Esa noche Daniela Arpón (disfrazada como Ada Escualo), luego del trabajo, decidió ir a una de las casas de seguridad de la Unidad-731. Seguía este procedimiento cuando la misión en la que estaba se tornaba bastante peligrosa. En su interior ya se encontraba Ada (disfrazada de Sinclair).
Daniela abrió la puerta, cruzó, la cerró y prendió la luz.
—Hola, querida, hacía siglos que no te veía —escuchó Daniela.
—¡Ada, qué alegría! —replicó la recién ingresada.
Y las dos se dieron un fuerte y cálido abrazo que duró varios segundos.
—¿Cómo te fue en tu día? —interrogó la verdadera Ada, como para romper el hielo.
—Supongo que fue rutina de oficina, aunque con alguno que otro bache.
—¿Cómo estaban los muchachos? ¿Se portaron bien contigo?
—Llegué temprano, unos 15 minutos antes de la hora de entrada; serían más o menos las 8:50 a. m.
—Y ya estaba todo el mundo trabajando.
—Sí, exacto. Me dirigía a tu oficina cuando el supervisor Paredes me dijo: "Jefa, el comisionado quiere que pases a su oficina".
—Típico de tiranos; no dejaron que te instalaras cómodamente cuando ya se comienza el día con afanes.
—Eso mismo pensé, así que hice de tripas corazón y me dirigí con el paso firme de un condenado que va hacia un tribunal de la Inquisición. "Escualo, qué bueno que retornas de tus vacaciones en la capital. Aquí tenemos mucho trabajo, los criminales SÍ siguieron trabajando, no damos abasto y la ciudadanía se ha comenzado a quejar de que los tenemos abandonados. Quiero que revises todos estos líos que se han acumulado y que solo tú sabes cómo resolver".
—No me dejó replicar cuando comenzó a pasarme un montón de folios con casos de robos, accidentes, personas perdidas, infracciones, etc. Así que me devolví a tu oficina con, literalmente, una montaña de expedientes. Era tan grande que estuve todo el día clasificando y organizando tantos asuntos, que se me pasaron las horas escondida detrás de todo ese papeleo burocrático que tienen ustedes allá en su madriguera.
—Vaya, pues quien tiene trabajo tiene diversión.
—¿Y cómo te fue a ti?
—Hoy me la pasé durmiendo.
—¿Estuviste trasnochando?
—Sí, casi. Por asuntos de trabajo, resulta que anoche acompañé a un cliente de Sinclair a un restaurante lujoso para seguir una pista de mi caso estrella.
—¡Vaya! Suena muy interesante. A ver, cuéntamelo todo con pelos y señales.
—Llegó este tipo, Rosado, que dijo ser "socio" de Howie...
—Ajá, "socio".
—Sí, un tipo más bien... como rarófono. Accedió a invitarme al Halcón Maltés para darme detalles cruciales para mi investigación.
—Es un sitio bastante especial. ¿Qué encontraste allí?
—Según parece, Rosado y Howie eran bastante asiduos al lugar, todos los empleados lo conocían. Apenas entramos nos llevaron a una especie de cuarto reservado y apartado de las mesas corrientes; era un lugar discreto en donde estábamos prácticamente a solas y ninguno de los clientes podía vernos o escucharnos.
Vino un camarero muy elegante con uniforme francés, nos mostró el menú, explicó los platos, hicimos nuestras órdenes y el caballero retornó a la cocina para encargarse de nuestro pedido.
Mientras esperábamos entró al reservado una mujer, Paloma, que resultó ser la capitana de un carguero llamado El Jacobiano. Fue breve en lo que nos dijo o, mejor dicho, nos advirtió: "Estén prevenidos. Hay bastante peligro, tengo pruebas de que Howie no se suicidó, fue asesinado por...". Pero no terminó la frase, miró con desconfianza y me pasó una tarjeta, indicándome que era más seguro si nos encontrábamos en su barco, en donde podía hablar con plena seguridad de que nadie nos estuviera espiando. Y en un santiamén partió de nuestra mesa y salió del restaurante con destino desconocido.
Yo iba a comenzar a interrogar a Rosado sobre si conocía a la misteriosa mujer cuando un hombre entró. Al principio pensé que sería el camarero, pero se trataba de un hombre vestido como un gánster, de gabán largo y manos en los bolsillos. Apenas nos vio, sacó una de sus manos demostrando que tenía un revólver; nos ordenó quedarnos quietos porque iba a requisarnos.
No se demoró nada con Rosado; luego se dirigió a mí de este modo:
—Detective Sinclair, qué casualidad. Sé que usted guarda un arma secreta en el muslo izquierdo, un cachorrillo niquelado, si no estoy mal, ¿o me equivoco?
—Vaya, se ve que está usted bien informado. ¿Qué más sabe de mí?
—No vine aquí a charlar —replicó con altanería y, sin más ceremonia ni preámbulo, pasó a decomisar mi arma secreta. Cuando la tuvo en la palma la miró y sonrió sarcásticamente—. Nunca he querido saber qué se siente que le disparen a uno con la propia pistola; sin embargo, le concedo ese ultimo derecho.
—Si yo fuera usted, preferiría disparar mi propia arma.
El sujeto entonces hizo un gesto de desdén y sin más apuntó a mi cara y apretó el gatillo.
—Y te disparó. Grave error —puntualizó Daniela.
—Así es. Deberías haberle visto la cara de sorpresa: cuando accionó la pistola, en vez de salir una bala por el cañón, el pobre debió de haber sufrido una descarga eléctrica lo suficientemente fuerte para detener a un caballo.
—Eso le pasa por no hacer caso a lo que le aconsejan. ¿Y entonces qué más ocurrió?
—Agarré del brazo a Rosado, que estaba prácticamente en shock, recuperé mi juguete y, más rápida que el rayo, esculqué al "invitado".
—¿Qué encontraste?
—Tenía un tatuaje en el cuello.
—¿Quizás un escorpión?
—No, era más bien una pichón.
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