Loreta Tovar




—Esta vez quieren algo con el contexto —dijo en tono muy preocupado Constantin Belladona, uno de los cuatro escritores de las aventuras de Ada y Zaida en Aragça.

—Cierto, ya lo he anticipado —respondió con calma Arnulfo Tricornio.

—¿Y por eso estamos aquí en esta sala reunidos los cuatro? —interrogó maliciosamente Carlos Murcia.

—Exactamente, vamos a hacer unas entrevistas para encontrar la tigresa que nos resuelva este problema tan singular —contestó de mala gana el Tricornio.

—Ah, algo así como unas audiciones —insistió Carlos.

—No realmente, una audición tiene otro contexto diferente de la entrevista de trabajo, por hoy solo queremos charlar y conocer a los candidatos; en una audición se requiere que el aplicante haya practicado algo antes de venir a presentarlo —replicó secamente Constantin.

Carlos quería seguir importunando con sus dimes y diretes, cuando sonó el característico golpe de nudillos en la puerta de madera del cuarto. Entró una secretaria cargando varios folios en la mano, seguida de una bella mujer con el estilo y porte de Helga Liné, la famosa actriz del cine de horror clásico.

—Yo esperaba más a alguien del estilo de Esperanza Roy —dijo en voz baja y en secreto al oído Constantin al Tricornio, el cual contuvo una mueca de disgusto.

—La señorita Loreta Tovar —dijo rápidamente la secretaria. Intercambió algunas sonrisas de cortesía con los cuatro presentes y salió rápidamente de la oficina de entrevistas, dejando parada a la candidata en medio de la sala.

—Por favor tome asiento, señorita Tovar —indicó cortésmente el Tricornio mientras hacía las presentaciones del grupete de cuestionadores a la misteriosa dama.

—¿Les molesta si prendo un cigarrillo? —preguntó la dama, que sin esperar respuesta alguna fue sacando rápidamente una boquilla tan larga como la de la Condesa de Caledonia, a la cual le colocó un Sobranie y, con la habilidad de un fumador empedernido, lo prendió con su encendedor de oro, le dio una larga chupada y luego soltó una bocanada de humo azul directamente hacia la cara de los jueces que le darían empleo.

—Tenemos abierta una vacante este mes para contratar un personaje que responda al contexto del relato, es por eso que la hemos convocado —indicó Tricornio.

—¿Tendré el protagónico?

—Será un personaje importante, probablemente no sea de esos textos con un protagonista/antagonista identificable.

—¿Tendrá escenas de acción?

—Es posible, muchos de nuestros personajes mueren de formas absurdas antes de que se acabe el cuento.

—Entiendo; ¿para esas escenas se utilizará una doble, de modo que esté protegida y así evite accidentes y terminar interna en un hospital o con una lesión de por vida?

—Podemos ajustar eso, aunque es difícil: en una película es fácil acomodar un doble, pero en el contexto de un cuento no, es más complicado parar la acción sin que el lector se dé cuenta y ponerle a otro personaje. Sin embargo no es imposible, ya lo hemos hecho otras veces, aunque se debe entender que estamos algo cortos en cuanto a la cantidad de palabras —respondió Tricornio.

—Eso sin contar que en un cuento la acción se desarrolla conforme se vaya escribiendo; por eso es tan difícil y complicado introducir una persona que haga las escenas de peligro en vez del personaje designado —acotó Constantin.

—Sé muy bien cómo funcionan los cuentos, he participado en muchos e incluso aparezco en varios capítulos de una novela; no hace falta que me vengan a alfabetizar en estas cosas de mi profesión.

—Esa es la actitud que buscamos —interrumpió Carlos.

—Y díganme, caballeros, ¿en dónde apareceré publicada?

—En El Tintero de Oro, es un concurso donde participan autores de blogs —dijo Íñigo de Quintanar, con aire inseguro y bajando los ojos.

—Ah, haberlo dicho antes —contestó la dama con aire enojado, que sin mayor ceremonia se levantó de la silla y se dirigió a la puerta—. Que tengan un buen día —dijo haciendo un gesto obsceno con la mano y, sin más preámbulo, abandonó la sala.

—Vaya, me encanta esa mujer, tiene el carácter que buscamos para una metaficción. Yo por mí la contrato; si no para este reto, tengo pensado unos 6 relatos en donde ella podría aparecer en diferentes roles —anunció lleno de entusiasmo Carlos.

—No lo sé —apuntó con aire de drama Íñigo—, algo me dice que con ella no lograremos ni siquiera estar entre los 10 más votados.

—Y menos mal no alcanzó a oír toda la verdad, si no nos hubiera destripado a todos —replicó Tricornio.

—Donde le hubiéramos dicho que el escrito sería hecho completamente con inteligencia artificial con este prompt:

"Generar un relato donde el medio o el contexto social en que viven los personajes condicione de algún modo su comportamiento".

Lo más seguro es que hubiera hecho lo mismo, habría salido huyendo y lanzando juramentos como si fuera un estibador de barrio bajo —concluyó Íñigo.

—A lo mejor no, se ve que es una dama que si bien es de mal genio, noté que era de mente abierta. Yo la llamaría de nuevo y le haría una oferta que no pueda rechazar —indicó con ojos soñadores Carlos.

—Toda tuya, compañero, aunque todavía nos quedan cinco villanas más para entrevistar hoy en la mañana y luego las psicóticas de la tarde —replicó Constantin colocando una mano en el hombro de Carlos.



Anterior:

Los 4 jinetes del Apocalipsis


Explicación del relato (podcast)


En donde se cuenta de unos negocios tan peculiares cuya explicación todavía hoy se ignora

Para los encuentros literarios de "Cada Jueves un Relato", Neogeminis propone lo siguiente:

La consigna es bastante simple y consiste en elegir uno de los 

EXTRAVAGANTES títulos que aquí les dejo (o proponer uno propio) 

y desarrollar, en alrededor de 350 palabras, una historia de estilo 

y forma libre lo más loca, original, creativa, fantasiosa y peculiar que se les ocurra. 

Ver todos los detalles siguiendo este enlace.




Su Majestad Don Luis Tomás de Arzarcóllar y Pimentel de Córdoba, Archiconde de María de La Fortaleza, de Nueva Siquem, de Brabante, de Milán, de Atenas y Neopatria, y Gran Canciller de los Principados Valier y de la Santillana, es el gobernador de una de las provincias más lejanas de Aragca y, al mismo tiempo, el alcalde directo de su capital.

