Marta Martini



Se acercó a la ventana que daba hacia el lado trasero de la casa, desde donde no sólo podía ver el bosque, sino también su reflejo en el vidrio. Fue en ese momento cuando tuvo una revelación mística: entendió que era un personaje literario.

Sonrió, porque dicho descubrimiento implicaba bastantes derivaciones a considerar. A los personajes les pasan cosas poco comunes, pensó; quizás él sería una especie de agente al servicio del gobierno de una superpotencia, combatiendo a astutos rivales y criminales. O quizás en algún momento emergería de lo espeso del bosque una gigantesca serpiente cuyo jinete sería una espectacular amazona de brevísimo traje. Las posibilidades eran infinitas; esperó unos segundos a ver si algo inusual pasaba.

Pero tan solo seguía viendo el bosque y su reflejo en el vidrio. El niño Quetzalcóatl no apareció en un arcoíris del cielo, tampoco estaba en una nave nodriza rumbo a Júpiter.

De hecho, la situación era brutalmente cotidiana, normal, tranquila. Quizás le habían dicho mal, pues era sabido por todos que al protagonista de un cuento precisamente le deben pasar los hechos más inusuales posibles. O la misma persona, como tal, debía ser extraordinariamente interesante: quizás un asesino serial, o un detective de mente ágil, o un gran científico. En ese momento bajó la mirada; recordó que su oficio no era nada extraordinario, debía de haber millones de personas en el mundo capaces de hacer su trabajo mucho mejor que él.

Se sintió algo ofendido.

Los personajes de otros blogs viven en distopías, en mundos de fantasía tolkieniana o en mundos de hadas y dioses tropicales. Incluso el niño Viracocha saliendo del sol siempre ganaba los concursos de los retos literarios; supuso que esa microaudiencia de menos de 100 personas estimaba bastante esas historias ñoñas, y no los culpaba.

En cambio, él era tan solo eso: un tipo común y corriente sin nada interesante que ofrecer a los lectores ávidos de aventuras sin par.

Estaba a punto de abandonar ese hilo de pensamientos derrotistas cuando encontró aquello que lo hacía "especial": recordó que menos del 1 % de los personajes literarios en cuentos y novelas caen en cuenta de aquello que son. Eso, en cierta forma, lo hacía parte de una élite. Sonrió.

Pero la alegría le duró poco; abrió los ojos de par en par y se interrogó a sí mismo: «¿Qué pasaría si yo fuera un personaje creado por una inteligencia artificial?».

«¿Haría ese simple hecho una alteración en mi realidad?», se preguntó muy preocupado.

Permaneció en silencio, buscando una respuesta satisfactoria. Volvió a mirar al bosque y decidió que no era importante la procedencia de la autoría; lo importante era que estaba existiendo, que era capaz de reflexionar, de tener una vida como cualquiera.

Pensó en celebrar el descubrimiento: cambió de estancia, se dirigió a la nevera, abrió la puerta y tomó una botella de martini. Con toda seguridad, revisó en uno de los cajones de la cocina y sacó un armagnac. Abrió otro cajón y sacó una copa de cristal. Se preparó un cóctel: dos partes de martini por una del preciado brandy y agregó con cuidado una pizca de Angostura. Lo olió como un catador y lo bebió en varios calculados sorbos.

La ocasión lo ameritaba.

—¿No hay diálogos en tu relato? —interrumpió la celebración Marta, con tono mordaz.
—Supongo que no sobran, ello da cierto dinamismo —contestó rápidamente.
—Siendo así, hazme también uno de esos coctelitos, pero hazlo en partes iguales y agrégale un hielito.
—Si seguimos así, vamos a terminar alcohólicos.
—Es un placer que podemos darnos de vez en cuando. ¡Salud! —dijo ella con picardía.
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