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Halcón y Paloma



Esa noche Daniela Arpón (disfrazada como Ada Escualo), luego del trabajo, decidió ir a una de las casas de seguridad de la Unidad-731. Seguía este procedimiento cuando la misión en la que estaba se tornaba bastante peligrosa. En su interior ya se encontraba Ada (disfrazada de Sinclair).

Daniela abrió la puerta, cruzó, la cerró y prendió la luz.

—Hola, querida, hacía siglos que no te veía —escuchó Daniela.

—¡Ada, qué alegría! —replicó la recién ingresada.

Y las dos se dieron un fuerte y cálido abrazo que duró varios segundos.

—¿Cómo te fue en tu día? —interrogó la verdadera Ada, como para romper el hielo.

—Supongo que fue rutina de oficina, aunque con alguno que otro bache.

—¿Cómo estaban los muchachos? ¿Se portaron bien contigo?

—Llegué temprano, unos 15 minutos antes de la hora de entrada; serían más o menos las 8:50 a. m.

—Y ya estaba todo el mundo trabajando.

—Sí, exacto. Me dirigía a tu oficina cuando el supervisor Paredes me dijo: "Jefa, el comisionado quiere que pases a su oficina".

—Típico de tiranos; no dejaron que te instalaras cómodamente cuando ya se comienza el día con afanes.

—Eso mismo pensé, así que hice de tripas corazón y me dirigí con el paso firme de un condenado que va hacia un tribunal de la Inquisición. "Escualo, qué bueno que retornas de tus vacaciones en la capital. Aquí tenemos mucho trabajo, los criminales SÍ siguieron trabajando, no damos abasto y la ciudadanía se ha comenzado a quejar de que los tenemos abandonados. Quiero que revises todos estos líos que se han acumulado y que solo tú sabes cómo resolver".

—No me dejó replicar cuando comenzó a pasarme un montón de folios con casos de robos, accidentes, personas perdidas, infracciones, etc. Así que me devolví a tu oficina con, literalmente, una montaña de expedientes. Era tan grande que estuve todo el día clasificando y organizando tantos asuntos, que se me pasaron las horas escondida detrás de todo ese papeleo burocrático que tienen ustedes allá en su madriguera.

—Vaya, pues quien tiene trabajo tiene diversión.

—¿Y cómo te fue a ti?

—Hoy me la pasé durmiendo.

—¿Estuviste trasnochando?

—Sí, casi. Por asuntos de trabajo, resulta que anoche acompañé a un cliente de Sinclair a un restaurante lujoso para seguir una pista de mi caso estrella.

—¡Vaya! Suena muy interesante. A ver, cuéntamelo todo con pelos y señales.

—Llegó este tipo, Rosado, que dijo ser "socio" de Howie...

—Ajá, "socio".

—Sí, un tipo más bien... como rarófono. Accedió a invitarme al Halcón Maltés para darme detalles cruciales para mi investigación.

—Es un sitio bastante especial. ¿Qué encontraste allí?

—Según parece, Rosado y Howie eran bastante asiduos al lugar, todos los empleados lo conocían. Apenas entramos nos llevaron a una especie de cuarto reservado y apartado de las mesas corrientes; era un lugar  discreto en donde estábamos prácticamente a solas y ninguno de los clientes podía vernos o escucharnos.

Vino un camarero muy elegante con uniforme francés, nos mostró el menú, explicó los platos, hicimos nuestras órdenes y el caballero retornó a la cocina para encargarse de nuestro pedido.

Mientras esperábamos entró al reservado una mujer, Paloma, que resultó ser la capitana de un carguero llamado El Jacobiano. Fue breve en lo que nos dijo o, mejor dicho, nos advirtió: "Estén prevenidos. Hay bastante peligro, tengo pruebas de que Howie no se suicidó, fue asesinado por...". Pero no terminó la frase, miró con desconfianza y me pasó una tarjeta, indicándome que era más seguro si nos encontrábamos en su barco, en donde podía hablar con plena seguridad de que nadie nos estuviera espiando. Y en un santiamén partió de nuestra mesa y salió del restaurante con destino desconocido.

Yo iba a comenzar a interrogar a Rosado sobre si conocía a la misteriosa mujer cuando un hombre entró. Al principio pensé que sería el camarero, pero se trataba de un hombre vestido como un gánster, de gabán largo y manos en los bolsillos. Apenas nos vio, sacó una de sus manos demostrando que tenía un revólver; nos ordenó quedarnos quietos porque iba a requisarnos.

No se demoró nada con Rosado; luego se dirigió a mí de este modo:

—Detective Sinclair, qué casualidad. Sé que usted guarda un arma secreta en el muslo izquierdo, un cachorrillo niquelado, si no estoy mal, ¿o me equivoco?

—Vaya, se ve que está usted bien informado. ¿Qué más sabe de mí?

—No vine aquí a charlar —replicó con altanería y, sin más ceremonia ni preámbulo, pasó a decomisar mi arma secreta. Cuando la tuvo en la palma la miró y sonrió sarcásticamente—. Nunca he querido saber qué se siente que le disparen a uno con la propia pistola; sin embargo, le concedo ese ultimo derecho.

—Si yo fuera usted, preferiría disparar mi propia arma.

El sujeto entonces hizo un gesto de desdén y sin más apuntó a mi cara y apretó el gatillo.

—Y te disparó. Grave error —puntualizó Daniela.

—Así es. Deberías haberle visto la cara de sorpresa: cuando accionó la pistola, en vez de salir una bala por el cañón, el pobre debió de haber sufrido una descarga eléctrica lo suficientemente fuerte para detener a un caballo.

—Eso le pasa por no hacer caso a lo que le aconsejan. ¿Y entonces qué más ocurrió?

—Agarré del brazo a Rosado, que estaba prácticamente en shock, recuperé mi juguete y, más rápida que el rayo, esculqué al "invitado".

—¿Qué encontraste?

—Tenía un tatuaje en el cuello.

—¿Quizás un escorpión?

—No, era más bien un cuervo albino.

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A.S.A.



Esa mañana, Sinclair —disfrazada como Ada— se dirigió a la sede principal del edificio de policía de Puerto Industrial. Llegó temprano, alrededor de las 7:30 a. m.

