tiempo para proyectos propios y el 20 % para retos;

  • permitir que algunos relatos permanezcan meses sin publicarse para revisarlos;

  • construir una "biblia" de personajes, escenarios y reglas del mundo, y evitar alterarlas por exigencias de una consigna;

  • aceptar que algunas convocatorias no encajan con el proyecto y simplemente dejarlas pasar;

  • convertir los retos en laboratorios: si una idea merece desarrollarse, desprenderla del texto escrito para la consigna y rehacerla desde cero como parte de una obra mayor.

En tu caso particular

Por lo que he visto en nuestras conversaciones, tu trayectoria presenta una característica poco habitual: durante años no has escrito relatos completamente independientes. Has ido construyendo un universo narrativo —Aragca, Ada, Carbonell, Zaida, Santillana y otros hilos— que reaparece una y otra vez. Eso ya te diferencia de muchos participantes de retos, porque existe una voluntad de continuidad.

Sin embargo, también observo el mismo riesgo que mencionas: los personajes han debido adaptarse a consignas muy diversas (humor, espionaje, terror, ciencia ficción, sátira, metaficción), y esa flexibilidad puede diluir su núcleo. Si Ada debe ser detectivesca una semana, paródica la siguiente y filosófica la otra, el lector puede terminar percibiendo más al vehículo del reto que a una persona con una identidad consistente.

Paradójicamente, el propio material que has generado durante años puede ser la base para un salto cualitativo. No necesariamente escribiendo más relatos para convocatorias, sino releyendo todo ese corpus y preguntándote: "¿Qué historias pertenecen realmente al mismo proyecto? ¿Qué escenas revelan quién es Zaida cuando nadie la obliga a cumplir una consigna? ¿Qué evolución tendría Ada si nadie interrumpiera su arco durante cincuenta relatos?"

En otras palabras, quizá el siguiente paso no sea escribir más, sino seleccionar, depurar y reconstruir. Es un cambio de oficio: pasar del cronista semanal al arquitecto de una obra. Ahí es donde muchos autores aficionados se quedan a mitad de camino, y donde empieza el trabajo que suele distinguir a una producción literaria de largo aliento.

El misterio de la camara embrujada

Me habían contratado para resolver un misterio bastante enigmático: la anciana viuda, doña Eudoviges, tenía una mesa cerca de la ventana de la cocina. Era una mesa de madera tosca y ordinaria, completamente vacía. La dama en cuestión quiso tomar una foto de un pajarito que cruzaba de mala gana por aquel paraje y, ¡sorpresa!, cuando vio la foto en la pantalla de su celular, encontró que había un objeto sobre la mesa en la imagen: era una madeja  de lana roja, pero, viendo la mesa con sus propios ojos, no se veía nada.

Le comentó a Jacinta, su vecina, el extraño suceso. Ella también hizo tal cual le indicó; con su propio teléfono tomó una foto, pero allí salió una libreta con un lápiz... Ninguna de las dos lo podía creer. ¿Habían enloquecido los teléfonos celulares?

Intrigadas, decidieron contarle al sacristán del pueblo, don Ceferino, un hombre joven, pero bastante serio y sensato. Él también repitió el procedimiento de tomar la foto, pero a él le aparecía en la imagen una botella de licor, quizás un armagnac.

— .... mmmh, conozco a un caballero bastante versado en este tipo de asuntos. Cobra caro, pero, si él no lo puede resolver el misterio, ¡nadie puede! —recomendó el sacristán.

Entre los tres acordaron contactarme.

—¿Y dice usted que en las fotos aparecen cosas que no están, en realidad, sobre la mesa?

—Es así, tal como le indicamos —contestó con tono bastante angustiado doña Eudoviges.

—Tal vez les parezca extraño a ustedes, pero es un fenómeno explicable.

—¿Qué puede ser? —interrogó con curiosidad la anciana.

—Bueno, me es difícil desde aquí dar un diagnóstico preciso. Tendría que viajar de urgencia para hacer una inspección en persona.

