Rosado



Lunes en la noche. Eran alrededor de las 9:00 p. m. No era lo usual, pero Sinclair decidió pasar un segundo a su oficina en el centro de la ciudad. "Sinclair y Sinclair Detectives Privados" era el letrero del vidrio que anunciaba su oficio al corredor del edificio donde estaban localizados. Al llegar a la puerta, notó algo raro; entró y encendió la luz. En ese momento se reveló que alguien ya estaba allí, esperándola. Sinclair lo tomó bastante mal.

—Alto allí, identifíquese o le disparo —dijo con voz áspera Sinclair.

—Solo quiero hablar con usted, tengo datos de un caso muy importante —respondió un hombre con voz nerviosa.

—El horario de atención es de 9:00 a. m. a 5:00 p. m.; a esta hora ya estamos cerrados.

—Lo que tengo que decir es urgente, no puede esperar.

—Muy extraño. No trabajamos de ese modo. Tenemos una página web; primero tiene que contactarnos por allí, para eso hay un formulario en alguna pestaña del menú.

—Lo sé, pero deseaba hablar personalmente con usted.

—Le repito, no es lo usual. Usted ya ha traspasado propiedad privada, tendré que llamar a la policía para que lo arresten por allanamiento.

—Tengo información sobre el caso de los Jurados del Reality.

—Por fin dice usted algo sensato. Sin embargo, no soy la persona indicada; ese es un asunto policial, diríjase a ellos.

—No deseo mezclarme con ellos; el caso ha sido mediatizado y la prensa lo ha seguido muy de cerca.

—Ya hay otros detectives privados en el caso, debería contactarse con ellos.

—Los detectives que usted indica trabajan para la nobleza.

—Eso significa que usted viene por un asunto de Howie, ¿o me equivoco? Venga, acomodémonos mejor, tome asiento —indicó ella, mientras se apoderaba de la silla principal y le señalaba la silla de enfrente para los clientes.

—Bravo, detective, es usted bastante rápida. Permítame presentarme: soy Oscar Rosado, socio de Howie.

—En las novelas de detectives el socio es siempre el culpable.

—Como le he venido diciendo, tengo información vital que ayudaría a resolver el caso.

—Quiero ser clara. Me arriesgo a pensar que usted supone que los detectives privados de carne y hueso somos todos como los pintan los vericuetos de Hollywood, en donde un tipo ordinario y medio fracasado en la vida se agarra a puñetazos con la mafia rusa y sale totalmente indemne. Pero la verdad es otra: los detectives privados reales tan solo nos dedicamos a seguir a gente infiel a la pareja o, en casos extremos, a localizar personas perdidas. No tenemos una Magnum lista para disparar, ni llevamos vidas de James Bond. Lo más que hacemos es juntar pruebas para tener argumentos en una investigación judicial; además, en este país está prohibido que portemos armas. Dicho todo eso, ¿desea continuar con su farsa, Rosado?

—Qué bueno que me advierte usted de todo ello. Soy consciente de lo que dice y me agrada su honestidad; es tal cual como me lo habían dicho los que me la recomendaron.

—Rosado, ¿toma usted bourbon? —dijo Sinclair mientras sacaba del escritorio una botella a medio consumir de Wild Turkey y hacía gestos de buscar los vasos en otro cajón.

—Prefiero el escocés.

—El bourbon es tan bueno o mejor que cualquier escocés. Se hace bajo estrictas reglas gubernamentales, siempre asegurando alta calidad. ¿Quién vigila a las destilerías escocesas?

Sin esperar respuesta, Sinclair sirvió el licor en dos vasos, acercó uno a Rosado y comenzó a beber rápidamente el otro. Rosado, a regañadientes, aceptó lo ofrecido.

—Dígame, ¿qué puede usted saber de ese caso que aún no sepa la policía?

—Tengo información que ayudaría a revelar la identidad del asesino.

—Vaya, ya comenzamos a hablar, lo cual amerita un cigarrillo —dijo ella sacando una de esas boquillas largas y colocó un Marlboro en ella—. Supongo que usted no fuma, así que tendré que encenderme yo sola —aseveró la detective mientras prendía su cigarrillo y daba algunas bocanadas—. Lo que me dice es muy grave; mucha gente ha muerto por saber lo que usted insinúa. Venir aquí básicamente pone una bala con su nombre.

—Sé que corro riesgos, pero quiero que el caso se resuelva.

—¿Sabe qué? Me cae usted bien. Por ello, solo le cobraré un par de bolsas de oro semanales —soltó el precio mirando de reojo la reacción de Rosado y, como vio que el cliente ni pestañeó, agregó—: más viáticos.

—Es un precio alto, pero creo que podemos cubrirlo.

—Siendo así, comencemos a investigar. Dígame, ¿Howie solía frecuentar algún club nocturno?

—Siempre íbamos al Halcón Maltés.

—Conozco el lugar, y creo que ya debe estar abierto. ¿Qué le parece si damos un paseo por allí? —interrogó Sinclair mientras abría su abrigo y dejaba ver que estaba vestida con un traje rojo de fiesta, similar al de las actrices célebres de los años 20.

—Trato hecho —dijo Rosado muy emocionado.

Sinclair se levantó, lo tomó del brazo y juntos salieron de la oficina como si fueran una pareja ya comprometida.

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Toda la historia: Ada y Carbonell .

Sinclair



Era lunes por la noche. En su retorno a Puerto Industrial, Ada se fue pensando en cómo lo tomarían los chicos de la oficina local; estos eran un grupete de técnicos en diferentes áreas y habilidades: los había expertos en ciencias forenses, así como especialistas en informática, psicología e incluso planeación de bodas y eventos sociales (dado que la mayoría de los asesinatos en el clásico whodunit siempre ocurre en esas reuniones). Le agradaba en cierto modo volver a su "territorio comanche", en donde ella era la detective número uno; pero no era la única detective, claro está: su amiga Daniela Arpón, era la número dos, y por supuesto, también estaba Sinclair.

Ada hizo una llamada a un número que sabía de memoria:

—Hola, Daniela, soy Ada. ¿Sabes si Sinclair está disponible para mañana a primera hora? 

—Totalmente. Aunque yo estaré ausente, será pues toda tuya. 

—Gracias, nos vemos después.

Tan pronto Ada llegó a la casa de Sinclair, en Puerto Industrial, lo primero que hizo fue ir al baño. Buscó en las gavetas, en donde había varios paquetes de tintura de cabello; escogió la de color negro, se quitó las gafas y se tiñó el cabello de ese color.

Cuando finalizó, se miró atentamente al espejo mientras se ponía una gabardina similar a la de los espías soviéticos de 1950 y un sombrero tipo fedora, y dijo a la imagen que veía:

—¡Hola, Sinclair, bienvenida de nuevo!


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Todo sobre Ada





Chukabocho


Después de graduarse como agente de policía, la joven Ada fue asignada a varios puestos en los que no se sentía a gusto. Las tareas le parecían rutinarias e inútiles: ordenar archivadores, llevar mensajes de un piso a otro o servir de chófer a algún alto oficial. Tampoco le gustaba el lugar al que la habían destinado: Villapausada, un pueblito donde aparentemente no había acción ni oportunidad de aprender algo que la ayudara a progresar. Ada se aburría y ya pensaba en pedir la baja para iniciar una vida civil.

Un día, sin embargo, los vecinos decidieron amotinarse frente a la alcaldía y otros edificios municipales. El jefe de policía envió a todos sus agentes a contener las manifestaciones. A todos menos a Ada, que debía quedarse en la estación haciendo labores de soporte mientras aquellos que "sí sabían trabajar como policías" se ocupaban del problema.

Pero en esas circunstancias, es cuando el desespero abre puertas inesperadas, llegó una llamada de emergencia. Había ocurrido un crimen en el Restaurante Chino. El Jefe, sin hombres disponibles y sin poder ir él mismo, decidió —muy a su pesar— asignar a Ada.

