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El juicio de Zaida




- ¡Que entre la acusada! -ordenó el guardia de seguridad.

Dos soldados altos y fornidos portaban a una mujer en una carretilla de mano (o diabla). La mujer se veía maniatada por un cepo de madera. Era evidente que había sufrido grandes torturas la noche anterior, aunque para la audiencia en la corte sus captores se habían tomado el trabajo de bañarla y colocarle ropa limpia.

- Por eones nuestro pueblo ha vivido en la Paz y Prosperidad que construyeron los Fundadores. Las estatuas en este recinto brindan homenaje a las frases de sabiduría que nos legaron y, a la vez, son testigos de la justicia que aquí se imparte -dijo con voz seria y solemne el Fiscal; y continuó diciendo mientras hacía ademanes teatrales-: Nadie se había atrevido a romper el pacto, hasta el día en que la acusada aquí presente se declaró en abierta rebeldía contra nuestras sagradas instituciones y costumbres.

Hubo murmullos entre los asistentes al crucial evento, lo cual obligó al Juez a dar los consabidos tres golpes de martillo y el llamado al Orden.

- Señor Fiscal, proceda a enumerar los cargos por los cuales se juzga a la acusada.

- La acusada ha confesado haber nacido mujer -respondió el Fiscal.

No terminó de decir la frase cuando se escucharon gritos de entre la audiencia. Unos decían: «¡Simonia!», «¡Herejía!», mientras acompañaban la protesta con sentidos gestos de odio y desprecio. Algunos se rasgaron las vestiduras y se dice que incluso hasta ataques cardíacos generó la horrorosa declaración del Fiscal.

Se formó tal bulla y desorden que el Juez se vio obligado a volver a golpear varias veces el púlpito con el martillo de madera.

Cuando los ánimos se calmaron un poco y, mirando a las solemnes estatuas, el Juez sentenció:

«Ante la presencia de nuestros Fundadores, esta corte de justicia encuentra culpable de alta traición a la acusada. Díctese de inmediato veredicto de destierro.»

Ante lo cual, los guardias pusieron a la condenada en una cápsula, la metieron en un cañón y la dispararon hacia el espacio exterior.

La cápsula duró flotando por siglos en el sistema solar, hasta que un día, por mera casualidad, terminó estrellándose en Mimas.





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Retoversos


Se decía que la visitante de Andrómeda venía del futuro, pero los académicos y estudiosos coinciden en que "la chica rubia" probablemente pertenecía a alguna dimensión o universo paralelo diferente al nuestro. Por aquellos días, había adoptado la apariencia de una terrícola común y corriente, quizás para, de ese modo, interactuar con nosotros, los simples mortales.

Su laboratorio parecía más la amplia habitación de un castillo medieval con toques steampunk que una instalación científica.

Estaba trabajando al mismo tiempo en dos maniquíes: uno era una pelirroja vestida como policía; la otra era idéntica a la primera, pero con el cabello negro y vestida a la usanza de los detectives noir. Con un tosco destornillador, le daba los toques finales a sus creaciones. Miró un dispositivo similar a un reloj de pulsera, activó un botón y haciéndose invisible y etérica desapareció de la vista.

Acto seguido, las dos muñecas abrieron al mismo tiempo los ojos. Y, como coordinadas, cada una detectó a la otra y, con movimientos súbitos, ambas se llevaron la mano a la cintura como buscando un arma de fuego.

—Identifíquese —dijo ásperamente la pelirroja—. ¿Quién es usted y por qué estoy retenida en este lugar de pesadilla?

—Un momento —respondió la pelinegra—. Yo iba a cuestionar exactamente lo mismo. Yo no estoy reteniendo a nadie; es al revés.

Dicho esto, por unos segundos ambas se miraron fijamente a los ojos, primero con desconfianza y luego pasando a un examen cuidadosamente disimulado.

—Es claro que esta es una broma de mal gusto. ¿Quién te ha pagado por imitarme, pero con el pelo negro? 

—¡Ja! No me asustas. Una de las dos es una impostora, y no soy yo.

—Estoy segura de ser quien soy, y por lo que observo de ti, también estás segura. Por lo tanto, aquí hay un misterio por resolver. 