—Lo que sea necesario, hágalo, por favor. Necesitamos resolver ese misterio.

—No se preocupe, puedo resolver ese tema en un par de horas. Sin embargo, quiero ser claro y honesto con ustedes: mis honorarios son de 1000 euros por cada hora si tengo que ir en persona. En remoto bajarían a la mitad; eso sí, todo pago debe ser por adelantado.

(Escuché un largo suspiro... Hubo una pausa y la dama retomó la conversación).

—Está bien, tomamos el plan remoto. ¿Qué debemos hacer?

—Bueno, vayan consignando el dinero en esta cuenta (y les di mi número).

Dicho y hecho, apenas recibí el pago, desinstalé el virus del wifi de la ancianita. El software siempre agrega imágenes random a cualquier foto plana. Nada mal para una llamada de 15 minutos.

—Estimada doña Eudoviges, son hackers de Indonesia. Suelen ser niños de 12 años que hacen eso por mera diversión. Bastaría con que apaguen y prendan el wifi, y asunto resuelto.

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Nos unimos al reto de cada jueves un relato, esta semana invitación de "Artesanos de la Palabra"

el tema: Escribir un relato usando estas tres imágenes




ver detalles y participaciones

Marta Martini



Se acercó a la ventana que daba hacia el lado trasero de la casa, desde donde no sólo podía ver el bosque, sino también su reflejo en el vidrio. Fue en ese momento cuando tuvo una revelación mística: entendió que era un personaje de un microrelato.

Sonrió, porque dicho descubrimiento implicaba bastantes derivaciones a considerar. A los personajes les pasan cosas poco comunes, pensó; quizás él sería una especie de agente al servicio del gobierno de una superpotencia, combatiendo a astutos rivales y criminales. O quizás en algún momento emergería de lo espeso del bosque una gigantesca serpiente cuyo jinete sería una espectacular amazona de brevísimo traje. Las posibilidades eran infinitas; esperó unos segundos a ver si algo inusual pasaba.

Pero tan solo seguía viendo el bosque y su reflejo en el vidrio. El niño Quetzalcóatl no apareció en un arcoíris del cielo, tampoco estaba en una nave nodriza rumbo a Júpiter.

De hecho, la situación era brutalmente cotidiana, normal, tranquila. Quizás le habían dicho mal, pues era sabido por todos que al protagonista de un cuento precisamente le deben pasar los hechos más inusuales posibles. O la misma persona, como tal, debía ser extraordinariamente interesante: quizás un asesino serial, o un detective de mente ágil, o un gran científico. En ese momento bajó la mirada; recordó que su oficio no era nada extraordinario, debía de haber millones de personas en el mundo capaces de hacer su trabajo mucho mejor que él.

Se sintió algo ofendido.

Los personajes de otros blogs viven en distopías, en tierras de fantasía cuasi-tolkieniana o en mundos de hadas, monstruos, dioses tropicales y sillas parlantes. Incluso el niño Viracocha saliendo del sol siempre ganaba los concursos de los retos literarios; supuso que esa microaudiencia de menos de 100 personas estimaba bastante esas historias ñoñas, y no los culpaba.

En cambio, él era tan solo eso: un tipo común y corriente sin nada interesante que ofrecer a los lectores ávidos de aventuras sin par.

Estaba a punto de abandonar ese hilo de pensamientos derrotistas cuando encontró aquello que lo hacía "especial": recordó que menos del 1 % de los personajes literarios caen en cuenta de aquello que son. Eso, en cierta forma, lo hacía parte de una élite. Sonrió.

Pero la alegría le duró poco; abrió los ojos de par en par y se interrogó a sí mismo: «¿Qué pasaría si yo fuera un personaje creado por una inteligencia artificial?».

«¿Haría ese simple hecho una alteración en mi realidad?», se preguntó muy preocupado.

Permaneció en silencio, buscando una respuesta satisfactoria. Volvió a mirar al bosque y decidió que no era importante la procedencia de la autoría; lo importante era que estaba existiendo, que era capaz de reflexionar, de tener una vida como cualquiera.