La llamó a su oficina.

—Nenita, hay un asunto que atender en el Restaurante Chino. Se ha cometido un crimen y creemos que estás perfectamente capacitada para manejar la situación. Ve y aprende todo lo que puedas. Será una gran oportunidad para ti.

Al llegar al restaurante, Ada entró en la cocina y vio dos cosas en la escena del crimen: 

1) a la ayudante del cocinero con una hachuela de cocina firmemente agarrada, y 

2) en el suelo restos de comida: carne y huesos desparramados de las más diversas maneras.

La mujer repetía sin parar:

—Se ha cometido un crimen… se ha cometido un crimen… y volvia a picar sin piedad los pedazos de carne de una pata de cerdo.

Ada se acercó despacio, hablándole con voz suave para calmarla. Pero la carnicera parecía perdida en un mundo psicótico y de pronto gritó:

—¡Querían cortar atún congelado con mi chukabocho! ¡Eso sí que es un crimen!

Y se lanzó contra Ada como si quisiera rebanarle la cabeza.

Por instinto, Ada desenfundó su revólver, cerro los ojos y disparó directo a la cara. Sin saberse como, la bala golpeó la hoja de la hachuela, rebotó en el techo y se incrustó en una viga.

El impacto desarmó a la mujer, que cayó al suelo y rompió a llorar.

Ada, aún confundida, solo acertó a decir con voz entrecortada:

—En el nombre del Rey, queda usted arrestada por intento de homicidio contra un oficial de policía.





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Para el reto de esta semana en la iniciativa de "Cada Jueves un Relato", el Demiurgo de Hurlingham nos invita en su blog a escribir un relato policial en el que se haya cometido un crimen.

Se propone varias pautas para orientar la historia. Entre ellas elegí la número 4: «En la escena del crimen se encuentran restos de comida».

Para ver todas las condiciones de la convocatoria y otras colaboraciones, pueden seguir este enlace.





Diablillos


Aristóbulo se había disfrazado de diablillo para asistir al carnaval. Mientras se hallaba entre la multitud, celebrando las festividades, sintió que la punta de un revólver le apretaba las costillas. Apenas alcanzó a oír una orden seca:

—Quieto aquí. En nombre de la ley, está usted detenido —bramó la oficial Severina Dracón.

Aristóbulo, confundido, se disponía a protestar airadamente, pero la oficial fue más rápida: le asestó un certero golpe de macana que, de no haber sido de goma, le habría aplastado el cráneo. Los agentes que la acompañaban lo recogieron del suelo; los curiosos, testigos del suceso, aseguraron que al pobre le brotaba sangre por la boca y las narices.

Despertó en una celda. Apenas abrió los ojos, vio ante sí a la dichosa oficial, quien, sacando una especie de papel enrollado como un papiro, pronunció con solemnidad:

—Soy carcelero, jurado, juez y verdugo. Esta corte encuentra que el acusado es un peligroso delincuente; por tanto, se le condena a trabajos forzados en la Isla Prisión de la Gorgona … campo de exterminio.

—¡Por Dios, solo es un disfraz! —alcanzó a balbucear él.

— Guardias, trasladen al reo a su destino.

Un grupete de agentes, bien armados, lo amarró de inmediato, lo introdujo en un transporte de seguridad y jamás se volvió a saber de él.

La oficial Severina se disponía también a retirarse cuando escuchó el inconfundible sonido de los tacones acerados de la Coronel Ada Escualo. La chica palideció al instante.

—Severina, ¿cuántas veces tengo que repetirte que no debes andar congeniando con criminales? Ese carácter blandengue que tienes terminará un día por convertir nuestra sociedad en un infierno. Si los delincuentes comienzan a irrespetar a la policía, acabarán gobernándonos. No lo olvides, nenita. Quiero ver mano dura la próxima vez.

Severina, tratando de contener el miedo, apenas acertó a decir:

—Sí, señora. Se hará como usted ordene.






MICRORRELATOS DE LA BESTIA

Las Luján

Era una noche oscura y tormentosa... 

Me disponía a retirarme a mis aposentos, tras haber dejado en orden los asuntos de la mansión del Coronel Luján, cuando el estrépito del portón principal interrumpió la paz nocturna. Alguien llamaba con insistencia.

—Borrasca, ¿quieres pedirle al mayordomo que atienda la puerta? —ordenó con voz autoritaria doña Tempestad Luján.

—¡Ambrosio, muchacho, la puerta! —bramó desde el otro extremo de la casa doña Borrasca, mientras hacía sonar una campanilla con el frenesí de un cura en misa de domingo.

Las damas Luján siempre estaban alerta ante cualquier acontecimiento. Me apresuré a cumplir sus órdenes, tal como lo había hecho durante más de tres décadas, atendiendo cada uno de sus caprichos. Al abrir, me encontré con una mujer joven que sollozaba desconsoladamente. Sin esperar invitación, se adentró en la casa.

—Necesito ayuda —suplicó.

—Pase, por favor —indiqué con respeto—. La sala principal es por aquí.

Como era de esperar, las dos damas Luján ya se encontraban en la estancia, vestidas de modo sobrio y solemne, con rostros severos e inescrutables.

—Ayúdenme, mi amo quiere abusar de mí —confesó la muchacha entre lágrimas.

—Los tiempos de esclavitud terminaron hace siglos —apuntó Tempestad, tajante.

—Es verdad —secundó Borrasca—, pero no es momento de discutir vicisitudes históricas. Esta pobre niña requiere nuestra atención inmediata. ¿De dónde dices que vienes, chiquilla?

—De lejos… del otro lado.

—Ya lo había notado; no tienes las facciones de la gente de por aquí —observó Borrasca con suspicacia.

—Vamos, niña, intenta calmarte y cuéntanos exactamente qué ocurre —insistió Tempestad.

—La persona que me escribe quiere que protagonice un cuento en el que se me obliga a realizar escenas fuera de tono. Me negué.

—Siendo personaje de otro, no me extraña —sentenció Borrasca—. Pero nosotras nos haremos cargo. Mientras estés en nuestra casa, estarás protegida. ¡Ambrosio! Prepare un té bien caliente para nuestra invitada.

—Comunicaré sus deseos al ama de llaves, señora —respondí mientras me dirigía a la cocina, escuchando a lo lejos cómo proseguía el interrogatorio.

Regresé con la bandeja, portando la tetera, el azúcar, la leche, dos cucharitas y un pocillo vacío. Cuando me disponía a servir a la desdichada joven, la voz de doña Tempestad me detuvo:

—Ambrosio, deje el té sobre la mesa auxiliar y retírese.

Aquí es donde el relato se torna interesante. El lector debe saber que, en el estricto protocolo de la servidumbre, la orden de retirarse no siempre implica abandonar la estancia, sino “hacerse invisible”. Me aposté tras una cortina, disponible para cualquier nuevo encargo.

—Ambrosio trajo el agua caliente —murmuró Tempestad.

—Para estos casos conviene agregar algo de polvo de caléndula —sugirió Borrasca mientras abría un compartimento secreto en su anillo de bodas y dejaba caer un polvillo finísimo en la taza.

—Y algo de matricaria —añadió Tempestad, repitiendo el gesto con su propio anillo.

Tras mezclar el te, se lo tendió a la joven.

—Beba, amiga nuestra. Esta pócima la calmará y le dará paz.

La chica aceptó el pocillo y bebió un par de sorbos. Iba a dar las gracias cuando una mueca de dolor deformó su rostro; acto seguido, se desplomó frente a las Luján.

—¡Ambrosio! —llamó doña Tempestad.

—A sus órdenes, madame —respondí mecánicamente, emergiendo de mi escondite.

—Acomode la estancia. Nuestra invitada no parece sentirse bien —indicó Borrasca con frialdad.

