La detective Ada y el inspector Carbonell, como de costumbre, cada lunes por la mañana, se reunían con el alto comisionado de policía para tratar distintos asuntos y casos en curso.
—Estimados —dijo el comisionado—, en relación con el caso de los jueces del reality, han surgido nuevas pistas que me han llegado por una fuente altamente confiable. La información se refiere a los familiares de las víctimas. Se nos ha confirmado el paradero de una de las exesposas de Simón de Santillana —añadió, mirando de reojo a Ada—. Y aquí es donde entras tú, mi querida detective. Nuestra fuente asegura que la señora reside en Puerto Industrial.
Al escuchar el nombre de su ciudad, Ada esbozó un gesto casi imperceptible, cuidando de no dejar traslucir sorpresa alguna.
—Ada, quiero que te encargues de ese asunto de inmediato.
—Por supuesto. Carbonell y yo podemos tomar la autopista y, en unas ocho horas, estaríamos en la comisaría local.
—No, Ada. Este viaje lo harás sola. Carbonell permanecerá aquí, en la capital, coordinando otros aspectos de este mismo caso y de otros de similar urgencia.
—A estas alturas, no creo que sea conveniente dividir al equipo. En Puerto Industrial, alguno de los muchachos puede encargarse de investigar a la dama. Incluso yo misma podría llamar desde aquí y coordinar la pesquisa.
—Bajo circunstancias normales, y si se tratara de otro caso, estaría de acuerdo contigo —replicó el comisionado—. Pero dada la prioridad del asunto, prefiero que te ocupes personalmente. Mi asistente ya ha hecho una reserva aérea: saldrías en el primer vuelo de la noche. Tómate el resto del día para organizar tu equipaje y prepararte para el regreso a casa.
—Comprendo, jefe. Donde manda capitán, no manda marinero —respondió Ada con tono lacónico.
No sé si a todos ustedes les pasa igual. Quizás no.
El caso es que estuve revisando, una vez más, la foto de la portada del blog: esa en la que aparece ADA rodeada de varios personajes variopintos, de distintas pelambres. La he visto mil veces, y estoy seguro de que mucha gente también. Pero noté algo extraño.
Por alguna razón quise ampliar la imagen.
Y ahí lo vi.
Encontré un personaje que no había visto antes, lo cual es raro, porque —por razones obvias— debería conocer a todos y cada uno de los personajes del blog. Sin embargo, ahí estaba: una presencia casi como una sombra, algo escalofriante, una especie de anomalía. Un personaje desconocido para mí y que, por lo tanto, no debería estar en la foto de ADA.
Entre intrigado, curioso y con una ligera sensación de susto, tomé el fragmento de la imagen y decidí llevarlo a un experto: un viejo librero que vende libros usados, cartas, collectibles y revistas de tebeos.
Le mostré la imagen. Al principio la miró con desdén, casi con aburrimiento. Pero no sé… por un instante lo noté inquieto. Me dijo que volviera en una semana, que estaba muy ocupado.
Y dicho y hecho, a la semana volví.
—Es el Cejas de Oro.
—¿Qué?
—El amigo que usted me trajo la semana pasada.
—¿Amigo? No, no, no. No es un amigo. Es la imagen de un desconocido. Pensé que usted me ayudaría a identificarlo.
—Le repito: es el Cejas de Oro.
—No me resulta familiar ese personaje. Jamás lo he escuchado dentro de las narrativas de Aragca.
—Precisamente. El Cejas de Oro no es de Aragca, sino de Nueva Caledonia.
—¿Nueva Caledonia? Vaya… casi lo había olvidado. Creo que voy entendiendo. Es un lugar bastante misterioso.
—Cierto. Es como el hijo pródigo que ha corregido su camino.
—La verdad, no sabía que hubiese industria del cómic en ese lugar.
—Y no la hay. Nunca la hubo y nunca la habrá.
—¿Cómo va eso?
—Para explicarlo tendríamos que irnos al origen de todo, a la época del Platino del cómic aragquense.
—¿Es decir, antes de que apareciera Carbonell?
—Exacto. En aquellos días se publicaba bajo el nombre del Teniente Hulla. Creo que tengo algunos números por aquí.
El librero, con ayuda de una escalerilla de tres peldaños, trepó ágilmente —demasiado ágil para alguien de su edad— entre los polvorientos anaqueles y bajó una caja. Para mi sorpresa, contenía varias revistas de una época ya olvidada. Había títulos como Capitán Relámpago, El Guerrero sin Disfraz, Doña Parlanchina, Dorita, y, por supuesto, varios de Hulla: Hulla contra los vampiros, Hulla y el misterio de la pirámide, Hulla y la falange, entre otros.
—Aquí está —dijo el librero, tomando hábilmente uno de los números—. Aventuras de Hulla, Crispín y Goliberto.
Abrió la revista justo al centro y, con el dedo, señaló una viñeta.
—¿Lo ve?
Observé con cuidado y exclamé:
—Claro que sí. Es precisamente el mismo por el cual consulté.
Luego el librero sacó otras revistas de Hulla y me mostró distintas viñetas en las que aparecía el personaje al que él llamaba Cejas de Oro.
—¿Nota usted algo? —inquirió el viejo, como tanteándome.
—¿Algo así como un patrón? —respondí, con duda.
—Quiero saber qué piensa usted.
—Bueno… noto que el personaje en cuestión siempre aparece como un extra, simplemente como decoración, como relleno del fondo.
—Buena deducción —indicó—, pero lo que le he mostrado son las últimas publicaciones de Hulla. Después de ellas, nunca más se publicó.
—No entiendo.
—El Cejas de Oro siempre aparece en las publicaciones que van a desaparecer.
—¿Cómo va eso?
—Lo he venido siguiendo. Apareció primero en 1917, en los últimos tirajes de Campanín; luego, en los de Hulla, en los años treinta; y ahora usted me dice que salió en ADA. Claramente, eso indicaría que ADA está próxima a finalizar.
—Muy extraño. Soy conocedor del cómic y nunca había escuchado de ese personaje.
—Es que es nuevo.
—¿Nuevo? —dije, casi en shock—. Pero si me dice que apareció en 1917 y en 1930…
—Así es. Pero nunca antes estuvo en las revistas. Yo también las conozco. Su aparición es reciente. Es una entidad que se ha insertado en las imágenes hace poco.
—¿Una especie de anomalía?
—Un parásito.
—No diga nada —le indiqué al librero mientras sacaba unos billetes de cien dólares—. Será mejor que yo investigue esto. ¿Le molestaría prestarme por unos días los números de Hulla?
—No hay problema. Tome algunos y me los devuelve el próximo lunes.
Mucha gente cree que existen colegios de magia donde niños de todas las condiciones y pelambres aprenden los misterios de las ciencias ocultas, pero en el mundo real las cosas ocurren de manera muy distinta. Para empezar, la magia no se enseña en escuelas: un mago de renombre transmite parte de sus conocimientos a dos o tres aprendices que, por lo general, ni siquiera se conocen entre sí. Estos aprendices suelen pertenecer a familias nobles o, al menos, muy acaudaladas. Además, no son niños, sino adultos de más de veinticinco años. Y aun así, no todos logran el título de Mago o Hechicero. De hecho, solo seis personas —cuyas identidades permanecen en absoluto secreto— ostentan ese título.
El Barón Don Gabriel Cisneros de Montemayor, a los treinta y cinco años, entró al servicio de su “Maestro” hacia la década de 1950. Su primera misión consistió en leer los siete grimorios de Zaida, obras tan antiguas como enigmáticas, escritas antes de que el imperio Andirriano se desvaneciera en el olvido. Le tomó tres años leer y asimilar el primer tomo. Al cuarto año hojeó el segundo, se aburrió y lo abandonó. Renunció a convertirse en Mago y prefirió dedicarse a la entonces naciente industria de la cibernética. Gracias a su talento y fortuna, creó autómatas imposibles de distinguir de un ser humano. Llevó siempre una vida reservada. Murió de viejo. Sus hijos mantienen el castillo en buen estado, aunque ninguno se aventura al sótano donde el Barón concibió sus mayores creaciones.