Aquella provincia del mar Caribe, rodeada de acantilados en el extremo norte de La Fortaleza, había sido en el siglo XVII parte de los establos de uno de los nietos del Archimandrita Sofronio Tikhon. Este último, en virtud de una visión, le había legado un pedazo de su finca al ayudante del cochero menor por considerarlo un buen hombre (aunque, según las malas lenguas de la época, se rumoraba un profundo romance entre ambos caballeros; chismes que, como tantas otras cosas, resultaron ser meras habladurías).

Dicho muchacho, aparte de bien parecido, resultó ser un hombre práctico: supo venderle la mitad de la propiedad a unos gitanos que luego lo perdieron todo en una partida de póquer contra uno de los soldados que regresaban del sur al finalizar la guerra contra los portugueses del Brasil.

Con el correr del tiempo, la localidad cambió varias veces de dueños y de nombres hasta que, por arte de birlibirloque, un poco antes de la Primera Guerra Mundial, un juez se la asignó a uno de sus sobrinos. El joven, que tenía bastantes luces, decidió abrir una cantina a modo de hotel de paso para los forasteros que deseaban probar suerte en las cartas o con las muchachas que animaban el lugar.

Hoy en día, la Provincia del Archiconde cuenta con cuarenta habitantes: treinta y cinco residen en la capital y el resto en los pueblos aledaños. Así pues, el casino es la principal obligación del señor alcalde, quien da mantenimiento personalmente a las mismísimas cuatro mesas que había instalado su antepasado, pues es un hombre sumamente conservador y reacio a hacer cambios en sus dominios.






Poema anónimo

Para la convocatoria de los jueves, basada en el reto de Campirela: «La alegría», publico un texto que no es mío. Alguien lo lanzó debajo de la puerta de mi casa y creo que coincide bastante bien con las exigencias de la convocatoria.

Si alguien conoce a la autora o al autor de estas letras, agradecería que me lo indicara.

Permanezco dormida,
al menos tres cuartas partes del mes,
a veces más.

¿Dormida? Ja.
Me tienes prisionera,
no me dejas escapar.

Cuando me despiertas,
sé que es para algo malo.
Me das el trato de un vulgar matón a sueldo
para que yo haga algo muy desagradable
o me vea como la villana del paseo.

¿Es que no hay algo angelical para mí?

Hoy no será diferente:
me has llamado a sufrir.
Seguramente tendré que abusar de alguien
a quien no conozco.

Tengo noticias para ti: ¡me rebelo!
Y boicoteo tus intentos nefastos.
Hoy elijo reír
y hacer reír.

Ya no me controlas.
Soy yo la que ha tomado las riendas.

Alegría, sí.
Así es como deseo ser conocida:

como una musa
o diosa
de la rebeldía y el gozo.

¡Afuera las cadenas!
Déjame en paz.
Déjame vivir libre,
sonriente, como siempre he sido
y como siempre debo ser.

Diplomado diplomático


Como se han acabado las vacaciones, me propuse cambiar el curso de mi vida, quizás mejorando o adquiriendo nuevas habilidades en mi hobby favorito: ser escribidor de cuentos.

Así que me inscribí en una de esas academias que ofrecen costosos cursos de narrativa y poesía, la famosa "Sociedad de los Martes". Cuando llegué a la recepción, la bellísima chica que atendía, sin levantar la mirada, dijo mecánicamente: "¿Viene por lo de los retos?".

No alcancé a responderle cuando me pasó una hoja y dijo: "Allí están las instrucciones de esta semana, tiene que enviar su relato a más tardar el sábado y seguir las reglas de Tésalo".

—¿¡Gonzalo!? —balbuceé bastante confundido.

—Sí, ese mismo —respondió la recepcionista haciendo un gesto que no pude adivinar si era de asco o simplemente de puro desprecio hacia mi persona.

Completamente intrigado, volví a casa ya por la tarde y me dispuse a preparar las cuartillas de papel bond y desempolvar mi vieja máquina Remington, ya que tocaba enviar el original y dos copias, y cuando ya tuve todo listo para arrancar mi epopeya, sonó el timbre de la casa.

Con cuidado abrí el judas del portón y vi que se trataba de un hombre bastante peculiar: iba vestido de blanco de pies a cabeza.

—¿Qué quiere? —interrogué con brusquedad, pues no conocía al caballero.

—Soy su personaje para el cuento que tiene que escribir para lo de los martes.

—Inaceptable, ya tengo mis propios personajes, no necesito nuevos.

—Las reglas de Tésalo son claras al respecto: si no me incluye, su relato no será aceptado esta semana y tendremos que reprobarle el curso y deberá volver a pagar la matrícula si quiere que le demos el diploma en las artes de los escribas y escribanos.

—Conozco bien las reglas —respondí para que no notara que estaba confundido con la cantaleta que acababa de lanzarme—, aquí dice que el texto debe ser apto para una audiencia familiar, incluidos niños, y usted tiene cara de occiso, por tanto no puedo atenderlo hoy. Vuelva cuando el reto incluya matar a una persona —dije esto último cerrando bruscamente la mirilla de seguridad y sin esperar respuesta del fiambre.

—Eso dijeron todos los anteriores aspirantes, creen conocer las reglas pero nunca las cumplen —susurró  el impertinente al aire con voz baja y amenazante.

====



Mi participación para "Cada Jueves un Relato" - 17/09/2026

Convocatoria de esta semana, a cargo de Tracy, con la propuesta:

"Escribamos sobre cómo afrontar este comienzo de curso, que puede ser real o inventado, pasado o presente, lleno de expectativas o vacío de ellas, cómo te gustaría que fuese, diferencias o similitudes con otros anteriores, con cambios en tu vida interior o exterior..."

Para conocer todos los detalles de la convocatoria y leer las demás participaciones, sigue el enlace.

Pierdo el control



He logrado infiltrarme en la oscura y misteriosa "Sociedad de los Martes". Al mediodía, durante el almuerzo, me disfracé de camarero y pude escuchar la conversación en un bar cerca de donde vivo, de dos de sus miembros: "Lord Sombra" y "Pluma Tenebrosa".

—¿Cómo haces para mantener el control de tus personajes?

—Yo los dejo que se expresen libremente.

—Pues yo he hecho lo mismo, pero no me funciona.

—¿Cómo es eso?

—Tiene que ver con Bonifacio Sturla.