Me agaché para verificar su estado y exclamé:

—La señorita no tiene pulso.

—¡Por amor de Dios, Borrasca! ¿Qué le has dado a esta criatura? ¿La has envenenado? —inquirió Tempestad con ademanes teatrales.

—No que yo sepa, querida. ¿Qué pusiste tú?

—Lo de siempre. Ambrosio, traslade la visitante a la cripta.

—Estimadas señoras —interrumpí con suavidad—, no puedo llevarla allí. Es un sitio familiar y todos los que descansan en él tienen lazos de sangre con el Coronel.

—Pues en la sala no se puede quedar —replicó Borrasca.

—¡Ambrosio!, prepare las bolsas negras de la basura y disponga de la señorita como de costumbre —ordenó Tempestad.

—No es lo que el Coronel querría —repliqué—. Será mejor consultarlo.

—No te preocupes, no molestes al viejo con nuestras tonterías —respondieron ambas al unísono—. No queremos que se levante en medio de la noche por un asunto de poca monta. Retírate a tus aposentos.

«Malditas brujas», pensé para mis adentros. Siempre era lo mismo. Sé perfectamente lo que sucede después: realizan un ritual desconocido y, al día siguiente, ambas amanecen jóvenes y resplandecientes. Al fin y al cabo, no me pagan por hacer preguntas. Mañana me tocará pasar horas limpiando el desorden que habrán dejado en la sala. Nada que hacer: si bien el Coronel no es escritor erótico, sí lo es de misterio, y en sus relatos siempre alguien muere. Por el momento, me alegro de no ser yo la víctima.

La Vertebræ





Quizá una de las características más notorias de la masa subcontinental de Merides sea la famosa cordillera conocida como La Vértebræ, bautizada así por el viajero Don Gaspar de Altamira en tiempos tan remotos que ya nadie recuerda con certeza el origen del nombre ni a quien lo acuñó por primera vez.

La Vértebræ divide a Merides en dos grandes mitades, circunstancia que durante siglos mantuvo aislados a los pueblos del este de aquellos que surgieron al oeste.

En la región oriental, los principales imperios que coexistieron fueron Andirria, situada en el corazón de esa mitad, y Surumbria, más al sur. En el oeste, la cultura de Lendor se desarrolló en las tierras meridionales, mientras que hacia el centro prosperaron los pueblos de Murian —también conocidos como la civilización murianida—.

Durante varios siglos, en Andirria se creyó que el mundo terminaba en aquella barrera infranqueable de altas montañas y picos nevados. Sin embargo, las expediciones de Don Gaspar y de otros viajeros, como Al-Masudi, trajeron relatos fantásticos sobre reinos lejanos y civilizaciones fabulosas, pobladas —según se decía— por seres míticos.

El primer vínculo entre ambas mitades surgió gracias a las caravanas comerciales que recorrían los territorios de norte a sur, sin atreverse aún a cruzar la cordillera. En medio de las interminables guerras, donde reinos nacían y desaparecían, destacó el pueblo de los Tlantis, originario de Lendor, que se asentó precisamente en la zona fronteriza entre los grandes dominios.

Desde allí, sus reyes comenzaron a imponer tributos a todo comerciante que transitara en cualquier dirección; a quienes se negaban a pagar se les confiscaban las mercancías. La medida generó gran descontento: el viaje ya era suficientemente peligroso como para añadir un impuesto abusivo que anulaba cualquier ganancia. Fue entonces cuando algunos mercaderes murianidas decidieron intentar lo impensable: cruzar la cordillera en busca de una ruta alternativa que evitara el bloqueo.

No hallaron el paso hacia el norte que buscaban, pero descubrieron algo aún más trascendental: el reino de Andirria. A partir de ese encuentro se estableció una nueva vía de intercambio de bienes, ideas y conocimientos. Con el paso de los siglos, aquella senda dejó de ser utilizada solo por comerciantes y comenzó a ser transitada por pueblos enteros que migraban de este a oeste —y viceversa— según las crisis, guerras o épocas de prosperidad de los cuatro grandes imperios. También la recorrieron ejércitos en campañas de conquista.

Siete siglos después, las rutas que atravesaban La Vértebræ habían generado un flujo constante de personas y propiciado alianzas, conflictos y mezclas culturales entre oriente y occidente. Especialmente célebre fue el matrimonio de la emperatriz Siriana IV de Andirria con el rey Darsiniades del norte de Lendor, unión que inauguró una dinastía recordada como una era de prosperidad, estabilidad y florecimiento para los habitantes de Merides.

La Sociedad del Cuervo Blanco.



Necesitaba escribir el final de mi novela de detectives sin siquiera haber terminado el nudo o parte intermedia del libro. Mi falta de pericia en ese género era evidente, de modo que decidí hacer lo correcto en estos casos: fui al sótano de la casa, donde tenía varios cachivaches acumulados por mí y principalmente por un par de personajes de generaciones atrás.

Logré localizar una gran caja de cartón, la misma en la que había venido la enorme lavadora de la tía Maruja. En algún rincón, de hecho, también estaba arrumbada la dichosa máquina, y estoy seguro de que, si hubiera hurgado lo suficiente, también habría encontrado a la tía Maruja en algún lugar del sótano. En menos de veinte minutos y con la ayuda de algunos materiales sobrantes de aquí y de allá, logré construir una máquina del tiempo.

Me disponía a usarla cuando escuché que alguien hacía sonar insistentemente el timbre de la puerta de mi casa.

Me dirigí al portón principal para ver quién osaba molestarme en un momento tan crítico e íntimo. Se trataba de una mujer albina, de aspecto pícaro y decidido, vestida con una gabardina similar a la de Sherlock Holmes, que dejaba entrever una figura bella y elegante a pesar de su extraño atuendo.

No alcancé a decir nada cuando ella sacó de un bolsillo una tarjeta de presentación y, al mismo tiempo, dijo:

—Sociedad del Cuervo Blanco.

Eso era exactamente lo que decía la dichosa tarjeta, pero en una lengua olvidada: Societas Corvi Albi. La miré por el reverso y solo había un logo con dicha ave. Mientras yo intentaba darle sentido a la situación, la dama, de modo ágil y sin ser invitada, sacó una lupa y se internó en mi casa.

Intenté protestar, pero ella me hizo un gesto para que guardara silencio y, con tono serio y el aire de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo, indicó:

—Está usted en posesión de una máquina del tiempo ilegal.

—¿Esto? —dije con aire dubitativo—. Bueno, acabo de construir una, pero no creo que…

—¿A qué época planeaba usted viajar?

—Soy escritor. Quería entrevistarme con Arthur Conan Doyle, presentarle mi novela de detectives y ver cómo puedo continuarla.

—Malo, muy malo. Lo que usted indica es una violación tipo cuatro del Código Internacional de Viajeros en el Tiempo.

—¿Qué?

—Represento a la Sociedad del Cuervo Blanco, un grupo de gente altruista y desinteresada cuya tarea es preservar en buen estado la línea del tiempo.

Yo seguía sin entender ni un comino de la verborrea que salía de la boca de aquella dama infernal. Al verme con cara dubitativa, me lanzó una pregunta fría y directa:

—¿Sabe hablar usted inglés? Y no cualquier inglés, sino el de alguien muy bien educado en protocolos victorianos.

—No hablo ningún idioma diferente al castellano.

—Supongo que tampoco habrá considerado que podría encontrarse con una versión de Conan Doyle muy anterior a la época en que escribió el famoso libro del detective y el doctor.

—Cierto, no lo había pensado.

—Es por eso que estoy aquí. ¿Dónde está el artefacto?

—¿La caja de cartón?

—Exactamente.

—Está en mi sótano.

Nos dirigimos al lugar y le señalé la caja. Ella se acercó con curiosidad, la inspeccionó rápidamente y arrancó dos piezas del interior: un cubo de Rubik, que hacía las veces de Resonador Crono-Inercial, y un cepillo de dientes —quizá del primo de mi abuelo— que servía como Acumulador de Gradiente Temporal.