Cualquiera que entre al edificio encontrará un amplio pasillo en donde hay diez puertas de ascensor. Entró a la que repartía al personal hacia el piso 11, en donde está la oficina de Ada. Pero no se dirigió allí; cruzó el pasillo y entró a un cuarto de aseo, en donde había escobas y traperos, pero además, al fondo de dicho cuartillo, también había otro ascensor, no tan lujoso como los de la entrada del lobby del edificio, sino uno más bien modesto pero con varios controles biométricos. Asombrosamente, Sinclair pasaba todos los tests bajo la identidad de Ada. El ascensor misterioso la llevaría más abajo de los sótanos del edificio, a la llamada «Baticueva».

Cuando entró, varias personas ya estaban laborando allí. Caminó directamente hacia una silla grande y vacía en el centro. Se encontraba en el cuartel general de la ASA —Agencia de Seguridad Araquense—, un departamento adjunto a la policía, aunque independiente en muchos sentidos y del cual muy pocos sabían su existencia.

De repente, se escuchó una voz de mando: «¡La directora está en el puente!».

Se trataba del supervisor Andrade, segundo al mando y mano derecha de Ada.

—Directora, no la esperábamos hoy. ¿Cómo estuvieron esos días en la capital? —preguntó Andrade como para romper el hielo.

—Hubo alguno que otro contratiempo, Andrade. Aún no hemos capturado a los chicos malos, pero ya casi los tenemos. Tengo una buena corazonada y requiero de toda tu capacidad para poder desarrollarla hasta las últimas consecuencias.

—Sabes que puedes contar con todo el equipo. Puedo asignar al forense Llanos, del departamento científico, o al perfilador Gutiérrez.

—Muy bien, convoca una junta para las 3:00 p. m. y les doy los detalles exactos de lo que requiero; por ahora iré a mi despacho para organizar algunos temas pendientes.

El despacho era un habitáculo privado allí mismo en el puente de mando, bastante cómodo y con ciertos lujos; incluso había un acuario con peces exóticos, algunos venenosos. Sinclair se aseguró de que la puerta del despacho quedara bien cerrada, se dirigió al clóset y digitó en un teclado una larga clave numérica. Al terminar, la pared del clóset reveló varias cápsulas en donde había robots en estado inactivo.

La mayoría de ellos eran réplicas de Ada, con diferentes atuendos y apariencias: había rubias, pelinegras, pelirrojas. También había una réplica de Carbonell. Se acercó a este y con manos ágiles le conectó un cable bajo los cabellos y lo conectó a su celular. Intercambió así datos con el robot por unos minutos; cuando terminó, Carbonell abrió los ojos y dijo:

—Correcto. Prosiga con la fase cuatro. —Dijo eso y volvió a quedar apagado.

Sinclair desconectó el cable y cerró todas las puertas del clóset. Salió de su despacho diciendo:

—Andrade, voy a salir, el puente queda a su cargo.

—A sus órdenes, directora —contestó secamente el caballero.

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Los espias neoténicos



Llevaba Ada algunos años trabajando como espía al servicio de la Corona, pero, a diferencia de las historietas de James Bond, su mundo se reducía a la rutina: trabajar en embajadas, convertir rumores diplomáticos y observaciones callejeras en informes y, ocasionalmente, «reclutar» personas con acceso a información clasificada. Otras veces formaba parte de los equipos de vigilancia, capaces de pasar doce horas dentro de un automóvil, esperando que alguien saliera de un edificio.

Por eso aceptó de inmediato la misión que le encomendó el jefe Cheng. Sería su primera salida «de campo»: ir al aeropuerto con una maleta, sentarse junto a una persona, intercambiarla y regresar al vehículo donde estaría el equipo de vigilancia.

—Alférez Escualo, será un trabajo práctico y sencillo. Sabemos que podemos confiar en ti —le dijo Cheng con optimismo.

Ada pensó lo mismo, aunque con cierta reserva. Al llegar a la sala del aeropuerto descubrió que muchas personas llevaban maletas idénticas a la suya. Era como si todo el mundo del espionaje se hubiera dado cita allí: CIA, MI6, KGB, Mossad y operativos del PSA, entre ellos Carbonell.

Al verlo, sintió miles de polillas en el estómago. Si Carbonell estaba allí, podía haber un tiroteo de padre y señor mío. Aunque también se sintió segura: sabía que aquel «borrador» garantizaría que saliera ilesa si algo salía mal.

Se sentó junto al primer contacto: una mujer atlética de cabellos negros y cambió maletas con ella. Después fue al baño, donde encontró otra maleta idéntica en el lavamanos y volvió a cambiarla. Al salir, la dejó caer accidentalmente en la caneca de aseo y recibió otra de la empleada. Luego, en la plazoleta de comida, otro operativo aprovechó mientras Ada comía una hamburguesa con papas fritas y gaseosa negra, para efectuar un nuevo intercambio. Las maniobras se repitieron varias veces hasta que ella llegó a la salida del aeropuerto, al estacionamiento. Allí reconoció a Cheng dentro de un automóvil y subió. Juntos se confundieron con el tráfico de la ciudad.

—¿Qué había en la maleta? —interrogó Ada a su jefe.

Este soltó una carcajada y dijo entre risas:

—La broma más grande del mundo. Pusimos lo normal de cualquier maleta de viaje, con tres cosas en particular:

  1. Un rollo de papel higiénico.

  2. Un pelapapas.

  3. Una capa.

—¿Y eso para qué? ¿Está usted diciéndome que operativos de espionaje de todo el mundo podrían haberme matado por tres bagatelas? —dijo Ada, muy enojada, porque de inmediato se dio cuenta que Cheng le estaba mintiendo.

—Cálmate, Alferez Escualo. Lo que hiciste fue muy importante. Se supone que en una de las tantas maletas debe haber unos documentos muy valiosos y, en otra, un pago en uranio.

—¿Y cuál llevo yo?

—Podría ser una bomba o podría ser otra maleta sin trascendencia.

—Bueno, obviamente esta no ha estallado.

—Es por eso que no la abriremos. Se la entregaremos a los especialistas para su posterior análisis.

—¿Y la nuestra? ¿Qué pasará con ella?

—Esa tiene una cámara fotográfica minúscula que nos transmitirá la cara de sorpresa que se llevará el espía que la abra y descubra aquello que pusimos dentro. No tendrá desperdicio.

Esa misma tarde, Ada redactó su renuncia al servicio diplomático y pidió su traslado al cuerpo de policía. La vida de espía se le antojó como un saborcillo de pesadilla absurda.

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Relato para participar en el Reto Juevero, conducido por el blog Artesanos de la Palabra.