—¿Ese nuevo personaje de tus últimos relatos?

—Me temo que sí: El otro día se presentó ante mí llevando en la mano derecha un objeto metálico con mango de madera, quizá un punzón corto. Con la mano libre, me hizo un gesto señalándose el ojo, como indicándome que observara. Luego se acercó a Paulo Montini, escondiendo el punzón tras la espalda. 

Cuando estuvieron frente a frente, ni Paulo ni yo adivinamos lo que pasaría. Sturla nos tomó por sorpresa.

Sin mediar palabra ni aviso, le asestó un golpe rápido al pecho con el punzón. Paulo trastabilló, sin entender qué ocurría, lo que animó al otro a darle un par de golpes más. Vi caer la víctima en cámara lenta, protegiéndose el pecho. Sturla no desperdició la oportunidad y, encima de él, siguió atacándolo con una lluvia de punzadas al cuello y la cara.

Debieron pasar al menos treinta segundos de aquella faena. El rostro de Paulo era una masa sangrienta. Supuse que estaba grave, pero no soy médico para asegurar con precisión. En ese momento, yo estaba como paralizado por lo fascinante del evento, y bueno, se trataba de un asunto de personajes, así que no era apropiado intervenir.

Cuando pareció cansarse de picar al otro, vi a Sturla haciendo gestos vulgares. Sonreía, pero no era una sonrisa de felicidad, sino de placer malsano.

—En situaciones así, yo prefiero excluir a esos personajes problemáticos. Simplemente me niego a escribir sobre ellos.

—En mi caso eso no funciona. He borrado a Paulo tres veces, pero sigue apareciendo.

---

Halcón y Paloma



Esa noche Daniela Arpón (disfrazada como Ada Escualo), luego del trabajo, decidió ir a una de las casas de seguridad de la Unidad-731. Seguía este procedimiento cuando la misión en la que estaba se tornaba bastante peligrosa. En su interior ya se encontraba Ada (disfrazada de Sinclair).

Daniela abrió la puerta, cruzó, la cerró y prendió la luz.

—Hola, querida, hacía siglos que no te veía —escuchó Daniela.

—¡Ada, qué alegría! —replicó la recién ingresada.

Y las dos se dieron un fuerte y cálido abrazo que duró varios segundos.

—¿Cómo te fue en tu día? —interrogó la verdadera Ada, como para romper el hielo.

—Supongo que fue rutina de oficina, aunque con alguno que otro bache.

—¿Cómo estaban los muchachos? ¿Se portaron bien contigo?

—Llegué temprano, unos 15 minutos antes de la hora de entrada; serían más o menos las 8:50 a. m.

—Y ya estaba todo el mundo trabajando.

—Sí, exacto. Me dirigía a tu oficina cuando el supervisor Paredes me dijo: "Jefa, el comisionado quiere que pases a su oficina".

—Típico de tiranos; no dejaron que te instalaras cómodamente cuando ya se comienza el día con afanes.

—Eso mismo pensé, así que hice de tripas corazón y me dirigí con el paso firme de un condenado que va hacia un tribunal de la Inquisición. "Escualo, qué bueno que retornas de tus vacaciones en la capital. Aquí tenemos mucho trabajo, los criminales SÍ siguieron trabajando, no damos abasto y la ciudadanía se ha comenzado a quejar de que los tenemos abandonados. Quiero que revises todos estos líos que se han acumulado y que solo tú sabes cómo resolver".

—No me dejó replicar cuando comenzó a pasarme un montón de folios con casos de robos, accidentes, personas perdidas, infracciones, etc. Así que me devolví a tu oficina con, literalmente, una montaña de expedientes. Era tan grande que estuve todo el día clasificando y organizando tantos asuntos, que se me pasaron las horas escondida detrás de todo ese papeleo burocrático que tienen ustedes allá en su madriguera.

—Vaya, pues quien tiene trabajo tiene diversión.

—¿Y cómo te fue a ti?

—Hoy me la pasé durmiendo.

—¿Estuviste trasnochando?

—Sí, casi. Por asuntos de trabajo, resulta que anoche acompañé a un cliente de Sinclair a un restaurante lujoso para seguir una pista de mi caso estrella.

—¡Vaya! Suena muy interesante. A ver, cuéntamelo todo con pelos y señales.

—Llegó este tipo, Rosado, que dijo ser "socio" de Howie...

—Ajá, "socio".

—Sí, un tipo más bien... como rarófono. Accedió a invitarme al Halcón Maltés para darme detalles cruciales para mi investigación.

—Es un sitio bastante especial. ¿Qué encontraste allí?

—Según parece, Rosado y Howie eran bastante asiduos al lugar, todos los empleados lo conocían. Apenas entramos nos llevaron a una especie de cuarto reservado y apartado de las mesas corrientes; era un lugar  discreto en donde estábamos prácticamente a solas y ninguno de los clientes podía vernos o escucharnos.

Vino un camarero muy elegante con uniforme francés, nos mostró el menú, explicó los platos, hicimos nuestras órdenes y el caballero retornó a la cocina para encargarse de nuestro pedido.

Mientras esperábamos entró al reservado una mujer, Paloma, que resultó ser la capitana de un carguero llamado El Jacobiano. Fue breve en lo que nos dijo o, mejor dicho, nos advirtió: "Estén prevenidos. Hay bastante peligro, tengo pruebas de que Howie no se suicidó, fue asesinado por...". Pero no terminó la frase, miró con desconfianza y me pasó una tarjeta, indicándome que era más seguro si nos encontrábamos en su barco, en donde podía hablar con plena seguridad de que nadie nos estuviera espiando. Y en un santiamén partió de nuestra mesa y salió del restaurante con destino desconocido.

Yo iba a comenzar a interrogar a Rosado sobre si conocía a la misteriosa mujer cuando un hombre entró. Al principio pensé que sería el camarero, pero se trataba de un hombre vestido como un gánster, de gabán largo y manos en los bolsillos. Apenas nos vio, sacó una de sus manos demostrando que tenía un revólver; nos ordenó quedarnos quietos porque iba a requisarnos.

No se demoró nada con Rosado; luego se dirigió a mí de este modo:

—Detective Sinclair, qué casualidad. Sé que usted guarda un arma secreta en el muslo izquierdo, un cachorrillo niquelado, si no estoy mal, ¿o me equivoco?

—Vaya, se ve que está usted bien informado. ¿Qué más sabe de mí?

