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Lunita Solaris

— Para la sección de entrevistas del día, en el noticiero de Lunita Solaris, hoy nos encontramos con un personaje muy interesante: Zaida.

Zaida, qué placer tenerte con nosotros por primera vez en nuestro programa. Ante todo, quiero darte las gracias por aceptar mi invitación.

— Es un placer, mi querida Glosolalia.

— Bueno, si quieres, empecemos con algunas preguntas cortas y livianas, como para “calentar”, y luego seguimos con asuntos más serios, ¿te parece?

— Dale, siempre estoy preparada para lo que venga.

— ¿Tienes apellido?

— Más de uno, depende de la época y la ocasión.

— ¿Qué edad tienes?

— Yo ya existía antes de que apareciera el universo.

— ¿Tus colores favoritos?

— Blanco para la ropa y rosado para la goma de mascar.

— ¿Un amor que recuerdes con mucho sentimiento?

— La entidad de Encelado.

— ¿Sigues tocando el clavicémbalo?

— Siempre. Es mi forma de mover la marea de voces que llevas dentro.

— ¿Y qué pasó con la tecla muda?

— Sigue muda. Por eso todo lo que toco siempre falta de algo.

— ¿Eres pro-Nazi?

— La canción de Lili Marleen se escribió inspirada en mí, pero eso ocurrió en la Primera Guerra Mundial, no en la Segunda.

— ¿Qué opinas de WordPress?

— Puedo existir allí, igual que Jenny Everywhere, pero yo soy más selectiva,  estoy en Blogger, supongo es la costumbre, me siento más cómoda en esa plataforma.

— ¿Por qué cargas con la etiqueta de villana?

— Porque represento a todas las mujeres con las que la persona que me escribe tuvo amores fallidos. Represento eso: rechazo, peleas y los malos recuerdos de amores imposibles.

— ¿Pero en realidad podrías hacer algo siniestro?

— Sí. Podría asumir tu imagen, ir y cometer un asesinato en público, y todos creerían que fuiste tú. Arruinaría tu escasa vida para siempre.

— ¿Uh? ¿Pero no lo harías?

— Si conviene a mis intereses, no hay nada ni nadie que pueda impedirlo. Sin embargo, eres de las personas que me agradan. Siempre te cuidaré.

— ¿Por qué la goma de mascar? — pregunta Glosolalia, haciendo un gesto de confusión imperceptible para muchos, como tratando de mantener una imagen fría e imparcial.

— Con eso puedo crear configuraciones ectoplasmáticas.

— ¿Cómo va eso?

— Con media barrita de chicle puedo generar una ciudad entera de personajes, vegetación y animales.

— ¿Si pudiéramos ir a Mimas, veríamos esas construcciones?

— Tal vez sí. En realidad, cambio el aspecto de lo que la gente puede ver casi a diario. Ahora tengo un pequeño jardín ectoplasmático dedicado a los baobabs.

— ¿Baobabs? ¿Para qué?

— Bueno, de algún lugar tienen que salir las semillas para que estos se esparzan por todo el cinturón de asteroides, ¿no?

— …

— No la captas… no importa.

— ¿Realmente estás encarcelada en Mimas? — dice Glosolalia, aclarando la voz para no perder el control de la entrevista.

— Veo que ya comenzaste con las preguntas más serias. La respuesta es SÍ: estoy encerrada en el núcleo de esa luna de Saturno. Mi conciencia y voluntad están allí, pero conozco bastante bien el tema de las proyecciones místicas, de modo que puedo generar un cuerpo mío en cualquier lugar y tiempo.

— ¿Quiénes y por qué te encarcelaron?

— Tengo enemigos. Me han acusado de generar la plaga que acabó con el imperio Andirriano.

— ¿Andirria? Eso fue hace al menos 2000 años, quizás más.

— Exactamente.

— ¿Puedes elaborar más?

— No. Tomaría bastante tiempo explicarlo, darle contexto, etcétera. Aburriríamos a tus espectadores.

— De acuerdo. ¿Hay alguien a quien envidias?

— Tengo una rival.

— Danos el nombre.

— Realmente no viene al caso. No quiero que MI entrevista termine siendo un asunto de ella.