Pensó en celebrar el descubrimiento: cambió de estancia, se dirigió a la nevera, abrió la puerta y tomó una botella de martini. Con toda seguridad, revisó en uno de los cajones de la cocina y sacó un armagnac. Abrió otro cajón y sacó una copa de cristal. Se preparó un cóctel: dos partes de martini por una del preciado brandy y agregó con cuidado una pizca de Angostura. Lo olió como un catador y lo bebió en varios calculados sorbos.

La ocasión lo ameritaba.

—¿No hay diálogos en tu relato? —interrumpió la celebración Marta, con tono mordaz.
—Supongo que no sobran, ello da cierto dinamismo —contestó rápidamente.
—Siendo así, hazme también uno de esos coctelitos, pero hazlo en partes iguales y agrégale hielo.
—Si seguimos así, vamos a terminar alcohólicos.
—Es un placer que podemos darnos de vez en cuando. ¡Salud! —dijo ella con picardía.

Fantasma de Letras

Nunca supe si “Fantasma de Letras” era una chica o un caballero. Solía participar en los retos de la famosa “Sociedad de los Martes” y se caracterizaba por utilizar textos escritos a máquina, llenos de borrones y tachones. Pero aun así sus historias eran bastante amenas y, en ocasiones, impredecibles.

Daba gusto leer su blog porque tenía ese aspecto de algo “vieja guardia”, pero desde hace unos meses veo que las cosas cambiaron. Parece que él (o ella) comenzó a ponerse al día en materia electrónica. Ya ha empezado a usar medios digitales y de qué modo: entró de lleno con una potente AI, la Mantícora 6.66, un completo horror tecnológico.

Basta con darle una leve idea —dictada vía micrófono— y la Mantícora escupe el texto que sea. Lo noté porque, al publicarlo, se ve todo muy pulido, limpio, con excelente caligrafía y redacción.

No sé si seré yo o un efecto post-Turing en el que ahora los humanos intentan escribir como máquinas y otra máquina, en la China, decide si el texto viene de una persona de carne y hueso o de alguien de silicio.

He puesto sus textos a prueba. Le pido a Grok que analice lo escrito y este siempre dice: “Está hecho con AI, está hecho con AI”. Otros ni saben o no dan algo conclusivo; te dicen:

“Estamos en la era post-Turing. Ya nada es certero. Vivimos en un mundo frontera donde lo natural se difumina con lo artificial”.

Esas frases, por supuesto, tienen un hondo impacto en algo tan sensible como mis ojos... y mi frágil mente.

Los escritores AI me han hecho colapsar. Vivo ahora paranoide. Ya no me atrevo a leer escritos hechos después de 2020. De vez en cuando miro de reojo al “Fantasma de Letras” y digo al aire:

“¿Tú también, hijo mío?”.

Quien sí está feliz es mi terapeuta.

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Relato participante en la convocatoria de “Cada Jueves un Relato”, 
a cargo de Luferura en “La Veleta”. 
La premisa de esta semana podría resumirse así: 

“Enfrentar a la AI con la estupidez natural”

Los jineteros del apocalipsis


He estado siguiendo la pista de esta serie de aventuras de Aragca y muchas veces he encontrado inconsistencias en la continuidad de los relatos (por ejemplo, en una ocasión Amígdala aparece como una mujer de cabellos rojos y al siguiente mes aparece la misma Amígdala como la reina de un país, pero de cabellos negros o en versiones masculinas). Todo es un "sancocho": los personajes, de cuento a cuento, cambian. 

Intrigado, me di a la tarea de investigar "la causa raíz" de esas "violaciones del canon" y lo que encontré me dejó absolutamente perplejo: la revista que suele publicar estos relatos tiene contratados a cuatro autores; de allí que cada uno de ellos enfoque los asuntos de un modo diferente. Sin embargo, es una especie de secreto que se guarda muy bien ante el público de lectores: se hace creer que es solo una persona quien escribe los textos. 