—No vine aquí a charlar —replicó con altanería y, sin más ceremonia ni preámbulo, pasó a decomisar mi arma secreta. Cuando la tuvo en la palma la miró y sonrió sarcásticamente—. Nunca he querido saber qué se siente que le disparen a uno con la propia pistola; sin embargo, le concedo ese ultimo derecho.

—Si yo fuera usted, preferiría disparar mi propia arma.

El sujeto entonces hizo un gesto de desdén y sin más apuntó a mi cara y apretó el gatillo.

—Y te disparó. Grave error —puntualizó Daniela.

—Así es. Deberías haberle visto la cara de sorpresa: cuando accionó la pistola, en vez de salir una bala por el cañón, el pobre debió de haber sufrido una descarga eléctrica lo suficientemente fuerte para detener a un caballo.

—Eso le pasa por no hacer caso a lo que le aconsejan. ¿Y entonces qué más ocurrió?

—Agarré del brazo a Rosado, que estaba prácticamente en shock, recuperé mi juguete y, más rápida que el rayo, esculqué al "invitado".

—¿Qué encontraste?

—Tenía un tatuaje en el cuello.

—¿Quizás un escorpión?

—No, era más bien un cuervo albino.

---

Anterior:

Sinclair

Rosado

Retoversos

A.S.A.

Índice Ada

La bruja

@aragca.book Medieval transport #zaida ♬ Norupo - Heilung


Nueva actriz interpretando a Zaida.

En Sora tenía 2 versiones de Zaida en Mimas, donde 2 actrices diferentes interpretaban al mismo tiempo al personaje usando vestido medieval. Luego se me borró una y terminé unificándolas en otra mas, usando el atuendo futurista.

Ahora bien resulta que la empresa de Sora cerró la aplicacion al publico hace unos meses y se perdió todo. 

Sin embargo, guardé el prompt generador de la actriz y ayer comencé a crear otros videos para TikTok  (¡donde nadie los quiere ver porque los envían a Kosovo y Albania!), utilizando la herramienta Studio de ArtList.

Esto me hace pensar en Zaida como una entidad más en la Tierra. Quizás tenga que narrar sus aventuras antes de caer en Mimas. Serían historias más de estilo "dark fantasy" combinado con Sci-Fi.

===

Imagenes con las anteriores actrices (2025)












(Nota: existen otras versiones de Zaida anteriores a 2025)

(Nota2: En general los videos de Zaida, no se parecen mucho a los cuentos del blog, 
             son más como un universo ampliado de Zaida y también de Ada Escualo)


A.S.A.



Esa mañana, Sinclair —disfrazada como Ada— se dirigió a la sede principal del edificio de policía de Puerto Industrial. Llegó temprano, alrededor de las 7:30 a. m.

Cualquiera que entre al edificio encontrará un amplio pasillo en donde hay diez puertas de ascensor. Entró a la que repartía al personal hacia el piso 11, en donde está la oficina de Ada. Pero no se dirigió allí; cruzó el pasillo y entró a un cuarto de aseo, en donde había escobas y traperos, pero además, al fondo de dicho cuartillo, también había otro ascensor, no tan lujoso como los de la entrada del lobby del edificio, sino uno más bien modesto pero con varios controles biométricos. Asombrosamente, Sinclair pasaba todos los tests bajo la identidad de Ada. El ascensor misterioso la llevaría más abajo de los sótanos del edificio, a la llamada «Baticueva».

Cuando entró, varias personas ya estaban laborando allí. Caminó directamente hacia una silla grande y vacía en el centro. Se encontraba en el cuartel general de la ASA —Agencia de Seguridad Araquense—, un departamento adjunto a la policía, aunque independiente en muchos sentidos y del cual muy pocos sabían su existencia.

De repente, se escuchó una voz de mando: «¡La directora está en el puente!».

Se trataba del supervisor Andrade, segundo al mando y mano derecha de Ada.

—Directora, no la esperábamos hoy. ¿Cómo estuvieron esos días en la capital? —preguntó Andrade como para romper el hielo.

—Hubo alguno que otro contratiempo, Andrade. Aún no hemos capturado a los chicos malos, pero ya casi los tenemos. Tengo una buena corazonada y requiero de toda tu capacidad para poder desarrollarla hasta las últimas consecuencias.

—Sabes que puedes contar con todo el equipo. Puedo asignar al forense Llanos, del departamento científico, o al perfilador Gutiérrez.

—Muy bien, convoca una junta para las 3:00 p. m. y les doy los detalles exactos de lo que requiero; por ahora iré a mi despacho para organizar algunos temas pendientes.

El despacho era un habitáculo privado allí mismo en el puente de mando, bastante cómodo y con ciertos lujos; incluso había un acuario con peces exóticos, algunos venenosos. Sinclair se aseguró de que la puerta del despacho quedara bien cerrada, se dirigió al clóset y digitó en un teclado una larga clave numérica. Al terminar, la pared del clóset reveló varias cápsulas en donde había robots en estado inactivo.

La mayoría de ellos eran réplicas de Ada, con diferentes atuendos y apariencias: había rubias, pelinegras, pelirrojas. También había una réplica de Carbonell. Se acercó a este y con manos ágiles le conectó un cable bajo los cabellos y lo conectó a su celular. Intercambió así datos con el robot por unos minutos; cuando terminó, Carbonell abrió los ojos y dijo:

—Correcto. Prosiga con la fase cuatro. —Dijo eso y volvió a quedar apagado.

Sinclair desconectó el cable y cerró todas las puertas del clóset. Salió de su despacho diciendo:

—Andrade, voy a salir, el puente queda a su cargo.

—A sus órdenes, directora —contestó secamente el caballero.

===

Anterior: Rosado y Sinclair

Índice Ada y Carbonell

 

Los espias neoténicos



Llevaba Ada algunos años trabajando como espía al servicio de la Corona, pero, a diferencia de las historietas de James Bond, su mundo se reducía a la rutina: trabajar en embajadas, convertir rumores diplomáticos y observaciones callejeras en informes y, ocasionalmente, «reclutar» personas con acceso a información clasificada. Otras veces formaba parte de los equipos de vigilancia, capaces de pasar doce horas dentro de un automóvil, esperando que alguien saliera de un edificio.

Por eso aceptó de inmediato la misión que le encomendó el jefe Cheng. Sería su primera salida «de campo»: ir al aeropuerto con una maleta, sentarse junto a una persona, intercambiarla y regresar al vehículo donde estaría el equipo de vigilancia.