— ¿Es otro de los personajes que suelen salir en el universo de Aragca?

— Por supuesto, pero no tiene importancia. De hecho, así como Miss Marple y Poirot NUNCA compartieron líneas, así mismo se sigue esa regla. Si hay alguna historia que nos mezcle, no es canon.

— Pero se supone que ALMA eres tú.

— Alma es Alma. Ella tiene sus propias características. Como te repito, idealmente no se deben mezclar mis historias con lo que ocurre en Aragca, salvo por breves guiños.

— ¿Qué viene para el futuro de Zaida?

— Ya he vivido varias veces mi futuro. Lo que vendrá es mi pasado.

— Suena filosófico.

— Así es, querida.

— Ya para terminar, ¿prometes que esta entrevista no va a traerme problemas?

— Te lo prometo… aunque admito que a veces rompo promesas solo por curiosidad científica.

— ¿Y qué pasaría conmigo?

— Te volverías un personaje menor en una de mis historias. No suena tan mal, ¿no?

La entrevista termina con un breve beso en la mejilla y un abrazo entre las dos damas.


(fuera de cámara, en off)


— Dicen que tu voz puede abrir portales, Glosolalia.

— Dicen tantas cosas… Hoy solo fui tu entrevistadora.

— Pero grabas cada una de mis palabras en un dialecto que nadie más entiende.

— Es parte del contrato con Lunita Solaris.


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José (JascNet), en su blog del Acervo de Letras, nos propone el siguiente reto para Julio de 2025:

¡¡¡NOTICIA!!!, ¡¡¡NOTICIA!!!

Vuestro relato consistirá en una crónica periodística. Tenéis que buscar una fotografía simpática y adecuada (o pedirle a alguna IA que os la haga) y redactar el suceso.

Cuanto más estrambótica, fantástica, sobrenatural, increíble, extravagante, quimérica, imposible, utópica, insólita, absurda, chiflada, delirante, caótica, estrafalaria, fantasmagórica… ¡Mejor!

Están permitidos todos los géneros literarios, así como, tipos y número de personajes, escenarios, espacios temporales y extensión.

En este reto vais a tener libertad casi total. La única condición es que vuestra propuesta tiene que estar narrada en algún tipo de modelo periodístico, aunque no tiene que ser totalmente formal.

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Índice de Zaida


No te pierdas el PODCAST que explica el texto:








La llegada del hombre a Mimas

I.

La conquista de Saturno ocurrió varios siglos después de la llegada del hombre a Júpiter. No hubo mayor diferencia entre las misiones jovianas y las saturninas: salvo por una larga caminata por los anillos, el resto fue prácticamente idéntico. Básicamente, los astronautas descendían al hexágono del polo y recolectaban muestras de gas atmosférico en cantinas metálicas para su análisis en la Tierra. Tras repetir este ejercicio cuatro o cinco veces, la humanidad perdió interés en colonizar aquellos gigantes gaseosos, y nunca más se volvió a poner pie en la superficie de uno de esos astros. Eso sí, la llegada del hombre a Júpiter como la de Saturno ocuparon al menos la primera plana de la prensa,  tanto en los periódicos de la Tierra, como en los que se editaban en Marte y en otras colonias espaciales. Sin embargo, las noticias sobre la llegada del hombre a las lunas de Saturno no causaban el mismo impacto. A veces apenas se mencionaban en la última columna de la última página, con reseñas inexactas.  

Bueno, con la excepción de la llegada a Titán, que ocurrió varios siglos antes de que se pisara Saturno, el resto de las exploraciones a las doscientas lunas del gigante fueron rutinarias y pasaron desapercibidas. La llegada del primer ser humano a Mimas, por ejemplo, no fue un evento notorio para la humanidad. Llegar a cuerpos rocosos ya era cosa sencilla: bastaba con enviar a dos o tres despistados a "aterrizar" en algún cráter, donde se dedicaban a recoger algunas piedras sueltas, hacían una breve caminata a saltitos y colocaban una bandera si la misión era financiada por un país, o bien el logo de la corporación que costeaba el viaje.

II.