El grupo se hace llamar "Los jinetes del apocalipsis". Son ellos:

  • Arnulfo Tricornio  
  • Íñigo de Quintanar  
  • Carlos Murcia  
  • Constantin Belladona  

Cada cierto tiempo se dan cita en la casa del Tricornio; pueden ser reuniones semestrales o anuales, en donde se sientan a discutir alegremente sobre el curso de la Historia.

- Quisiera que Zaida muriera heroicamente en Mimas, tratando de salvar a la humanidad —lanzó  alegremente Murcia.

- No sería conveniente —respondió Quintanar—, pues yo la tengo de Sacerdotisa Suprema cerca de la ciudad de Damastin, en lo que fue el Bajo Imperio de Andirria.

- La verdad, no me gustaría eliminar un personaje así de importante tan de cuajo —acotó el Tricornio.

- Sí, pero al menos valdría la pena darle un color de cabello y atuendos diferentes a los tradicionales —opinó con seriedad Belladona, que es el más calmado y calculador de los cuatro.

- Lo de Zaida no es tan grave, si sale calva o con cabellera azabache; lo que sí es urgente y requiere atención es resolver el tema de Ada —señaló en tono grave Murcia.

- Es verdad; supongo yo que todo se resuelve si se logra cerrar el círculo con Carbonell como enamorado. Se requeriría darle protagonismo a la pareja en sí misma —anunció el Tricornio.

- ¿Y habría un round Zaida/Ada? —preguntó con picardía Murcia.

- No es conveniente; la verdad, son mundos diferentes que no se deben mezclar así como tan repentinamente. Cada una vive en su propia esfera —contestó Belladona.

- Es verdad, hay cosas que necesitan mantenerse sin tocar, y esa es una de ellas —replicó Quintanar.

- Normas, normas absurdas… ¿hasta cuándo tendremos camisa de fuerza? —replicó, con cara de hastío, Murcia.

- El público necesita cierto anclaje: si los personajes derivan sin control, el público se confunde y nos deja de leer. Hay que mantener cierta coherencia interna —aseveró el Tricornio.

- En eso estamos de acuerdo —respondieron al unísono Belladona y Quintanar.

- Muy bien; al menos quisiera que un día se discutiera en profundidad el asunto. Ese crossover ha sido muy solicitado —afirmó Murcia.

- Quizás sí, tal vez en un futuro, en la próxima década… ¿por qué no? Se puede considerar —respondió, mirando al horizonte, el Tricornio.

- Pues a mí lo que me gustaría es escribir historias que no sean de Aragca, ni de Ada ni de Zaida, sino temas completamente nuevos y que no estén manoseados por alguno de nosotros —dijo con cierta melancolía Quintanar.

- Todo eso lo puedes hacer, pero no sería bajo el sello de Aragca, sino bajo algún seudónimo diferente, algo que no relacione lo uno con lo otro —le respondió el Tricornio.

- Pero eso implica empezar de cero; tendría que construirme un público, y eso no es fácil —replicó Quintanar.

- O tal vez escribe cosas de Aragca sin decir que son de Aragca o créate una nueva línea temporal, en otra dimensión; eso ya nos ha servido bien en otras épocas —indicó Belladona.

- Cierto, es un buen recurso —concluyó Murcia, dándole un pequeño golpecito en la espalda a Quintanar.

- ¿Por qué mejor no hablamos de aquello en lo que sí estamos trabajando cada uno? —propuso Tricornio, al ver las caras largas de sus compañeros—. Por ejemplo, ahora estoy pensando en una especie de mujer poderosa que controla una logia de asesinos a sueldo; cada uno de ellos tiene habilidades sobrehumanas.

- Me gusta la idea, ¿qué nombre le darías? —interrogó con curiosidad Quintanar.

- La Dama Kadisha —replicó el Tricornio.

- Yo había pensado en una narración de un artista y su modelo —indicó Belladona.