—Confiscados. Sin esto, el aparato es técnicamente inofensivo. Ya no servirá para viajar en el tiempo, aunque podría servirle para ir a Andrómeda, si así lo desea —dijo, contemplando las piezas con codicia y cierto respeto.

—Sin ellas no podré terminar mi novela. Se supone que Conan Doyle me ayudaría a resolver ese lío tan tremendo.

—Nunca dije que usted no pudiera viajar en el tiempo. Lo que he dicho es que su máquina no es la adecuada. Efectivamente, usted sí viajó en el tiempo y, debido a la precariedad de los materiales y del diseño, prácticamente arruinó toda la historia conocida. Nos tomó bastante trabajo dar con la caja en el preciso momento en que iba a usarla.

—¿Es decir que viajé en el tiempo, pero no recuerdo nada?

—Es por eso estoy aquí: para prevenir que ello ocurra.

—¿Y cómo haré para terminar mi novela?

—Pues tiene usted suerte. Puedo ofrecerle planes de membresía a nuestra sociedad. Tenemos el de Socio Oro, que se paga en cuotas mensuales, y el de Socio Diamante, que se paga anualmente con cierto descuento —dijo mientras sacaba de un bolsillo de la gabardina unas formas impresas.

—¿Qué ventajas tiene la membresía?

—Buena pregunta. Básicamente damos asesoría al viajero. En cada tiempo y lugar existe una sede nuestra donde se le ayudaría a ubicarse fácilmente dentro de una época pasada. Sin hablar inglés y sin ser conocido en los círculos sociales en los que el Doyle se movía, tendría usted pocas posibilidades de hablar con el caballero. Nuestra sociedad es, precisamente, el puente entre el habitante del futuro y las personas del pasado. Tenemos contactos, transporte, vestuario, dinero, joyas y metales preciosos, alojamiento e incluso armas a su disposición —en el plan Marfil —dijo en voz baja, tosiendo—. Es mucho más ventajoso viajar con nosotros que hacerlo por su cuenta. Además, contamos con equipos de última generación y probados en incontables ocasiones.

Dicho esto, me pasó un formulario de aplicación.

—Puede colocar su firma en la parte inferior. Incluso obtendría un descuento extra del siete por ciento.

—¡Trato hecho!




Lunes


La detective Ada y el inspector Carbonell, como de costumbre, cada lunes por la mañana, se reunían con el alto comisionado de policía para tratar distintos asuntos y casos en curso. 

—Estimados —dijo el comisionado—, en relación con el caso de los jueces del reality, han surgido nuevas pistas que me han llegado por una fuente altamente confiable. La información se refiere a los familiares de las víctimas. Se nos ha confirmado el paradero de una de las exesposas de Simón de Santillana —añadió, mirando de reojo a Ada—. Y aquí es donde entras tú, mi querida detective. Nuestra fuente asegura que la señora reside en Puerto Industrial. 

Al escuchar el nombre de su ciudad, Ada esbozó un gesto casi imperceptible, cuidando de no dejar traslucir sorpresa alguna. 

—Ada, quiero que te encargues de ese asunto de inmediato. 

—Por supuesto. Carbonell y yo podemos tomar la autopista y, en unas ocho horas, estaríamos en la comisaría local. 

—No, Ada. Este viaje lo harás sola. Carbonell permanecerá aquí, en la capital, coordinando otros aspectos de este mismo caso y de otros de similar urgencia. 

—A estas alturas, no creo que sea conveniente dividir al equipo. En Puerto Industrial, alguno de los muchachos puede encargarse de investigar a la dama. Incluso yo misma podría llamar desde aquí y coordinar la pesquisa. 

—Bajo circunstancias normales, y si se tratara de otro caso, estaría de acuerdo contigo —replicó el comisionado—. Pero dada la prioridad del asunto, prefiero que te ocupes personalmente. Mi asistente ya ha hecho una reserva aérea: saldrías en el primer vuelo de la noche. Tómate el resto del día para organizar tu equipaje y prepararte para el regreso a casa. 

—Comprendo, jefe. Donde manda capitán, no manda marinero —respondió Ada con tono lacónico.

Cabeza de Toro


Ada buscaba algo con urgencia en el clóset, revolviendo perchas y cajas con una ansiedad poco habitual.

—¿Qué buscas? —preguntó su marido desde la puerta, intrigado.

—Mi disfraz de vaquera.

—¿El de kevlar color negro?

—Ese mismo.

—Vaya, debe ser serio el asunto. ¿De qué se trata todo esto?

—Me llegó un correo electrónico de la oficina con una nueva asignación: el dueño del banco del pueblo murió y, según dicen, escondió varios lingotes de oro en algún lugar y, como de costumbre en estos casos, algún grupo de degenerados querrá robarlos.

—¿Y cuál es tu plan?

—Iré a la cantina. Escucharé, observaré… ya sabes.

—Te sugiero que lleves el Colt .45.

—Prefiero una mini Uzi 9 mm, querido.

Esa misma noche, Ada se dirigió al famoso bar “Cabeza de Toro”. Dejó estacionado su automóvil a varias cuadras para no llamar la atención. Al cruzar la puerta, notó a una mujer rubia tocando una música muy animada en un clavicémbalo y que mascaba chicle de manera vulgar, sin ningún disimulo. 

El humo de tabaco flotaba espeso y en varias mesas se jugaba a las cartas con mucha seriedad, las prostitutas rondaban a los jugadores como si fueran halcones y continuamente algunas bajaban solas y otras subían acompañadas a algún cuartucho maloliente del segundo piso.

Ada se acercó a la barra, pidió un vaso de bourbon, lo olió cautelosamente y se lo bebió de un solo trago. Luego avanzó con paso seguro hasta la mesa en donde había más dinero en juego; allí estaba Lucho “Poca Suerte”, un sujeto de aspecto áspero y modales desagradables.

—¿Molesto si me uno a la función? —preguntó Ada.

—Si trae dinero, forastera, tome asiento. La apuesta mínima es de doscientos machacantes sobre la mesa.

Ada aceptó. En pocas manos acumuló una suma considerable, mientras los demás jugadores se retiraban con excusas mal disimuladas. Pronto quedó sola con el peligroso bandido.

—Forastera, creo que usted está haciendo trampa. Y nadie se burla de Lucho “Poca Suerte”.

Él se llevó la mano a la cintura, pero no llegó a tocar el revólver. Ada ya había desenfundado la subametralladora. Una despiadada lluvia de balas, impactando cabeza y pecho, prácticamente desintegró al desdichado.

El bar estalló en murmullos. El dueño se acercó, nervioso.

—Señorita, jamás vi a alguien tan diestro. Ese hombre era de la banda de “Cicatriz” Vega, su mejor pistolero. Habrá problemas cuando sus secuaces se enteren. Para fortuna suya, hay un puesto de alguacil vacante… Hoy lo enterramos. Si le interesa, el comisario estará encantado de hablar con usted.

—Perfecto. Si ese era el mejor pistolero de “Cicatriz” Vega, supongo que ellos me darán una paga mucho más alta que lo que pueda ofrecer el ayuntamiento. Sin embargo, pasaré a hablar con el comisario: hay una considerable recompensa por el fiambre que les dejo aquí servido y quiero cobrarla —replicó Ada mientras recogía las apuestas de la mesa.

Ella se dirigió hacia la salida, coloco unos billetes en el escote de la rubia, que seguía tocando la música, nuestra heroína le acaricio suavemente el rostro, la clavicembalista en respuesta hizo una pequeño globo con el chicle, las dos cruzaron una mirada cómplice y Ada ágilmente cruzo la puerta para así desaparecer en la oscuridad.

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Relato para participar en la convocatoria de "Cada Jueves un Relato", en esta ocasión auspiciado por Neogeminis: A modo de Western. Inspirar un relato en los temas clásicos de vaqueros "made in USA" (o Italianos).

Ver los detalles completos AQUI

Camelot


Dos caballeros de los tiempos antiguos se dirigen a una cueva rodeada de pantanos infestos.

—¿Dices que esa adivina es muy buena? 

—Es la mejor de la comarca; nos será de ayuda. 

—¿Cómo dijiste que se llamaba? 

—Morgana. 

—¿Y qué tan buena es? 

—Shhh, ya estamos llegando. Ya puedo verla. Seguro estará cocinando sapos en un caldero. Si está de buen humor, podrá decirnos lo que te espera en este lance que tienes planeado.

—¿Qué misterioso destino trae a dos apuestos caballeros a mi humilde hogar? —preguntó una voz desde las sombras. 

—Este es el príncipe Arturo; desea conocer el destino que lleva escrito en sus manos. 

—¿Y quién es este que tanto habla? —respondió Morgana. 

—Él es mi amigo Percival. 

—Somos más que amigos —apuntó el aludido. 

—Tales asuntos no me atañen, caballeros —le interrumpió la adivina—. A ver, principito, tenga la bondad de quitarse el guante de la mano izquierda. 

—Haría bien en cuidar su lengua, pues pronto seré algo más que el heredero de este país —respondió bruscamente el caballero interpelado, mientras se quitaba el guante y le ofrecía la mano a la adivina.

Ella, tras observar apenas unos segundos las líneas de la palma, lanzó un chillido que casi paralizó de miedo a los dos caballeros.

—Aquí dice claramente que no eres quien dices ser. El verdadero príncipe está... —dijo la adivina con expresión de duda, aguzando la vista para ver mejor—... ¡encarcelado! 

—Vaya, realmente la fama que tiene usted es más que merecida. Ciertamente es así: él está encerrado en una torre y porta una máscara de hierro. 

—¿Quién eres tú, entonces? —demandó con enojo la adivina. 

—Mi nombre de nacimiento es Lancelot, hermano gemelo de aquel desdichado del cual está prohibido hablar. 

—Sea como sea, ante el Gran Ojo que todo lo ve y conoce, eres un usurpador y siempre lo serás —sentenció amenazante Morgana.

—¡Basta ya! —rugió Lancelot, desenfundando una daga y colocándola rápidamente contra la garganta de la adivina—. Hoy mismo, antes de que el gallo de medianoche cante, mi padre dará su último suspiro. 

—Planes de truhanes... Pues como se entere el portador de Excalibur, el Caballero Negro, ni el mismísimo Gran Ojo podrá detenerlo.

Morgana no pudo articular ni una sola palabra más. Lancelot, de un solo tajo, le había rebanado la tráquea. Mientras la veía desangrarse, sentenció:

—¡Ja!... Del Caballero Negro, ... , me encargo yo.


Relato para participar en dos convocatorias diferentes.

Inicialmente iba a hacer el relato con mis propios personajes: Madame Marusa o una antepasada suya como adivina, y los caballeros serían nobles de Aragca o Andirria (depende de mi estado de humor). Pero una de las condiciones en los retos me llevó al terreno de lo clásico.



Por un lado está el Vaderreto, que exige una historia con un Rey y un Mago. Mmmmm, aquí cumplo parcialmente: no hay un mago al estilo de los que perseguía don Quijote, pero creo que la lectora de manos puede ocupar perfectamente ese rol. Tampoco hay rey… todavía, porque en pocas horas el protagonista será coronado, lo que técnicamente me da cierto margen con esa convocatoria.

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Del otro lado está Fuego en las Palabras (#Fuegoenlaspalabras), que invita a tomar un relato clásico e invertir los papeles o el contexto de los personajes. Aquí sí puse voluntad para ajustarme a los requerimientos; es mi primera vez participando allí, así que no quiero dar malas impresiones.

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Zaida 2001



La primera noticia acerca de temas espirituales en Aragca, según se especula, ocurrió en la noche de los tiempos, cuando se cree que el ser humano era una criatura mitad simio, mitad hombre. En el cine, a veces, se muestran unos chimpancés reunidos alrededor de un monolito, pero lo que realmente ocurrió fue que no había presupuesto para pagar a una actriz que se pareciera a la diosa Zaida.

Esta diosa, perteneciente a una dimensión desconocida, usando magia o una tecnología imposible de imaginar incluso para nosotros, apareció un día de repente, como una especie de fantasma, en las llanuras donde nuestros supuestos padres —los homínidos— estaban a punto de colapsar por el hambre. La diosa les enseñó a adorarla; ellos aprendieron a hincar la rodilla y a postrarse ante su presencia. En recompensa, ella les enseñó los secretos del fuego.

Luego de algunos milenios, la diosa comenzó a pensar que sus mascotas se habían vuelto dependientes de ella y que no progresaban como era debido. Así que, un día, sin decir palabra, se elevó por los cielos y desapareció para siempre, quedando de ese modo registrada en los anales sagrados de la humanidad.

Se dice que, durante su ascenso, la diosa atravesó el espacio sideral y se desterró voluntariamente en una luna olvidada de Saturno (sin confirmar).

Desde ese día, en muchos lugares del mundo han aparecido “hijas de Zaida”, reclamando haber sido enviadas por la diosa, o incluso mujeres sabias que repiten enseñanzas místicas supuestamente basadas en los dichos y hechos de Zaida, alrededor de las cuales se han formado cultos, sectas y grandes religiones.

Como suele ocurrir, ninguna de estas hijas ha logrado ponerse de acuerdo con las demás, lo cual ha sido interpretado por los fieles como una prueba irrefutable de la profundidad del mensaje original.

Los más escépticos señalan que, si la diosa regresara hoy, probablemente negaría haber dicho la mayoría de las cosas que se le atribuyen, en cualquier caso, Zaida permanece ausente, observando —según algunos— desde su exilio, y otros dicen que vive entre nosotros, discretamente, bajo una identidad cotidiana e informal. 

¡Podría ser tu vecina!



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Relato participante en la convocatoria "Cada Jueves un Relato" por Roselia Bezerra en su blog “Espiritual Idade”.  

En esta ocasión, la autora nos invita a escribir un relato inspirado en los colosos espirituales de la humanidad.  

Los detalles completos de la convocatoria pueden consultarse en este enlace (convocatoria en idioma portugués).




El Agravio. Donde se da cuenta de cómo un impostor fue descubierto por un caballero

Acababa yo de presentar un corto entremés, basado en un diálogo absurdo entre don Quijote y Sancho, cuando de entre el público surgió una figura que no pude ver con claridad, a causa de la oscuridad de la sala.

El hombre habló con gran enojo, poniendo la punta de su ropera en mi garganta:

—Ratón y bellaco, habéis desfigurado a un noble personaje, cuyo autor conozco sobradamente. Decidme, pues, ¿cómo os llamáis?

—Soy el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda —respondí, no sin mostrar cierta cólera en el rostro.

—Os parecéis a Jerónimo de Pasamonte… o quizá a Pedro Liñán de Riaza.

—Os aseguro que no sé quiénes son tales hombres; mas no tolero ofensas de desconocidos. Identificaos, buen señor.

En ese instante la figura se descubrió por completo, y el miedo se apoderó de todos. Mi interlocutor resultó ser un monstruo de la naturaleza. Al verlo, cuantos estábamos en la sala —público, actores y gente del teatro— huimos despavoridos, sin mirar atrás.

La Nomenklatura



Es un tanto precario describir el incidente que ocurrió hoy, aunque no se trató de un evento poco común. Iba en mi limusina por las calles de Nueva Caledonia, rumbo a mi lugar de trabajo: el rascacielos de Industrias Ishii, quizá uno de los cuatro más altos del país. Soy la CEO de la oficina local.