Cibeles Nix miraba con inquietud la pantalla de su astronave, La Cagliomancer. La imagen estaba dominada por la enorme presencia de Saturno y sus anillos. Tuvo que ajustar los controles para enfocarse en su destino: la luna Mimas. Era un objetivo insignificante. Los grandes conglomerados industriales de la Tierra (y algunos de Marte) habían centrado toda su atención en Titán. Después de varios siglos de estudio e intentos de transformación, Titán había inflamado la imaginación de muchos artistas y soñadores que lo veían como un segundo Edén. Pero la realidad era que Titán fue todo menos un lugar hospitalario. Tras varios fracasos, aquella luna quedó relegada a un mero destino de explotación minera. Lo mismo ocurrió con todas las otras lunas y anillos de Saturno.

Cibeles hubiera preferido estar en alguna de las otras misiones, pero aún así, la paga por Mimas era buena. Estaría a cargo de una tripulación compuesta por dos asistentes: la jefe de mecánicos Tadashi, y la geóloga de a bordo Frau Humboldt.

— Alístate, Tadashi, tenemos trabajo. En un par de horas llegaremos a la roca —comentó Cibeles en tono cansino.

— ¿Dos horas? Bueno, creo que puedo hacer una siesta mientras.

— Guarda fuerzas, querida, porque se nos viene trabajo pesado.

— ¡Bah!, lo de siempre. Ya he estado en otras misiones de exploración. Todo está ya calculado y libreteado: descendemos, abrimos la compuerta y dejamos que el robot salga. Nada más hay que ver que las ruedas no estén trabadas para que no haga estorbo. Detrás iremos nosotras con picas, palas y martillos para recoger algunas muestras, mientras "deditos parados" hace la parte fácil. Se mantendrá calentita aquí en la nave, manejando el robot a control remoto, y será quien se lleve el crédito del día.

— No me quejo — replicó Cibeles. — Cumplo con traer gente y equipo a estos lugares. La paga es buena, la pasajera puede hacer lo que desee con su robotito. Eso sí, quiero ser la primera en tocar el suelo de esa luna. Se me ha prometido que el punto de descenso llevará mi nombre y será allí donde se construirá la primera instalación humana.

— Vano consuelo. Será, pues, un nombre más entre millares de otros en los mapas estelares.

— No me importa, estás celosa. Yo tendré una Planicie Cibeles para toda la eternidad, y mis nietos lo recordarán.

— Que algo en el espacio tenga o no tenga mi nombre me es indiferente. Quiero terminar esto lo más pronto posible y regresar a casa (entendiendo por "casa" un módulo minero en Titán) para tener una cena decente.

— Está bien, date una siesta. Hoy estás de un pesimismo muy alto y te necesito con buena actitud.

III.

Parada en Mimas, Zaida podía ver la silueta de La Cagliomancer aproximándose. Desde hacía unas décadas ya venía registrando bastante movimiento en la vecindad. A veces se acercaban sondas y otras naves, nadie bajaba. Pero esta vez era diferente. Su intuición le indicaba que iban a descender. Esperaría con paciencia a sus visitantes mientras alistaba su punzón de picahielos.

La nave descendió en el cráter Hershell, una horrenda cicatriz de aquella luna causada por un encuentro con algún cometa sin nombre millones de años atrás. Allí los estaba esperando. Era fácil adivinar dónde aterrizarían.

Zaida vio cómo una compuerta de la nave se abría y, de allí, salía una especie de vehículo similar a un tractor. El vehículo tenía varios brazos mecánicos y comenzó a oradar el suelo. Al mismo tiempo, sacaba radares, sensores, ventiladores, antenas, paneles solares, láseres, espectrómetros, sismógrafos y un sinfín de gadgets de última tecnología.

Detrás de ese horror tecnológico iban escoltándolo un par de astronautas del siglo XXX. Es decir, no llevaban pesados trajes espaciales, sino que se veían resplandecientes, con un aura brillante: una gruesa atmósfera de nanites las rodeaba a fin de protegerlas de la radiación y proporcionarles aire respirable, además de adecuar la gravedad. Era como llevar un miniambiente terrícola de área personal. De hecho, iban vestidas de manera informal: Cibeles llevaba sandalias y un traje muy similar al usado en verano, mientras que Tadashi, la mecánica, llevaba un bello mono de mezclilla azul.

