La bruja

@aragca.book Medieval transport #zaida ♬ Norupo - Heilung


Nueva actriz interpretando a Zaida.

En Sora tenía 2 versiones de Zaida en Mimas, donde 2 actrices diferentes interpretaban al mismo tiempo al personaje usando vestido medieval. Luego se me borró una y terminé unificándolas en otra mas, usando el atuendo futurista.

Ahora bien resulta que la empresa de Sora cerró la aplicacion al publico hace unos meses y se perdió todo. 

Sin embargo, guardé el prompt generador de la actriz y ayer comencé a crear otros videos para TikTok  (¡donde nadie los quiere ver porque los envían a Kosovo y Albania!), utilizando la herramienta Studio de ArtList.

Esto me hace pensar en Zaida como una entidad más en la Tierra. Quizás tenga que narrar sus aventuras antes de caer en Mimas. Serían historias más de estilo "dark fantasy" combinado con Sci-Fi.

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Imagenes con las anteriores actrices (2025)












(Nota: existen otras versiones de Zaida anteriores a 2025)

(Nota2: En general los videos de Zaida, no se parecen mucho a los cuentos del blog, 
             son más como un universo ampliado de Zaida y también de Ada Escualo)


A.S.A.



Esa mañana, Sinclair —disfrazada como Ada— se dirigió a la sede principal del edificio de policía de Puerto Industrial. Llegó temprano, alrededor de las 7:30 a. m.

Cualquiera que entre al edificio encontrará un amplio pasillo en donde hay diez puertas de ascensor. Entró a la que repartía al personal hacia el piso 11, en donde está la oficina de Ada. Pero no se dirigió allí; cruzó el pasillo y entró a un cuarto de aseo, en donde había escobas y traperos, pero además, al fondo de dicho cuartillo, también había otro ascensor, no tan lujoso como los de la entrada del lobby del edificio, sino uno más bien modesto pero con varios controles biométricos. Asombrosamente, Sinclair pasaba todos los tests bajo la identidad de Ada. El ascensor misterioso la llevaría más abajo de los sótanos del edificio, a la llamada «Baticueva».

Cuando entró, varias personas ya estaban laborando allí. Caminó directamente hacia una silla grande y vacía en el centro. Se encontraba en el cuartel general de la ASA —Agencia de Seguridad Araquense—, un departamento adjunto a la policía, aunque independiente en muchos sentidos y del cual muy pocos sabían su existencia.

De repente, se escuchó una voz de mando: «¡La directora está en el puente!».

Se trataba del supervisor Andrade, segundo al mando y mano derecha de Ada.

—Directora, no la esperábamos hoy. ¿Cómo estuvieron esos días en la capital? —preguntó Andrade como para romper el hielo.

—Hubo alguno que otro contratiempo, Andrade. Aún no hemos capturado a los chicos malos, pero ya casi los tenemos. Tengo una buena corazonada y requiero de toda tu capacidad para poder desarrollarla hasta las últimas consecuencias.

—Sabes que puedes contar con todo el equipo. Puedo asignar al forense Llanos, del departamento científico, o al perfilador Gutiérrez.

—Muy bien, convoca una junta para las 3:00 p. m. y les doy los detalles exactos de lo que requiero; por ahora iré a mi despacho para organizar algunos temas pendientes.

El despacho era un habitáculo privado allí mismo en el puente de mando, bastante cómodo y con ciertos lujos; incluso había un acuario con peces exóticos, algunos venenosos. Sinclair se aseguró de que la puerta del despacho quedara bien cerrada, se dirigió al clóset y digitó en un teclado una larga clave numérica. Al terminar, la pared del clóset reveló varias cápsulas en donde había robots en estado inactivo.

La mayoría de ellos eran réplicas de Ada, con diferentes atuendos y apariencias: había rubias, pelinegras, pelirrojas. También había una réplica de Carbonell. Se acercó a este y con manos ágiles le conectó un cable bajo los cabellos y lo conectó a su celular. Intercambió así datos con el robot por unos minutos; cuando terminó, Carbonell abrió los ojos y dijo:

—Correcto. Prosiga con la fase cuatro. —Dijo eso y volvió a quedar apagado.

Sinclair desconectó el cable y cerró todas las puertas del clóset. Salió de su despacho diciendo:

—Andrade, voy a salir, el puente queda a su cargo.

—A sus órdenes, directora —contestó secamente el caballero.

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Índice Ada y Carbonell

 

Los espias neoténicos



Llevaba Ada algunos años trabajando como espía al servicio de la Corona, pero, a diferencia de las historietas de James Bond, su mundo se reducía a la rutina: trabajar en embajadas, convertir rumores diplomáticos y observaciones callejeras en informes y, ocasionalmente, «reclutar» personas con acceso a información clasificada. Otras veces formaba parte de los equipos de vigilancia, capaces de pasar doce horas dentro de un automóvil, esperando que alguien saliera de un edificio.

Por eso aceptó de inmediato la misión que le encomendó el jefe Cheng. Sería su primera salida «de campo»: ir al aeropuerto con una maleta, sentarse junto a una persona, intercambiarla y regresar al vehículo donde estaría el equipo de vigilancia.

—Alférez Escualo, será un trabajo práctico y sencillo. Sabemos que podemos confiar en ti —le dijo Cheng con optimismo.

Ada pensó lo mismo, aunque con cierta reserva. Al llegar a la sala del aeropuerto descubrió que muchas personas llevaban maletas idénticas a la suya. Era como si todo el mundo del espionaje se hubiera dado cita allí: CIA, MI6, KGB, Mossad y operativos del PSA, entre ellos Carbonell.

Al verlo, sintió miles de polillas en el estómago. Si Carbonell estaba allí, podía haber un tiroteo de padre y señor mío. Aunque también se sintió segura: sabía que aquel «borrador» garantizaría que saliera ilesa si algo salía mal.

Se sentó junto al primer contacto: una mujer atlética de cabellos negros y cambió maletas con ella. Después fue al baño, donde encontró otra maleta idéntica en el lavamanos y volvió a cambiarla. Al salir, la dejó caer accidentalmente en la caneca de aseo y recibió otra de la empleada. Luego, en la plazoleta de comida, otro operativo aprovechó mientras Ada comía una hamburguesa con papas fritas y gaseosa negra, para efectuar un nuevo intercambio. Las maniobras se repitieron varias veces hasta que ella llegó a la salida del aeropuerto, al estacionamiento. Allí reconoció a Cheng dentro de un automóvil y subió. Juntos se confundieron con el tráfico de la ciudad.

—¿Qué había en la maleta? —interrogó Ada a su jefe.

Este soltó una carcajada y dijo entre risas:

—La broma más grande del mundo. Pusimos lo normal de cualquier maleta de viaje, con tres cosas en particular:

  1. Un rollo de papel higiénico.

  2. Un pelapapas.

  3. Una capa.

—¿Y eso para qué? ¿Está usted diciéndome que operativos de espionaje de todo el mundo podrían haberme matado por tres bagatelas? —dijo Ada, muy enojada, porque de inmediato se dio cuenta que Cheng le estaba mintiendo.

—Cálmate, Alferez Escualo. Lo que hiciste fue muy importante. Se supone que en una de las tantas maletas debe haber unos documentos muy valiosos y, en otra, un pago en uranio.

—¿Y cuál llevo yo?

—Podría ser una bomba o podría ser otra maleta sin trascendencia.

—Bueno, obviamente esta no ha estallado.

—Es por eso que no la abriremos. Se la entregaremos a los especialistas para su posterior análisis.

—¿Y la nuestra? ¿Qué pasará con ella?

—Esa tiene una cámara fotográfica minúscula que nos transmitirá la cara de sorpresa que se llevará el espía que la abra y descubra aquello que pusimos dentro. No tendrá desperdicio.

Esa misma tarde, Ada redactó su renuncia al servicio diplomático y pidió su traslado al cuerpo de policía. La vida de espía se le antojó como un saborcillo de pesadilla absurda.

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Relato para participar en el Reto Juevero, conducido por el blog Artesanos de la Palabra.

El reto consiste en elaborar un relato de género libre en el que aparezca una maleta con tres objetos muy particulares:

1. Un rollo de papel higiénico.

2. Un pelapapas.

3. Una capa.



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La tela de araña

Nota aclaratoria:

Una de las dificultades que he notado cuando se abordan figuras históricas, sean estas de gran calibre o más bien poco conocidas, es que hay que especular bastante cuando estas se encuentran discutiendo asuntos en privado. Es decir, conocemos bien qué hacen las figuras públicas cuando dan presentaciones abiertamente, pero es más difícil o imposible saber sobre su intimidad personal; en este caso, pues, toca recurrir un poco a las licencias literarias y, en cierta forma, a la imaginación. He tomado para este relato varias figuras del pasado y las he mezclado con mis personajes, de modo que lo que aquí narro es más una novelización que una crónica de talante histórico. Me he centrado, pues, en aquel periodo en donde los sindicatos del crimen prosperaron y fueron la mano derecha de los grandes conglomerados industriales que hoy nos dominan. Con el texto pretendo, pues, contestar al interrogante de si existe una simbiosis provechosa entre las personas más ricas del país y los criminales más temidos del mundo.