- Eso es bueno, me encanta —dijo Murcia—. Yo, por mi parte, había pensado algo interesante, pero lo dejé pasar y no tomé nota; ahora olvidé el tema, pero era una buena idea.

- De seguro era algo con Ada; eres el que más le dedica al tema. Ahora estás con Sinclair —contestó Belladona.

- Eso es, sí; quiero profundizar en Sinclair y en su contraparte, pero no quiero contarlo ahora, no lo he "madurado" —indicó con emoción Murcia.

- Yo tengo pensado lo siguiente: un cuento en donde están reunidos cuatro amigos que arman cuentos, discutiendo acerca de diferentes relatos en una velada muy animada; de repente se apaga la luz y, al volver, uno de ellos está muerto —dijo Belladona.

- ¿A lo Agatha Christie? —dijo con aire de curiosidad el Tricornio.

- ¿Y Ada y Carbonell aparecerían para resolver el misterio y desenmascarar a los asesinos? —dijo, lleno de ánimo, Murcia.

- ¿Y hay en la estancia alguna estatua de Zaida, vigilando lo ocurrido? —preguntó Quintanar.

- No debería ser Ada, ni Carbonell, sino la amiga de Sinclair —indicó Belladona.

- ¿Es la pelinegra que se tiñe el pelo de rojo para, de vez en cuando, suplantar a Ada? ¿Cómo se llama la chica? —preguntó el Tricornio.

- Daniela —contestó secamente Belladona.

- Ok, Daniela disfrazada de Ada sería técnicamente Ada, ¿o no? —indicó Quintanar.

- Son diferentes, son dos personalidades aparte, pero comparten parecido físico cuando una se disfraza de la otra —dijo Belladona.

- De pelos, algo confuso, pero suena interesante —aseveró el Tricornio.

- ¿Y cuál fue el muerto en tu relato y cuál el asesino? —inquirió Murcia con aire intrigado.

- Es lo que tendría que resolver Daniela, ¿no? —replicó Belladona con una sonrisa inquietante.




Destino Frío


El caballero londinense se dirigió hacia una de las puertas de Baker Street, donde un austero letrero anunciaba: «Madame Marusa, Lectora de Fortuna».

Sin golpear ni anunciarse, cruzó el umbral y se encontró con un ambiente peculiar. Al fondo de una estancia minimalista, sentada tras una mesa, había una mujer vestida con el estilo de una europea oriental; tal vez húngara o albanesa. «Eslava», pensó para sí. La única decoración visible eran tres estatuas de la diosa Zaida, pero no mostraban las poses sobrias que las caracterizan; aquí adoptaban actitudes obscenas y gestos depravados. Aquello lo incomodó profundamente e incluso lo hizo dudar si debía retirarse.

—Pase, si desea conocer su destino —dijo la dama.

El hombre se sentó frente a ella. La sibila extrajo un mazo de cartas similares a la baraja española.

—Es un tarot; nunca miente —explicó mientras las mezclaba con la habilidad de un tahúr.

Cuando terminó, las dispuso sobre la mesa formando una cruz gamada invertida.

—Veo cosas muy oscuras en su destino —afirmó en tono serio y solemne Madame Marusa.

—Aun si son malas noticias, quiero saber qué ocurrirá conmigo en el futuro.

—Sufrirá usted dos retos cruciales: uno está a punto de suceder y el otro se cumplirá en dos décadas. Una vez superadas ambas angustias, reirá a mandíbula batiente.

El hombre reflexionó con el rostro preocupado y exclamó:

—No me han mentido quienes me la recomendaron. La mayoría de las adivinas solo anuncian buenas noticias, aunque sean falsas. Sin embargo, usted no teme proclamar un porvenir sombrío.

—Nadie escapa al destino —apuntó la misteriosa dama.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Hoy mismo quedará dormido más de lo habitual.

—¿Eso es todo?

—Es lo que revelan las cartas —respondió ella, haciendo un gesto explícito sobre la mesa, como si quisiera que el hombre interpretara por sí mismo lo que allí se mostraba.

—Siendo así, tomaré precauciones —dijo el hombre.