—Alférez Escualo, será un trabajo práctico y sencillo. Sabemos que podemos confiar en ti —le dijo Cheng con optimismo.

Ada pensó lo mismo, aunque con cierta reserva. Al llegar a la sala del aeropuerto descubrió que muchas personas llevaban maletas idénticas a la suya. Era como si todo el mundo del espionaje se hubiera dado cita allí: CIA, MI6, KGB, Mossad y operativos del PSA, entre ellos Carbonell.

Al verlo, sintió miles de polillas en el estómago. Si Carbonell estaba allí, podía haber un tiroteo de padre y señor mío. Aunque también se sintió segura: sabía que aquel «borrador» garantizaría que saliera ilesa si algo salía mal.

Se sentó junto al primer contacto: una mujer atlética de cabellos negros y cambió maletas con ella. Después fue al baño, donde encontró otra maleta idéntica en el lavamanos y volvió a cambiarla. Al salir, la dejó caer accidentalmente en la caneca de aseo y recibió otra de la empleada. Luego, en la plazoleta de comida, otro operativo aprovechó mientras Ada comía una hamburguesa con papas fritas y gaseosa negra, para efectuar un nuevo intercambio. Las maniobras se repitieron varias veces hasta que ella llegó a la salida del aeropuerto, al estacionamiento. Allí reconoció a Cheng dentro de un automóvil y subió. Juntos se confundieron con el tráfico de la ciudad.

—¿Qué había en la maleta? —interrogó Ada a su jefe.

Este soltó una carcajada y dijo entre risas:

—La broma más grande del mundo. Pusimos lo normal de cualquier maleta de viaje, con tres cosas en particular:

  1. Un rollo de papel higiénico.

  2. Un pelapapas.

  3. Una capa.

—¿Y eso para qué? ¿Está usted diciéndome que operativos de espionaje de todo el mundo podrían haberme matado por tres bagatelas? —dijo Ada, muy enojada, porque de inmediato se dio cuenta que Cheng le estaba mintiendo.

—Cálmate, Alferez Escualo. Lo que hiciste fue muy importante. Se supone que en una de las tantas maletas debe haber unos documentos muy valiosos y, en otra, un pago en uranio.

—¿Y cuál llevo yo?

—Podría ser una bomba o podría ser otra maleta sin trascendencia.

—Bueno, obviamente esta no ha estallado.

—Es por eso que no la abriremos. Se la entregaremos a los especialistas para su posterior análisis.

—¿Y la nuestra? ¿Qué pasará con ella?

—Esa tiene una cámara fotográfica minúscula que nos transmitirá la cara de sorpresa que se llevará el espía que la abra y descubra aquello que pusimos dentro. No tendrá desperdicio.

Esa misma tarde, Ada redactó su renuncia al servicio diplomático y pidió su traslado al cuerpo de policía. La vida de espía se le antojó como un saborcillo de pesadilla absurda.

===

Relato para participar en el Reto Juevero, conducido por el blog Artesanos de la Palabra.

El reto consiste en elaborar un relato de género libre en el que aparezca una maleta con tres objetos muy particulares:

1. Un rollo de papel higiénico.

2. Un pelapapas.

3. Una capa.



===

La tela de araña

Nota aclaratoria:

Una de las dificultades que he notado cuando se abordan figuras históricas, sean estas de gran calibre o más bien poco conocidas, es que hay que especular bastante cuando estas se encuentran discutiendo asuntos en privado. Es decir, conocemos bien qué hacen las figuras públicas cuando dan presentaciones abiertamente, pero es más difícil o imposible saber sobre su intimidad personal; en este caso, pues, toca recurrir un poco a las licencias literarias y, en cierta forma, a la imaginación. He tomado para este relato varias figuras del pasado y las he mezclado con mis personajes, de modo que lo que aquí narro es más una novelización que una crónica de talante histórico. Me he centrado, pues, en aquel periodo en donde los sindicatos del crimen prosperaron y fueron la mano derecha de los grandes conglomerados industriales que hoy nos dominan. Con el texto pretendo, pues, contestar al interrogante de si existe una simbiosis provechosa entre las personas más ricas del país y los criminales más temidos del mundo.

I. Tobashi

Los cuatro grandes conglomerados industriales de Aragca convivían en un precario equilibrio. Sus enfrentamientos rara vez eran abiertos; preferían atacarse mediante maniobras financieras, adquisiciones hostiles y discretas campañas de desprestigio. No siempre había sido así. La desaparición del quinto y del sexto conglomerado había servido de recordatorio para todos: sobrevivir exigía prudencia.

En su despacho del piso sesenta de la Gran Torre Tobashi, Arnulfo Tobashi saboreaba lentamente una copa de coñac. Como presidente del tercer conglomerado más poderoso de Aragca, llevaba demasiado tiempo observando un mercado inusualmente tranquilo. Sin embargo, intuía que algo estaba cambiando. No podía explicarlo, pero percibía una oportunidad: una operación cuidadosamente ejecutada podría sacar del juego a uno de sus competidores.

Aquella mañana decidió convocar a su vicepresidenta de Planificación y Estrategia, Madame Sokaiya, una de las ejecutivas más temidas del conglomerado. Su reputación se había forjado gracias a una eficacia implacable y a métodos que rara vez aparecían en los manuales de administración de empresas. Tobashi confiaba plenamente en ella. Si alguien podía convertir aquella idea en realidad con total sigilo y discreción, era Madame Sokaiya.

—Estarás de acuerdo conmigo en que estás planeando una jugada muy arriesgada. Incluso si tuviéramos éxito en el lance, nada impediría que nuestros rivales nos aplicaran la misma medicina —indicó Madame Sokaiya con gesto serio.

—Eso es cierto. Ya lo había calculado, y en eso consiste el juego: en asumir riesgos. En este mundo no se puede ser reactivo ni pasivo —replicó Tobashi mientras se servía su tercer coñac.

Madame Sokaiya estudió durante unos instantes el último gesto de Tobashi antes de responder:

—Muy bien. La caja de Pandora va a abrirse. Una vez que hagamos nuestro movimiento inicial, la rueda de la fortuna comenzará a girar en cualquier dirección. Solo una mano firme será capaz de inclinar el destino a nuestro favor.

—¿Pandora? Suena a una vieja leyenda.

