Nunca supe si “Fantasma de Letras” era una chica o un caballero. Solía participar en los retos de la famosa “Sociedad de los Martes” y se caracterizaba por utilizar textos escritos a máquina, llenos de borrones y tachones. Pero aun así sus historias eran bastante amenas y, en ocasiones, impredecibles.
Daba gusto leer su blog porque tenía ese aspecto de algo “vieja guardia”, pero desde hace unos meses veo que las cosas cambiaron. Parece que él (o ella) comenzó a ponerse al día en materia electrónica. Ya ha empezado a usar medios digitales y de qué modo: entró de lleno con una potente AI, la Mantícora 6.66, un completo horror tecnológico.
Basta con darle una leve idea —dictada vía micrófono— y la Mantícora escupe el texto que sea. Lo noté porque, al publicarlo, se ve todo muy pulido, limpio, con excelente caligrafía y redacción.
No sé si seré yo o un efecto post-Turing en el que ahora los humanos intentan escribir como máquinas y otra máquina, en la China, decide si el texto viene de una persona de carne y hueso o de alguien de silicio.
He puesto sus textos a prueba. Le pido a Grok que analice lo escrito y este siempre dice: “Está hecho con AI, está hecho con AI”. Otros ni saben o no dan algo conclusivo; te dicen:
“Estamos en la era post-Turing. Ya nada es certero. Vivimos en un mundo frontera donde lo natural se difumina con lo artificial”.
Esas frases, por supuesto, tienen un hondo impacto en algo tan sensible como mis ojos... y mi frágil mente.
Los escritores AI me han hecho colapsar. Vivo ahora paranoide. Ya no me atrevo a leer escritos hechos después de 2020. De vez en cuando miro de reojo al “Fantasma de Letras” y digo al aire:
“¿Tú también, hijo mío?”.
Quien sí está feliz es mi terapeuta.