Se levantó, arrojó sobre las cartas una bolsita de oro y se dispuso a salir. Sin embargo, dos de las estatuas se habían movido y bloqueaban la salida. El caballero londinense se sobresaltó; estaba a punto de protestar con enojo cuando una de ellas le asestó un golpe en la cabeza con una macana de goma. El impacto fue tan violento que le fracturó el cráneo. Cayó al suelo inconsciente y medio muerto.

Marusa ordenó a sus sirvientes que lo subieran a un carruaje y dio instrucciones al cochero para que lo llevara lo más pronto posible al palacio de la doctora Anémona Tamerlán, en Fancy Street.

Cuando llegaron, la doctora se encontraba realizando diversos experimentos en su laboratorio privado, decorado con estatuas de la diosa Zaida en sus poses habituales: rostros serios y solemnes.

—Ama, han traído un fiambre —anunció su ayudante con voz temerosa.

—Si aún respira, colócalo en aquella cápsula llena de gelatina fría. Si está muerto, no me sirve.

—Aún respira, pero si no nos damos prisa, estirará la pata.

—Date prisa, no tengo todo el día para escuchar tus quejas.

El ayudante se esforzó para introducir al caballero dentro del artefacto.

—Ponlo en el cañón que perteneció al Gun Club de Baltimore.

Una vez que quedó bien acomodado en el enorme cilindro, la dama miró por un telescopio y enfocó Saturno.

—Apunta el cañón unos dieciocho grados al norte, hacia la estrella que se ve más brillante que las demás.

Cuando estuvo en posición, el propio ayudante detonó el legendario cañón y la cápsula salió disparada hacia su objetivo final.

—Estará al menos veinte años flotando en el espacio —dijo la doctora al aire.

—¿Significa que llegará en diciembre de 1941? —preguntó el ayudante.

Pero la doctora no se molestó en contestar. Se limitó a decir «retírate» y continuó con sus complejos experimentos.

No hubo mayores novedades durante la travesía del caballero. Tan solo permaneció dormido, sin sueños, protegido de la radiación por la gruesa capa de gelatina criogénica. Su cuerpo no envejeció; se conservó intacto, incluso en mejor estado que cuando abordó su involuntario viaje.

Pasado el tiempo predicho por la doctora, el caballero arribó finalmente a Mimas, una de las lunas más misteriosas de Saturno. La trayectoria había sido trazada con tal precisión que la cápsula entró por una ventana de un castillo y se posó suavemente sobre una especie de altar en aquel lúgubre lugar.

—Veamos qué regalo me ha traído el destino —dijo una muchacha rubia que llevaba una antorcha en la mano para iluminar el recinto.

Con habilidad y pericia inusuales, la joven desempaquetó al caballero de su prisión de gelatina, moviendo el cuerpo como si no pesara nada. Apartó la cápsula a un lado y se concentró en el paquete que le había llegado.

—A este casi le aplastaron el cerebro —pensó para sí misma mientras colocaba delicadamente una mano sobre la cabeza del desdichado. Por efecto mágico, sanó todas las heridas de la cabeza e incluso del resto del cuerpo. Chasqueó los dedos y el caballero despertó.

—Bienvenido al futuro. Con esto ya has cumplido los dos retos que te habían anunciado. Ahora viene lo que no te contaron: vas a conocer tu destino final, muy a lo Kurt Vonnegut —dijo la dama mientras mostraba una segueta muy afilada.

En cuestión de segundos, separó la cabeza del cuerpo y se dirigió hacia la pared opuesta del cuarto, donde se veía la punta de un punzón saliendo de la piedra. Clavó allí la cabeza como si se tratara de un trofeo. Para asegurarse de que no se soltara, iluminó la pared con la antorcha. Fue entonces cuando el caballero vio que no estaba solo: cientos de otras cabezas lo acompañaban. La escena lo aterrorizó y comenzó a gritar lleno de pánico. Las demás cabezas respondían con risas burlonas.