—Bueno, si yo soy tú y tú eres yo, es probable que ninguna de las dos sea auténtica. 

—¡Vaya! No lo había pensado de esa manera, pero dadas las circunstancias, parece que estamos perdiendo el tiempo en charlas místicas. Si combinamos nuestros esfuerzos, juntas podremos salir de aquí y averiguar qué está pasando realmente. 

—Si a mística vamos, mi sospecha es que somos personajes de un microrrelato —dijo con ironía la pelinegra.

La rubia presionó de nuevo un botón de su reloj y los dos maniquíes quedaron desactivados, sin vida. Entonces, dijo en voz alta, mientras colocaba unas gafas oscuras a la pelirroja:

"Bitácora del capitán, registro U-731: mis brillantes experimentos en el retoverso han sido todo un éxito. Solo me falta corregir ciertos desperfectos en mis fembots y el plan maestro estará listo para ejecutarse."

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Relato participante en el reto de cada jueves un relato, a cargo de Artesanos de la palabra.

Dale vida a tus personajes.

Elaborar un relato en donde los protagonistas estén definidos más por sus acciones que por la descripción narrativa sobre ellos.

Ver las condiciones y demás participaciones siguiendo el enlace



Destino Frío


El caballero londinense se dirigió hacia una de las puertas de Baker Street, donde un austero letrero anunciaba: «Madame Marusa, Lectora de Fortuna».

Sin golpear ni anunciarse, cruzó el umbral y se encontró con un ambiente peculiar. Al fondo de una estancia minimalista, sentada tras una mesa, había una mujer vestida con el estilo de una europea oriental; tal vez húngara o albanesa. «Eslava», pensó para sí. La única decoración visible eran tres estatuas de la diosa Zaida, pero no mostraban las poses sobrias que las caracterizan; aquí adoptaban actitudes obscenas y gestos depravados. Aquello lo incomodó profundamente e incluso lo hizo dudar si debía retirarse.

—Pase, si desea conocer su destino —dijo la dama.

El hombre se sentó frente a ella. La sibila extrajo un mazo de cartas similares a la baraja española.

—Es un tarot; nunca miente —explicó mientras las mezclaba con la habilidad de un tahúr.

Cuando terminó, las dispuso sobre la mesa formando una cruz gamada invertida.

—Veo cosas muy oscuras en su destino —afirmó en tono serio y solemne Madame Marusa.

—Aun si son malas noticias, quiero saber qué ocurrirá conmigo en el futuro.

—Sufrirá usted dos retos cruciales: uno está a punto de suceder y el otro se cumplirá en dos décadas. Una vez superadas ambas angustias, reirá a mandíbula batiente.

El hombre reflexionó con el rostro preocupado y exclamó:

—No me han mentido quienes me la recomendaron. La mayoría de las adivinas solo anuncian buenas noticias, aunque sean falsas. Sin embargo, usted no teme proclamar un porvenir sombrío.

—Nadie escapa al destino —apuntó la misteriosa dama.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Hoy mismo quedará dormido más de lo habitual.

—¿Eso es todo?

—Es lo que revelan las cartas —respondió ella, haciendo un gesto explícito sobre la mesa, como si quisiera que el hombre interpretara por sí mismo lo que allí se mostraba.

—Siendo así, tomaré precauciones —dijo el hombre.

Se levantó, arrojó sobre las cartas una bolsita de oro y se dispuso a salir. Sin embargo, dos de las estatuas se habían movido y bloqueaban la salida. El caballero londinense se sobresaltó; estaba a punto de protestar con enojo cuando una de ellas le asestó un golpe en la cabeza con una macana de goma. El impacto fue tan violento que le fracturó el cráneo. Cayó al suelo inconsciente y medio muerto.

Marusa ordenó a sus sirvientes que lo subieran a un carruaje y dio instrucciones al cochero para que lo llevara lo más pronto posible al palacio de la doctora Anémona Tamerlán, en Fancy Street.

Cuando llegaron, la doctora se encontraba realizando diversos experimentos en su laboratorio privado, decorado con estatuas de la diosa Zaida en sus poses habituales: rostros serios y solemnes.

—Ama, han traído un fiambre —anunció su ayudante con voz temerosa.