Un día, Madame Circuita, la nana mecánica que el Barón había construido para cuidar a sus hijos, regresó a casa. Los Cisneros la dejaron entrar al laboratorio sin objeciones. Tras tantos años de abandono, el lugar estaba revuelto: cables, circuitos, bulbos y bobinas se amontonaban por el suelo. Sin dudarlo, Madame Circuita abrió unos archivadores y extrajo una pieza rústica de tecnología olvidada: un brazo mecánico forrado en cuero, rematado en una garra demoníaca. Sonrió como quien encuentra a un viejo amigo. Movió un par de engranajes y la garra comenzó a chirriar, emitiendo sonidos oxidados, casi sobrenaturales. Observó por unos instantes cómo se abría y cerraba. Era hipnótico. La dejó a un lado.
No era lo que había venido a buscar. Lo que necesitaba estaba justo frente a ella, cubierto por unas sábanas rotas y mohosas. Las retiró con disgusto. Bajo ellas, sorprendentemente bien conservada, apareció una especie de silla, más bien un trono, rodeado de válvulas, bulbos de vacío, bobinas de cobre, palancas y engranajes. Después de sí misma, Madame Circuita consideraba ese trono como la mayor creación del Barón: un dispositivo capaz de transportar a quien se sentara en él al interior de cualquier historia escrita. Con ese artificio podía viajar, si lo deseaba, a la Tierra Media de Tolkien, a Westeros de Martin o incluso al mundo desolado de Mad Max II. Sin ningún afán, sacó de su bolsillo una delgada novela: Cuentos completos de Aragca.
Se acomodó en el trono, ajustó algunas perillas, movió las palancas y tomó el libro entre las manos. Saltaron chispas; el ingenio empezó a vibrar y emitir silbidos. Hubo un crujido luminoso y Madame Circuita desapareció de esta dimensión.
Quizá una consecuencia previsible de emplear tecnología de los años cincuenta —además de estar obsoleta— es que el paso del tiempo cobra su deuda. El óxido y la fatiga de los materiales alteran el funcionamiento. Por alguna razón, Madame Circuita no llegó exactamente al mundo de Aragca, sino a algo anterior: el aparato la había trasladado al interior de uno de los primeros borradores del libro. Los personajes no estaban terminados, tenían otros nombres y propósitos; aun así, la historia era reconocible en sus líneas generales. El villano sí aparecía tal como siempre había sido. Los héroes, en cambio, estaban incompletos. El carabinero Carbonell, por ejemplo, aún no tenía compañera. Madame Circuita evaluó la situación. Dedujo que, si esas ideas tempranas se modificaban, podrían alterar por completo el curso de la historia.
Pensó que, si se hacía pasar por la futura compañera de Carbonell, podría influir discretamente a favor de los villanos. Decidió teñirse el cabello de rojo y ponerse unas gafas oscuras. Cuando Carbonell caminaba hacia la estación de policía, ella eligió interceptarlo fingiendo un tropiezo. Simuló caer. Carbonell la ayudó a levantarse; ella, algo ruborizada, se disculpó:
—No me fijé por dónde caminaba, mil disculpas.
—No, no, ha sido culpa mía —respondió él.
Madame Circuita sonrió y, sin vacilar, añadió:
—Soy Ada Escualo. Acabo de llegar a la ciudad y no logro ubicar el cuartel de policía. Trabajo como detective.
Carbonell también sonrió. —Entonces es su día de suerte. Me dirijo allí mismo, puedo acompañarla.
Con un gesto hábil, casi instintivo, Madame Circuita tomó del brazo al héroe, y juntos se alejaron por la calle, conversando con aparente naturalidad, como si siempre hubiesen sido un par de enamorados.
Siempre que se sentía estresada por los aconteceres de su oficio, Ada mantenía la costumbre de dedicarse largas horas a resolver ecuaciones diferenciales y otros acertijos matemáticos. El tiempo dedicado a ello le ayudaba a aclarar la mente. A diferencia de los “detectives” de la televisión o de las novelas de misterio, Ada no trabajaba en un único caso: los detectives de la vida real siempre trabajan varios casos a la vez. Tenía asignada la misteriosa desaparición del periodista del diario El Protector, un tal Rojas, sumado a la tarea de identificar los cuerpos de dos occisos que habían sufrido muertes horrendas: el del Hotel Francés y el otro en las cercanías de la Avenida de las Angustias. Todo ello se sumaba a la explosión ocurrida en el piso donde habían muerto los jueces del reality y, claro está, la misteriosa muerte de los tres jueces.
Mientras le cambiaba las pilas a su calculadora científica, por un instante se le cruzó por la cabeza si toda esa racha de crímenes inexplicables estarían ligados a un mismo evento mayor.
—¿Y si organizo cronológicamente cada uno de esos sucesos? —pensó en voz alta. Acto seguido tomó el teléfono y marcó un número que sabía de memoria.
—Aló —contestó una voz masculina, con tono de trasnochado.
—Soy Ada. Sé cómo resolver el misterio de los jueces.
—Más vale que así sea. Son casi las tres de la mañana, ¿nunca descansas?
—Me puse a resolver unas transformadas de Laplace.
—Muy bien, ¿de cuántos asteriscos?
—Varios de dos y uno de tres, los demás eran sencillos.
—¿Y qué te dijeron los números?
—Quiero investigar más a fondo el tema de Rojas, el periodista desaparecido.
—Tiene sentido, haz cita con el editor en jefe, Francisco de Paula Bolívar.
—También quería felicitarte: manejaste muy bien la conferencia de prensa sobre el asunto de la captura de la falsa ladrona de joyas, Lupin Adler.
—Alias la Araña, la Princesa de los Ladrones.
—Supiste evitar la suspicacia de los participantes en esa rueda de lobos furiosos que buscaban noticias sensacionalistas.
—Ese es otro cabo suelto. ¿Crees que la verdadera ladrona aparezca algún día?
—Puede ser tema para un libro. Será algo que dejemos pendiente, tenemos otras prioridades.
—También he estado pensando en ello.
—¿A qué conclusión llegaste?
—A ninguna, más bien me salió un interrogante que no logro disolver.
—Cuéntame, quizá pueda ayudar.
—¿Estamos metidos en un whodunit o en un howdunnit?
—Por lo menos no estamos en "un misterio de habitación cerrada", y definitivamente esto no es un hardboiled/noir.
—¿Entonces es una "historia de misterio invertida"?
Al escuchar eso, Ada soltó una risotada y preguntó:
—¿Estás viendo a Columbo de nuevo?
—¿Qué? No, no… es que se me hace que desde hace un buen tiempo hemos caído en un bucle sin fin, como dándole vueltas al misterio sin solucionarlo.
—Te entiendo, por eso te digo que quiero ir al inicio de esta racha de asesinatos absurdos. Me parece que todo está relacionado.
—Es posible.
—¿Tienes algún plan que desees compartir?
—Sí, ya que lo mencionas, hagamos algo a lo Columbo: quiero darle una visita a las personas cercanas a Simón de Santillana. ¿Qué sugieres?
—El tipo tenía una exesposa y la madre aún está viva.
—¿Cuál está viva, la mamá de Santillana o la exsuegra?
—Ambas. Podemos darles una visita de cortesía a esas damas.
—¿Sabes, Ada? Creo que avanzamos mucho más en esta corta charla que en todo el tiempo que hemos dedicado al caso.
—Lo sé, lo sé. Por eso quiero hacer las cosas correctamente.
—¿A lo Columbo?
—¡Nah!, más bien como Miss Marple.
—Perfecto, ya está listo el plan de acción. Mañana temprano reunámonos y concretemos los detalles. Tengo mucho sueño; si me permites, me voy a sumergir en la esfera de los sueños.
—Dos más dos es cinco.
—¿Eh?, qué graciosa eres. Te amo, preciosa.
—Yo también. Así quedamos: mañana comenzamos a desatar todo este enredo.
—Así será. Nunca nadie escapó a Columbo y a Miss Marple.
—Sí, pero ellos eran personajes ficticios. En la vida real también hay casos irresolubles o que se solucionan mal.
—Es el riesgo que asumimos: unas son de cal y otras son de arena.