—Precisamente. Debe quedar claro que esto tomará bastante tiempo; varios años, quizá una década —dijo Madame Sokaiya mientras, con notoria familiaridad, se servía una buena medida de coñac.

—Brindo por ello —puntualizó lacónicamente Tobashi.

II. Naomi

Naomi Alaska veía sin mayor sorpresa el estado de su cuenta bancaria; había acumulado una pequeña fortuna en el lapso de unos tres años. Era una de las ejecutivas más prominentes del afamado grupo industrial Capibara.

Recordó sus inicios: había empezado su carrera profesional trabajando para la competencia, una empresa automotriz del Consorcio Tobashi. Sin que nunca pudiera explicárselo, a los pocos meses de haber iniciado, su jefe, el señor García, comenzó a darle mayores responsabilidades y la mantenía en continua capacitación. Se convirtió en su mano derecha. García fue ascendiendo y, con él, ella. Fue García quien un día le presentó a la vicepresidenta Sokaiya, a quien le pareció una mujer muy distinguida, aunque algo distante y con cierto aire enigmático.

Alaska comenzó a manejar muchos asuntos importantes y, a veces, tenía que representar a la empresa en diferentes eventos. Conoció a muchas personas de la industria. Para una carrera de Fórmula Uno tuvo la oportunidad de relacionarse con varios ejecutivos del Grupo Capibara, quienes ya la conocían. Al poco tiempo le hicieron una oferta para trabajar con ellos y la aceptó.

III. Capibara

Contrario a lo que la mayoría de las personas creen, estos grupos industriales no son enemigos mortales; como si se tratara de partidos políticos de ideología opuesta, a veces, de acuerdo con las condiciones del mercado, por momentos parecen estrechos colaboradores. Fue en uno de esos proyectos conjuntos donde Alaska tuvo un encuentro inesperado.

—Naomi, ven, quiero presentarte a unas personas muy importantes de la industria —dijo Gregorio.

Se acercaron a un grupo de personas donde estaban varios de los ejecutivos más destacados del sector automotriz; entre ellos estaba Madame Sokaiya.

—Tu rostro me es familiar —dijo la madame—. ¿Nos hemos conocido antes?

—Trabajé al inicio de mi carrera para el Consorcio Tobashi —respondió Naomi.

—¡Vaya!, eres prácticamente de la familia —indicó la madame con cierta sonrisa irónica.

—Oh, esto es nuevo, no sabía de tu pasado, querida Naomi —dijo Gregorio.

—El mundo es pequeño, y aún más en nuestra industria; es posible que sigamos viéndonos en el futuro —acotó seriamente la madame.

—Démoslo por seguro —contestó Gregorio.

IV. De nuevo Tobashi

Seis meses más tarde, Naomi había vuelto de nuevo —con un mejor cargo y mejor remuneración— a la casa que la vio crecer. De nuevo en Tobashi, comenzó una exitosa carrera bastante notable, incluso para la prensa local.

Luego de algunos años de prosperidad y éxitos, un día vio en un recuadro de uno de esos diarios económicos la reseña de que un ejecutivo del grupo Capibara había muerto en un accidente automovilístico: se trataba de Gregorio.

Leyó la noticia y sintió bastante pena y nostalgia. El recuerdo de aquellos días en Capibara ya casi era una mera sombra del pasado, pero el nombre de Gregorio le traía memorias algo nebulosas.

Curiosamente, en los últimos dos años, esos accidentes a ciertos ejecutivos de grandes empresas no eran cosa infrecuente; por alguna razón, al menos recordaba seis casos similares. Muy en el fondo de su intuición, algo le indicaba que debía tomar precauciones.

V. Cheng

Por aquellos días, la profesión de detective no tenía el prestigio que hoy despliegan figuras como Ada o Carbonell. En esa época, cuando Tobashi estaba en pleno apogeo, Cheng se perfilaba como una figura muy prometedora dentro de los ámbitos policiales. Fue la resolución del asunto «de los Clanes sin nombre» lo que lo llevó prácticamente a la fama y al poder.

Cheng era de esos detectives asignados a los casos en donde había homicidios u occisos. Tal como Alaska, Cheng comenzó a notar ciertas peculiaridades en esos accidentes que involucraban a personajes del ámbito económico. Quizás cuando tuvo que hacer el levantamiento del cadáver de Alaska fue cuando llegó a la conclusión de que «algo» o «alguien» operaba en las sombras.

VI. Dos viejos conocidos

—Mi querida Madame, veo que, después de varios años, aquello que sembraste ha comenzado a dar fruto maduro —dijo Arnulfo Tobashi, mientras disfrutaba otra copa de coñac.

—También hemos tenido que hacer ciertos sacrificios.

—No me digas que sientes algo de remordimiento por decisiones tomadas, mi querida dama. Capibara básicamente ha desaparecido del mapa y ahora nuestros rivales comienzan a sentir pasos de animal grande.

—Así es, el entramado de ajedrez muestra cierta posición favorable, pero apenas vamos en la apertura; es en el medio juego donde se perfila el vencedor. No debemos subestimar a nuestros rivales.

—Siempre pensé que era en los finales cuando se ganaba la partida.

— El final usualmente es cosa del Rey asediado por el peón que se convierte en Reina.


VII. El Informe Cheng

Lo que se conoce como el documento interno U-731, ultraclasificado, fue de autoría de Cheng, quien correctamente dedujo que las grandes corporaciones económicas llevaban varios años usando los servicios de agencias del crimen contratadas para asesinar a personalidades clave del sector industrial. Estos asesinatos tenían como objetivo eliminar a mandos medios, nunca a las grandes cabezas corporativas. La jugada era calculada: un mando medio no despierta la misma atención del público y de las autoridades que la que puede despertar una gran cabeza cuando rueda. Dichos mandos medios eran vitales para el buen funcionamiento de las empresas. El patrón es que, en principio, no parecían asesinatos (o ejecuciones, por así decirlo), sino que todo se hacía de forma casual, accidental o como una enfermedad mal cuidada.

Cheng dedujo que era muy probable que los conglomerados estuvieran usando una red de intermediarios para lograr contratar asesinos a sueldo, pero se habían tomado la precaución de usar clanes en donde realmente el «ejecutor» no se conoce y este tampoco conoce al contratante; esa era la virtud de esa misteriosa red. De manera que era imposible para la policía, incluso teniendo hábiles detectives y sabuesos, llegar a los responsables intelectuales. Y, de hecho, los clanes de asesinos eran tan buenos y especializados que impedían que cualquier víctima, aun examinada por forenses competentes, pudiera determinarse como un homicidio deliberado.