El reto consiste en elaborar un relato de género libre en el que aparezca una maleta con tres objetos muy particulares:

1. Un rollo de papel higiénico.

2. Un pelapapas.

3. Una capa.



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Retoversos


Se decía que la visitante de Andrómeda venía del futuro, pero los académicos y estudiosos coinciden en que "la chica rubia" probablemente pertenecía a alguna dimensión o universo paralelo diferente al nuestro. Por aquellos días, había adoptado la apariencia de una terrícola común y corriente, quizás para, de ese modo, interactuar con nosotros, los simples mortales.

Su laboratorio parecía más la amplia habitación de un castillo medieval con toques steampunk que una instalación científica.

Estaba trabajando al mismo tiempo en dos maniquíes: uno era una pelirroja vestida como policía; la otra era idéntica a la primera, pero con el cabello negro y vestida a la usanza de los detectives noir. Con un tosco destornillador, le daba los toques finales a sus creaciones. Miró un dispositivo similar a un reloj de pulsera, activó un botón y haciéndose invisible y etérica desapareció de la vista.

Acto seguido, las dos muñecas abrieron al mismo tiempo los ojos. Y, como coordinadas, cada una detectó a la otra y, con movimientos súbitos, ambas se llevaron la mano a la cintura como buscando un arma de fuego.

—Identifíquese —dijo ásperamente la pelirroja—. ¿Quién es usted y por qué estoy retenida en este lugar de pesadilla?

—Un momento —respondió la pelinegra—. Yo iba a cuestionar exactamente lo mismo. Yo no estoy reteniendo a nadie; es al revés.

Dicho esto, por unos segundos ambas se miraron fijamente a los ojos, primero con desconfianza y luego pasando a un examen cuidadosamente disimulado.

—Es claro que esta es una broma de mal gusto. ¿Quién te ha pagado por imitarme, pero con el pelo negro? 

—¡Ja! No me asustas. Una de las dos es una impostora, y no soy yo.

—Estoy segura de ser quien soy, y por lo que observo de ti, también estás segura. Por lo tanto, aquí hay un misterio por resolver. 

—Bueno, si yo soy tú y tú eres yo, es probable que ninguna de las dos sea auténtica. 

—¡Vaya! No lo había pensado de esa manera, pero dadas las circunstancias, parece que estamos perdiendo el tiempo en charlas místicas. Si combinamos nuestros esfuerzos, juntas podremos salir de aquí y averiguar qué está pasando realmente. 

—Si a mística vamos, mi sospecha es que somos personajes de un microrrelato —dijo con ironía la pelinegra.

La rubia presionó de nuevo un botón de su reloj y los dos maniquíes quedaron desactivados, sin vida. Entonces, dijo en voz alta, mientras colocaba unas gafas oscuras a la pelirroja:

"Bitácora del capitán, registro U-731: mis brillantes experimentos en el retoverso han sido todo un éxito. Solo me falta corregir ciertos desperfectos en mis fembots y el plan maestro estará listo para ejecutarse."

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Relato participante en el reto de cada jueves un relato, a cargo de Artesanos de la palabra.

Dale vida a tus personajes.

Elaborar un relato en donde los protagonistas estén definidos más por sus acciones que por la descripción narrativa sobre ellos.

Ver las condiciones y demás participaciones siguiendo el enlace



Chukabocho


Después de graduarse como agente de policía, la joven Ada fue asignada a varios puestos en los que no se sentía a gusto. Las tareas le parecían rutinarias e inútiles: ordenar archivadores, llevar mensajes de un piso a otro o servir de chófer a algún alto oficial. Tampoco le gustaba el lugar al que la habían destinado: Villapausada, un pueblito donde aparentemente no había acción ni oportunidad de aprender algo que la ayudara a progresar. Ada se aburría y ya pensaba en pedir la baja para iniciar una vida civil.

Un día, sin embargo, los vecinos decidieron amotinarse frente a la alcaldía y otros edificios municipales. El jefe de policía envió a todos sus agentes a contener las manifestaciones. A todos menos a Ada, que debía quedarse en la estación haciendo labores de soporte mientras aquellos que "sí sabían trabajar como policías" se ocupaban del problema.

Pero en esas circunstancias, es cuando el desespero abre puertas inesperadas, llegó una llamada de emergencia. Había ocurrido un crimen en el Restaurante Chino. El Jefe, sin hombres disponibles y sin poder ir él mismo, decidió —muy a su pesar— asignar a Ada.

La llamó a su oficina.

—Nenita, hay un asunto que atender en el Restaurante Chino. Se ha cometido un crimen y creemos que estás perfectamente capacitada para manejar la situación. Ve y aprende todo lo que puedas. Será una gran oportunidad para ti.

Al llegar al restaurante, Ada entró en la cocina y vio dos cosas en la escena del crimen: 

1) a la ayudante del cocinero con una hachuela de cocina firmemente agarrada, y 

2) en el suelo restos de comida: carne y huesos desparramados de las más diversas maneras.

La mujer repetía sin parar:

—Se ha cometido un crimen… se ha cometido un crimen… y volvia a picar sin piedad los pedazos de carne de una pata de cerdo.

Ada se acercó despacio, hablándole con voz suave para calmarla. Pero la carnicera parecía perdida en un mundo psicótico y de pronto gritó:

—¡Querían cortar atún congelado con mi chukabocho! ¡Eso sí que es un crimen!

Y se lanzó contra Ada como si quisiera rebanarle la cabeza.

Por instinto, Ada desenfundó su revólver, cerro los ojos y disparó directo a la cara. Sin saberse como, la bala golpeó la hoja de la hachuela, rebotó en el techo y se incrustó en una viga.

El impacto desarmó a la mujer, que cayó al suelo y rompió a llorar.

Ada, aún confundida, solo acertó a decir con voz entrecortada:

—En el nombre del Rey, queda usted arrestada por intento de homicidio contra un oficial de policía.





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Para el reto de esta semana en la iniciativa de "Cada Jueves un Relato", el Demiurgo de Hurlingham nos invita en su blog a escribir un relato policial en el que se haya cometido un crimen.

Se propone varias pautas para orientar la historia. Entre ellas elegí la número 4: «En la escena del crimen se encuentran restos de comida».

Para ver todas las condiciones de la convocatoria y otras colaboraciones, pueden seguir este enlace.





Diablillos


Aristóbulo se había disfrazado de diablillo para asistir al carnaval. Mientras se hallaba entre la multitud, celebrando las festividades, sintió que la punta de un revólver le apretaba las costillas. Apenas alcanzó a oír una orden seca:

—Quieto aquí. En nombre de la ley, está usted detenido —bramó la oficial Severina Dracón.