I. Tobashi

Los cuatro grandes conglomerados industriales de Aragca convivían en un precario equilibrio. Sus enfrentamientos rara vez eran abiertos; preferían atacarse mediante maniobras financieras, adquisiciones hostiles y discretas campañas de desprestigio. No siempre había sido así. La desaparición del quinto y del sexto conglomerado había servido de recordatorio para todos: sobrevivir exigía prudencia.

En su despacho del piso sesenta de la Gran Torre Tobashi, Arnulfo Tobashi saboreaba lentamente una copa de coñac. Como presidente del tercer conglomerado más poderoso de Aragca, llevaba demasiado tiempo observando un mercado inusualmente tranquilo. Sin embargo, intuía que algo estaba cambiando. No podía explicarlo, pero percibía una oportunidad: una operación cuidadosamente ejecutada podría sacar del juego a uno de sus competidores.

Aquella mañana decidió convocar a su vicepresidenta de Planificación y Estrategia, Madame Sokaiya, una de las ejecutivas más temidas del conglomerado. Su reputación se había forjado gracias a una eficacia implacable y a métodos que rara vez aparecían en los manuales de administración de empresas. Tobashi confiaba plenamente en ella. Si alguien podía convertir aquella idea en realidad con total sigilo y discreción, era Madame Sokaiya.

—Estarás de acuerdo conmigo en que estás planeando una jugada muy arriesgada. Incluso si tuviéramos éxito en el lance, nada impediría que nuestros rivales nos aplicaran la misma medicina —indicó Madame Sokaiya con gesto serio.

—Eso es cierto. Ya lo había calculado, y en eso consiste el juego: en asumir riesgos. En este mundo no se puede ser reactivo ni pasivo —replicó Tobashi mientras se servía su tercer coñac.

Madame Sokaiya estudió durante unos instantes el último gesto de Tobashi antes de responder:

—Muy bien. La caja de Pandora va a abrirse. Una vez que hagamos nuestro movimiento inicial, la rueda de la fortuna comenzará a girar en cualquier dirección. Solo una mano firme será capaz de inclinar el destino a nuestro favor.

—¿Pandora? Suena a una vieja leyenda.

—Precisamente. Debe quedar claro que esto tomará bastante tiempo; varios años, quizá una década —dijo Madame Sokaiya mientras, con notoria familiaridad, se servía una buena medida de coñac.

—Brindo por ello —puntualizó lacónicamente Tobashi.

II. Naomi

Naomi Alaska veía sin mayor sorpresa el estado de su cuenta bancaria; había acumulado una pequeña fortuna en el lapso de unos tres años. Era una de las ejecutivas más prominentes del afamado grupo industrial Capibara.

Recordó sus inicios: había empezado su carrera profesional trabajando para la competencia, una empresa automotriz del Consorcio Tobashi. Sin que nunca pudiera explicárselo, a los pocos meses de haber iniciado, su jefe, el señor García, comenzó a darle mayores responsabilidades y la mantenía en continua capacitación. Se convirtió en su mano derecha. García fue ascendiendo y, con él, ella. Fue García quien un día le presentó a la vicepresidenta Sokaiya, a quien le pareció una mujer muy distinguida, aunque algo distante y con cierto aire enigmático.

Alaska comenzó a manejar muchos asuntos importantes y, a veces, tenía que representar a la empresa en diferentes eventos. Conoció a muchas personas de la industria. Para una carrera de Fórmula Uno tuvo la oportunidad de relacionarse con varios ejecutivos del Grupo Capibara, quienes ya la conocían. Al poco tiempo le hicieron una oferta para trabajar con ellos y la aceptó.

III. Capibara

Contrario a lo que la mayoría de las personas creen, estos grupos industriales no son enemigos mortales; como si se tratara de partidos políticos de ideología opuesta, a veces, de acuerdo con las condiciones del mercado, por momentos parecen estrechos colaboradores. Fue en uno de esos proyectos conjuntos donde Alaska tuvo un encuentro inesperado.

—Naomi, ven, quiero presentarte a unas personas muy importantes de la industria —dijo Gregorio.