La mayor prueba de Cheng de que había una simbiosis entre los grupos financieros y esos misteriosos clanes fue la rápida desaparición del grupo Capibara y la desintegración del tercero más poderoso: Tobashi se había dividido en dos; por un lado apareció el nuevo grupo llamado Sokaiya y, por el otro, los restos de un Tobashi muy debilitado tras el deceso de su cabeza principal, Arnulfo Tobashi, quien murió —según el informe de la autopsia— de cirrosis.

Luego de ese suceso, la guerra de los mandos medios simplemente desapareció como por encanto.

Jamás se supo quién contrataba ni cuáles eran sus motivos. Además, Cheng recibió la orden de la Corona de no continuar con el caso «Capibara»; a cambio de ello, pasó a ser el Jefe de Seguridad del Reino.

S.H.I.V.A



Todas mis pesquisas, y en especial las órdenes de la Jefa, me condujeron a una de las oficinas regionales del famoso S.H.I.V.A. (Servicio de Investigación de Anomalías).

Lo primero que se me ocurrió fue preguntar: «¿Y la H?».

A lo cual tuve mil respuestas diferentes. Unos me dijeron que era por Hermético; otros, que por Humano (pero dejó de usarse luego del incidente U-731); también podría ser por Hostil. Sin embargo, todos coinciden en que es un asunto «clasificado» sobre el que no se debe preguntar.

El grupo que tenía al frente me pareció un poco variopinto y peculiar en grado extremo; se trataba de personas ya en edad de retiro, muchos de ellos padeciendo enfermedades terminales y tufo de cognac caro y rancio.

—¿Exactamente a qué se dedican ustedes? —le pregunté a «Pedro» (quien me parecía el líder del inusual grupete).

—Nuestra división sigue estrictos protocolos de detección de presencia y/o actividad extraterrestre en el país.

—¿Es de esa manera como encubren su verdadera misión?

—No le entiendo. Nuestra misión es la que le he indicado.

—Bastante extraño para una agencia gubernamental con décadas de presupuesto, protocolos paranoicos, archivos ultrasecretos y tecnología clasificada ... cuyo mayor logro es no haber encontrado jamás un extraterrestre. No crea que estoy aquí por pura casualidad.

—Entiendo su preocupación, Señor Auditor —intervino de repente «Pablo»—. Comprenderá usted que todo «foráneo» debe ser bastante listillo si ha podido encontrar y llegar a nuestro planeta. Todos ellos son bastante discretos, no andan por allí gritando a los cuatro vientos: «¡Eh, heme aquí, vengo de Sirio!».

—Voy a lo práctico: si hay ausencia de evidencia...

—Significa que no hay evidencia de ausencia —me interrumpió «Priscila», la más vieja de los cuatro.

—Significa que el gobierno ha tirado a la basura millones en una causa perdida.

—Señor Auditor, no sea tan impaciente —intervino «Tomás», uno de los miembros a quien no había visto hasta el momento. Era un hombre joven de unos 33 años, vestido con túnica y sandalias del siglo I, con cara y barba de hippie—. Varios años de investigación cuidadosa han hecho que la higuera produzca fruto fuera de estación.

—¿Cómo va eso? —respondí secamente.

—Analice esto —indicó, mientras me arrojaba un rollo de papel amarillento similar al de un sismógrafo.

—No entiendo el gráfico, ¿de qué se trata? —bufé visiblemente exasperado.

—Es de Mimas. Lo que usted está viendo es la lectura de nuestros instrumentos indicando actividad biológica inusual en aquel lugar.

—¿Mimas? ¿Es una de las lunas de Neptuno?.

—De Saturno, para ser precisos. Lo que usted tiene en sus manos es la inconfundible huella digital del calor corporal de un ser humano.

Me quedé pensando unos minutos y dije:

—Mi Jefa quedará muy complacida con estos avances.

—«Ellos» estarán seguros de que así será —replicó el enigmático «Tomás».

===

Relato para participar en la convocatoria de «Cada Jueves un relato» a cargo de Luferura, en su blog La Veleta. Titulado «Primer contacto extraterrestre». Ver los detalles siguiendo el enlace.

La verdad sobre los grupos literarios de facebook

Investigación sobre los misteriosos grupos de escritores de Facebook




Durante varios meses me infiltré en uno de los ecosistemas más extraños de Internet: los grupos de escritores independientes de Facebook.

Mi intención era sencilla. Pensaba encontrar cientos de personas leyendo cuentos, comentando poemas y recomendando blogs de autores desconocidos. Imaginaba un lugar parecido a un café literario donde cualquiera podía sentarse, hablar de Borges, Lovecraft o Cortázar y, con un poco de suerte, descubrir nuevos escritores.

Qué inocencia la mía.

Muy pronto comprendí que había entrado en un ecosistema completamente distinto.

La primera señal apareció al observar el comportamiento de los habitantes.

Cada pocos minutos alguien publicaba:

"Les comparto mi nuevo cuento."

Cinco minutos después aparecía otro.

"Comparto mi poemario."

Después otro.

"Mi primera novela ya está disponible."

Y luego otro.

"Busco lectores para mi saga de fantasía."

Era fascinante.

Miles de escritores.

Ningún lector.

La sensación era comparable a asistir a una feria comercial donde todos los asistentes poseen un puesto de venta, pero ninguno lleva dinero para comprar.

Durante semanas realicé un pequeño experimento científico.

Entraba a distintas publicaciones esperando encontrar comentarios como:

—Qué interesante tu protagonista.

—El final me sorprendió.

—Creo que podrías mejorar el diálogo.

Pero no.

Encontraba un paisaje desolador.

Cero comentarios.

Dos "Me gusta", probablemente accidentales.

Algún corazón perdido que sospecho provenía de la madre del autor.

Sin embargo, bastaba que alguien publicara un meme diciendo:

"Escribir una novela mientras tu gato destruye el teclado."

Doscientos treinta y ocho reacciones.

Ochenta comentarios.

Treinta personas etiquetando amigos.

Aquello era extraordinario.

Los cuentos morían.

Los memes prosperaban.

Comencé entonces a sospechar que aquellos grupos no estaban formados por lectores, sino exclusivamente por escritores intentando ser leídos por otros escritores que tampoco tenían tiempo para leer porque estaban ocupados intentando que alguien leyera sus propios textos.