Aristóbulo, confundido, se disponía a protestar airadamente, pero la oficial fue más rápida: le asestó un certero golpe de macana que, de no haber sido de goma, le habría aplastado el cráneo. Los agentes que la acompañaban lo recogieron del suelo; los curiosos, testigos del suceso, aseguraron que al pobre le brotaba sangre por la boca y las narices.

Despertó en una celda. Apenas abrió los ojos, vio ante sí a la dichosa oficial, quien, sacando una especie de papel enrollado como un papiro, pronunció con solemnidad:

—Soy carcelero, jurado, juez y verdugo. Esta corte encuentra que el acusado es un peligroso delincuente; por tanto, se le condena a trabajos forzados en la Isla Prisión de la Gorgona … campo de exterminio.

—¡Por Dios, solo es un disfraz! —alcanzó a balbucear él.

— Guardias, trasladen al reo a su destino.

Un grupete de agentes, bien armados, lo amarró de inmediato, lo introdujo en un transporte de seguridad y jamás se volvió a saber de él.

La oficial Severina se disponía también a retirarse cuando escuchó el inconfundible sonido de los tacones acerados de la Coronel Ada Escualo. La chica palideció al instante.

—Severina, ¿cuántas veces tengo que repetirte que no debes andar congeniando con criminales? Ese carácter blandengue que tienes terminará un día por convertir nuestra sociedad en un infierno. Si los delincuentes comienzan a irrespetar a la policía, acabarán gobernándonos. No lo olvides, nenita. Quiero ver mano dura la próxima vez.

Severina, tratando de contener el miedo, apenas acertó a decir:

—Sí, señora. Se hará como usted ordene.






MICRORRELATOS DE LA BESTIA

Lunes


La detective Ada y el inspector Carbonell, como de costumbre, cada lunes por la mañana, se reunían con el alto comisionado de policía para tratar distintos asuntos y casos en curso. 

—Estimados —dijo el comisionado—, en relación con el caso de los jueces del reality, han surgido nuevas pistas que me han llegado por una fuente altamente confiable. La información se refiere a los familiares de las víctimas. Se nos ha confirmado el paradero de una de las exesposas de Simón de Santillana —añadió, mirando de reojo a Ada—. Y aquí es donde entras tú, mi querida detective. Nuestra fuente asegura que la señora reside en Puerto Industrial. 

Al escuchar el nombre de su ciudad, Ada esbozó un gesto casi imperceptible, cuidando de no dejar traslucir sorpresa alguna. 

—Ada, quiero que te encargues de ese asunto de inmediato. 

—Por supuesto. Carbonell y yo podemos tomar la autopista y, en unas ocho horas, estaríamos en la comisaría local. 

—No, Ada. Este viaje lo harás sola. Carbonell permanecerá aquí, en la capital, coordinando otros aspectos de este mismo caso y de otros de similar urgencia. 

—A estas alturas, no creo que sea conveniente dividir al equipo. En Puerto Industrial, alguno de los muchachos puede encargarse de investigar a la dama. Incluso yo misma podría llamar desde aquí y coordinar la pesquisa. 

—Bajo circunstancias normales, y si se tratara de otro caso, estaría de acuerdo contigo —replicó el comisionado—. Pero dada la prioridad del asunto, prefiero que te ocupes personalmente. Mi asistente ya ha hecho una reserva aérea: saldrías en el primer vuelo de la noche. Tómate el resto del día para organizar tu equipaje y prepararte para el regreso a casa. 

—Comprendo, jefe. Donde manda capitán, no manda marinero —respondió Ada con tono lacónico.

Cabeza de Toro


Ada buscaba algo con urgencia en el clóset, revolviendo perchas y cajas con una ansiedad poco habitual.

—¿Qué buscas? —preguntó su marido desde la puerta, intrigado.

—Mi disfraz de vaquera.

—¿El de kevlar color negro?

—Ese mismo.

—Vaya, debe ser serio el asunto. ¿De qué se trata todo esto?

—Me llegó un correo electrónico de la oficina con una nueva asignación: el dueño del banco del pueblo murió y, según dicen, escondió varios lingotes de oro en algún lugar y, como de costumbre en estos casos, algún grupo de degenerados querrá robarlos.

—¿Y cuál es tu plan?

—Iré a la cantina. Escucharé, observaré… ya sabes.

—Te sugiero que lleves el Colt .45.

—Prefiero una mini Uzi 9 mm, querido.

Esa misma noche, Ada se dirigió al famoso bar “Cabeza de Toro”. Dejó estacionado su automóvil a varias cuadras para no llamar la atención. Al cruzar la puerta, notó a una mujer rubia tocando una música muy animada en un clavicémbalo y que mascaba chicle de manera vulgar, sin ningún disimulo. 

El humo de tabaco flotaba espeso y en varias mesas se jugaba a las cartas con mucha seriedad, las prostitutas rondaban a los jugadores como si fueran halcones y continuamente algunas bajaban solas y otras subían acompañadas a algún cuartucho maloliente del segundo piso.

Ada se acercó a la barra, pidió un vaso de bourbon, lo olió cautelosamente y se lo bebió de un solo trago. Luego avanzó con paso seguro hasta la mesa en donde había más dinero en juego; allí estaba Lucho “Poca Suerte”, un sujeto de aspecto áspero y modales desagradables.

—¿Molesto si me uno a la función? —preguntó Ada.

—Si trae dinero, forastera, tome asiento. La apuesta mínima es de doscientos machacantes sobre la mesa.

Ada aceptó. En pocas manos acumuló una suma considerable, mientras los demás jugadores se retiraban con excusas mal disimuladas. Pronto quedó sola con el peligroso bandido.

—Forastera, creo que usted está haciendo trampa. Y nadie se burla de Lucho “Poca Suerte”.

Él se llevó la mano a la cintura, pero no llegó a tocar el revólver. Ada ya había desenfundado la subametralladora. Una despiadada lluvia de balas, impactando cabeza y pecho, prácticamente desintegró al desdichado.

El bar estalló en murmullos. El dueño se acercó, nervioso.

—Señorita, jamás vi a alguien tan diestro. Ese hombre era de la banda de “Cicatriz” Vega, su mejor pistolero. Habrá problemas cuando sus secuaces se enteren. Para fortuna suya, hay un puesto de alguacil vacante… Hoy lo enterramos. Si le interesa, el comisario estará encantado de hablar con usted.