—Si aún respira, colócalo en aquella cápsula llena de gelatina fría. Si está muerto, no me sirve.

—Aún respira, pero si no nos damos prisa, estirará la pata.

—Date prisa, no tengo todo el día para escuchar tus quejas.

El ayudante se esforzó para introducir al caballero dentro del artefacto.

—Ponlo en el cañón que perteneció al Gun Club de Baltimore.

Una vez que quedó bien acomodado en el enorme cilindro, la dama miró por un telescopio y enfocó Saturno.

—Apunta el cañón unos dieciocho grados al norte, hacia la estrella que se ve más brillante que las demás.

Cuando estuvo en posición, el propio ayudante detonó el legendario cañón y la cápsula salió disparada hacia su objetivo final.

—Estará al menos veinte años flotando en el espacio —dijo la doctora al aire.

—¿Significa que llegará en diciembre de 1941? —preguntó el ayudante.

Pero la doctora no se molestó en contestar. Se limitó a decir «retírate» y continuó con sus complejos experimentos.

No hubo mayores novedades durante la travesía del caballero. Tan solo permaneció dormido, sin sueños, protegido de la radiación por la gruesa capa de gelatina criogénica. Su cuerpo no envejeció; se conservó intacto, incluso en mejor estado que cuando abordó su involuntario viaje.

Pasado el tiempo predicho por la doctora, el caballero arribó finalmente a Mimas, una de las lunas más misteriosas de Saturno. La trayectoria había sido trazada con tal precisión que la cápsula entró por una ventana de un castillo y se posó suavemente sobre una especie de altar en aquel lúgubre lugar.

—Veamos qué regalo me ha traído el destino —dijo una muchacha rubia que llevaba una antorcha en la mano para iluminar el recinto.

Con habilidad y pericia inusuales, la joven desempaquetó al caballero de su prisión de gelatina, moviendo el cuerpo como si no pesara nada. Apartó la cápsula a un lado y se concentró en el paquete que le había llegado.

—A este casi le aplastaron el cerebro —pensó para sí misma mientras colocaba delicadamente una mano sobre la cabeza del desdichado. Por efecto mágico, sanó todas las heridas de la cabeza e incluso del resto del cuerpo. Chasqueó los dedos y el caballero despertó.

—Bienvenido al futuro. Con esto ya has cumplido los dos retos que te habían anunciado. Ahora viene lo que no te contaron: vas a conocer tu destino final, muy a lo Kurt Vonnegut —dijo la dama mientras mostraba una segueta muy afilada.

En cuestión de segundos, separó la cabeza del cuerpo y se dirigió hacia la pared opuesta del cuarto, donde se veía la punta de un punzón saliendo de la piedra. Clavó allí la cabeza como si se tratara de un trofeo. Para asegurarse de que no se soltara, iluminó la pared con la antorcha. Fue entonces cuando el caballero vio que no estaba solo: cientos de otras cabezas lo acompañaban. La escena lo aterrorizó y comenzó a gritar lleno de pánico. Las demás cabezas respondían con risas burlonas.

—Y ahora, mi querido «protagonista», vamos a darle el toque final a tus precarias profecías. Te presento al Ranforrinco, un predador bípedo nativo de esta luna. No es mayor que un pollo, pero tiene una cabeza similar a la de un alosaurio. Es mi mascota y necesita alimentar a sus crías.

La chica tomó la antorcha e iluminó el cuerpo, que ya empezaba a ser devorado por la curiosa alimaña. Esta arrancaba pedacitos, los masticaba, engullía y luego los regurgitaba a sus hambrientas crías. El caballero, ahora sí, comenzó a lanzar lamentos incomprensibles y a gimotear, perdiendo por completo la razón.

—Amigo mío, cálmate, pronto estarás riendo como todos los demás. Cuando llegue el siguiente paquete, serás indistinguible del resto de mi decoración.

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Relato participante en los siguientes retos:

Tintero de Oro, Homenaje a 100 años de Soledad, Gabriel García Márquez y el Destino

y

Vadereto de Abril 2026. Del blog Acervo de Letras. El despertar de Arthur C. Clarke.

Sigan los enlaces para ver las condiciones de cada uno de ellos y otros relatos participantes en cada una de las convocatorias.