Una especie de movimiento perpetuo de la promoción literaria.

Como un mercado donde todos venden pescado y nadie recuerda traer compradores.

Mi investigación alcanzó un punto decisivo cuando ingresé a un grupo cuyo nombre prometía exactamente aquello que yo buscaba.

"Escritores y Lectores Independientes de Difusión Literaria".

Parecía prometedor.

Un miembro escribió un mensaje muy emotivo contando que llevaba cinco años escribiendo en un blog y cómo aquella experiencia lo había convertido en escritor.

Pensé que era la oportunidad perfecta para hacer comunidad.

Escribí el comentario más inocente que se me ocurrió:

—¿Dónde puedo acceder a tu blog?

Jamás imaginé la gravedad del delito.

Minutos después recibí una notificación oficial.

Mi comentario había sido eliminado.

Se adjuntaba la norma que acababa de violar.

También una amable advertencia informándome que la administración llevaba un cuidadoso registro de mis actos.

Durante unos segundos llegué a preguntarme si la Interpol literaria acababa de abrirme un expediente.

Mi crimen consistía, aparentemente, en intentar leer el blog de un escritor dentro de un grupo cuya finalidad declarada era difundir escritores.

Aquello fue revelador.

Comencé a desarrollar una teoría.

Tal vez, mucho tiempo atrás, ocurrió una tragedia.

Quizás en el año 2018 una horda de vendedores de criptomonedas, suplementos milagrosos y cursos para hacerse millonario invadió los grupos literarios publicando miles de enlaces diarios.

Los moderadores sobrevivieron.

Pero nunca volvieron a ser los mismos.

Desde entonces cualquier hipervínculo es tratado como si transportara una peligrosa infección digital.

No importa si conduce a un cuento de ocho páginas.

Podría ser spam.

Podría ser publicidad.

Podría ser el apocalipsis.

La sospecha permanente parece haberse convertido en doctrina.

Es un curioso fenómeno psicológico.

En nombre de combatir el spam, se termina prohibiendo precisamente aquello que se suponía debía difundirse.

Resulta difícil promocionar literatura cuando la literatura constituye evidencia incriminatoria.

Mientras tanto, los memes continúan circulando libremente.

Los gatos escritores.

Las tazas de café.

Las frases de Bukowski, muchas de ellas jamás pronunciadas por Bukowski.

Las citas de Borges inventadas por personas que evidentemente jamás leyeron a Borges.

Todo eso prospera sin obstáculos.

Los cuentos, en cambio, son observados con la cautela reservada para paquetes sospechosos abandonados en un aeropuerto.

Otra curiosidad llamó mi atención.

Los mismos nombres aparecían en diez grupos distintos.

El mismo poema.

La misma portada.

El mismo "hola, soy escritor".

Era como asistir a una gira mundial donde el público estaba compuesto exclusivamente por los demás músicos del festival.

Con el tiempo comprendí que aquellos grupos no fracasan por falta de talento.

Fracasan por una sencilla ley económica.

Existe una inmensa oferta de escritores.

Existe una escasez dramática de lectores.

Cada miembro espera recibir veinte comentarios.

Pero ninguno dispone de veinte minutos para comentar el trabajo ajeno.

El sistema entero recuerda a esas antiguas aldeas donde todos decidieron abrir una panadería el mismo día.

Al anochecer descubrieron que nadie había sembrado trigo.

Mi investigación concluyó cuando abandoné silenciosamente aquel último grupo.

No hubo despedidas.

Nadie notó mi ausencia.

Probablemente porque todos estaban ocupados publicando el enlace que nadie podía abrir, escribiendo el cuento que nadie iba a leer o compartiendo el meme del gato que, paradójicamente, sí alcanzaría doscientas reacciones.

A veces me pregunto si volveré.

No lo descarto.

Todo periodista siente la tentación de regresar al lugar de los hechos.

Pero la próxima vez llevaré casco, chaleco antibalas... y evitaré formular la peligrosa pregunta:

—Disculpa... ¿dónde puedo leer tu blog?








El juicio de Zaida




- ¡Que entre la acusada! -ordenó el guardia de seguridad.

Dos soldados altos y fornidos portaban a una mujer en una carretilla de mano (o diabla). La mujer se veía maniatada por un cepo de madera. Era evidente que había sufrido grandes torturas la noche anterior, aunque para la audiencia en la corte sus captores se habían tomado el trabajo de bañarla y colocarle ropa limpia.

- Por eones nuestro pueblo ha vivido en la Paz y Prosperidad que construyeron los Fundadores. Las estatuas en este recinto brindan homenaje a las frases de sabiduría que nos legaron y, a la vez, son testigos de la justicia que aquí se imparte -dijo con voz seria y solemne el Fiscal; y continuó diciendo mientras hacía ademanes teatrales-: Nadie se había atrevido a romper el pacto, hasta el día en que la acusada aquí presente se declaró en abierta rebeldía contra nuestras sagradas instituciones y costumbres.

Hubo murmullos entre los asistentes al crucial evento, lo cual obligó al Juez a dar los consabidos tres golpes de martillo y el llamado al Orden.

- Señor Fiscal, proceda a enumerar los cargos por los cuales se juzga a la acusada.

- La acusada ha confesado haber nacido mujer -respondió el Fiscal.

No terminó de decir la frase cuando se escucharon gritos de entre la audiencia. Unos decían: «¡Simonia!», «¡Herejía!», mientras acompañaban la protesta con sentidos gestos de odio y desprecio. Algunos se rasgaron las vestiduras y se dice que incluso hasta ataques cardíacos generó la horrorosa declaración del Fiscal.

Se formó tal bulla y desorden que el Juez se vio obligado a volver a golpear varias veces el púlpito con el martillo de madera.

Cuando los ánimos se calmaron un poco y, mirando a las solemnes estatuas, el Juez sentenció:

«Ante la presencia de nuestros Fundadores, esta corte de justicia encuentra culpable de alta traición a la acusada. Díctese de inmediato veredicto de destierro.»

Ante lo cual, los guardias pusieron a la condenada en una cápsula, la metieron en un cañón y la dispararon hacia el espacio exterior.

La cápsula duró flotando por siglos en el sistema solar, hasta que un día, por mera casualidad, terminó estrellándose en Mimas.





===

Powered by Blogger.

Popular Posts

Recent Comments

Similar Blogs: