Nota aclaratoria:
Una de las dificultades que he notado cuando se abordan figuras históricas, sean estas de gran calibre o más bien poco conocidas, es que hay que especular bastante cuando estas se encuentran discutiendo asuntos en privado. Es decir, conocemos bien qué hacen las figuras públicas cuando dan presentaciones abiertamente, pero es más difícil o imposible saber sobre su intimidad personal; en este caso, pues, toca recurrir un poco a las licencias literarias y, en cierta forma, a la imaginación. He tomado para este relato varias figuras del pasado y las he mezclado con mis personajes, de modo que lo que aquí narro es más una novelización que una crónica de talante histórico. Me he centrado, pues, en aquel periodo en donde los sindicatos del crimen prosperaron y fueron la mano derecha de los grandes conglomerados industriales que hoy nos dominan. Con el texto pretendo, pues, contestar al interrogante de si existe una simbiosis provechosa entre las personas más ricas del país y los criminales más temidos del mundo.
I. Tobashi
Los cuatro grandes conglomerados industriales de Aragca convivían en un precario equilibrio. Sus enfrentamientos rara vez eran abiertos; preferían atacarse mediante maniobras financieras, adquisiciones hostiles y discretas campañas de desprestigio. No siempre había sido así. La desaparición del quinto y del sexto conglomerado había servido de recordatorio para todos: sobrevivir exigía prudencia.
En su despacho del piso sesenta de la Gran Torre Tobashi, Arnulfo Tobashi saboreaba lentamente una copa de coñac. Como presidente del tercer conglomerado más poderoso de Aragca, llevaba demasiado tiempo observando un mercado inusualmente tranquilo. Sin embargo, intuía que algo estaba cambiando. No podía explicarlo, pero percibía una oportunidad: una operación cuidadosamente ejecutada podría sacar del juego a uno de sus competidores.
Aquella mañana decidió convocar a su vicepresidenta de Planificación y Estrategia, Madame Sokaiya, una de las ejecutivas más temidas del conglomerado. Su reputación se había forjado gracias a una eficacia implacable y a métodos que rara vez aparecían en los manuales de administración de empresas. Tobashi confiaba plenamente en ella. Si alguien podía convertir aquella idea en realidad con total sigilo y discreción, era Madame Sokaiya.
—Estarás de acuerdo conmigo en que estás planeando una jugada muy arriesgada. Incluso si tuviéramos éxito en el lance, nada impediría que nuestros rivales nos aplicaran la misma medicina —indicó Madame Sokaiya con gesto serio.
—Eso es cierto. Ya lo había calculado, y en eso consiste el juego: en asumir riesgos. En este mundo no se puede ser reactivo ni pasivo —replicó Tobashi mientras se servía su tercer coñac.
Madame Sokaiya estudió durante unos instantes el último gesto de Tobashi antes de responder:
—Muy bien. La caja de Pandora va a abrirse. Una vez que hagamos nuestro movimiento inicial, la rueda de la fortuna comenzará a girar en cualquier dirección. Solo una mano firme será capaz de inclinar el destino a nuestro favor.
—¿Pandora? Suena a una vieja leyenda.
—Precisamente. Debe quedar claro que esto tomará bastante tiempo; varios años, quizá una década —dijo Madame Sokaiya mientras, con notoria familiaridad, se servía una buena medida de coñac.
—Brindo por ello —puntualizó lacónicamente Tobashi.
II. Naomi
Naomi Alaska veía sin mayor sorpresa el estado de su cuenta bancaria; había acumulado una pequeña fortuna en el lapso de unos tres años. Era una de las ejecutivas más prominentes del afamado grupo industrial Capibara.
Recordó sus inicios: había empezado su carrera profesional trabajando para la competencia, una empresa automotriz del Consorcio Tobashi. Sin que nunca pudiera explicárselo, a los pocos meses de haber iniciado, su jefe, el señor García, comenzó a darle mayores responsabilidades y la mantenía en continua capacitación. Se convirtió en su mano derecha. García fue ascendiendo y, con él, ella. Fue García quien un día le presentó a la vicepresidenta Sokaiya, a quien le pareció una mujer muy distinguida, aunque algo distante y con cierto aire enigmático.
Alaska comenzó a manejar muchos asuntos importantes y, a veces, tenía que representar a la empresa en diferentes eventos. Conoció a muchas personas de la industria. Para una carrera de Fórmula Uno tuvo la oportunidad de relacionarse con varios ejecutivos del Grupo Capibara, quienes ya la conocían. Al poco tiempo le hicieron una oferta para trabajar con ellos y la aceptó.
III. Capibara
Contrario a lo que la mayoría de las personas creen, estos grupos industriales no son enemigos mortales; como si se tratara de partidos políticos de ideología opuesta, a veces, de acuerdo con las condiciones del mercado, por momentos parecen estrechos colaboradores. Fue en uno de esos proyectos conjuntos donde Alaska tuvo un encuentro inesperado.
—Naomi, ven, quiero presentarte a unas personas muy importantes de la industria —dijo Gregorio.
Se acercaron a un grupo de personas donde estaban varios de los ejecutivos más destacados del sector automotriz; entre ellos estaba Madame Sokaiya.
—Tu rostro me es familiar —dijo la madame—. ¿Nos hemos conocido antes?