—Está bien, besos. Duerme tranquilo, ya veremos qué depara el futuro.
Por décadas, los nombres de Ada y Carbonell han circulado entre lectores, televidentes y cinéfilos de varias generaciones. Sus aventuras, reformuladas una y otra vez, han cruzado océanos y soportado los vaivenes de la industria editorial. Hoy parecen consagrados como parte del canon popular de Aragca, aunque su origen revela una historia mucho más errática y llena de metamorfosis.
Los inicios en El Vigilante
La crítica coincide en que el punto de arranque del género detectivesco en Aragca se sitúa en 1903, con la publicación de Las aventuras del Sereno Antracita en el diario El Vigilante, fundado décadas antes por Arnulfo Peláez. Según el historiador literario Emilio Borda Estrada (Revista Letras Aragquinas, 1987), “Antracita supo conectar con la ansiedad de un país que apenas se organizaba en torno a instituciones modernas; el sereno representaba el orden en medio de la penumbra urbana”.
El éxito fue inmediato: la sección de cuentos del diario, inicialmente abierta a todo tipo de autores, quedó copada por las peripecias del vigilante nocturno. Como señala Marta Quiroga, especialista en cultura popular (El folletín y sus desvíos, 2004), “el personaje dio origen a una genealogía de policías literarios que, de un modo u otro, aún reverbera en Ada y Carbonell”.
Matrimonios de detectives y esposas en la sombra
Los imitadores no tardaron en aparecer. El Gendarme Hulla y Esposa (1909) introdujo el modelo de la “esposa en la sombra”: un marido oficial, torpe frente a los enigmas, y una mujer perspicaz que, desde la tranquilidad doméstica, resolvía los casos. Para la investigadora Laura Gálvez, “allí se gestó un germen protofeminista que nunca se reconoció, pero que abriría la puerta a futuras duplas equitativas” (Seminario de Literatura Aragquina, 2011).
Un intento menos recordado, Turba y Escuálida (Editorial Lando y Quilme, 1915), apostó por un matrimonio de investigadores en igualdad de condiciones. El proyecto se interrumpió tras un solo volumen, aunque su audacia lo convirtió en pieza de culto entre coleccionistas.
La reconfiguración gráfica
Hacia 1950, con el género en decadencia, la editorial Lando y Quilme ensayó un relanzamiento en clave de historieta: Carbon y Ada Tiburón. El cambio fue radical: ya no eran cónyuges, sino compañeros de escuela convertidos en policías. Carbon asumía el papel del investigador brillante; Ada, rebautizada “Tiburón”, encarnaba el torpe sidekick que generaba el gag humorístico.
El crítico cultural Hernán Ospina describe esa etapa como “el momento en que la cultura de masas fagocitó al folletín. Carbon y Ada Tiburón dejaron de ser personajes literarios para convertirse en caricaturas pedagógicas de la lógica policial” (Archivo del Cómic Aragquino, 1999). La revista se mantuvo hasta 1973, cuando la muerte de su creador precipitó el cierre.
La televisión: entre la visibilidad y la amputación
En los noventa, Canal 4 llevó al aire El Inspector Carbonell, un programa semanal de treinta minutos que omitió sin explicación alguna la figura de Ada. Según la periodista cultural Irene Vélez (La televisión que olvidamos, 2002), “el show televisivo consolidó al detective masculino como héroe solitario, en consonancia con la estética de las series policiales estadounidenses de la época”.
El programa tuvo cinco temporadas y fue cancelado abruptamente. Las secuelas que intentaron continuar la franquicia —Carbonoir, La hija de Carbonell y Carbonell contra los piratas del espacio— fueron, en palabras del crítico Julio Sanabria, “tres piezas de arqueología televisiva que nunca lograron conectar con el público”.
El retorno cinematográfico
El renacer llegó en 2020 con la película Ada y Carbonell, que recuperó el carácter dual de la pareja y le dio un tratamiento contemporáneo. El film, dirigido por Clara Montalbán, apostó por un equipo de detectives complementarios que solo en ciertas ocasiones trabajaban como pareja. En palabras de Montalbán, “Ada dejó de ser un apéndice humorístico y volvió a su sitio: el de una profesional con tanto peso como Carbonell” (entrevista en Cine y Nación, enero 2021).
El éxito de la película abrió la puerta a una saga en expansión, con proyectos de series y precuelas en desarrollo. Hoy, a más de un siglo del Sereno Antracita, la genealogía de detectives aragquenses sigue viva, con Ada y Carbonell como estandartes de una tradición que nunca se resignó al olvido.
—¿Dejaste escapar a una espía soviética? —preguntó Carbonell.
—Todas las pistas me llevaron a Amazona, una discoteca underground en el centro de la ciudad. Dentro, la multitud bailaba en todas direcciones; la música era un rock pesado y estridente, y las bebidas parecían cócteles multicolores. Caminé hasta el fondo, donde una escalerilla conducía a una oficina apartada. Entré y cerré la puerta. En un sillón, de espaldas, había una mujer rubia. Saqué mi pistola y le dije: “En nombre del Rey de Aragca, queda detenida”. Iba a colocarle las esposas, pero fue más rápida: se levantó y me lanzó un gancho de izquierda directo al mentón. No pude esquivarlo. Golpeaba duro; el impacto me lanzó al otro extremo de la sala, casi me arranca la cabeza. Decidí entonces usar fuerza letal, busqué mi pistola… y, horror de horrores, vi que ya la tenía ella en la mano, con el dedo en el gatillo.
—Je, je… Ada, qué divertido. ¿Qué cara puso al descubrir que siempre llevas un arma sin balas? —rió Carbonell.
—La miró con desprecio y la arrojó lejos. Como te dije, era rápida. Estaba a punto de abalanzarme sobre ella cuando digitó una clave en su computador. Una trampilla se abrió bajo sus pies y, como si fuese un tobogán secreto, cayó por allí. La compuerta se cerró en cuestión de segundos.
—Se escapó la dama.
—Por ahora. Pero los documentos y objetos hallados en la oficina nos han permitido conocerla mejor.
—¿Y cómo se llama esa espía?
—Octobriana.
—Perfecto… ahora me toca a mí conocer a una chica así de intrigante. Sus días de fechorías ya están contados.
Era sábado por la noche, los López Salcedo, un matrimonio de clase media, celebraban sus 10 años de casados. Habían invitado a familiares y amigos al evento. Ana Salcedo contrató los servicios de una empresa de catering para ofrecer una cena íntima y espectacular, y Carlos López, su marido, se encargó de pagar por los servicios.
Basilio García, el chef, había preparado una suculenta colección de platillos orientales (combinaciones de estilos japonés, chino y tailandés) y Obdulio García, su hermano menor, hacía las veces de mesero. Ambos estaban vestidos de esmoquin blanco.
La velada transcurría entre risas, charlas animadas y el clásico sonido de los cubiertos chocando contra los platos de porcelana. De repente, la luz se apagó por unos segundos y, al volver, se escucharon los gritos alarmados de las mujeres: Arnulfo Benavides, el esposo de Mariela, una prima de Ana, estaba tirado sobre la mesa.
Orlando Tapias, amigo cercano de Carlos, fue el primero en reaccionar. Levantó con cuidado el cuerpo y vieron que Benavides trataba de mover los brazos y decir algo, pero finalmente colapsó. Rápidamente, don Edmundo, tío de Carlos y el más viejo de la reunión (y bastante acostumbrado a lances de mayor envergadura), indicó con toda calma que en esos casos lo mejor era llamar de inmediato a una ambulancia.
En menos de cinco minutos, un equipo de paramédicos había acudido al lugar. El jefe de los paramédicos indicó que Arnulfo Benavides estaba muerto, por lo tanto, el asunto era tema de la policía, a la cual él mismo llamó.
La policía llegó aún más rápido que los paramédicos. Eran 3 oficiales: el inspector Buonafaz y sus dos jóvenes ayudantes, los agentes Carbonell y Ada Escualo. Buonafaz era un hombre curtido en estas lides, estaba impecablemente vestido, incluso podía verse más elegante que cualquiera de los invitados. Su atuendo contrastaba con el modesto uniforme policial de sus dos ayudantes.