Zaida se aproximó a ellas. Sabía que no podían verla, ni detectarla. Siendo un espectro fantasmal, era invisible no solo a los ojos humanos, sino a cualquier instrumento.

Cuando estuvo cerca de Cibeles, alzó su punzón y le dio una fuerte puñalada en la espalda, pero Cibeles no sintió nada. Ella siguió buscando rocas, cumpliendo los objetivos de su misión. Como todas las cosas fantasmales, la mano de Zaida simplemente pasó de largo, atravesando el cuerpo. Hubiera parecido un ataque fallido e inofensivo, pero Zaida sonrió al ver la punta del punzón: había una especie de gusano enredado allí. Zaida sabía que era el alma de un ser fetal.

Muchos creen que el alma humana es parte de un individuo o una especie de ente espiritual que comparte identidad con un cuerpo físico mientras este está vivo. Pero no es así. No todos los seres humanos tienen un alma, y aquellos que la tienen no son ni remotamente parte de esa alma, ni comparten conciencia o destino alguno.

Las almas son seres espirituales que se pegan a algunas personas antes del nacimiento y viven allí parasitariamente. Zaida había detectado la larva espiritual en Cibeles, que estaba embarazada. Le fue fácil removerla con su punzón, ya que el enlace alma-cuerpo en un feto no es tan fuerte como el enlace de un adulto. Después de los siete años, se vuelve prácticamente imposible remover el parásito.

Zaida estaba absorta viendo cómo la larva intentaba patéticamente zafarse de su prisión. La miró por largos minutos. Luego, cuando se aburrió, enterró el punzón en el suelo de Mimas, pronunció unas maldiciones en un lenguaje antiguo, miró a Cibeles y vio el hueco astral que había dejado el parásito en el cuerpo del hijo que ella portaba. Sin dudarlo, se metió allí.

Cibeles, instintivamente, se tocó el vientre y sonrió. Sintió los movimientos de su hijita creciendo. Cuando volviera a la Tierra, la llamaría Alma.





La Esfera de los sueños

El chícharo del desierto es una semilla bastante peculiar 

porque si se come verde genera tantos gases 

que pueden reventar el estómago de los pájaros 

que en tiempos de cosecha se aventuran a llenar la panza 

con tan interesante manjar. 

No es inusual que en pleno verano 

ver bandadas completas 

agonizando en el suelo con los intestinos al aire.




— Desearía escuchar que te dijo Madre — declaró Ada

— Antes de contarte lo que ella dijo ese día del ritual, quisiera saber ¿qué sabes tú de "La Esfera de los Sueños"? — le contestó Carbonell

— No tengo ni la menor idea

— Para la gente del desierto no hay diferencia entre el mundo real, el mundo de los sueños y el reino de los muertos, todas las tres regiones son una misma. En esa "Esfera" conviven al mismo tiempo pasado, presente y futuro. Alguien como Madre es capaz de ver los sueños soñados por cualquier persona en cualquier lugar y tiempo. 

— Y como sueños y realidad son la misma cosa, pueden ver todo aquello que ocurrió, ocurre y ocurrirá. ¿No es así?

— Exacto, Linda. Siendo así,  siéntate y agárrate de la silla, ya que lo que ella dijo me puso a pensar bastante y a ratos me sobrecoge

— Soy toda oídos, corazón mío

— Cuando Madre termino el ritual, se dirigió a mí y me contó lo que ella vio en "La Esfera de los Sueños", dijo:

"Vi a Paula y Simón en una habitación, de un sitio muy alto, estaban jugando con una muñeca de madera, como la que usaría un ventrílocuo, sin querer o quizás porque estaban algo ebrios, Paula le zafó uno de los pies a la muñeca, el asunto le causo tanta gracia que comenzó a reír y bailar de alegría, y sin darse cuenta pisó sin querer el dichoso pie, perdió el equilibrio, con tan mala fortuna que se cayó por la ventana del cuarto.