—Perfecto. Si ese era el mejor pistolero de “Cicatriz” Vega, supongo que ellos me darán una paga mucho más alta que lo que pueda ofrecer el ayuntamiento. Sin embargo, pasaré a hablar con el comisario: hay una considerable recompensa por el fiambre que les dejo aquí servido y quiero cobrarla —replicó Ada mientras recogía las apuestas de la mesa.

Ella se dirigió hacia la salida, coloco unos billetes en el escote de la rubia, que seguía tocando la música, nuestra heroína le acaricio suavemente el rostro, la clavicembalista en respuesta hizo una pequeño globo con el chicle, las dos cruzaron una mirada cómplice y Ada ágilmente cruzo la puerta para así desaparecer en la oscuridad.

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Relato para participar en la convocatoria de "Cada Jueves un Relato", en esta ocasión auspiciado por Neogeminis: A modo de Western. Inspirar un relato en los temas clásicos de vaqueros "made in USA" (o Italianos).

Ver los detalles completos AQUI

Cejas de Oro



No sé si a todos ustedes les pasa igual. Quizás no.

El caso es que estuve revisando, una vez más, la foto de la portada del blog: esa en la que aparece ADA rodeada de varios personajes variopintos, de distintas pelambres. La he visto mil veces, y estoy seguro de que mucha gente también. Pero noté algo extraño.

Por alguna razón quise ampliar la imagen.

Y ahí lo vi.

Encontré un personaje que no había visto antes, lo cual es raro, porque —por razones obvias— debería conocer a todos y cada uno de los personajes del blog. Sin embargo, ahí estaba: una presencia casi como una sombra, algo escalofriante, una especie de anomalía. Un personaje desconocido para mí y que, por lo tanto, no debería estar en la foto de ADA.

Entre intrigado, curioso y con una ligera sensación de susto, tomé el fragmento de la imagen y decidí llevarlo a un experto: un viejo librero que vende libros usados, cartas, collectibles y revistas de tebeos.

Le mostré la imagen. Al principio la miró con desdén, casi con aburrimiento. Pero no sé… por un instante lo noté inquieto. Me dijo que volviera en una semana, que estaba muy ocupado.

Y dicho y hecho, a la semana volví.

—Es el Cejas de Oro.

—¿Qué?

—El amigo que usted me trajo la semana pasada.

—¿Amigo? No, no, no. No es un amigo. Es la imagen de un desconocido. Pensé que usted me ayudaría a identificarlo.

—Le repito: es el Cejas de Oro.

—No me resulta familiar ese personaje. Jamás lo he escuchado dentro de las narrativas de Aragca.

—Precisamente. El Cejas de Oro no es de Aragca, sino de Nueva Caledonia.

—¿Nueva Caledonia? Vaya… casi lo había olvidado. Creo que voy entendiendo. Es un lugar bastante misterioso.

—Cierto. Es como el hijo pródigo que ha corregido su camino.

—La verdad, no sabía que hubiese industria del cómic en ese lugar.

—Y no la hay. Nunca la hubo y nunca la habrá.

—¿Cómo va eso?

—Para explicarlo tendríamos que irnos al origen de todo, a la época del Platino del cómic aragquense.

—¿Es decir, antes de que apareciera Carbonell?

—Exacto. En aquellos días se publicaba bajo el nombre del Teniente Hulla. Creo que tengo algunos números por aquí.

El librero, con ayuda de una escalerilla de tres peldaños, trepó ágilmente —demasiado ágil para alguien de su edad— entre los polvorientos anaqueles y bajó una caja. Para mi sorpresa, contenía varias revistas de una época ya olvidada. Había títulos como Capitán Relámpago, El Guerrero sin Disfraz, Doña Parlanchina, Dorita, y, por supuesto, varios de Hulla: Hulla contra los vampiros, Hulla y el misterio de la pirámide, Hulla y la falange, entre otros.

—Aquí está —dijo el librero, tomando hábilmente uno de los números—. Aventuras de Hulla, Crispín y Goliberto.

Abrió la revista justo al centro y, con el dedo, señaló una viñeta.

—¿Lo ve?

Observé con cuidado y exclamé:

—Claro que sí. Es precisamente el mismo por el cual consulté.

Luego el librero sacó otras revistas de Hulla y me mostró distintas viñetas en las que aparecía el personaje al que él llamaba Cejas de Oro.

—¿Nota usted algo? —inquirió el viejo, como tanteándome.

—¿Algo así como un patrón? —respondí, con duda.

—Quiero saber qué piensa usted.

—Bueno… noto que el personaje en cuestión siempre aparece como un extra, simplemente como decoración, como relleno del fondo.

—Buena deducción —indicó—, pero lo que le he mostrado son las últimas publicaciones de Hulla. Después de ellas, nunca más se publicó.

—No entiendo.

—El Cejas de Oro siempre aparece en las publicaciones que van a desaparecer.

—¿Cómo va eso?

—Lo he venido siguiendo. Apareció primero en 1917, en los últimos tirajes de Campanín; luego, en los de Hulla, en los años treinta; y ahora usted me dice que salió en ADA. Claramente, eso indicaría que ADA está próxima a finalizar.

—Muy extraño. Soy conocedor del cómic y nunca había escuchado de ese personaje.

—Es que es nuevo.

—¿Nuevo? —dije, casi en shock—. Pero si me dice que apareció en 1917 y en 1930…

—Así es. Pero nunca antes estuvo en las revistas. Yo también las conozco. Su aparición es reciente. Es una entidad que se ha insertado en las imágenes hace poco.

—¿Una especie de anomalía?

—Un parásito.

—No diga nada —le indiqué al librero mientras sacaba unos billetes de cien dólares—. Será mejor que yo investigue esto. ¿Le molestaría prestarme por unos días los números de Hulla?

—No hay problema. Tome algunos y me los devuelve el próximo lunes.

—Trato hecho —le dije.



Barón Gabriel Cisneros de Montemayor



Mucha gente cree que existen colegios de magia donde niños de todas las condiciones y pelambres aprenden los misterios de las ciencias ocultas, pero en el mundo real las cosas ocurren de manera muy distinta. Para empezar, la magia no se enseña en escuelas: un mago de renombre transmite parte de sus conocimientos a dos o tres aprendices que, por lo general, ni siquiera se conocen entre sí. Estos aprendices suelen pertenecer a familias nobles o, al menos, muy acaudaladas. Además, no son niños, sino adultos de más de veinticinco años. Y aun así, no todos logran el título de Mago o Hechicero. De hecho, solo seis personas —cuyas identidades permanecen en absoluto secreto— ostentan ese título. 