—Buenas noches, soy el inspector Buonafaz. Que nadie se mueva. Ada, por favor, toma fotografías de la escena y de todos los asistentes. Carbonell, ve registrando los nombres de cada una de las personas que están en este lugar, incluido el del occiso.
Buonafaz se movía por toda la escena con la misma soltura con la que un almirante se movería por el puente de un navío de guerra. Comenzó a hacer preguntas, en especial a los anfitriones y a la esposa del asesinado. Luego les pidió que hicieran una fila.
—Estimados, mis largos años de experiencia como miembro de la policía me permitirán en menos de 10 minutos encontrar al culpable del crimen. Cuento con las más sofisticadas herramientas de investigación, así como también con la mente más brillante en materia de resolución de misterios. Ada, por favor, procede.
La joven ayudante (una chica atlética, de cabellos rojos y gafas oscuras) fue oliendo, como si fuera un sabueso, a uno por uno de los allí reunidos.
—Los paramédicos y los del catering pueden retirarse. El agente Carbonell se encargará de colocarles un brazalete blanco en la mano izquierda, de modo que nos servirá para contactarlos en los próximos días —indicó con voz grave y solemne el inspector Buonafaz—. Ada, ¿ya tienes indicios de quiénes son los responsables?
Sin decir palabra alguna, Ada seleccionó a 3 personas de entre los invitados para que dieran un paso al frente (2 hombres y una mujer).
—Muy bien, aquellos que no fueron seleccionados, pasen con Carbonell, que les dará un brazalete verde, de modo que podrán retirarse, aunque se les recomienda no salir de la ciudad en los próximos 14 días.
En cuanto a los 3 restantes, se les pondrá un brazalete negro y Ada procederá a realizar un examen más profundo.
La policía pelirroja tomó la mano derecha de los 3 sospechosos, la olió con más cuidado, por ambos lados. Hizo el mismo procedimiento con la izquierda. Caminó enfrente de ellos y luego los rodeó. Finalmente, puso una mano en el hombro de uno de los caballeros.
—Gracias, Ada. Ustedes dos pueden retirarse. Nos quedaremos con el sindicado que Ada ha seleccionado.
—Este es Rogelio Araujo —indicó Carbonell—, amigo de los López Salcedo.
—Señor Araujo, mi equipo ha concluido que usted es el asesino de Arnulfo Benavides. Por lo tanto, procederemos a arrestarlo.
—Esto es un atropello —replicó Araujo bastante enojado—. ¿En qué se basan para acusarme?
—En una corte legal es donde un Tribunal de Justicia establecerá los motivos y la validez de las pruebas de este crimen. Ahora bien, ADA jamás se equivoca. Ella puede oler a kilómetros a un delincuente, en especial a los homicidas. Si ella indica que usted es el responsable, estoy, pues, en la obligación de darle captura y sacarlo de circulación en una penitenciaría a modo de detención —replicó con gesto de hastío Buonafaz, como si dar esa explicación estuviera de más.
—Esto es completamente kafkiano —vociferó Araujo—. Conozco mis derechos, puedo llamar a un abogado.
—Nadie tiene derecho a asesinar a otra persona —replicó Ada—. El occiso huele claramente al gas kriptón, que es bastante raro, pero letal. En sus manos hay un leve olor al mismo gas, que se sabe es usado por espías de potencias extranjeras para eliminar enemigos; sin embargo, aparte del olor, usted también tiene un microtatuaje en la mano izquierda, visible únicamente con luz ultravioleta, que es usual en operativos de la URSS: una hoz con un martillo. Pero gracias a mis gafas puedo verlo fácilmente y, lo más importante:
Yo he sido diseñada cuidadosamente para resolver este tipo de crímenes y misterios, de modo que NUNCA fallo. Es más, permítame abrir un cajón de esta estancia. Allí hay un papel, escrito con una máquina Remington.
Llamaron al anfitrión para que abriera un cajón de una mesa de decoración de la sala, que estaba cerrado con llave.
El mismo anfitrión leyó con cuidado la hoja mecanografiada con membrete del departamento de Justicia de Aragca, además de las firmas y sellos de 4 Magistrados y 2 forenses de la Corte Superior:
"El asesino es Rogelio Araujo, ex-espía soviético".
Araujo intentó escapar al ver la misteriosa hoja, pero Carbonell, en un rápido movimiento, lo puso fuera de combate y le colocó esposas en pies y manos.
"Caso resuelto. No existe crimen que no podamos resolver", dijeron al tiempo los 3 policías mientras hacían una complicada pose fotográfica, como si fueran un equipo de superhéroes de los años 30.
Matatías tenía un buen trabajo y vivía solo en su apartamento. Una noche invitó a cinco o seis amigos —algunos con sus parejas— para mostrarles el último gadget que había comprado en Amazon: un proyector de imágenes ultraportátil: el MiniBoom U-731. El aparato, cilíndrico y del tamaño de la palma de una mano, podía proyectar en cualquier pared, mediante tecnología láser, una imagen equivalente a una pantalla de TV de 150 pulgadas a plena luz del día. 6666 lumens de poder y soberbia. Le había costado bastantes monedas de oro.
Pasaron gran parte de la velada proyectando videos en el techo, cantando karaoke y vaciando en menos de tres horas varias botellas de bourbon de la colección del anfitrión. A eso de las diez, aún con la noche joven, los invitados comenzaron a despedirse, alegres y satisfechos.
Ya solo, Matatías se recostó en uno de los sofás, algo mareado, y se quedó dormido. No había pasado mucho tiempo cuando se despertó sobresaltado, con una sospecha que pronto se confirmó: el proyector había desaparecido.
Tomó su celular y comenzó a llamar a sus amigos. Les preguntó si sabían dónde había quedado el dispositivo, les informó que se le había perdido. Los pocos que respondieron dijeron no tener idea; aseguraron que al salir, el aparatejo seguía sobre la mesita de la sala.
Molesto, tanto por la pérdida como por las negativas y falta de colaboración de sus amistades, Matatías decidió avisar a la Policía. A las once de la noche, el joven Oficial Carbonell y cinco agentes llegaron al apartamento, donde escucharon atentamente su relato.
Aún no era medianoche cuando, por toda la ciudad, Carbonell ya tenía arrestados a todos los asistentes —incluidos algunos familiares y personas que simplemente estaban cerca de ellos—. Las residencias fueron requisadas con minuciosidad en busca del proyector, que jamás apareció.
Sospechando que Matatías había inventado la historia o que el objeto se había perdido sin remedio, Carbonell también lo arrestó. Todos fueron llevados ante el juez, quien dictó un juicio sumario y expeditivo.
Esa misma noche, 172 personas fueron ejecutadas en los muy bien cuidados y aceitados patíbulos del ayuntamiento.
Por eso, y por otras razones similares, en Aragca nadie se atreve a robar.
Todos sabemos que la "Sociedad de los Martes" envía por correo electrónico privado sus retos semanales. En ese fatídico martes recibimos, de parte de "El Marciano", una frase bastante curiosa: "Tres colas de ratón". No había más explicación; el estilo y el género asumí que serían libres. Como siempre, "Goliardo" envió su relato el viernes por la tarde. Durante el fin de semana, el Marciano fue compartiendo los aportes literarios de su variopinta comunidad de poetas grises y narradores nihilistas, que cada martes se turnan el anfitrionazgo de las tertulias literarias.
Goliardo fue leyendo y saboreando los relatos conforme iban llegando a su bandeja de entrada. Los que más le gustaron fueron los de "Cedro Lúgubre", "Amalia", "Especialista", "Peliverde" y "Versos Sombríos". Soltó una sonrisa al ver los nombres tan coloridos que usaba la gente en esa comunidad tan extraña. Sin embargo, aquello que había escrito Amalia le resultó inquietantemente atrayente. Aquel relato lo hizo pensar varios días y, a la vez, lo llenó de ideas para el próximo reto, que iba a ser conducido al siguiente martes por "Los Prisioneros", según se indicaba en la lista de anfitrionazgos del grupo. La rutina de la sociedad se repitió sin falla semana tras semana, y siempre Goliardo quedaba enamorado de los escritos de Amalia. No dudaba en enviarle comentarios elogiosos sobre sus creaciones, y ella respondía prontamente, así como tampoco era tacaña en comentar las letras de Goliardo. Estuvieron en esa dinámica algún tiempo, intercambiando ya no simples comentarios de sus relatos, sino que pasaron a un estilo epistolar más íntimo, lindando entre lo romántico y el erotismo descarnado.