Simón no alcanzo a reaccionar, quedo atónito, fue en ese momento cuando se abrió una puerta en una de las paredes adyacentes del cuarto y salió una muchacha de unos once o doce años que dijo

— ¿Dónde está mami?

— Mami está bien, Alma, vuelve a tu cuarto — le respondió Simón asombrado de lo que decía porque al parecer era la primera vez en su vida que veía a la nena

Estaba tan perturbado Simón contemplando esa aparición que no se dio cuenta de que la muñeca del ventrílocuo, venía hacia él y le puso en la boca un montón de chicharos verdes del desierto, en cosa de tres segundos Simón exploto de dentro para afuera, dejando salpicado todo el cuarto de restos de tripas y sangre

Howie que desde una puerta que comunicaba su cuarto con el de Simón estaba contemplando toda la escena, estaba tan atónito que acepto sin dudar una cuerda con nudo de horca, que la muñeca le entregó"

Madre dice que no pudo ir más allá en el sueño porque Alma le impidió ver. Parece que la nena misteriosa le causaba bastante incomodidad a Madre, según ella, era una presencia perturbadora, una entidad de otra Esfera y se negó a darme más información sobre ese asunto.

— uhm, uhm, son datos interesantes, pero no serían válidos como prueba judicial en una corte. Sin embargo, para mí lo más relevante de todo lo que te contó Madre es saber quién fue el soñador de eso que ella vio.

— ¿Crees que lo soñó el asesino?

— Creo que fue lo que soñó el payaso

— ¿Y payaso y asesino son la misma persona?

— Lo que te dijo Madre coincide con lo que me dijo el Ventiloquista cuando lo interrogue

— ¿El Ventriloquista te hablo?

— No, claro que no. Lo dijo a través de la bailarina

— Legalmente, ante cualquier abogado, técnicamente el testimonio que indicas sería el de la bailarina que mencionas

— No importa, lo que quiero decir es que Madre y la voz de la bailarina coinciden en que fue la Muñeca la causante de las muertes

— Pero con un pequeño detalle.... Madre nos menciona a Alma

— Que es el nombre que me indicaron en Industrias Ishii — manifestó Ada poniendo cara de Einstein iluminado

— Vaya, poco a poco vamos armando el rompecabezas

— O estamos nadando en un mar de dudas e incertidumbres

— Como sea, ya tenemos una buena lista de pistas a seguir, la idea sería buscar a esa tal Alma, investigar quién es y al mismo tiempo necesitaríamos pegarle una visita al Conde Vlad Bathory

— De eso último me encargo yo — anunció Ada

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Josefina




— Ahora que ya todo el equipo de los ONCE está a salvo y ha retornado a sus refugios donde estarán seguros, hay una cosa que me quedó sonando y que no has contado del todo bien: este asunto de la cita que tuviste con la gente de Industrias Ishii — confesó el Inspector Carbonell.

— No fue con la gente de ellos, fue solo con la persona que me indicaste, la que te dejó una tarjeta con su nombre, lugar y hora de la cita — corrigió la detective Ada Esculi.

— Sí, recuerdo todo eso. El día de la bomba, una mujer me entregó esa tarjeta, luego tuve que ayudar a Cluzo y Puaro para que pudieran recuperarse con la asistencia del Doctor Moureau, mientras tú ibas a mi cita con Ishii como reemplazo, porque en la práctica yo había muerto durante la explosión.

— Y fue allí cuando conociste a esa chica que parece estar muy enamorada de ti.

— La Doctora Polidori.

— Esa misma.

— Gracias a ella y sus aparatos tecnológicos, tus amigos están vivitos y coleando.

— Y tú quedaste maravillado con su tecnología.

— Bueno, admito que tiene bastantes aparatos y artilugios muy extraños, pero que han sido bien utilizados en nuestro favor. Incluso me dijo que tiene un Cronoscopio, pero que realmente no va a utilizarlo para ayudarnos a resolver el caso.

— ¿Cronoscopio? No me gusta la idea, porque si lo piensas con cuidado, somos dos detectives de casos “normales”, que ya son bien complejos y difíciles de resolver. Usar esos aparatos de ciencia ficción nos empezaría a convertir en otra clase de agentes, que no quiero explorar como opción de vida.

