Sinclair



Era lunes por la noche. En su retorno a Puerto Industrial, Ada se fue pensando en cómo lo tomarían los chicos de la oficina local; estos eran un grupete de técnicos en diferentes áreas y habilidades: los había expertos en ciencias forenses, así como especialistas en informática, psicología e incluso planeación de bodas y eventos sociales (dado que la mayoría de los asesinatos en el clásico whodunit siempre ocurre en esas reuniones). Le agradaba en cierto modo volver a su "territorio comanche", en donde ella era la detective número uno; pero no era la única detective, claro está: su amiga Daniela Arpón, era la número dos, y por supuesto, también estaba Sinclair.

Ada hizo una llamada a un número que sabía de memoria:

—Hola, Daniela, soy Ada. ¿Sabes si Sinclair está disponible para mañana a primera hora? 

—Totalmente. Aunque yo estaré ausente, será pues toda tuya. 

—Gracias, nos vemos después.

Tan pronto Ada llegó a la casa de Sinclair, en Puerto Industrial, lo primero que hizo fue ir al baño. Buscó en las gavetas, en donde había varios paquetes de tintura de cabello; escogió la de color negro, se quitó las gafas y se tiñó el cabello de ese color.

Cuando finalizó, se miró atentamente al espejo mientras se ponía una gabardina similar a la de los espías soviéticos de 1950 y un sombrero tipo fedora, y dijo a la imagen que veía:

—¡Hola, Sinclair, bienvenida de nuevo!


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