Rosado

Lunes en la noche. Eran alrededor de las 9:00 p. m. No era lo usual, pero Sinclair decidió pasar un segundo a su oficina en el centro de la ciudad. "Sinclair y Sinclair Detectives Privados" era el letrero del vidrio que anunciaba su oficio al corredor del edificio donde estaban localizados. Al llegar a la puerta, notó algo raro; entró y encendió la luz. En ese momento se reveló que alguien ya estaba allí, esperándola. Sinclair lo tomó bastante mal.

—Alto allí, identifíquese o le disparo —dijo con voz áspera Sinclair.

—Solo quiero hablar con usted, tengo datos de un caso muy importante —respondió un hombre con voz nerviosa.

—El horario de atención es de 9:00 a. m. a 5:00 p. m.; a esta hora ya estamos cerrados.

—Lo que tengo que decir es urgente, no puede esperar.

—Muy extraño. No trabajamos de ese modo. Tenemos una página web; primero tiene que contactarnos por allí, para eso hay un formulario en alguna pestaña del menú.

—Lo sé, pero deseaba hablar personalmente con usted.

—Le repito, no es lo usual. Usted ya ha traspasado propiedad privada, tendré que llamar a la policía para que lo arresten por allanamiento.

—Tengo información sobre el caso de los Jurados del Reality.

—Por fin dice usted algo sensato. Sin embargo, no soy la persona indicada; ese es un asunto policial, diríjase a ellos.

—No deseo mezclarme con ellos; el caso ha sido mediatizado y la prensa lo ha seguido muy de cerca.

—Ya hay otros detectives privados en el caso, debería contactarse con ellos.

—Los detectives que usted indica trabajan para la nobleza.

—Eso significa que usted viene por un asunto de Howie, ¿o me equivoco? Venga, acomodémonos mejor, tome asiento —indicó ella, mientras se apoderaba de la silla principal y le señalaba la silla de enfrente para los clientes.

—Bravo, detective, es usted bastante rápida. Permítame presentarme: soy Oscar Rosado, socio de Howie.

—En las novelas de detectives el socio es siempre el culpable.

—Como le he venido diciendo, tengo información vital que ayudaría a resolver el caso.

—Quiero ser clara. Me arriesgo a pensar que usted supone que los detectives privados de carne y hueso somos todos como los pintan los vericuetos de Hollywood, en donde un tipo ordinario y medio fracasado en la vida se agarra a puñetazos con la mafia rusa y sale totalmente indemne. Pero la verdad es otra: los detectives privados reales tan solo nos dedicamos a seguir a gente infiel a la pareja o, en casos extremos, a localizar personas perdidas. No tenemos una Magnum lista para disparar, ni llevamos vidas de James Bond. Lo más que hacemos es juntar pruebas para tener argumentos en una investigación judicial; además, en este país está prohibido que portemos armas. Dicho todo eso, ¿desea continuar con su farsa, Rosado?

—Qué bueno que me advierte usted de todo ello. Soy consciente de lo que dice y me agrada su honestidad; es tal cual como me lo habían dicho los que me la recomendaron.

—Rosado, ¿toma usted bourbon? —dijo Sinclair mientras sacaba del escritorio una botella a medio consumir de Wild Turkey y hacía gestos de buscar los vasos en otro cajón.

—Prefiero el escocés.

—El bourbon es tan bueno o mejor que cualquier escocés. Se hace bajo estrictas reglas gubernamentales, siempre asegurando alta calidad. ¿Quién vigila a las destilerías escocesas?

Sin esperar respuesta, Sinclair sirvió el licor en dos vasos, acercó uno a Rosado y comenzó a beber rápidamente el otro. Rosado, a regañadientes, aceptó lo ofrecido.

—Dígame, ¿qué puede usted saber de ese caso que aún no sepa la policía?

—Tengo información que ayudaría a revelar la identidad del asesino.

—Vaya, ya comenzamos a hablar, lo cual amerita un cigarrillo —dijo ella sacando una de esas boquillas largas y colocó un Marlboro en ella—. Supongo que usted no fuma, así que tendré que encenderme yo sola —aseveró la detective mientras prendía su cigarrillo y daba algunas bocanadas—. Lo que me dice es muy grave; mucha gente ha muerto por saber lo que usted insinúa. Venir aquí básicamente pone una bala con su nombre.

—Sé que corro riesgos, pero quiero que el caso se resuelva.

—¿Sabe qué? Me cae usted bien. Por ello, solo le cobraré un par de bolsas de oro semanales —soltó el precio mirando de reojo la reacción de Rosado y, como vio que el cliente ni pestañeó, agregó—: más viáticos.

—Es un precio alto, pero creo que podemos cubrirlo.

—Siendo así, comencemos a investigar. Dígame, ¿Howie solía frecuentar algún club nocturno?

—Siempre íbamos al Halcón Maltés.

—Conozco el lugar, y creo que ya debe estar abierto. ¿Qué le parece si damos un paseo por allí? —interrogó Sinclair mientras abría su abrigo y dejaba ver que estaba vestida con un traje rojo de fiesta, similar al de las actrices célebres de los años 20.

—Trato hecho —dijo Rosado muy emocionado.

Sinclair se levantó, lo tomó del brazo y juntos salieron de la oficina como si fueran una pareja ya comprometida.

===

Anterior: Sinclair

Toda la historia: Ada y Carbonell .

Comments