Así que de las cartas pasaron a algo más: Amalia deseaba verlo en persona.
Goliardo se sintió algo nervioso; nunca se había encontrado con alguien de la "Sociedad de los Martes". Había asumido como regla no escrita que estaba prohibido ese tipo de encuentros, pero como no había alguna regla explícita al respecto, decidió llenarse de valor y accedió a la propuesta.
Amalia vivía en un castillo medieval al sur de Aragca. Cuando Goliardo arribó, fue recibido y atendido con gran esmero por los sirvientes del lugar. Un ayudante de cámara le dijo que esperara en una salita muy lujosa mientras la Condesa se preparaba para recibirlo.
La Condesa era una mujer muy joven, bastante bella y elegante, de hermosa cabellera verde.
—¿Amalia? —preguntó Goliardo con voz seca y quebrada.
—No realmente, soy La Condesa; Amalia es tan solo un absurdo nick —respondió lacónicamente la misteriosa mujer, mientras se movía con cierto flujo de vampiresa antigua, mirando a Goliardo como lo haría una comadreja hambrienta viendo un pollito recién nacido.
Cuando La Condesa se aproximaba para morderle el cuello (según suponía Goliardo, que estaba como paralizado), de repente se escuchó una voz en la estancia:
—¿Goliardo?
Era la voz de una mujer vestida de manera sencilla, en vaqueros azules y blusa blanca de algodón. Iba descalza.
—Esta es mi hermana gemela —se apresuró a decir La Condesa—. Ella es la mala de la pareja.
—Goliardo, es mejor que salgamos de aquí —respondió la recién llegada, ignorando lo dicho por su hermana y agarrando firmemente de la mano a Goliardo, que parecía petrificado por los acontecimientos.
Mientras trataban de huir la Condesa comenzó a entonar una vieja canción.
Aquellos que encuentran
A su alma Gemela
En el Bosque del Sur
o en las letras
Ahora tienen dos problemas
Que antes no tenían
Pues deberán cargar
Por esta y otra eternidad
Con un cadáver que está de más,
Somos avatares que el Bosque del Sur
usa para alimentarse de emociones
Fue un granjero el que llamó a la policía.
Cuando los detectives llegaron (uno era un hombre con aires de héroe de películas B, la otra una pelirroja de aspecto atlético y con gafas oscuras, como si viviera en un eclipse perpetuo), encontraron unos restos que difícilmente se podían distinguir si eran de un ser humano.
—Es muy extraño lo que aquí ocurrió —dijo la Pelirroja—. Parece como si le hubieran vuelto al revés el cuerpo, sacando las entrañas hacia afuera y metiendo la piel hacia adentro, aunque se ve que le faltan partes, como si hubiera sido masticado y luego... regurgitado, eso asumiendo que son los restos de un solo individuo, a lo mejor hay más de un occiso por aquí.
—Quizás podamos obtener alguna pista en aquel castillo que se ve a lo lejos —indicó el hombre con aire de héroe B.
—De nada servirá —intervino el Granjero—. Está abandonado, quizás hace unos 200 años. Allí nadie vive, excepto arañas, ratas sin cola y otras alimañas venenosas.
—Recuerdo haber visto algo semejante hace unos meses atrás. ¿Recuerdas? En el caso de los "Cultistas de Mimas" —lanzó al aire la pregunta la hermosa pelirroja a su compañero.
—Pff, vaya recuerdo. ¿Cómo olvidarlo? Aún tengo pesadillas de ello —respondió el hombre de aspecto heroico.
—¿Desean que los guíe hacia el castillo? —preguntó el Granjero.
—Por el momento, esto es todo lo que haremos. Tomaremos algunas fotos y llevaremos algunas muestras de tejido —respondió el Héroe, y continuó—: Para resolver este caso, vamos a requerir el apoyo de un grupo de especialistas.
—Estoy de acuerdo —respondió la Pelirroja—. Esto será como una tarde libre. ¿Invitas hoy a almorzar?
—Por supuesto, querida. ¿Te gustaría un picnic?
—Encantada. Este tipo de casos siempre me resultan intelectualmente estimulantes.
En ese momento, y sin aviso alguno, ambos detectives desenfundaron sus metralletas y dispararon sin piedad y con precisión milimétrica hacia el cuerpo del Granjero, que inmediatamente sucumbió al ataque, dando unos chillidos que ningún ser humano emitiría.
El hombre de aspecto heroico sacó un teléfono móvil, diciendo:
—Hemos detectado un caso 731 cerca del viejo Castillo de los Franz. Se requiere apoyo de un equipo de especialistas en contención y otro en extracción. Severidad del incidente: Rojo-Naranja. Repito: Rojo-Naranja. Esto no es un simulacro.
— ¿Te diste cuenta de que tenía seis dedos en cada mano? — dijo la Pelirroja como para romper el hielo.
— Por supuesto que lo note, solo que este tenía doble pulgar en cada mano, aparte de que tenia cabello verde. Últimamente he tenido que retirar a varios como ese, es posible que estemos lidiando con otra invasión de "forasteros".
— O simplemente es la ola dos.
— En ese caso no tomemos riesgos, tendremos que enviar al “especialista” a explorar ese castillo.
— Supongo estará disponible para el próximo Martes.
— Puedo esperar sin mayor problema.
— ¡Shh, silencio!.
— ¿Qué ocurre?
— ¡Shh!
(silencio)
— Por un momento me pareció escuchar una vieja ronda infantil.
— No escucho nada.
— Me pasa igual. Debe ser el viento de este lugar.
— Es mala señal, potencialmente podemos estar contaminados.
— En ese caso, tenemos exactamente 24 horas para que nos apliquen la cura.
— Sabía que algo como esto iba a pasar es por eso que vine bien preparada.
— ¿Te refieres a venir vestida con una blusa blanca de algodón, vaqueros azules y sandalias de tacón alto?
— Puedo quitármelas, quizás sea más fácil andar por este paraje siniestro sin ellas.
La pareja se agarró de la mano y corrieron en dirección opuesta al castillo, aunque sabían que era inútil, como todos los demás intentos, nunca se puede escapar del Bosque del Sur, no importa que rol tengas.
(7544 caracteres, contando espacios)
Bueno, palabra más, palabra menos eso fue lo que escribió el Marciano esta semana al reto de "Amalia y Goliardo", cuya premisa era: "Escribir un relato de vampiros que no chupan sangre, debe incluirse un poema en alguna parte del texto. No superar los 8000 caracteres, contando espacios. Premio a los ganadores: Se entregara un Podcast personalizado vía NoteBookLM".
—No me gustó el último capítulo del Show de Selma y Huller —afirmó con gesto disgustado Camilo, uno de los miembros de la Sociedad de Royaumont.
—Estuvo buenísimo. ¿Qué es lo que no te gustó del último capítulo? —replicó Amelia, la niña prodigio.
—Pienso que el show en sí es muy deshonesto. Fíjate que se inventaron una excusa para copiar el material original.
—No me lo parece, queridito. De hecho, a mí me pareció una propuesta fresca e incluso audaz. Yo me he visto todos los capítulos de La Hija de Carbonell y en ninguna parte aparece lo que mostraron en el Show de Selma.
—No me entiendes. No me refiero al material de la serie de televisión, sino a algo mucho más antiguo. Yo voy más por el lado de que el Show de Selma está copiando del libro de Ada y Carbonell.
—Por favor, elabora más esa idea.
—Los creativos de Selma tomaron el crimen de los jueces del reality y reelaboraron la historia basándose en un hecho bastante conocido del sistema policial de nuestro país.
—Creo que estás confundiendo las cosas. En ninguna parte Selma y Huller están "copiando o plagiando" el libro que mencionas. Más bien están dando un enfoque que me parece audaz e incluso muy honesto. El recurso que usaron es fantástico.