—Y ahora, mi querido «protagonista», vamos a darle el toque final a tus precarias profecías. Te presento al Ranforrinco, un predador bípedo nativo de esta luna. No es mayor que un pollo, pero tiene una cabeza similar a la de un alosaurio. Es mi mascota y necesita alimentar a sus crías.

La chica tomó la antorcha e iluminó el cuerpo, que ya empezaba a ser devorado por la curiosa alimaña. Esta arrancaba pedacitos, los masticaba, engullía y luego los regurgitaba a sus hambrientas crías. El caballero, ahora sí, comenzó a lanzar lamentos incomprensibles y a gimotear, perdiendo por completo la razón.

—Amigo mío, cálmate, pronto estarás riendo como todos los demás. Cuando llegue el siguiente paquete, serás indistinguible del resto de mi decoración.

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Relato participante en los siguientes retos:

Tintero de Oro, Homenaje a 100 años de Soledad, Gabriel García Márquez y el Destino

y

Vadereto de Abril 2026. Del blog Acervo de Letras. El despertar de Arthur C. Clarke.

Sigan los enlaces para ver las condiciones de cada uno de ellos y otros relatos participantes en cada una de las convocatorias.



Rosado



Lunes en la noche. Eran alrededor de las 9:00 p. m. No era lo usual, pero Sinclair decidió pasar un segundo a su oficina en el centro de la ciudad. "Sinclair y Sinclair Detectives Privados" era el letrero del vidrio que anunciaba su oficio al corredor del edificio donde estaban localizados. Al llegar a la puerta, notó algo raro; entró y encendió la luz. En ese momento se reveló que alguien ya estaba allí, esperándola. Sinclair lo tomó bastante mal.

—Alto allí, identifíquese o le disparo —dijo con voz áspera Sinclair.

—Solo quiero hablar con usted, tengo datos de un caso muy importante —respondió un hombre con voz nerviosa.

—El horario de atención es de 9:00 a. m. a 5:00 p. m.; a esta hora ya estamos cerrados.

—Lo que tengo que decir es urgente, no puede esperar.

—Muy extraño. No trabajamos de ese modo. Tenemos una página web; primero tiene que contactarnos por allí, para eso hay un formulario en alguna pestaña del menú.

—Lo sé, pero deseaba hablar personalmente con usted.

—Le repito, no es lo usual. Usted ya ha traspasado propiedad privada, tendré que llamar a la policía para que lo arresten por allanamiento.

—Tengo información sobre el caso de los Jurados del Reality.

—Por fin dice usted algo sensato. Sin embargo, no soy la persona indicada; ese es un asunto policial, diríjase a ellos.

—No deseo mezclarme con ellos; el caso ha sido mediatizado y la prensa lo ha seguido muy de cerca.

—Ya hay otros detectives privados en el caso, debería contactarse con ellos.

—Los detectives que usted indica trabajan para la nobleza.

—Eso significa que usted viene por un asunto de Howie, ¿o me equivoco? Venga, acomodémonos mejor, tome asiento —indicó ella, mientras se apoderaba de la silla principal y le señalaba la silla de enfrente para los clientes.

—Bravo, detective, es usted bastante rápida. Permítame presentarme: soy Oscar Rosado, socio de Howie.

—En las novelas de detectives el socio es siempre el culpable.

—Como le he venido diciendo, tengo información vital que ayudaría a resolver el caso.

—Quiero ser clara. Me arriesgo a pensar que usted supone que los detectives privados de carne y hueso somos todos como los pintan los vericuetos de Hollywood, en donde un tipo ordinario y medio fracasado en la vida se agarra a puñetazos con la mafia rusa y sale totalmente indemne. Pero la verdad es otra: los detectives privados reales tan solo nos dedicamos a seguir a gente infiel a la pareja o, en casos extremos, a localizar personas perdidas. No tenemos una Magnum lista para disparar, ni llevamos vidas de James Bond. Lo más que hacemos es juntar pruebas para tener argumentos en una investigación judicial; además, en este país está prohibido que portemos armas. Dicho todo eso, ¿desea continuar con su farsa, Rosado?