El Barón Don Gabriel Cisneros de Montemayor, a los treinta y cinco años, entró al servicio de su “Maestro” hacia la década de 1950. Su primera misión consistió en leer los siete grimorios de Zaida, obras tan antiguas como enigmáticas, escritas antes de que el imperio Andirriano se desvaneciera en el olvido. Le tomó tres años leer y asimilar el primer tomo. Al cuarto año hojeó el segundo, se aburrió y lo abandonó. Renunció a convertirse en Mago y prefirió dedicarse a la entonces naciente industria de la cibernética. Gracias a su talento y fortuna, creó autómatas imposibles de distinguir de un ser humano. Llevó siempre una vida reservada. Murió de viejo. Sus hijos mantienen el castillo en buen estado, aunque ninguno se aventura al sótano donde el Barón concibió sus mayores creaciones. 

Un día, Madame Circuita, la nana mecánica que el Barón había construido para cuidar a sus hijos, regresó a casa. Los Cisneros la dejaron entrar al laboratorio sin objeciones. Tras tantos años de abandono, el lugar estaba revuelto: cables, circuitos, bulbos y bobinas se amontonaban por el suelo. Sin dudarlo, Madame Circuita abrió unos archivadores y extrajo una pieza rústica de tecnología olvidada: un brazo mecánico forrado en cuero, rematado en una garra demoníaca. Sonrió como quien encuentra a un viejo amigo. Movió un par de engranajes y la garra comenzó a chirriar, emitiendo sonidos oxidados, casi sobrenaturales. Observó por unos instantes cómo se abría y cerraba. Era hipnótico. La dejó a un lado. 

No era lo que había venido a buscar. Lo que necesitaba estaba justo frente a ella, cubierto por unas sábanas rotas y mohosas. Las retiró con disgusto. Bajo ellas, sorprendentemente bien conservada, apareció una especie de silla, más bien un trono, rodeado de válvulas, bulbos de vacío, bobinas de cobre, palancas y engranajes. Después de sí misma, Madame Circuita consideraba ese trono como la mayor creación del Barón: un dispositivo capaz de transportar a quien se sentara en él al interior de cualquier historia escrita. Con ese artificio podía viajar, si lo deseaba, a la Tierra Media de Tolkien, a Westeros de Martin o incluso al mundo desolado de Mad Max II. Sin ningún afán, sacó de su bolsillo una delgada novela: Cuentos completos de Aragca. 

Se acomodó en el trono, ajustó algunas perillas, movió las palancas y tomó el libro entre las manos. Saltaron chispas; el ingenio empezó a vibrar y emitir silbidos. Hubo un crujido luminoso y Madame Circuita desapareció de esta dimensión. 

Quizá una consecuencia previsible de emplear tecnología de los años cincuenta —además de estar obsoleta— es que el paso del tiempo cobra su deuda. El óxido y la fatiga de los materiales alteran el funcionamiento. Por alguna razón, Madame Circuita no llegó exactamente al mundo de Aragca, sino a algo anterior: el aparato la había trasladado al interior de uno de los primeros borradores del libro. Los personajes no estaban terminados, tenían otros nombres y propósitos; aun así, la historia era reconocible en sus líneas generales. El villano sí aparecía tal como siempre había sido. Los héroes, en cambio, estaban incompletos. El carabinero Carbonell, por ejemplo, aún no tenía compañera. Madame Circuita evaluó la situación. Dedujo que, si esas ideas tempranas se modificaban, podrían alterar por completo el curso de la historia. 

Pensó que, si se hacía pasar por la futura compañera de Carbonell, podría influir discretamente a favor de los villanos. Decidió teñirse el cabello de rojo y ponerse unas gafas oscuras. Cuando Carbonell caminaba hacia la estación de policía, ella eligió interceptarlo fingiendo un tropiezo. Simuló caer. Carbonell la ayudó a levantarse; ella, algo ruborizada, se disculpó: 

—No me fijé por dónde caminaba, mil disculpas. 

—No, no, ha sido culpa mía —respondió él. 

Madame Circuita sonrió y, sin vacilar, añadió: 

—Soy Ada Escualo. Acabo de llegar a la ciudad y no logro ubicar el cuartel de policía. Trabajo como detective. 

Carbonell también sonrió. —Entonces es su día de suerte. Me dirijo allí mismo, puedo acompañarla. 

Con un gesto hábil, casi instintivo, Madame Circuita tomó del brazo al héroe, y juntos se alejaron por la calle, conversando con aparente naturalidad, como si siempre hubiesen sido un par de enamorados.

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Relato para participar en el concurso de magia y fantasía del blog Tintero de oro, diciembre 2025

@hallucination.gpt Vintage mechanical arm #robot ♬ Darkness - The Thing About Noise

 

Una hora más juntitos los dos



Una pelirroja, uniformada de policía y con gafas de sol, interroga a un sujeto maniatado en una oscura bodega. El prisionero, amordazado, viste apenas una camiseta y calzoncillos blancos. Su rostro se ve sudoroso y algo magullado; tiene algunas salpicaduras de sangre. La mujer, con una porra en mano, lo circunda como un halcón acechando a su presa.

Se detiene frente al desdichado y le espeta: "Tienes hasta la medianoche para escribir un microrelato aceptable".

El escritor fija la mirada en el reloj analógico de la pared, que marca justo las doce, e inhala aliviado. La oficial capta de inmediato el pensamiento del hombre. Ella misma verifica su reloj digital de pulsera y sonríe con frialdad: "Hoy es el día en que se atrasa una hora el reloj, así que eso me otorga sesenta minutos adicionales contigo".

La luz se extingue. A lo lejos tan solo se escuchan los gritos y lloriqueos del pobre hombre.

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Relato para participar en la convocatoria "Cada Jueves un Relato," auspiciada por Dafne en su blog "Sine Die."

El tema de esta semana es el cambio de horario.

Puedes ver todos los detalles y otras participaciones siguiendo este enlace.




Consumidores Psicofobicos




Estaba escuchando, mientras manejaba el auto, el programa Pase lo que Pase de Radio con Vos, y oí al locutor, muy convencido de sí mismo, afirmar que: "no conocía a nadie que no tuviera un problema mental. Todo el mundo está loco”.