—No los justifiques, Amelia. Los creativos de Selma y Huller son unos envidiosos, además de resentidos.
—Conozco algo de esa historia, más bien chismes y murmuraciones sin mayor fundamento. Según cuentan las malas lenguas, Julio Salas, uno de los libretistas de La Hija de Carbonell, había propuesto crear una segunda pareja de detectives basada en Boris y Doris, que ayudaría a resolver casos complicados, y eso es normal. Pero la idea fue rechazada por los directivos del programa. Salas se sintió humillado y decidió renunciar. De inmediato fue contratado por una cadena de televisión competidora y allí implementaron su idea para hacer un programa con ciertos visos oscuros y retorcidos, dando nuevos nombres a los personajes.
—Es cierto lo de la doble pareja. Es una práctica policial de Aragca bastante conocida: todo caso de homicidio es investigado por un equipo que oficialmente lleva la investigación y se encarga de la vocería y la comunicación de los hallazgos, pero es usual que otro equipo menos visible se encargue de investigar los cabos sueltos y los detalles que quizás pasaron por alto los titulares del caso. Es una práctica que ha dado buenos resultados en la vida real. Pero ya tomar ese hecho para alterar la historia original me parece muy maluco.
—¡Oh, Camilo! Ya entiendo… eres un purista, uno de esos seguidores de culto que no quieren que sus historias de héroes sean tocadas. Por eso digo que todo en Selma y Huller es original. El extraño caso de los jueces del reality fue una noticia bastante notoria. De ese hecho se inspiraron los creadores de Ada y Carbonell, y nadie los acusa de plagiar la realidad. Ahora los creadores del Show de Selma hacen otro tanto porque están agregando algo nuevo: seguir el método clásico de investigación detectivesca. Ada y Carbonell a veces se me hace que se van por las ramas y hacen un montón de movimientos espectaculares, pero innecesarios. Selma y Huller recuperan la verdadera esencia de un drama policial.
—¡Ja! Mira quién habla. Pareces una defensora a capa y espada de ese show espurio. Además, lo que no les perdono es que, según ellos, fue Selma quien resolvió el crimen, desautorizando el material original. Eso ya raya en el insulto.
—No comparto lo que dices. Esos crímenes no tienen dueño; son casos reales que, al volverlos novela, pueden usarse como tema de dominio público. Por ejemplo, es legal que hoy cualquier persona tome un crimen de Jack el Destripador y lo haga resolver por un detective ficticio. No hay plagio allí.
—No hallas cómo defender material bastardo. Para mí y para millones de seguidores, Ada siempre será la que resolvió tan misterioso crimen.
—¡Ah! Ya veo, estás confundiendo todo. Selma y Ada son muy diferentes, tanto física como emocionalmente. Además, Selma tiene otra técnica de investigar, pues tanto ella como Huller no temen utilizar ayudas místicas y paranormales para resolver sus casos, mientras que Ada y Carbonell son muy "materialistas".
—Pues razón de más para no ver el show. Selma me parece muy violenta, y sus métodos psíquicos, mágicos, etc., para resolver crímenes de alto perfil ya son la gota que rebasa la copa.
—Es cuestión de gustos. A mucha gente le gusta ese enfoque de fantasía y ciencia ficción de Selma y Huller, mientras que en Ada son un poco más de línea dura. Son dos propuestas dirigidas a públicos diferentes.
—Te propongo algo, Amelita: llevemos este tema a discusión en pleno en la próxima reunión de la sociedad, con todos los chicos.
—Como tú quieras, pero te aviso que todos estarán a favor mío.
Me desperté sudando copiosamente en medio de la noche. Me pareció extraño. De inmediato supuse que algo estaba mal: tenía la sensación de que aquello ya me había sucedido antes, al menos un par de veces en el pasado... y otras tantas en el futuro. Por alguna razón, había despertado en el cuerpo de otro personaje, atrapada en las historias y cuentos de alguien diferente. Lo habitual es que aparezca en un ambiente de ciencia ficción, rodeada de naves espaciales, motores de antimateria y alienígenas con tecnología capaz de simular universos enteros. Pero esta vez era distinto: estaba en un cuarto común y corriente, de finales del siglo XX o principios del XXI, y lo más inquietante era que no estaba sola. A mi lado, en la cama, descansaba un hombre, quizás de unos cincuenta años, tal vez más.
Mi primera reacción fue tratar de identificar el cuerpo en el que había despertado. Me palpé: era una mujer, sin arrugas ni defectos físicos. Aquello era reconfortante, pero necesitaba ver mi semblante. Supuse que habría un espejo en el baño. La habitación no estaba completamente en penumbra; la luz de la luna y la artificial se filtraban por las ventanas.
El lugar no era lujoso, pero sí decente. Pensé que si me movía, el hombre a mi lado podría despertarse y comenzar a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, la curiosidad por descubrir quién era yo —o mejor dicho, de quién era el cuerpo que habitaba— era apremiante.
Ir al baño en medio de la noche no debería ser motivo de alarma. Pero ya saben, en los cuentos estas cosas simples suelen desencadenar tragedias o escenas dramáticas que hacen reflexionar... o al menos sacar una sonrisa al lector.
Con cautela, ubiqué las puertas. Había tres: una debía ser la del clóset, otra la de salida, y la tercera, el baño. ¿Cuál sería cuál? Difícil saberlo. Me moví con cuidado, eligiendo la más lejana, cerca de la ventana. Por suerte, acerté. Era el baño. Cerré la puerta tras de mí y encendí la luz.
El baño reflejaba el estilo del dormitorio: sin lujos, pero funcional. Había dos de cada cosa: toallas, cepillos de dientes, máquinas de afeitar y un montón de gafas de sol. Frente al espejo, vi el cuerpo que ocupaba. Era una pelirroja, no desnuda, sino con una blusa vaporosa, ideal para dormir. Tenía unos 45 años, un aspecto hermoso aunque ya con algunos signos de decadencia. Era alta, atlética, y podía sentir la fuerza de su cuerpo.
¿Quién sería esa mujer? ¿Cuál su ocupación? ¿Y qué relación tenía con el hombre en la cama?
Si uno opta por quedarse en un cuerpo ajeno, hay que fingir, evitar alarmar a quienes rodean al "cuerpo-anfitrión". Decidí regresar a la cama, aunque con dudas. A veces, las parejas suelen abrazar o mostrarse cariñosas durante el sueño, y la idea de intimar con un desconocido me repugnaba. Aun así, me enrollé en las cobijas, intentando evitar cualquier contacto.
—¿Ocurre algo, mi amor? Te noto intranquila. ¿Por qué te despertaste? —su voz rompió el silencio.
Era lo que temía: un sujeto preguntón con sueño ligero.
—Estoy bien. Solo tuve una sensación de incontinencia, pero ya pasó. No te preocupes.
—No escuché nada. Ni el sonido del pis en el agua, ni que bajaras la cadena.
—¿Qué eres, una especie de detective? Simplemente no pude hacer nada, eso es todo.
—¿Incontinencia o inconveniencia a las 4 a. m.? ¿Seguro que estás bien?
—Sí, todo va bien. Vuelve a dormir.
—Sabes que si me despiertas, ya no puedo conciliar el sueño.
No respondí. Fingí un ronquido, esperando que desistiera.
—Ah, no, no me vengas con eso. Sabes que odio cuando finges haberte dormido —insistió.
—¿Puedes callarte de una buena vez? Ni tú ni yo dormimos así —solté, molesta.
Error. Apenas terminé la frase, se escuchó el llanto de una niña pequeña.
—¿Ves lo que has hecho? Despertaste a mi hija. Ahora ve a calmarla.
De pronto, entendí lo que ocurría. Todo encajaba. Esto no era real. Este hombre era un actor de segunda. Si el marido de una mujer fuerte y atlética debía ser alguien similar, este tipo no cuadraba. Estaba claro que quien dirigía esta escena no había tenido presupuesto para un galán. Igual pasaba conmigo: ocupaba el cuerpo de una actriz secundaria sin mayor talento, quizás poco conocida.