Al doblar una esquina noté un puesto de venta de revistas y, con el rabillo del ojo, distinguí el cómic de la semana: ADA y Hulla resolviendo el caso de los jueces del reality.

Me pareció extraño, pero mantuve el rostro impasible. Evidentemente no iba a pedirle al chofer que se detuviera para comprar un ejemplar; habría sido un gesto impropio, una excentricidad capaz de encender las alarmas de la Nomenclatura. Así llamamos al reducido grupo de industriales, políticos y nobles que controlamos el destino de la nación. Somos doce. Nos conocemos bien. Y ellos me conocen a mí.

La Nomenclatura existe desde hace siglos. No llegué allí por mérito, sino por línea de sangre: mi padre y mi abuelo fueron miembros. Aprendí observándolos.

Al ver la revista comprendí algo de inmediato: la realidad había sido alterada de forma profunda. Hulla era un personaje cancelado desde hacía décadas, un precursor de Carbonell. Su reaparición indicaba que me encontraba en un mundo distinto al que conocía, uno peligrosamente inestable.

¿Sería yo la única en notarlo?

¿Era una extranjera en ese nuevo universo, o una nativa que aún recordaba la versión anterior?

¿Debía intentar reconstruir la línea original?

Y lo más inquietante de todo:

¿qué —o quién— había provocado el cambio?

Espero que se comprenda mi extrema cautela ante el evento. Por esa razón decidí mantener la calma y continuar con mi día como si nada hubiese ocurrido. El chofer me llevaría al estacionamiento subterráneo del edificio y, desde allí, tomaríamos el ascensor privado directo al último piso.

Una vez arriba, atravesaría las oficinas de la dirección general como siempre: sin detenerme, sin mirar a nadie, escuchando apenas los saludos de quienes trabajan allí. Pero no solo hay personas en ese espacio. Parte de la decoración es una estatua de oro dedicada a la diosa Zaida. Nunca me ha agradado. Tengo la sensación de que me observa, de que me sigue y me juzga. La conservo porque pertenece a mi familia desde hace generaciones y porque mi abuelo hablaba bien de ella. Aun así, prefiero mantener distancia de ese tipo de asuntos místicos.

Entraría a mi oficina y cerraría la puerta, buscando privacidad. Mi primer movimiento sería no informar a ningún otro miembro de la Nomenclatura sobre mi hallazgo. Por experiencia sé que ser quien mueve primero en un juego donde los rivales son tan hábiles como uno implica un riesgo innecesario.

Dejaría que las cosas siguieran su curso, observando. No todos poseen mi natural cautela. Tarde o temprano alguien más notaría el cambio y entraría en pánico, convocando una reunión de emergencia. Ya ha ocurrido antes.

Y en ese terreno —el de las intrigas— sé moverme con soltura.

-o-

En uno de los salones del exclusivo club "Los Avellanos", una figura discreta se aproxima a un hombre solitario, sentado en una mesa reservada para VIPs.

—Pero mírenlo… ¿no es acaso Truhanio van der Waals? Qué ocasión tan singular nos concede hoy tan ilustre presencia.

—Barón von der Waals, para ser precisos —corrigió el aludido, sin levantar la vista.

—Desde luego. ¿Concedería el señor Barón, en un gesto de cortesía entre iguales, que otro Barón le acompañe a degustar algunos… selectos etílicos brebajes?

—Querido Feloncio Sterling, sabes bien que siempre he apreciado tu compañía. Haz los honores.

Tras aquella introducción tan poco común —aunque perfectamente acorde con dos Barones de su talla— y sin despertar sospechas entre los demás comensales, Truhanio bajó la voz. Observó de reojo al recién llegado y luego al resto de los presentes antes de hablar.

—¿Lo has notado?

—¿Notado qué?

—La anomalía.

—¿Cuál anomalía? ¿La joven que canta al fondo del salón?

—Veo que no estás al tanto.

—No me des rodeos. ¿Qué ocurre?

—No te inquietes. Es algo que debe saber la Madame.

—¡Eh! —susurró Feloncio, tensando el gesto—. Ese nombre no se pronuncia a la ligera. Si pretendes involucrar a Bilana de Varenne, será bajo tu propia responsabilidad.

—El asunto lo amerita. Ya lo verás.

—Más te vale que no sea otro de tus juegos. La última vez apenas salimos indemnes.

—No lo es. Esta vez estamos ante algo que excede nuestras posibilidades. Necesito que todos estén al tanto… y solo ella, como CEO de Ishii, puede conceder ese favor.

-o-

Convocar una asamblea extraordinaria de la Nomenclatura no solo es riesgoso, sino completamente inadecuado: levantaría sospechas inmediatas tanto entre aliados como entre enemigos. Mis adversarios podrían interpretarlo como el momento perfecto para atacar, y mis aliados, por simple instinto de supervivencia, podrían cambiar de bando. Por ese motivo —y por otros tantos, algo cansinos de relatar— decidí esperar a la siguiente sesión ordinaria.

Celebramos tres al año. El asunto del barón von der Waals sería tratado como un punto secundario, poco antes de cerrar la minuta del día.

En esas reuniones, entre los doce miembros, todo transcurre dentro de una rutina cuidadosamente ensayada: se habla del mercado, de la política, de rumores de celebridades, de las oportunidades de Nueva Caledonia frente a otras potencias. El nombre de Aragca y el de su rey aparecen con frecuencia, como corresponde al vecino más influyente de nuestra particular región.

Una vez agotados los temas habituales, intervine con un tono deliberadamente cansino, como si anunciara una nimiedad.

—Para el punto final habrá una breve intervención del barón von der Waals, aquí presente, acerca de un asunto editorial.

No se hizo esperar. Se incorporó y comenzó a hablar con aire solemne.

—Estimados miembros de la Nomenclatura, seré breve. Quisiera formularles una pregunta sencilla: ¿cuánto tiempo lleva el gendarme Hulla siendo el compañero de aventuras de la detective Ada Escualo?

Se escucharon algunos murmullos. Fue don Álvaro de Montellano y Rivas quien, dirigiéndose a mí y no al barón, intervino:

—Madame de Varenne, con todo respeto, considero que el asunto del barón es de índole personal y no corresponde tratarlo en una reunión de la Nomenclatura.

—Me temo que aún no hemos escuchado todo lo que el barón tiene que decir —respondí con sequedad.

—Siempre ha sido así —intervino entonces la miembro más antigua de la Nomenclatura, doña Beatriz de Orellana—. Hulla y Ada llevan muchas décadas publicados como compañeros. No hay nada extraño en ello.

Doña Beatriz era, además, baronesa y portadora de otros títulos nobiliarios imposibles de enumerar aquí.

—Me temo que no es así como yo lo recuerdo —replicó de inmediato el barón—. Si mi memoria no me falla, la publicación se llamaba Ada y Carbonell.

—¿Carbonell? —dijeron casi al unísono varios miembros de la Nomenclatura.

—Jamás se ha escuchado ese nombre, al menos no en Nueva Caledonia —afirmó don Álvaro, ya rojo de cólera.

—Si lo que usted dice es correcto —y tal vez podría serlo— implicaría que hubo un cambio en la realidad. El problema es que nadie lo habría notado… excepto, claro está, gracias a la astucia e inteligencia de alguien tan brillante como el señor barón —apuntó doña Beatriz.

—La pena por difundir rumores sobre alteraciones de la realidad está claramente consignada en los apartados de Mundos Paralelos —añadió don Álvaro, casi sonriendo—. Allí se especifica que tales faltas implican cárcel y aislamiento para el infractor.

—Ha lugar —exclamé.

Sin demora, tomé el intercomunicador y me expresé con absoluta claridad:

—Guardias, arresten al señor barón. Será recluido en La Gorgona, nuestra prisión de máxima seguridad. Se requiere aislamiento total.