—¡Puf, paparruchas! —contesté al aire, enfurecido—. Recordé que esa frase la elaboraron en 1950 en el Departamento de Salud del Reino de Aragca. Como todo lo de ese gobierno, fue una historia creada para etiquetar a los ciudadanos: "este está neurótico, este es autista, este es bipolar"… Se inventaron cien mil sintomatologías para que la gente tuviera que acudir a servicios psiquiátricos innecesarios, recibir fármacos y, en general, alimentar con dinero a un sistema de salud corrupto. Habían convertido a la gente sana en enferma usando esas frases de manipulación masiva, para volvernos consumidores de químicos cancerígenos, "todo para nuestro bien".

Pero mi día no había terminado. Manejaba yo hacia un conocido establecimiento de ropa y artículos usados; buscaba un disfraz para Halloween. Y cuál no sería mi sorpresa cuando encontré, entre mil cachivaches, otro signo del consumismo de nuestro tiempo: allí, arrumbada, estaba la famosa máscara de Ada Escualo, el célebre personaje de las sagas de cine. Su imagen era inconfundible; se habían vendido cientos de juguetes con su estampa y allí, abandonada y sucia, haciendo más basura que otra cosa, estaba la icónica cara de la heroína. La imagen era chocante; sentí que iba a vomitar. “¿Es esto lo que hace el maldito consumismo?” —me pregunté sin darme respuesta.

Sin pensarlo mucho, pagué por la máscara. Era barata, como todo lo que alguna vez fue importante.

Me alejé pensando que, a los chicos del grupo de manejo de ansiedad les encantaría tener una Ada de edición limitada para la colección, los ayudaría a calmarse un poco.




Charla Nocturna



Siempre que se sentía estresada por los aconteceres de su oficio, Ada mantenía la costumbre de dedicarse largas horas a resolver ecuaciones diferenciales y otros acertijos matemáticos. El tiempo dedicado a ello le ayudaba a aclarar la mente. A diferencia de los “detectives” de la televisión o de las novelas de misterio, Ada no trabajaba en un único caso: los detectives de la vida real siempre trabajan varios casos a la vez. Tenía asignada la misteriosa desaparición del periodista del diario El Protector, un tal Rojas, sumado a la tarea de identificar los cuerpos de dos occisos que habían sufrido muertes horrendas: el del Hotel Francés y el otro en las cercanías de la Avenida de las Angustias. Todo ello se sumaba a la explosión ocurrida en el piso donde habían muerto los jueces del reality y, claro está, la misteriosa muerte de los tres jueces.

Mientras le cambiaba las pilas a su calculadora científica, por un instante se le cruzó por la cabeza si toda esa racha de crímenes inexplicables estarían ligados a un mismo evento mayor.

—¿Y si organizo cronológicamente cada uno de esos sucesos? —pensó en voz alta. Acto seguido tomó el teléfono y marcó un número que sabía de memoria.

—Aló —contestó una voz masculina, con tono de trasnochado.

—Soy Ada. Sé cómo resolver el misterio de los jueces.

—Más vale que así sea. Son casi las tres de la mañana, ¿nunca descansas?

—Me puse a resolver unas transformadas de Laplace.

—Muy bien, ¿de cuántos asteriscos?

—Varios de dos y uno de tres, los demás eran sencillos.

—¿Y qué te dijeron los números?

—Quiero investigar más a fondo el tema de Rojas, el periodista desaparecido.

—Tiene sentido, haz cita con el editor en jefe, Francisco de Paula Bolívar.

—También quería felicitarte: manejaste muy bien la conferencia de prensa sobre el asunto de la captura de la falsa ladrona de joyas, Lupin Adler.

—Alias la Araña, la Princesa de los Ladrones.

—Supiste evitar la suspicacia de los participantes en esa rueda de lobos furiosos que buscaban noticias sensacionalistas.

—Ese es otro cabo suelto. ¿Crees que la verdadera ladrona aparezca algún día?

—Puede ser tema para un libro. Será algo que dejemos pendiente, tenemos otras prioridades.

—También he estado pensando en ello.

—¿A qué conclusión llegaste?

—A ninguna, más bien me salió un interrogante que no logro disolver.

—Cuéntame, quizá pueda ayudar.

—¿Estamos metidos en un whodunit o en un howdunnit?

—Por lo menos no estamos en "un misterio de habitación cerrada", y definitivamente esto no es un hardboiled/noir.

—¿Entonces es una "historia de misterio invertida"?

Al escuchar eso, Ada soltó una risotada y preguntó:

—¿Estás viendo a Columbo de nuevo?

—¿Qué? No, no… es que se me hace que desde hace un buen tiempo hemos caído en un bucle sin fin, como dándole vueltas al misterio sin solucionarlo.

—Te entiendo, por eso te digo que quiero ir al inicio de esta racha de asesinatos absurdos. Me parece que todo está relacionado.

—Es posible.

—¿Tienes algún plan que desees compartir?

—Sí, ya que lo mencionas, hagamos algo a lo Columbo: quiero darle una visita a las personas cercanas a Simón de Santillana. ¿Qué sugieres?

—El tipo tenía una exesposa y la madre aún está viva.

—¿Cuál está viva, la mamá de Santillana o la exsuegra?

—Ambas. Podemos darles una visita de cortesía a esas damas.

—¿Sabes, Ada? Creo que avanzamos mucho más en esta corta charla que en todo el tiempo que hemos dedicado al caso.

—Lo sé, lo sé. Por eso quiero hacer las cosas correctamente.

—¿A lo Columbo?

—¡Nah!, más bien como Miss Marple.

—Perfecto, ya está listo el plan de acción. Mañana temprano reunámonos y concretemos los detalles. Tengo mucho sueño; si me permites, me voy a sumergir en la esfera de los sueños.

—Dos más dos es cinco.

—¿Eh?, qué graciosa eres. Te amo, preciosa.

—Yo también. Así quedamos: mañana comenzamos a desatar todo este enredo.

—Así será. Nunca nadie escapó a Columbo y a Miss Marple.

—Sí, pero ellos eran personajes ficticios. En la vida real también hay casos irresolubles o que se solucionan mal.

—Es el riesgo que asumimos: unas son de cal y otras son de arena.

—Está bien, besos. Duerme tranquilo, ya veremos qué depara el futuro.

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Relato para participar en la convocatoria "Hoy toca jugar" de María, 

en su blog "Algo más que palabras".

El reto consiste en elegir una imagen y de allí derivar un texto. 