—Por supuesto que iré a calmar a la niña —respondí haciendo ademanes exagerados, muy postizos como para darle aire teatral al asunto. Me dirigí a una de las puertas que supuse no llevarían a ningún lado, dado que esto era un set de grabación. Como esperaba, al cruzarla, el llanto cesó y una voz gritó: "¡Corten!". Sonreí. Sabía que en la próxima escena aparecería en el lugar correcto: quizá una luna lejana del siglo XXX, o, mejor aún, en un reino medieval con espadas y dragones.
Parada en la ventana trasera de una lujosa mansión, la hija de Carbonell, como de costumbre, contemplaba a lo lejos a su padre cerca de la orilla del lago. Era una mañana tan hermosa y cálida como el panorama que tenía ante sus ojos. No tenía más de tres años. La escena idílica se interrumpió cuando la niña notó un helicóptero aproximándose desde el horizonte y descendiendo cerca de su padre. Observó cómo un hombre formalmente vestido, con gafas oscuras, se dirigía hacia él. Detrás de él, descendió una mujer de aspecto serio, vestida de manera similar, quien se encaminó hacia la casa. Era la detective a la que llamaban "Barracuda Blanca", la favorita de la niña. Verla la alegró, pues suponía una tarde plena de acción. La Barracuda solía enseñarle técnicas de defensa personal y manejo de armas, además de contarle historias sobre las aventuras de su padre y sus colegas. Estaba tan feliz que no notó que su padre había abordado el helicóptero, que rápidamente ascendió y desapareció entre las nubes.
El viaje a Puerto Industrial le tomó a Carbonell al menos tres horas. Al llegar, descendieron en un aeropuerto militar, donde los esperaba un vehículo blindado similar a una limusina presidencial, rodeado de escoltas en motocicleta y vehículos fuertemente armados, como los que usan los bancos para trasladar grandes sumas de dinero. Como de costumbre, Carbonell abordó la limusina y se dirigieron hacia el edificio de la Alcaldía en el centro de la ciudad.
El sitio estaba acordonado. Carbonell vio que en una callejuela frente a la alcaldía se encontraban varios efectivos del escuadrón forense local. Con esfuerzo, se abrió paso entre la multitud de curiosos tras las barreras de la policía. Se identificó ante los guardias, quienes lo dejaron pasar.
Casi al final de la callejuela yacía un cuerpo cubierto con sábanas reglamentarias. Carbonell se acercó y se inclinó para destapar con cuidado el rostro y así identificar a la víctima.
—Yo no haría eso —advirtió una voz femenina, en tono firme. La mujer usaba gafas oscuras y una pañoleta, claramente intentando ocultar su identidad—. Sé de lo que hablo; no hay nada peor que identificar a un occiso conocido.
—¿Doris?
—Vine tan pronto como me enteré. Le dispararon por la espalda —dijo Doris, acercándose a Carbonell y ayudándolo a incorporarse—. Tienes que ser fuerte, Guerrero; todos hemos perdido seres queridos en esta profesión. Primero fue Boris, y ahora Ada.
—Juro que encontraré a los culpables y los haré pagar —exclamó Carbonell mientras se ponía de pie, sin haber alcanzado a verificar la identidad de la víctima.
—Deja que el equipo de forenses se encargue de recoger la evidencia. Sabía que estarías aquí. No estoy asignada a este caso; sin embargo, no tienes que investigar mucho. Sé exactamente quién lo hizo.
—¿Qué dices?
—Comisionado Carbonell, si me lo permites, prefiero hablar de esto en privado, en un lugar donde no haya testigos y nadie pueda rastrear lo que te digo. Conozco un parque cercano. Escucha lo que tengo que decirte, porque regreso a la capital hoy mismo. Técnicamente, nadie sabe que estoy aquí.
Carbonell dió algunas instrucciones a los efectivos policiales y se dirigieron al parque que ella había mencionado. Se sentaron en un banco discreto, alejado de la vista de los transeúntes.
—Muy bien, te escucho, inspectora.
—Ada no fue asesinada.
—¿A qué te refieres? Acabamos de dejar su cuerpo en ese maldito callejón.
—Ada fue ejecutada —replicó Doris, sin hacer caso de las objeciones de Carbonell.
—Ejecutada o asesinada, no hay diferencia. Ella ya no está, y lo único que podemos hacer es encontrar a los responsables de este crimen. Es lo mínimo que podemos hacer. Ada habría hecho lo mismo por nosotros si las cosas fueran al revés.
—Precisamente por eso quiero que escuches bien lo que voy a decir.
—Habla, entonces. De todos modos, no era un secreto que tú y Ada no se llevaban bien; eran más rivales que compañeras.
—Eso no es del todo cierto. Ada y yo éramos como hermanas, pero debimos asumir ese papel de enemistad para protegernos a nosotras y a todo el equipo.
Carbonell guardó silencio, reflexionando sobre esas palabras. Hizo un gesto para que continuara. Doris cerró los ojos un instante y respiró hondo.
—¿Qué sabes de la Colectiva Sororitas? —le preguntó, mirándolo directamente a los ojos.
—Es un grupo de trabajadoras sociales —replicó Carbonell con tono displicente.
—Trabajadoras sociales de cárceles, específicamente para los condenados a muerte —añadió Doris.
—Sí, ayudan a los condenados a aceptar su destino, ofreciendo asistencia psicológica para que sufran lo menos posible desde que conocen la sentencia final hasta su cumplimiento.
—Es cierto, pero hay algo más. Las ejecuciones en Aragca no son públicas. Las personas encargadas de llevar a cabo la sentencia, es decir, lo que en otros países se conoce como verdugos, aquí son un equipo de Ejecutoras. El día y hora señalados, la Ejecutora que lleva una capucha tradicional del oficio, revela su identidad al condenado, quien entonces reconoce a la trabajadora social que lo asistió. Es un toque macabro, pero así ha sido la tradición por siglos.
—Vaya, no lo sabía. Siempre pensé que los verdugos eran personas con un oficio algo repugnante. ¿Cómo sabes todo eso, y por qué me lo cuentas justo ahora?
—La Colectiva Sororitas es más que un grupo de verdugos. Es una red de espías internacionales, altamente entrenadas, infiltradas en todos los niveles sociales.
—¿Y fue esta red de espías la que "asesinó" a Ada? —dijo Carbonell, enfatizando las últimas palabras.
—Ejecutada —corrigió Doris—. Es un caso que no debemos investigar y que no podemos resolver.
—Estás delirando. Si esa red de asesinas está involucrada, la enfrentaremos. Recuerda que hemos resuelto misterios de alto calibre: acabamos con el Dinamitero Loco, resolvimos el Caso de los Jurados del Reality, desmantelamos la Maventi-Gumi amos de la mafia internacional, acabamos las andanzas de Múltiple Serial y detuvimos a Dedos de Platino cuando quería conquistar el mundo. Esa red no me asusta.
—Lo sé muy bien. Sé que no hay forma de detenerte hasta que halles a los culpables. Por eso estoy aquí.
Al terminar de hablar, Doris, súbitamente, accionó su pistola con silenciador y disparó a la cara de Carbonell, quien cayó fulminado instantáneamente.
En ese mismo instante Barracuda Blanca que estaba jugando con la niña, recibió una llamada, no se molestó en contestar, simplemente saco un cuchillo y degolló hábilmente a la pequeñuela, limpió la hoja con los mismos vestidos de la criatura y salió de la casa sin siquiera preocuparse por cerrar la puerta. Afuera, enfrente de ella, se encontraba un helicóptero que la transportaría lejos de allí.
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La Navidad: instantes que vuelven a conectar
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Hay momentos en que el tiempo parece doblarse, reunir lo que estaba
disperso, acercar a quienes llevaban meses sin verse. Las cenas de Navidad,
las reun...
"Un viento poco anodino" [relato]
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Nací y crecí en una pequeña localidad cercana a la costa. Poco más que una
pequeña aldea, tan común como el resto de pueblos de la extensa comarca. En
ve...
TESIS SERIAS O DE PEGOTE
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GAJES Y OFICIO DE LA INVESTIGACIÓN Y DIVULGACIÓN DEL GRAFFITI
Tesis serias o de pegote
Fernando Figueroa
Es un tema del que poco se habla, pero d...