-o-

Una de las cosas que mejor funciona en Nueva Caledonia es el sistema judicial cuando se trata de impartir justicia. Basta con que la Nomenclatura señale a alguien como reo para que la bien aceitada maquinaria carcelaria se ponga en marcha a toda velocidad. En menos de dos horas, el buen Barón ya estaba ingresando en su celda definitiva.

Mucho se habla del lujo que rodea a Aragca, pero Nueva Caledonia no se queda atrás. Más que un penal, La Gorgona parecía un hotel de cinco estrellas. Sus instalaciones hacían que las viviendas del ciudadano común del país parecieran simples establos sucios. La razón era evidente: La Gorgona estaba destinada a albergar criminales de alto perfil —nobles, banqueros, políticos, místicos y otras personalidades de probada importancia o fortuna—.

Cuando el guardia indicó la celda asignada al señor Barón, este entró solo en su lujosa suite. Sin embargo, no estaba vacía.

No tuvo tiempo de reaccionar. La mujer que se encontraba en el interior, vestida con un atuendo blanco que recordaba vagamente al de un ninja, le hizo un gesto para que guardara silencio y habló en voz baja:

—Sea precavido, señor Barón. No está usted solo en estas penalidades. Los de mi orden, la Hermandad del Cuervo Blanco, hemos decidido velar por su seguridad. Y nada mejor que esta prisión. Más que un lugar de custodia y castigo, esta celda servirá como hogar protector.

—¿Hermandad del Cuervo Blanco? —replicó el Barón con sequedad—. Jamás he oído hablar de ella.

—Somos discretos. Todo se remonta al pasado, cuando apareció por primera vez un cuervo albino. Desde entonces luchamos a favor del bien en el mundo.

—¿Y qué particularidad ha atraído la atención de su hermandad hacia mi humilde persona?

—Sabemos de la anomalía. Uno de los hermanos tuvo visiones y nos habló del suceso que acontece y perturba a la Nomenclatura. Nadie más, salvo él, vio o sintió algo extraño. Pero cuando el Principal de la Orden tuvo conocimiento de su caso, me envió a investigar. Ambas novedades están, como es obvio, relacionadas. Se me encomendó protegerle y mantenerle, en lo posible, en una sola pieza.

—Es reconfortante saber que cuento con aliados tan distinguidos. ¿Cuál será el siguiente paso?

—Por el momento, guardar discreción. Tal es nuestro lema. Pronto estará en libertad. Estamos moviendo cielo y tierra.

Sin esperar respuesta, la misteriosa interlocutora salió por la puerta de la celda. La cerró con un golpe firme, y el Barón percibió cómo, desde el exterior, accionaban varias veces el cerrojo, como recordándole que seguía en una prisión estrictamente vigilada.

-o-

Ha pasado algún tiempo y llegó el momento de otra de esas rutinarias y tediosas reuniones de los Doce. Recuerdo que, una vez que los once presentes tomamos nuestras posiciones y nos atrincheramos para defendernos o atacar directo a la garganta a nuestros rivales, se hizo la lectura del orden del día. Como de costumbre, hice colocar el tema del Barón al final, en la sección de "varios".

Cuando llegó el turno, indiqué a la plenaria que el Barón debía ser restituido de inmediato en sus funciones. Vi algunas caras de asombro, otras ni se inmutaron y unas dos de enojo. Apenas dije «restitución», como por arte de magia, entró el Barón vestido con traje de ceremonia antiguo, mostrando todos sus honores militares.

Lo invité a tomar su asiento diciendo: «Esta corte encuentra completamente inocente al Barón Truhanio van der Waals de los falsos cargos de conspiración para alterar la realidad. Nuestras investigaciones demuestran que es imposible crear o generar universos alternos, siendo el asunto más un tema de especulación que de conspiración. Por lo tanto, se restituye —de acuerdo con las ordenanzas— al señor Barón aquí presente a sus funciones como honorable miembro de esta nomenclatura y se le hace beneficiario de una indemnización por su tiempo en la cárcel y por los daños y perjuicios que haya ocasionado dicha conducta. Pasa, por tanto, a ser poseedor de una renta vitalicia heredable a perpetuidad, más la administración de cuatro condados al sur de Nueva Caledonia. Comuníquese y cúmplase».

Disfruté mucho pronunciando tal proclamación mientras veía los rostros de los otros miembros; sé que estarían pensando que ahora yo sería mucho más peligrosa. Un homenaje de ese calibre al Barón lo colocaba de inmediato en posición de ser un aliado de gran talla a mi lado. Quizás no lo vieron venir: nunca nadie supo que yo era la única persona en este mundo que notó un cambio de realidad. ¿Y qué? ¿Iba yo a cambiar todo a como era antes? ¡No! En esta realidad soy alguien, tengo todo el poder a mi disposición.

En realidad, el Barón jamás fue consciente de que hubiese un tal Carbonell, pero tuve que confiar en él; le dije que creara esa historia ante la nomenclatura y que lo iba a recompensar grandemente. Él cumplió su parte, jugó bien. Sé que, por el momento, me he ganado un gran aliado que consolidará mi poder. ¿Y la Hermandad del Cuervo Blanco? Ja, ja... yo la inventé para la ocasión; supongo que soy la «Principal de la Orden». Es claro que en esta «Nueva Caledonia» que surgió de la nada, yo, Madame Bilana de Varenne, soy el ser más poderoso imaginable y no pretendo mover un dedo para cambiar eso. Por ello, a partir de este momento, Carbonell desaparece... ¡Viva Hulla, nuestro héroe nacional!

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Cejas de Oro



No sé si a todos ustedes les pasa igual. Quizás no.

El caso es que estuve revisando, una vez más, la foto de la portada del blog: esa en la que aparece ADA rodeada de varios personajes variopintos, de distintas pelambres. La he visto mil veces, y estoy seguro de que mucha gente también. Pero noté algo extraño.

Por alguna razón quise ampliar la imagen.

Y ahí lo vi.

Encontré un personaje que no había visto antes, lo cual es raro, porque —por razones obvias— debería conocer a todos y cada uno de los personajes del blog. Sin embargo, ahí estaba: una presencia casi como una sombra, algo escalofriante, una especie de anomalía. Un personaje desconocido para mí y que, por lo tanto, no debería estar en la foto de ADA.

Entre intrigado, curioso y con una ligera sensación de susto, tomé el fragmento de la imagen y decidí llevarlo a un experto: un viejo librero que vende libros usados, cartas, collectibles y revistas de tebeos.

Le mostré la imagen. Al principio la miró con desdén, casi con aburrimiento. Pero no sé… por un instante lo noté inquieto. Me dijo que volviera en una semana, que estaba muy ocupado.

Y dicho y hecho, a la semana volví.

—Es el Cejas de Oro.

—¿Qué?

—El amigo que usted me trajo la semana pasada.

—¿Amigo? No, no, no. No es un amigo. Es la imagen de un desconocido. Pensé que usted me ayudaría a identificarlo.

—Le repito: es el Cejas de Oro.

—No me resulta familiar ese personaje. Jamás lo he escuchado dentro de las narrativas de Aragca.

—Precisamente. El Cejas de Oro no es de Aragca, sino de Nueva Caledonia.

—¿Nueva Caledonia? Vaya… casi lo había olvidado. Creo que voy entendiendo. Es un lugar bastante misterioso.

—Cierto. Es como el hijo pródigo que ha corregido su camino.

—La verdad, no sabía que hubiese industria del cómic en ese lugar.

—Y no la hay. Nunca la hubo y nunca la habrá.

—¿Cómo va eso?

—Para explicarlo tendríamos que irnos al origen de todo, a la época del Platino del cómic aragquense.

—¿Es decir, antes de que apareciera Carbonell?

—Exacto. En aquellos días se publicaba bajo el nombre del Teniente Hulla. Creo que tengo algunos números por aquí.

