La detective Ada y el inspector Carbonell, como de costumbre, cada lunes por la mañana, se reunían con el alto comisionado de policía para tratar distintos asuntos y casos en curso.
—Estimados —dijo el comisionado—, en relación con el caso de los jueces del reality, han surgido nuevas pistas que me han llegado por una fuente altamente confiable. La información se refiere a los familiares de las víctimas. Se nos ha confirmado el paradero de una de las exesposas de Simón de Santillana —añadió, mirando de reojo a Ada—. Y aquí es donde entras tú, mi querida detective. Nuestra fuente asegura que la señora reside en Puerto Industrial.
Al escuchar el nombre de su ciudad, Ada esbozó un gesto casi imperceptible, cuidando de no dejar traslucir sorpresa alguna.
—Ada, quiero que te encargues de ese asunto de inmediato.
—Por supuesto. Carbonell y yo podemos tomar la autopista y, en unas ocho horas, estaríamos en la comisaría local.
—No, Ada. Este viaje lo harás sola. Carbonell permanecerá aquí, en la capital, coordinando otros aspectos de este mismo caso y de otros de similar urgencia.
—A estas alturas, no creo que sea conveniente dividir al equipo. En Puerto Industrial, alguno de los muchachos puede encargarse de investigar a la dama. Incluso yo misma podría llamar desde aquí y coordinar la pesquisa.
—Bajo circunstancias normales, y si se tratara de otro caso, estaría de acuerdo contigo —replicó el comisionado—. Pero dada la prioridad del asunto, prefiero que te ocupes personalmente. Mi asistente ya ha hecho una reserva aérea: saldrías en el primer vuelo de la noche. Tómate el resto del día para organizar tu equipaje y prepararte para el regreso a casa.
—Comprendo, jefe. Donde manda capitán, no manda marinero —respondió Ada con tono lacónico.

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