El misterio de la camara embrujada

Me habían contratado para resolver un misterio bastante enigmático: la anciana viuda, doña Eudoviges, tenía una mesa cerca de la ventana de la cocina. Era una mesa de madera tosca y ordinaria, completamente vacía. La dama en cuestión quiso tomar una foto de un pajarito que cruzaba de mala gana por aquel paraje y, ¡sorpresa!, cuando vio la foto en la pantalla de su celular, encontró que había un objeto sobre la mesa en la imagen: era una madeja  de lana roja, pero, viendo la mesa con sus propios ojos, no se veía nada.

Le comentó a Jacinta, su vecina, el extraño suceso. Ella también hizo tal cual le indicó; con su propio teléfono tomó una foto, pero allí salió una libreta con un lápiz... Ninguna de las dos lo podía creer. ¿Habían enloquecido los teléfonos celulares?

Intrigadas, decidieron contarle al sacristán del pueblo, don Ceferino, un hombre joven, pero bastante serio y sensato. Él también repitió el procedimiento de tomar la foto, pero a él le aparecía en la imagen una botella de licor, quizás un armagnac.

— .... mmmh, conozco a un caballero bastante versado en este tipo de asuntos. Cobra caro, pero, si él no lo puede resolver el misterio, ¡nadie puede! —recomendó el sacristán.

Entre los tres acordaron contactarme.

—¿Y dice usted que en las fotos aparecen cosas que no están, en realidad, sobre la mesa?

—Es así, tal como le indicamos —contestó con tono bastante angustiado doña Eudoviges.

—Tal vez les parezca extraño a ustedes, pero es un fenómeno explicable.

—¿Qué puede ser? —interrogó con curiosidad la anciana.

—Bueno, me es difícil desde aquí dar un diagnóstico preciso. Tendría que viajar de urgencia para hacer una inspección en persona.

—Lo que sea necesario, hágalo, por favor. Necesitamos resolver ese misterio.

—No se preocupe, puedo resolver ese tema en un par de horas. Sin embargo, quiero ser claro y honesto con ustedes: mis honorarios son de 1000 euros por cada hora si tengo que ir en persona. En remoto bajarían a la mitad; eso sí, todo pago debe ser por adelantado.

(Escuché un largo suspiro... Hubo una pausa y la dama retomó la conversación).

—Está bien, tomamos el plan remoto. ¿Qué debemos hacer?

—Bueno, vayan consignando el dinero en esta cuenta (y les di mi número).

Dicho y hecho, apenas recibí el pago, desinstalé el virus del wifi de la ancianita. El software siempre agrega imágenes random a cualquier foto plana. Nada mal para una llamada de 15 minutos.

—Estimada doña Eudoviges, son hackers de Indonesia. Suelen ser niños de 12 años que hacen eso por mera diversión. Bastaría con que apaguen y prendan el wifi, y asunto resuelto.

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Nos unimos al reto de cada jueves un relato, esta semana invitación de "Artesanos de la Palabra"

el tema: Escribir un relato usando estas tres imágenes




ver detalles y participaciones

Marta Martini



Se acercó a la ventana que daba hacia el lado trasero de la casa, desde donde no sólo podía ver el bosque, sino también su reflejo en el vidrio. Fue en ese momento cuando tuvo una revelación mística: entendió que era un personaje de un microrelato.

Sonrió, porque dicho descubrimiento implicaba bastantes derivaciones a considerar. A los personajes les pasan cosas poco comunes, pensó; quizás él sería una especie de agente al servicio del gobierno de una superpotencia, combatiendo a astutos rivales y criminales. O quizás en algún momento emergería de lo espeso del bosque una gigantesca serpiente cuyo jinete sería una espectacular amazona de brevísimo traje. Las posibilidades eran infinitas; esperó unos segundos a ver si algo inusual pasaba.

Pero tan solo seguía viendo el bosque y su reflejo en el vidrio. El niño Quetzalcóatl no apareció en un arcoíris del cielo, tampoco estaba en una nave nodriza rumbo a Júpiter.

De hecho, la situación era brutalmente cotidiana, normal, tranquila. Quizás le habían dicho mal, pues era sabido por todos que al protagonista de un cuento precisamente le deben pasar los hechos más inusuales posibles. O la misma persona, como tal, debía ser extraordinariamente interesante: quizás un asesino serial, o un detective de mente ágil, o un gran científico. En ese momento bajó la mirada; recordó que su oficio no era nada extraordinario, debía de haber millones de personas en el mundo capaces de hacer su trabajo mucho mejor que él.

Se sintió algo ofendido.

Los personajes de otros blogs viven en distopías, en tierras de fantasía cuasi-tolkieniana o en mundos de hadas, monstruos, dioses tropicales y sillas parlantes. Incluso el niño Viracocha saliendo del sol siempre ganaba los concursos de los retos literarios; supuso que esa microaudiencia de menos de 100 personas estimaba bastante esas historias ñoñas, y no los culpaba.

En cambio, él era tan solo eso: un tipo común y corriente sin nada interesante que ofrecer a los lectores ávidos de aventuras sin par.

Estaba a punto de abandonar ese hilo de pensamientos derrotistas cuando encontró aquello que lo hacía "especial": recordó que menos del 1 % de los personajes literarios caen en cuenta de aquello que son. Eso, en cierta forma, lo hacía parte de una élite. Sonrió.

Pero la alegría le duró poco; abrió los ojos de par en par y se interrogó a sí mismo: «¿Qué pasaría si yo fuera un personaje creado por una inteligencia artificial?».

«¿Haría ese simple hecho una alteración en mi realidad?», se preguntó muy preocupado.

Permaneció en silencio, buscando una respuesta satisfactoria. Volvió a mirar al bosque y decidió que no era importante la procedencia de la autoría; lo importante era que estaba existiendo, que era capaz de reflexionar, de tener una vida como cualquiera.

Pensó en celebrar el descubrimiento: cambió de estancia, se dirigió a la nevera, abrió la puerta y tomó una botella de martini. Con toda seguridad, revisó en uno de los cajones de la cocina y sacó un armagnac. Abrió otro cajón y sacó una copa de cristal. Se preparó un cóctel: dos partes de martini por una del preciado brandy y agregó con cuidado una pizca de Angostura. Lo olió como un catador y lo bebió en varios calculados sorbos.

La ocasión lo ameritaba.

—¿No hay diálogos en tu relato? —interrumpió la celebración Marta, con tono mordaz.
—Supongo que no sobran, ello da cierto dinamismo —contestó rápidamente.
—Siendo así, hazme también uno de esos coctelitos, pero hazlo en partes iguales y agrégale hielo.
—Si seguimos así, vamos a terminar alcohólicos.
—Es un placer que podemos darnos de vez en cuando. ¡Salud! —dijo ella con picardía.
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