— Puede que tengas razón, aunque te niegas a la posibilidad de usar esa tecnología, si usas frecuentemente potentes alucinógenos.

— Sabes que por muchos motivos, como el entrenamiento para llevar este estilo de vida, y en sí mismo, el día a día de esta profesión, me ha dejado profundas huellas, no solo físicas, sino mentales y hasta espirituales. Sí, es cierto, he tenido que recurrir a esas terapias porque estaba desesperada.

— Creo que deberías dejar eso y ensayar otra manera de sanar.

— No lo sé, no soy médico, aunque siento que más bien últimamente he desarrollado cierta resistencia a los tratamientos del Dr. Ayahuasca. Ha tenido que aumentar la dosis.

— Ok, dejemos eso por el momento sin tocar, no nos desviemos y nárrame brevemente lo que ocurrió en tu encuentro con la Dra. Josefina Mengele, Jefe de Forenses en Industrias Ishii.

— De acuerdo, te voy a contar la historia, pero solo si me prometes que a cambio tú también deberías enterarme de lo que ocurrió en el Desierto.

— Suena justo. Trato hecho, te escucho.

— Bueno, estuve bien puntual para la cita en el edificio de Industrias Ishii, que es superlujoso y moderno, todo un rascacielos. El ascensor tardó siglos en llevarme al piso en donde me citó Mengele, que en sí es el último piso. Apenas abrió la puerta el dichoso ascensor, me dirigí a la recepcionista, me identifiqué como miembro de la policía y pregunté por la Doctora.

La chica contactó a una persona mediante el conmutador y me solicitó que esperara sentada en una salita que tienen en el recibidor. Al poco rato llegó un joven muy caballeroso, obviamente alguien de seguridad, porque andaba con un walkie talkie. Preguntó por mí y me indicó que lo siguiera.

El caballero me llevó a unas escaleras, las subimos y quedamos exactamente en la azotea de ese edificio, en donde había un helicóptero esperando para mí. Me indicó que subiera. Apenas entré al aparato, este despegó. Vi como mi guía se quedó en la azotea usando su walkie talkie y retornando por la puerta por la cual habíamos entrado. Quedé a solas con el piloto, pero no pude hablar nada con esa persona debido al ruido y a que llevaba un casco. Supuse que sería inútil cualquier intento de comunicación. El helicóptero me llevó a una bodega no muy lejos del edificio principal, allí aterrizamos. Había una limusina esperando a mi llegada, el piloto me indicó apenas con el dedo señalando que me cambiara a ese otro transporte. Apenas puse los pies en tierra, el helicóptero despegó inmediatamente.

Subí a la limusina y allí estaba la Dra. Mengele, sentada en el minibar, como si fuera una Reina en su Trono desde donde juzga a vivos y muertos. Otro de los hombres del equipo de seguridad de Mengele cerró la puerta desde afuera. Así que quedamos solo ella y yo en el interior. La limusina se puso en marcha recorriendo las calles de la ciudad.

— Detective Esculi, es un placer recibirla. Estábamos esperando al Inspector Carbonell para esta cita, pero dadas las circunstancias, supongo que es usted la mejor persona a la cual nos podemos dirigir — me dijo la Dra. Mengele con una sonrisa enigmática.

— Cierto, ese es el estilo de Josefina. ¿Y qué más ocurrió?

Bueno, la miré de arriba a abajo, y confieso que no parece una Doctora Forense, sino que me da más la sensación de que estaba frente a una súper celebridad de Hollywood, aunque más bella y elegante. Devolví cortésmente el saludo y quedé a la espera de lo que pudiera indicarme mi anfitriona.

— Como podrá darse cuenta — me dijo la Doctora celebridad — están ocurriendo eventos muy extraños y siniestros en torno al caso de los Jueces del Reality. Yo solo quería hablar con el Inspector Carbonell para advertirle de que usara extrema cautela en todo esto, pero asumo que ha sido tarde. Sin embargo, estoy a tiempo, al menos para darle la misma alerta acerca de este caso, que no es lo que parece.

— ¿Conoce la identidad del asesino o pistas para dar con él?