Things I was better off not knowing - #45
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*(En español más abajo)*
[image: Canada]
*- You used to eat mayo sandwiches when you were little. That was
disgusting!*
*- First of all, it was mayo an...
Yin Yang
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Mi intensidad (cuando estoy de buenas le llamo pasión) es mi mayor defecto.
También mi mayor virtud.
Como virtud, mi pasión me muestra el sentido de ...
Niels Lyhne
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A partir de hoy, 22 de septiembre, comenzamos a leer Niels Lyhne, de Jens
Peter Jacobsen. La edición que vamos a utilizar es la de Acantilado, con la
tradu...
En la sombra. Traición engendrada
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*—Sigue ahí.*
La inclemencia del tiempo no priva ni adormece el sentimiento de apego, de
la miseria de residir en la penumbra, de admirar la obra ...
Talco de despedida
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*De niñas aprendemos a fingir un poco antes de lo que los niños empiezan a
decir mentiras. Y mantenemos esa ventaja desde entonces.*
Estoy cole...
Monólogo de un zapato
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Hay más vida bajo una suela de lo que crees.
Nacemos perfectos, casi sagrados, en una fábrica que no nos reconoce.
Elegantes, finos, deseados. Nos p...
Comentando libro «Un mundo feliz» – Aldous Huxley:
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Aldous Huxley plasma una sombría metáfora sobre el futuro, muchas de cuyas
previsiones se han materializado, acelerada e inquietantemente, en los
últimos a...
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El Guardián
La biblioteca del Serapeum es saqueada antes de ser incendiada. En el
laberinto pétreo de sus entrañas una mujer de evolucionado pensamiento...
Carta para mi hija, cuando ya no esté
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De nuevo participo en el reto que nos propone *Ginebra *para el mes de
marzo.
El tema es trazos, aquello que nos define a cada uno de nosotros y también ...
El Juego del calamar
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A la hora de ver algún entretenimiento, elijo películas de amor, series con
contenidos históricos. Lo más violento que puedo ver son series policiales,
lee...
Reto 2025
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*Bases del Reto*
*El reto *Tarro-libros, peliculas y series Doramas 2025** es muy sencillo.
Consiste, una vez te unes al grupo, en elegir un tarro u otr...
PRIMERA SEMANA DE SEPTIEMBRE DE 2024
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Tras un paro inesperado al tener todos nuestras cosas y, tardar en retomar
la actividad. Aqui estamos de nuevo, con esta frase que ha sugerido María
Ro...
A partir de ahora...
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El blog se cambia a Wordpress...
Foto de Nathan da Silva en Unsplash
... donde la historia continuará y habrá más novedades próximamente... 🖋📖
🥳️
N...
Crónicas de Serendipity
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*Durante el trayecto para cruzar el puente, no debían dar la vuelta o
pararse, por eso cuando llegaron al otro extremo se sintieron al...
Una pequeña multitud de cosas locas
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*08 de abril*
El despertar había transcurrido sin mayor problema, desayuno, gimnasio,
algunas charlas con amigos y poco más. A media mañana me tocó guardi...
Cambio de blog por una explicación insólita
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(*AQUI* https://literaturabonsai.blogspot.com/)
Compañeros de letras, mediante varios pasos de confirmación de identidad, o
sea, con todas las de la ley, ...
¡¡Feliz Navidad!!
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Mis queridos amigos, y de nuevo, NAVIDAD.
Mi casa ha sido tomada por duendes, acebo y muérdago. El árbol de Navidad
ha desplazado a la caja tonta lla...
Es un sentimiento pero ¿cómo definirlo?
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🎼 🎶
Música dedicada a un pequeño amigo ladronzuelo de cadenitas
Estar o no de acuerdo con Marcela es algo que se resuelve a puerta cerrada,
aún así, mi a...
LA SONRISA DE LOS GATOS.
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Carlos recordaba que el primero en conocer a Leticia había sido Lorenzo. ¡
Siempre se le adelantaba en todo! En el promedio de las notas, en las
compet...
ADIÓS, BORGO
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Borgo cierra el castillo y alza el puente levadizo.
Lamento mucho finiquitar el blog, pero hay motivos: sequía creativa –no se
me ocurren nuevas historia...
CONCURSO DE RELATOS "MICROFANTASY V"
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Bases:
1.- Un máximo de dos cuentos por persona.
2.- Los cuentos deben ser sobre FANTASÍA (aventura épica, hadas,
unicornios, sirenas, duendes, dragon...
¡Sigamos adelante!
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“Thelma & Louise” es una película de 1991, dirigida por Ridley Scott y
protagonizada por Geena Davis, como Thelma, y Susan Sarandon, como Louise.
La pel...
Autopsicografía de Fernando Pessoa
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*El poeta es un fingidor.*
*Finge tan completamente*
*que hasta finge que es dolor*
*el dolor que de veras siente.*
*Y quienes leen lo que escribe...
No es un adiós
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Hola lectores!! ¿Cómo va vuestro comienzo de año? Yo estoy poniendo las
cosas en orden y está me rondaba la cabeza desde hacia tiempo. Este 2022 me
ha ense...
FELIZ 2023 PARA TODOS!!
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Un año mas que compartimos juntos, pasaron muchos dias vividos con
emocion, esperanza, ilusion, con momentos alegres y tristes. Pero si hay
una palabra...
Jacinta va a Londres
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[image: Jacinta va a Londres]
*Ese día llovía a cántaros. En días como este, Jacinta prefería quedarse en
casa y recordar aquella época en la que siendo ni...
"Laberinto" (Semana 27)
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Sin lugar a dudas, a mí me parece que la vida es un laberinto. Y digo que
es un laberinto porque a veces no sabemos qué camino tomar cuando hay que
e...
Einar, el vikingo
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*Las historias de vikingos siempre han cautivado. Esta es la historia de
Einar publicada en la revista D’artagnan Super Anual Nº 60 en septiembre
de 199...
Novedades de libros (Septiembre 2021)
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*ANSIA (CRAVE III) *
Editorial: Planeta (*1/09/21*)
Autora: Tracy Wolff
*Rompe las cadenas. Vuelve a disfrutar.*
«Siento que estoy a punto de llegar al ...
El mito del escritor aviador
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[image: fotomontaje de Estrella Amaranto]
fotomontaje de Estrella Amaranto
Queridos amigos y compañeros:
Vuelvo a compartir con vosotros un nuevo relato...
QUE NO TE MOLESTE
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No es mi intención.
Que no te moleste, ojalá despiertes
Ese sueño profundo te aleja
te impide estar en el mundo, ese con el que no puede...
Sesión 13: Betty email en viernes
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*Nombre:* Betty
*Edad:* ¿treinta y cinco?
*Identificación:* (des)coordinadora de algo.
*Diagnóstico:* la plasta de los viernes.
Betty es agradable, siem...
El problema de las ideologías
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El problema de las ideologías pasa porque se cuelan en la mente de las
personas sin que se den cuenta de ello, y cuando creen hablar por ellos
mismos en ...
Watchtower, no te conceden la inmunidad
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Tribunal Supremo de los EE. UU.
Estimados camaradas abducidos por los teólogos de pacotilla:
El Espíritu Santo está contristado con el Cuerpo G...
Papá
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*Hoy he amanecido con uno de esos días tonto, donde la tristeza se ceba
invadiendo mi corazón como un hierro candente, penetrando poco a poco,
desgarrando...
LA GRAN ESTAFA UNIVERSAL
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Por razones que no vienen a cuento, todas las madrugadas debo asistir
impávido a las emisiones televisivas de la así autoproclamada IGLESIA
UNIVERSAL. A pa...
Thomas Ligotti
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Nadie necesita que le explique qué es lo extraño. Es algo que se revela en
los primeros años de la vida de toda persona.
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Hablando en plata, no po...
Una buena noticia
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Félix Vidal Anido es un violador condenado a 73 años de cárcel. Sus
víctimas fueron niñas de entre 3 y 14 años. Félix Vidal Anido va a salir de
prisión ...