Los jineteros del apocalipsis


He estado siguiendo la pista de esta serie de aventuras de Aragca y muchas veces he encontrado inconsistencias en la continuidad de los relatos (por ejemplo, en una ocasión Amígdala aparece como una mujer de cabellos rojos y al siguiente mes aparece la misma Amígdala como la reina de un país, pero de cabellos negros o en versiones masculinas). Todo es un "sancocho": los personajes, de cuento a cuento, cambian. 

Intrigado, me di a la tarea de investigar "la causa raíz" de esas "violaciones del canon" y lo que encontré me dejó absolutamente perplejo: la revista que suele publicar estos relatos tiene contratados a cuatro autores; de allí que cada uno de ellos enfoque los asuntos de un modo diferente. Sin embargo, es una especie de secreto que se guarda muy bien ante el público de lectores: se hace creer que es solo una persona quien escribe los textos. 

El grupo se hace llamar "Los jinetes del apocalipsis". Son ellos:

  • Arnulfo Tricornio  
  • Íñigo de Quintanar  
  • Carlos Murcia  
  • Constantin Belladona  

Cada cierto tiempo se dan cita en la casa del Tricornio; pueden ser reuniones semestrales o anuales, en donde se sientan a discutir alegremente sobre el curso de la Historia.

- Quisiera que Zaida muriera heroicamente en Mimas, tratando de salvar a la humanidad —lanzó  alegremente Murcia.

- No sería conveniente —respondió Quintanar—, pues yo la tengo de Sacerdotisa Suprema cerca de la ciudad de Damastin, en lo que fue el Bajo Imperio de Andirria.

- La verdad, no me gustaría eliminar un personaje así de importante tan de cuajo —acotó el Tricornio.

- Sí, pero al menos valdría la pena darle un color de cabello y atuendos diferentes a los tradicionales —opinó con seriedad Belladona, que es el más calmado y calculador de los cuatro.

- Lo de Zaida no es tan grave, si sale calva o con cabellera azabache; lo que sí es urgente y requiere atención es resolver el tema de Ada —señaló en tono grave Murcia.

- Es verdad; supongo yo que todo se resuelve si se logra cerrar el círculo con Carbonell como enamorado. Se requeriría darle protagonismo a la pareja en sí misma —anunció el Tricornio.

- ¿Y habría un round Zaida/Ada? —preguntó con picardía Murcia.

- No es conveniente; la verdad, son mundos diferentes que no se deben mezclar así como tan repentinamente. Cada una vive en su propia esfera —contestó Belladona.

- Es verdad, hay cosas que necesitan mantenerse sin tocar, y esa es una de ellas —replicó Quintanar.

- Normas, normas absurdas… ¿hasta cuándo tendremos camisa de fuerza? —replicó, con cara de hastío, Murcia.

- El público necesita cierto anclaje: si los personajes derivan sin control, el público se confunde y nos deja de leer. Hay que mantener cierta coherencia interna —aseveró el Tricornio.

- En eso estamos de acuerdo —respondieron al unísono Belladona y Quintanar.

- Muy bien; al menos quisiera que un día se discutiera en profundidad el asunto. Ese crossover ha sido muy solicitado —afirmó Murcia.

- Quizás sí, tal vez en un futuro, en la próxima década… ¿por qué no? Se puede considerar —respondió, mirando al horizonte, el Tricornio.

- Pues a mí lo que me gustaría es escribir historias que no sean de Aragca, ni de Ada ni de Zaida, sino temas completamente nuevos y que no estén manoseados por alguno de nosotros —dijo con cierta melancolía Quintanar.

- Todo eso lo puedes hacer, pero no sería bajo el sello de Aragca, sino bajo algún seudónimo diferente, algo que no relacione lo uno con lo otro —le respondió el Tricornio.

- Pero eso implica empezar de cero; tendría que construirme un público, y eso no es fácil —replicó Quintanar.

- O tal vez escribe cosas de Aragca sin decir que son de Aragca o créate una nueva línea temporal, en otra dimensión; eso ya nos ha servido bien en otras épocas —indicó Belladona.

- Cierto, es un buen recurso —concluyó Murcia, dándole un pequeño golpecito en la espalda a Quintanar.

- ¿Por qué mejor no hablamos de aquello en lo que sí estamos trabajando cada uno? —propuso Tricornio, al ver las caras largas de sus compañeros—. Por ejemplo, ahora estoy pensando en una especie de mujer poderosa que controla una logia de asesinos a sueldo; cada uno de ellos tiene habilidades sobrehumanas.

- Me gusta la idea, ¿qué nombre le darías? —interrogó con curiosidad Quintanar.

- La Dama Kadisha —replicó el Tricornio.

- Yo había pensado en una narración de un artista y su modelo —indicó Belladona.

- Eso es bueno, me encanta —dijo Murcia—. Yo, por mi parte, había pensado algo interesante, pero lo dejé pasar y no tomé nota; ahora olvidé el tema, pero era una buena idea.

- De seguro era algo con Ada; eres el que más le dedica al tema. Ahora estás con Sinclair —contestó Belladona.

- Eso es, sí; quiero profundizar en Sinclair y en su contraparte, pero no quiero contarlo ahora, no lo he "madurado" —indicó con emoción Murcia.

- Yo tengo pensado lo siguiente: un cuento en donde están reunidos cuatro amigos que arman cuentos, discutiendo acerca de diferentes relatos en una velada muy animada; de repente se apaga la luz y, al volver, uno de ellos está muerto —dijo Belladona.

- ¿A lo Agatha Christie? —dijo con aire de curiosidad el Tricornio.

- ¿Y Ada y Carbonell aparecerían para resolver el misterio y desenmascarar a los asesinos? —dijo, lleno de ánimo, Murcia.

- ¿Y hay en la estancia alguna estatua de Zaida, vigilando lo ocurrido? —preguntó Quintanar.

- No debería ser Ada, ni Carbonell, sino la amiga de Sinclair —indicó Belladona.

- ¿Es la pelinegra que se tiñe el pelo de rojo para, de vez en cuando, suplantar a Ada? ¿Cómo se llama la chica? —preguntó el Tricornio.

- Daniela —contestó secamente Belladona.

- Ok, Daniela disfrazada de Ada sería técnicamente Ada, ¿o no? —indicó Quintanar.

- Son diferentes, son dos personalidades aparte, pero comparten parecido físico cuando una se disfraza de la otra —dijo Belladona.

- De pelos, algo confuso, pero suena interesante —aseveró el Tricornio.

- ¿Y cuál fue el muerto en tu relato y cuál el asesino? —inquirió Murcia con aire intrigado.

- Es lo que tendría que resolver Daniela, ¿no? —replicó Belladona con una sonrisa inquietante.




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