— Desafortunadamente, desconozco esa información. Si la tuviera no dudaría en compartirla con las autoridades, pero lo que sí sé es el motivo por el cual fue asesinado Simón de Santillana.

— ¿Y cuál es ese motivo?

— ¿Sabe una cosa?, Detective Esculi, en la vida a veces es mejor no saber ciertos detalles. Cuantos menos misterios conozcamos, más simple es la vida. Santillana quería jugar con algo que iba más allá de la capacidad humana. Quería poder a cualquier costo.

— El poder ha sido siempre el motor de Aragca.

— El poder político o monetario, sí. Pero estamos hablando de otra clase de poder que quería Santillana para sí mismo.

— ¿Cuál es ese poder?

— Poder místico.

— ¿Místico?

— Exactamente. Mi consejo es que ustedes comiencen a buscar ayuda. Me refiero que armen un equipo de gente familiarizada con diferentes aspectos de la realidad que nos rodea.

— Nuestro equipo Policial es muy competente, de clase mundial.

— Detective, parece que hemos llegado a su destino, no puedo revelarle más por el día de hoy, ya que le pondría en peligro. Solo puedo dar un nombre:

ALMA

Me escupió ese nombre, como de mala gana, mientras ella se servía un vaso de vino y prendía un cigarrillo, e hizo un gesto de total indiferencia como si yo no estuviera allí presente. La limusina se detuvo de nuevo en la bodega, en donde había otro helicóptero esperando, que me llevó de nuevo al Edificio de Industrias Ishii. Allí aplicaron el mismo protocolo de guardias de seguridad, pero al revés, salí del edificio y de allí regresé a mis tareas cotidianas.

— ¿Quién es Alma? — farfulló Carbonell.

— Ni Fat-Boy lo sabe.

Anterior : El cuarto del pánico (3/3) y La casa de seguridad

Indice completo: Sueños de detective

ALMA ?* - 1792+


Marusa y Angus McHabil, el hombre fuerte del circo, se encontraban en un paraje remoto al Sur de Aragca, en la zona colindante con el país de los Valier. Estaban en las afueras de una pequeña comarca que alguna vez fue parte de los dominios de una familia de Marqueses conocidos como los Braganza Barrenetxea.

Ante ellos estaba una tumba abierta, o mejor dicho, que ellos acababan de abrir. En las inscripciones de la lápida se alcanzaba a leer el nombre ALMA, de nacimiento desconocido y considerada fallecida en 1792. Era una tumba modesta aunque ciertamente antigua y olvidada.

Por varias horas, Angus había cavado hasta tocar el sarcófago de piedra que estaban buscando, algo muy extraño para una tumba de tan pretendida modestia.

Con cuidado, Angus quitó toda la tierra alrededor del sarcófago con el fin de poder separar fácilmente la tapa, que aunque pesada para un hombre normal, no le fue muy difícil para alguien con el extraordinario físico de Angus. Dentro del sarcófago estaba tan solo un esqueleto sucio de una mujer, quizás no mayor de 13 años, pero llamaba la atención una serie de cuerdas de cuero, bastante podridas, que estaban alrededor del cráneo.

— Con toda seguridad esta es la que buscamos — anunció Marusa, al mismo tiempo sus ojos brillaron con especial entusiasmo.

— ¿Cómo podemos estar seguros de que estos sí son los restos correctos? Ya otras veces nos hemos equivocado. Además, no veo que tenga anillos en las manos, a no ser que "otros" antes que nosotros hayan hecho una faena similar a la nuestra y se hayan llevado las joyas — indicó Angus con gesto algo enojado.

— Mi querido Fortachón, es un mito que el cuerpo de Zaida haya sido enterrado con joyas y homenajes. Es más bien al contrario, en la precariedad se distinguen los restos auténticos.

— Ja, ¿cómo es eso Marusa? Se supone que Zaida era una princesa muy sofisticada y con riquezas más allá de la imaginación.

— Te lo digo y te lo repito, son mitos y leyendas que se han formado desde la época en que murió hasta nuestros días. Puedo contarte como ocurrieron "en realidad" todos los eventos relacionados con estos restos que tenemos aquí ante nuestros ojos.