Ver los detalles y otras participaciones en este enlace

Ada y Carbonell (Reseña)



Por décadas, los nombres de Ada y Carbonell han circulado entre lectores, televidentes y cinéfilos de varias generaciones. Sus aventuras, reformuladas una y otra vez, han cruzado océanos y soportado los vaivenes de la industria editorial. Hoy parecen consagrados como parte del canon popular de Aragca, aunque su origen revela una historia mucho más errática y llena de metamorfosis.

Los inicios en El Vigilante

La crítica coincide en que el punto de arranque del género detectivesco en Aragca se sitúa en 1903, con la publicación de Las aventuras del Sereno Antracita en el diario El Vigilante, fundado décadas antes por Arnulfo Peláez. Según el historiador literario Emilio Borda Estrada (Revista Letras Aragquinas, 1987), “Antracita supo conectar con la ansiedad de un país que apenas se organizaba en torno a instituciones modernas; el sereno representaba el orden en medio de la penumbra urbana”.

El éxito fue inmediato: la sección de cuentos del diario, inicialmente abierta a todo tipo de autores, quedó copada por las peripecias del vigilante nocturno. Como señala Marta Quiroga, especialista en cultura popular (El folletín y sus desvíos, 2004), “el personaje dio origen a una genealogía de policías literarios que, de un modo u otro, aún reverbera en Ada y Carbonell”.

Matrimonios de detectives y esposas en la sombra

Los imitadores no tardaron en aparecer. El Gendarme Hulla y Esposa (1909) introdujo el modelo de la “esposa en la sombra”: un marido oficial, torpe frente a los enigmas, y una mujer perspicaz que, desde la tranquilidad doméstica, resolvía los casos. Para la investigadora Laura Gálvez, “allí se gestó un germen protofeminista que nunca se reconoció, pero que abriría la puerta a futuras duplas equitativas” (Seminario de Literatura Aragquina, 2011).

Un intento menos recordado, Turba y Escuálida (Editorial Lando y Quilme, 1915), apostó por un matrimonio de investigadores en igualdad de condiciones. El proyecto se interrumpió tras un solo volumen, aunque su audacia lo convirtió en pieza de culto entre coleccionistas.

La reconfiguración gráfica

Hacia 1950, con el género en decadencia, la editorial Lando y Quilme ensayó un relanzamiento en clave de historieta: Carbon y Ada Tiburón. El cambio fue radical: ya no eran cónyuges, sino compañeros de escuela convertidos en policías. Carbon asumía el papel del investigador brillante; Ada, rebautizada “Tiburón”, encarnaba el torpe sidekick que generaba el gag humorístico.

El crítico cultural Hernán Ospina describe esa etapa como “el momento en que la cultura de masas fagocitó al folletín. Carbon y Ada Tiburón dejaron de ser personajes literarios para convertirse en caricaturas pedagógicas de la lógica policial” (Archivo del Cómic Aragquino, 1999). La revista se mantuvo hasta 1973, cuando la muerte de su creador precipitó el cierre.

La televisión: entre la visibilidad y la amputación

En los noventa, Canal 4 llevó al aire El Inspector Carbonell, un programa semanal de treinta minutos que omitió sin explicación alguna la figura de Ada. Según la periodista cultural Irene Vélez (La televisión que olvidamos, 2002), “el show televisivo consolidó al detective masculino como héroe solitario, en consonancia con la estética de las series policiales estadounidenses de la época”.

El programa tuvo cinco temporadas y fue cancelado abruptamente. Las secuelas que intentaron continuar la franquicia —Carbonoir, La hija de Carbonell y Carbonell contra los piratas del espacio— fueron, en palabras del crítico Julio Sanabria, “tres piezas de arqueología televisiva que nunca lograron conectar con el público”.

El retorno cinematográfico

El renacer llegó en 2020 con la película Ada y Carbonell, que recuperó el carácter dual de la pareja y le dio un tratamiento contemporáneo. El film, dirigido por Clara Montalbán, apostó por un equipo de detectives complementarios que solo en ciertas ocasiones trabajaban como pareja. En palabras de Montalbán, “Ada dejó de ser un apéndice humorístico y volvió a su sitio: el de una profesional con tanto peso como Carbonell” (entrevista en Cine y Nación, enero 2021).

El éxito de la película abrió la puerta a una saga en expansión, con proyectos de series y precuelas en desarrollo. Hoy, a más de un siglo del Sereno Antracita, la genealogía de detectives aragquenses sigue viva, con Ada y Carbonell como estandartes de una tradición que nunca se resignó al olvido.



La espía que amaré



—¿Dejaste escapar a una espía soviética? —preguntó Carbonell.

—Todas las pistas me llevaron a Amazona, una discoteca underground en el centro de la ciudad. Dentro, la multitud bailaba en todas direcciones; la música era un rock pesado y estridente, y las bebidas parecían cócteles multicolores. Caminé hasta el fondo, donde una escalerilla conducía a una oficina apartada. Entré y cerré la puerta. En un sillón, de espaldas, había una mujer rubia. Saqué mi pistola y le dije: “En nombre del Rey de Aragca, queda detenida”. Iba a colocarle las esposas, pero fue más rápida: se levantó y me lanzó un gancho de izquierda directo al mentón. No pude esquivarlo. Golpeaba duro; el impacto me lanzó al otro extremo de la sala, casi me arranca la cabeza. Decidí entonces usar fuerza letal, busqué mi pistola… y, horror de horrores, vi que ya la tenía ella en la mano, con el dedo en el gatillo.

—Je, je… Ada, qué divertido. ¿Qué cara puso al descubrir que siempre llevas un arma sin balas? —rió Carbonell.

—La miró con desprecio y la arrojó lejos. Como te dije, era rápida. Estaba a punto de abalanzarme sobre ella cuando digitó una clave en su computador. Una trampilla se abrió bajo sus pies y, como si fuese un tobogán secreto, cayó por allí. La compuerta se cerró en cuestión de segundos.

—Se escapó la dama.

—Por ahora. Pero los documentos y objetos hallados en la oficina nos han permitido conocerla mejor.

—¿Y cómo se llama esa espía?

—Octobriana.

—Perfecto… ahora me toca a mí conocer a una chica así de intrigante. Sus días de fechorías ya están contados.

—Toda tuya querido.


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El blog del Tintero de oro propone este mes elaborar un microrelato inspirado en una obra de arte.

He escogido una imagen del Noveno Arte, el Comic, de un personaje de dominio público, Octobriana, que tiene una historia muy interesante.

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Wiki Octobriana

Evolución de Octobriana

Octobriana Underground













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