—Trabajé al inicio de mi carrera para el Consorcio Tobashi —respondió Naomi.
—¡Vaya!, eres prácticamente de la familia —indicó la madame con cierta sonrisa irónica.
—Oh, esto es nuevo, no sabía de tu pasado, querida Naomi —dijo Gregorio.
—El mundo es pequeño, y aún más en nuestra industria; es posible que sigamos viéndonos en el futuro —acotó seriamente la madame.
—Démoslo por seguro —contestó Gregorio.
IV. De nuevo Tobashi
Seis meses más tarde, Naomi había vuelto de nuevo —con un mejor cargo y mejor remuneración— a la casa que la vio crecer. De nuevo en Tobashi, comenzó una exitosa carrera bastante notable, incluso para la prensa local.
Luego de algunos años de prosperidad y éxitos, un día vio en un recuadro de uno de esos diarios económicos la reseña de que un ejecutivo del grupo Capibara había muerto en un accidente automovilístico: se trataba de Gregorio.
Leyó la noticia y sintió bastante pena y nostalgia. El recuerdo de aquellos días en Capibara ya casi era una mera sombra del pasado, pero el nombre de Gregorio le traía memorias algo nebulosas.
Curiosamente, en los últimos dos años, esos accidentes a ciertos ejecutivos de grandes empresas no eran cosa infrecuente; por alguna razón, al menos recordaba seis casos similares. Muy en el fondo de su intuición, algo le indicaba que debía tomar precauciones.
V. Cheng
Por aquellos días, la profesión de detective no tenía el prestigio que hoy despliegan figuras como Ada o Carbonell. En esa época, cuando Tobashi estaba en pleno apogeo, Cheng se perfilaba como una figura muy prometedora dentro de los ámbitos policiales. Fue la resolución del asunto «de los Clanes sin nombre» lo que lo llevó prácticamente a la fama y al poder.
Cheng era de esos detectives asignados a los casos en donde había homicidios u occisos. Tal como Alaska, Cheng comenzó a notar ciertas peculiaridades en esos accidentes que involucraban a personajes del ámbito económico. Quizás cuando tuvo que hacer el levantamiento del cadáver de Alaska fue cuando llegó a la conclusión de que «algo» o «alguien» operaba en las sombras.
VI. Dos viejos conocidos
—Mi querida Madame, veo que, después de varios años, aquello que sembraste ha comenzado a dar fruto maduro —dijo Arnulfo Tobashi, mientras disfrutaba otra copa de coñac.
—También hemos tenido que hacer ciertos sacrificios.
—No me digas que sientes algo de remordimiento por decisiones tomadas, mi querida dama. Capibara básicamente ha desaparecido del mapa y ahora nuestros rivales comienzan a sentir pasos de animal grande.
—Así es, el entramado de ajedrez muestra cierta posición favorable, pero apenas vamos en la apertura; es en el medio juego donde se perfila el vencedor. No debemos subestimar a nuestros rivales.
—Siempre pensé que era en los finales cuando se ganaba la partida.
— El final usualmente es cosa del Rey asediado por el peón que se convierte en Reina.
VII. El Informe Cheng
Lo que se conoce como el documento interno U-731, ultraclasificado, fue de autoría de Cheng, quien correctamente dedujo que las grandes corporaciones económicas llevaban varios años usando los servicios de agencias del crimen contratadas para asesinar a personalidades clave del sector industrial. Estos asesinatos tenían como objetivo eliminar a mandos medios, nunca a las grandes cabezas corporativas. La jugada era calculada: un mando medio no despierta la misma atención del público y de las autoridades que la que puede despertar una gran cabeza cuando rueda. Dichos mandos medios eran vitales para el buen funcionamiento de las empresas. El patrón es que, en principio, no parecían asesinatos (o ejecuciones, por así decirlo), sino que todo se hacía de forma casual, accidental o como una enfermedad mal cuidada.
Cheng dedujo que era muy probable que los conglomerados estuvieran usando una red de intermediarios para lograr contratar asesinos a sueldo, pero se habían tomado la precaución de usar clanes en donde realmente el «ejecutor» no se conoce y este tampoco conoce al contratante; esa era la virtud de esa misteriosa red. De manera que era imposible para la policía, incluso teniendo hábiles detectives y sabuesos, llegar a los responsables intelectuales. Y, de hecho, los clanes de asesinos eran tan buenos y especializados que impedían que cualquier víctima, aun examinada por forenses competentes, pudiera determinarse como un homicidio deliberado.
La mayor prueba de Cheng de que había una simbiosis entre los grupos financieros y esos misteriosos clanes fue la rápida desaparición del grupo Capibara y la desintegración del tercero más poderoso: Tobashi se había dividido en dos; por un lado apareció el nuevo grupo llamado Sokaiya y, por el otro, los restos de un Tobashi muy debilitado tras el deceso de su cabeza principal, Arnulfo Tobashi, quien murió —según el informe de la autopsia— de cirrosis.
Luego de ese suceso, la guerra de los mandos medios simplemente desapareció como por encanto.
Jamás se supo quién contrataba ni cuáles eran sus motivos. Además, Cheng recibió la orden de la Corona de no continuar con el caso «Capibara»; a cambio de ello, pasó a ser el Jefe de Seguridad del Reino.