Se acercaron a un grupo de personas donde estaban varios de los ejecutivos más destacados del sector automotriz; entre ellos estaba Madame Sokaiya.

—Tu rostro me es familiar —dijo la madame—. ¿Nos hemos conocido antes?

—Trabajé al inicio de mi carrera para el Consorcio Tobashi —respondió Naomi.

—¡Vaya!, eres prácticamente de la familia —indicó la madame con cierta sonrisa irónica.

—Oh, esto es nuevo, no sabía de tu pasado, querida Naomi —dijo Gregorio.

—El mundo es pequeño, y aún más en nuestra industria; es posible que sigamos viéndonos en el futuro —acotó seriamente la madame.

—Démoslo por seguro —contestó Gregorio.

IV. De nuevo Tobashi

Seis meses más tarde, Naomi había vuelto de nuevo —con un mejor cargo y mejor remuneración— a la casa que la vio crecer. De nuevo en Tobashi, comenzó una exitosa carrera bastante notable, incluso para la prensa local.

Luego de algunos años de prosperidad y éxitos, un día vio en un recuadro de uno de esos diarios económicos la reseña de que un ejecutivo del grupo Capibara había muerto en un accidente automovilístico: se trataba de Gregorio.

Leyó la noticia y sintió bastante pena y nostalgia. El recuerdo de aquellos días en Capibara ya casi era una mera sombra del pasado, pero el nombre de Gregorio le traía memorias algo nebulosas.

Curiosamente, en los últimos dos años, esos accidentes a ciertos ejecutivos de grandes empresas no eran cosa infrecuente; por alguna razón, al menos recordaba seis casos similares. Muy en el fondo de su intuición, algo le indicaba que debía tomar precauciones.

V. Cheng

Por aquellos días, la profesión de detective no tenía el prestigio que hoy despliegan figuras como Ada o Carbonell. En esa época, cuando Tobashi estaba en pleno apogeo, Cheng se perfilaba como una figura muy prometedora dentro de los ámbitos policiales. Fue la resolución del asunto «de los Clanes sin nombre» lo que lo llevó prácticamente a la fama y al poder.

Cheng era de esos detectives asignados a los casos en donde había homicidios u occisos. Tal como Alaska, Cheng comenzó a notar ciertas peculiaridades en esos accidentes que involucraban a personajes del ámbito económico. Quizás cuando tuvo que hacer el levantamiento del cadáver de Alaska fue cuando llegó a la conclusión de que «algo» o «alguien» operaba en las sombras.

VI. Dos viejos conocidos

—Mi querida Madame, veo que, después de varios años, aquello que sembraste ha comenzado a dar fruto maduro —dijo Arnulfo Tobashi, mientras disfrutaba otra copa de coñac.

—También hemos tenido que hacer ciertos sacrificios.

—No me digas que sientes algo de remordimiento por decisiones tomadas, mi querida dama. Capibara básicamente ha desaparecido del mapa y ahora nuestros rivales comienzan a sentir pasos de animal grande.

—Así es, el entramado de ajedrez muestra cierta posición favorable, pero apenas vamos en la apertura; es en el medio juego donde se perfila el vencedor. No debemos subestimar a nuestros rivales.

—Siempre pensé que era en los finales cuando se ganaba la partida.

— El final usualmente es cosa del Rey asediado por el peón que se convierte en Reina.


VII. El Informe Cheng

Lo que se conoce como el documento interno U-731, ultraclasificado, fue de autoría de Cheng, quien correctamente dedujo que las grandes corporaciones económicas llevaban varios años usando los servicios de agencias del crimen contratadas para asesinar a personalidades clave del sector industrial. Estos asesinatos tenían como objetivo eliminar a mandos medios, nunca a las grandes cabezas corporativas. La jugada era calculada: un mando medio no despierta la misma atención del público y de las autoridades que la que puede despertar una gran cabeza cuando rueda. Dichos mandos medios eran vitales para el buen funcionamiento de las empresas. El patrón es que, en principio, no parecían asesinatos (o ejecuciones, por así decirlo), sino que todo se hacía de forma casual, accidental o como una enfermedad mal cuidada.