—Qué bueno que me advierte usted de todo ello. Soy consciente de lo que dice y me agrada su honestidad; es tal cual como me lo habían dicho los que me la recomendaron.

—Rosado, ¿toma usted bourbon? —dijo Sinclair mientras sacaba del escritorio una botella a medio consumir de Wild Turkey y hacía gestos de buscar los vasos en otro cajón.

—Prefiero el escocés.

—El bourbon es tan bueno o mejor que cualquier escocés. Se hace bajo estrictas reglas gubernamentales, siempre asegurando alta calidad. ¿Quién vigila a las destilerías escocesas?

Sin esperar respuesta, Sinclair sirvió el licor en dos vasos, acercó uno a Rosado y comenzó a beber rápidamente el otro. Rosado, a regañadientes, aceptó lo ofrecido.

—Dígame, ¿qué puede usted saber de ese caso que aún no sepa la policía?

—Tengo información que ayudaría a revelar la identidad del asesino.

—Vaya, ya comenzamos a hablar, lo cual amerita un cigarrillo —dijo ella sacando una de esas boquillas largas y colocó un Marlboro en ella—. Supongo que usted no fuma, así que tendré que encenderme yo sola —aseveró la detective mientras prendía su cigarrillo y daba algunas bocanadas—. Lo que me dice es muy grave; mucha gente ha muerto por saber lo que usted insinúa. Venir aquí básicamente pone una bala con su nombre.

—Sé que corro riesgos, pero quiero que el caso se resuelva.

—¿Sabe qué? Me cae usted bien. Por ello, solo le cobraré un par de bolsas de oro semanales —soltó el precio mirando de reojo la reacción de Rosado y, como vio que el cliente ni pestañeó, agregó—: más viáticos.

—Es un precio alto, pero creo que podemos cubrirlo.

—Siendo así, comencemos a investigar. Dígame, ¿Howie solía frecuentar algún club nocturno?

—Siempre íbamos al Halcón Maltés.

—Conozco el lugar, y creo que ya debe estar abierto. ¿Qué le parece si damos un paseo por allí? —interrogó Sinclair mientras abría su abrigo y dejaba ver que estaba vestida con un traje rojo de fiesta, similar al de las actrices célebres de los años 20.

—Trato hecho —dijo Rosado muy emocionado.

Sinclair se levantó, lo tomó del brazo y juntos salieron de la oficina como si fueran una pareja ya comprometida.

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Toda la historia: Ada y Carbonell .

Sinclair



Era lunes por la noche. En su retorno a Puerto Industrial, Ada se fue pensando en cómo lo tomarían los chicos de la oficina local; estos eran un grupete de técnicos en diferentes áreas y habilidades: los había expertos en ciencias forenses, así como especialistas en informática, psicología e incluso planeación de bodas y eventos sociales (dado que la mayoría de los asesinatos en el clásico whodunit siempre ocurre en esas reuniones). Le agradaba en cierto modo volver a su "territorio comanche", en donde ella era la detective número uno; pero no era la única detective, claro está: su amiga Daniela Arpón, era la número dos, y por supuesto, también estaba Sinclair.

Ada hizo una llamada a un número que sabía de memoria:

—Hola, Daniela, soy Ada. ¿Sabes si Sinclair está disponible para mañana a primera hora? 

—Totalmente. Aunque yo estaré ausente, será pues toda tuya. 

—Gracias, nos vemos después.

Tan pronto Ada llegó a la casa de Sinclair, en Puerto Industrial, lo primero que hizo fue ir al baño. Buscó en las gavetas, en donde había varios paquetes de tintura de cabello; escogió la de color negro, se quitó las gafas y se tiñó el cabello de ese color.

Cuando finalizó, se miró atentamente al espejo mientras se ponía una gabardina similar a la de los espías soviéticos de 1950 y un sombrero tipo fedora, y dijo a la imagen que veía:

—¡Hola, Sinclair, bienvenida de nuevo!


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