— Dale mujer, soy todo oídos, cuéntame cómo llegó este esqueleto aquí.



— Muy bien, presta atención a la historia. Se dice que una tal Baronesa de nombre Johana Mazarredo, bastante pobre ella, aunque muy educada, tenía una hija que acababa de menstruar por primera vez y, por tanto, en edad de casar. La chiquilla era de aspecto un tanto lánguido, aunque de una belleza bastante singular y a la cual le encantaba pasar horas y horas sentada tocando un clavicordio. Poco o nada le interesaban los nobles pretendientes con los que su madre la quería emparejar; muchos de ellos concluyeron que la chica no serviría de esposa. Desesperada, Johana decidió consultar al Pastor de la comarca, Don Segismundo Garcia, que era un reverendo formado en las doctrinas calvinistas y podía recitar de memoria todos los escritos del Doctor Martín Lutero.

Don Segismundo, luego de observar a la extraña niña y hacerle algunas pruebas de rigor, quedó convencido de que se trataba de un caso de posesión diabólica y convenció a Johana de que aquella muchacha que tocaba el clavicordio no era su heredera,  sino que se trataba de una criatura maligna que había sustituido el cuerpo de lo que alguna vez fue su hija.

El Pastor le dio una poción a Johana para que le fuera administrada a la criatura antes de las seis de la tarde, la cual la haría dormir profundamente. Johana proporcionó dicha sustancia a Zaida que tocaba el clavicordio en la cena de la tarde y esta quedó profundamente dormida.

Sin perder tiempo, el Pastor procedió a colocarle una pequeña cruz de madera en la boca y con un hilo le cosió los labios para que no la fuera a escupir, y le rodeó la cara con correas para asegurarse de que el talismán permaneciera en la boca de la poseída. Luego procedieron a montar a la muchacha en una carroza, para llevarla lejos de allí.

Se dice que Don Segismundo viajó durante varias horas hasta otro pueblo en donde, junto con su superior, colocaron viva a Zaida en este sarcófago y lo cubrieron de tierra, marcando la tumba con una lápida con el distintivo de ALMA ?* - 1792+. Anclando aquí mismo uno de los posibles cuerpos de Zaida a este mundo  material y su alma sepultada y encadenada por los Querubines en algún lugar perdido entre los abismos estelares.

— Pues todo coincide según tu historia querida Marusa. No quedaría duda de que estos son los restos que buscamos.

— Deben ser los restos; sin embargo, revisa la mandíbula del esqueleto a ver si tiene la dichosa cruz de madera.

Angus, sin mayor cuidado, procedió a quitar todas las correas de cuero que rodeaban la calavera de Zaida y al poco rato mostró a Marusa la cruz de madera, un tanto estropeada por el azar del tiempo y las circunstancias.

— La hemos encontrado — dijo triunfante Angus, lleno de entusiasmo.

Pero Marusa no estaba para celebrar; Angus se dio cuenta de que la mujer le estaba apuntando con un revólver.

Marusa no dudó ni un momento en hacer uso de su arma; en el sarcófago ahora también yacía Angus. Ella tomó la cruz de madera diciendo:

"Gracias, querido Angus, pero esto es lo único que necesito. 

Y tú, querida 'Alma', ahí tienes alimento. 

Tu clavicordio volverá a sonar de nuevo".

Marusa observó con una mezcla de temor y fascinación como una débil luz comenzaba a emerger de entre los restos de su antiguo compañero, la luz se fue haciendo mas y mas fuerte hasta que prácticamente la encegueció por unos instantes y luego súbitamente desapareció. Marusa estaba sorprendida aunque sabia exactamente que estaba ocurriendo.  

Alma, ahora revivida, gracias al cuerpo y sangre de Angus, parpadeó lentamente mientras intentaba asimilar su nueva existencia. La confusión y el desconcierto se reflejaban en sus ojos, había en ellos un destello de maldad y pureza al mismo tiempo. Marusa la contempló con algo de duda e inquietud, su mano izquierda apretó sin querer la cruz de madera en gesto involuntario de protección.

"Es tan solo un cuerpo animado, sin alma", se dijo a si misma Marusa para lograr algo de sosiego.

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