Cheng dedujo que era muy probable que los conglomerados estuvieran usando una red de intermediarios para lograr contratar asesinos a sueldo, pero se habían tomado la precaución de usar clanes en donde realmente el «ejecutor» no se conoce y este tampoco conoce al contratante; esa era la virtud de esa misteriosa red. De manera que era imposible para la policía, incluso teniendo hábiles detectives y sabuesos, llegar a los responsables intelectuales. Y, de hecho, los clanes de asesinos eran tan buenos y especializados que impedían que cualquier víctima, aun examinada por forenses competentes, pudiera determinarse como un homicidio deliberado.

La mayor prueba de Cheng de que había una simbiosis entre los grupos financieros y esos misteriosos clanes fue la rápida desaparición del grupo Capibara y la desintegración del tercero más poderoso: Tobashi se había dividido en dos; por un lado apareció el nuevo grupo llamado Sokaiya y, por el otro, los restos de un Tobashi muy debilitado tras el deceso de su cabeza principal, Arnulfo Tobashi, quien murió —según el informe de la autopsia— de cirrosis.

Luego de ese suceso, la guerra de los mandos medios simplemente desapareció como por encanto.

Jamás se supo quién contrataba ni cuáles eran sus motivos. Además, Cheng recibió la orden de la Corona de no continuar con el caso «Capibara»; a cambio de ello, pasó a ser el Jefe de Seguridad del Reino.

S.H.I.V.A



Todas mis pesquisas, y en especial las órdenes de la Jefa, me condujeron a una de las oficinas regionales del famoso S.H.I.V.A. (Servicio de Investigación de Anomalías).

Lo primero que se me ocurrió fue preguntar: «¿Y la H?».

A lo cual tuve mil respuestas diferentes. Unos me dijeron que era por Hermético; otros, que por Humano (pero dejó de usarse luego del incidente U-731); también podría ser por Hostil. Sin embargo, todos coinciden en que es un asunto «clasificado» sobre el que no se debe preguntar.

El grupo que tenía al frente me pareció un poco variopinto y peculiar en grado extremo; se trataba de personas ya en edad de retiro, muchos de ellos padeciendo enfermedades terminales y tufo de cognac caro y rancio.

—¿Exactamente a qué se dedican ustedes? —le pregunté a «Pedro» (quien me parecía el líder del inusual grupete).

—Nuestra división sigue estrictos protocolos de detección de presencia y/o actividad extraterrestre en el país.

—¿Es de esa manera como encubren su verdadera misión?

—No le entiendo. Nuestra misión es la que le he indicado.

—Bastante extraño para una agencia gubernamental con décadas de presupuesto, protocolos paranoicos, archivos ultrasecretos y tecnología clasificada ... cuyo mayor logro es no haber encontrado jamás un extraterrestre. No crea que estoy aquí por pura casualidad.

—Entiendo su preocupación, Señor Auditor —intervino de repente «Pablo»—. Comprenderá usted que todo «foráneo» debe ser bastante listillo si ha podido encontrar y llegar a nuestro planeta. Todos ellos son bastante discretos, no andan por allí gritando a los cuatro vientos: «¡Eh, heme aquí, vengo de Sirio!».

—Voy a lo práctico: si hay ausencia de evidencia...

—Significa que no hay evidencia de ausencia —me interrumpió «Priscila», la más vieja de los cuatro.

—Significa que el gobierno ha tirado a la basura millones en una causa perdida.

—Señor Auditor, no sea tan impaciente —intervino «Tomás», uno de los miembros a quien no había visto hasta el momento. Era un hombre joven de unos 33 años, vestido con túnica y sandalias del siglo I, con cara y barba de hippie—. Varios años de investigación cuidadosa han hecho que la higuera produzca fruto fuera de estación.

—¿Cómo va eso? —respondí secamente.

—Analice esto —indicó, mientras me arrojaba un rollo de papel amarillento similar al de un sismógrafo.

—No entiendo el gráfico, ¿de qué se trata? —bufé visiblemente exasperado.

—Es de Mimas. Lo que usted está viendo es la lectura de nuestros instrumentos indicando actividad biológica inusual en aquel lugar.

—¿Mimas? ¿Es una de las lunas de Neptuno?.

—De Saturno, para ser precisos. Lo que usted tiene en sus manos es la inconfundible huella digital del calor corporal de un ser humano.

Me quedé pensando unos minutos y dije:

—Mi Jefa quedará muy complacida con estos avances.

—«Ellos» estarán seguros de que así será —replicó el enigmático «Tomás».

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Relato para participar en la convocatoria de «Cada Jueves un relato» a cargo de Luferura, en su blog La Veleta. Titulado «Primer contacto extraterrestre». Ver los detalles siguiendo el enlace.

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