El librero, con ayuda de una escalerilla de tres peldaños, trepó ágilmente —demasiado ágil para alguien de su edad— entre los polvorientos anaqueles y bajó una caja. Para mi sorpresa, contenía varias revistas de una época ya olvidada. Había títulos como Capitán Relámpago, El Guerrero sin Disfraz, Doña Parlanchina, Dorita, y, por supuesto, varios de Hulla: Hulla contra los vampiros, Hulla y el misterio de la pirámide, Hulla y la falange, entre otros.

—Aquí está —dijo el librero, tomando hábilmente uno de los números—. Aventuras de Hulla, Crispín y Goliberto.

Abrió la revista justo al centro y, con el dedo, señaló una viñeta.

—¿Lo ve?

Observé con cuidado y exclamé:

—Claro que sí. Es precisamente el mismo por el cual consulté.

Luego el librero sacó otras revistas de Hulla y me mostró distintas viñetas en las que aparecía el personaje al que él llamaba Cejas de Oro.

—¿Nota usted algo? —inquirió el viejo, como tanteándome.

—¿Algo así como un patrón? —respondí, con duda.

—Quiero saber qué piensa usted.

—Bueno… noto que el personaje en cuestión siempre aparece como un extra, simplemente como decoración, como relleno del fondo.

—Buena deducción —indicó—, pero lo que le he mostrado son las últimas publicaciones de Hulla. Después de ellas, nunca más se publicó.

—No entiendo.

—El Cejas de Oro siempre aparece en las publicaciones que van a desaparecer.

—¿Cómo va eso?

—Lo he venido siguiendo. Apareció primero en 1917, en los últimos tirajes de Campanín; luego, en los de Hulla, en los años treinta; y ahora usted me dice que salió en ADA. Claramente, eso indicaría que ADA está próxima a finalizar.

—Muy extraño. Soy conocedor del cómic y nunca había escuchado de ese personaje.

—Es que es nuevo.

—¿Nuevo? —dije, casi en shock—. Pero si me dice que apareció en 1917 y en 1930…

—Así es. Pero nunca antes estuvo en las revistas. Yo también las conozco. Su aparición es reciente. Es una entidad que se ha insertado en las imágenes hace poco.

—¿Una especie de anomalía?

—Un parásito.

—No diga nada —le indiqué al librero mientras sacaba unos billetes de cien dólares—. Será mejor que yo investigue esto. ¿Le molestaría prestarme por unos días los números de Hulla?

—No hay problema. Tome algunos y me los devuelve el próximo lunes.

—Trato hecho —le dije.



Barón Gabriel Cisneros de Montemayor



Mucha gente cree que existen colegios de magia donde niños de todas las condiciones y pelambres aprenden los misterios de las ciencias ocultas, pero en el mundo real las cosas ocurren de manera muy distinta. Para empezar, la magia no se enseña en escuelas: un mago de renombre transmite parte de sus conocimientos a dos o tres aprendices que, por lo general, ni siquiera se conocen entre sí. Estos aprendices suelen pertenecer a familias nobles o, al menos, muy acaudaladas. Además, no son niños, sino adultos de más de veinticinco años. Y aun así, no todos logran el título de Mago o Hechicero. De hecho, solo seis personas —cuyas identidades permanecen en absoluto secreto— ostentan ese título. 

El Barón Don Gabriel Cisneros de Montemayor, a los treinta y cinco años, entró al servicio de su “Maestro” hacia la década de 1950. Su primera misión consistió en leer los siete grimorios de Zaida, obras tan antiguas como enigmáticas, escritas antes de que el imperio Andirriano se desvaneciera en el olvido. Le tomó tres años leer y asimilar el primer tomo. Al cuarto año hojeó el segundo, se aburrió y lo abandonó. Renunció a convertirse en Mago y prefirió dedicarse a la entonces naciente industria de la cibernética. Gracias a su talento y fortuna, creó autómatas imposibles de distinguir de un ser humano. Llevó siempre una vida reservada. Murió de viejo. Sus hijos mantienen el castillo en buen estado, aunque ninguno se aventura al sótano donde el Barón concibió sus mayores creaciones. 

Un día, Madame Circuita, la nana mecánica que el Barón había construido para cuidar a sus hijos, regresó a casa. Los Cisneros la dejaron entrar al laboratorio sin objeciones. Tras tantos años de abandono, el lugar estaba revuelto: cables, circuitos, bulbos y bobinas se amontonaban por el suelo. Sin dudarlo, Madame Circuita abrió unos archivadores y extrajo una pieza rústica de tecnología olvidada: un brazo mecánico forrado en cuero, rematado en una garra demoníaca. Sonrió como quien encuentra a un viejo amigo. Movió un par de engranajes y la garra comenzó a chirriar, emitiendo sonidos oxidados, casi sobrenaturales. Observó por unos instantes cómo se abría y cerraba. Era hipnótico. La dejó a un lado. 

No era lo que había venido a buscar. Lo que necesitaba estaba justo frente a ella, cubierto por unas sábanas rotas y mohosas. Las retiró con disgusto. Bajo ellas, sorprendentemente bien conservada, apareció una especie de silla, más bien un trono, rodeado de válvulas, bulbos de vacío, bobinas de cobre, palancas y engranajes. Después de sí misma, Madame Circuita consideraba ese trono como la mayor creación del Barón: un dispositivo capaz de transportar a quien se sentara en él al interior de cualquier historia escrita. Con ese artificio podía viajar, si lo deseaba, a la Tierra Media de Tolkien, a Westeros de Martin o incluso al mundo desolado de Mad Max II. Sin ningún afán, sacó de su bolsillo una delgada novela: Cuentos completos de Aragca

Se acomodó en el trono, ajustó algunas perillas, movió las palancas y tomó el libro entre las manos. Saltaron chispas; el ingenio empezó a vibrar y emitir silbidos. Hubo un crujido luminoso y Madame Circuita desapareció de esta dimensión. 

Quizá una consecuencia previsible de emplear tecnología de los años cincuenta —además de estar obsoleta— es que el paso del tiempo cobra su deuda. El óxido y la fatiga de los materiales alteran el funcionamiento. Por alguna razón, Madame Circuita no llegó exactamente al mundo de Aragca, sino a algo anterior: el aparato la había trasladado al interior de uno de los primeros borradores del libro. Los personajes no estaban terminados, tenían otros nombres y propósitos; aun así, la historia era reconocible en sus líneas generales. El villano sí aparecía tal como siempre había sido. Los héroes, en cambio, estaban incompletos. El carabinero Carbonell, por ejemplo, aún no tenía compañera. Madame Circuita evaluó la situación. Dedujo que, si esas ideas tempranas se modificaban, podrían alterar por completo el curso de la historia. 

Pensó que, si se hacía pasar por la futura compañera de Carbonell, podría influir discretamente a favor de los villanos. Decidió teñirse el cabello de rojo y ponerse unas gafas oscuras. Cuando Carbonell caminaba hacia la estación de policía, ella eligió interceptarlo fingiendo un tropiezo. Simuló caer. Carbonell la ayudó a levantarse; ella, algo ruborizada, se disculpó: 

—No me fijé por dónde caminaba, mil disculpas. 

—No, no, ha sido culpa mía —respondió él. 

Madame Circuita sonrió y, sin vacilar, añadió: 

—Soy Ada Escualo. Acabo de llegar a la ciudad y no logro ubicar el cuartel de policía. Trabajo como detective. 

Carbonell también sonrió. —Entonces es su día de suerte. Me dirijo allí mismo, puedo acompañarla. 

Con un gesto hábil, casi instintivo, Madame Circuita tomó del brazo al héroe, y juntos se alejaron por la calle, conversando con aparente naturalidad, como si siempre hubiesen sido un par de enamorados.

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Relato para participar en el concurso de magia y fantasía del blog Tintero de oro, diciembre 2025

@hallucination.gpt Vintage mechanical arm #robot ♬ Darkness - The Thing About Noise

 

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