Zaida 2001



La primera noticia acerca de temas espirituales en Aragca, según se especula, ocurrió en la noche de los tiempos, cuando se cree que el ser humano era una criatura mitad simio, mitad hombre. En el cine, a veces, se muestran unos chimpancés reunidos alrededor de un monolito, pero lo que realmente ocurrió fue que no había presupuesto para pagar a una actriz que se pareciera a la diosa Zaida.

Esta diosa, perteneciente a una dimensión desconocida, usando magia o una tecnología imposible de imaginar incluso para nosotros, apareció un día de repente, como una especie de fantasma, en las llanuras donde nuestros supuestos padres —los homínidos— estaban a punto de colapsar por el hambre. La diosa les enseñó a adorarla; ellos aprendieron a hincar la rodilla y a postrarse ante su presencia. En recompensa, ella les enseñó los secretos del fuego.

Luego de algunos milenios, la diosa comenzó a pensar que sus mascotas se habían vuelto dependientes de ella y que no progresaban como era debido. Así que, un día, sin decir palabra, se elevó por los cielos y desapareció para siempre, quedando de ese modo registrada en los anales sagrados de la humanidad.

Se dice que, durante su ascenso, la diosa atravesó el espacio sideral y se desterró voluntariamente en una luna olvidada de Saturno (sin confirmar).

Desde ese día, en muchos lugares del mundo han aparecido “hijas de Zaida”, reclamando haber sido enviadas por la diosa, o incluso mujeres sabias que repiten enseñanzas místicas supuestamente basadas en los dichos y hechos de Zaida, alrededor de las cuales se han formado cultos, sectas y grandes religiones.

Como suele ocurrir, ninguna de estas hijas ha logrado ponerse de acuerdo con las demás, lo cual ha sido interpretado por los fieles como una prueba irrefutable de la profundidad del mensaje original.

Los más escépticos señalan que, si la diosa regresara hoy, probablemente negaría haber dicho la mayoría de las cosas que se le atribuyen, en cualquier caso, Zaida permanece ausente, observando —según algunos— desde su exilio, y otros dicen que vive entre nosotros, discretamente, bajo una identidad cotidiana e informal. 

¡Podría ser tu vecina!



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Relato participante en la convocatoria "Cada Jueves un Relato" por Roselia Bezerra en su blog “Espiritual Idade”.  

En esta ocasión, la autora nos invita a escribir un relato inspirado en los colosos espirituales de la humanidad.  

Los detalles completos de la convocatoria pueden consultarse en este enlace (convocatoria en idioma portugués).




En cuerpo ajeno



La esteticista que me arreglaba las uñas —tanto de pies como de manos— solía decir, mientras aplicaba el esmalte, que tenemos tres cuerpos: el material, el astral y otro más que, con gesto de complicidad, aseguraba que requería un alto grado de comprensión espiritual para explicármelo. Nunca le presté demasiada atención, hasta el día en que fui abducida, encarcelada y ejecutada en Mimas.

Fue entonces cuando vi mi cuerpo físico separado de mí. Al morir, quedé reducida a una existencia inmaterial, intangible, sin forma e indetectable. Supuse que así era la muerte, de modo que me dediqué a observar a otros morir y comprobé que no se convertían en fantasmas. Más bien ocurría lo que muestran las películas: una luz o una oscuridad se lleva el alma del recién fallecido.

Sin cuerpo, decidí fabricarme uno con lo que tenía a mano: polvo lunar, rico en calcio. Tras años de ensayo y error, logré crear una especie de armadura semejante a una cáscara de huevo. Era frágil, pero me permitía contener mi espíritu dentro de una interfaz capaz de interactuar con el mundo material.

La baja gravedad de Mimas, junto con la ropa de estilo medieval, ayudaba a proteger mi frágil piel. Siempre fui cuidadosa de evitar tropezar o correr riesgos innecesarios.

Con mi nuevo cuerpo incluso conseguí empleo en una universidad, dictando la cátedra de Medios y vías de transporte interdimensional. Todo marchaba bien hasta que conocí al decano, el doctor Uribe, un hombre nervioso, atento a tres cosas al mismo tiempo. Se acercó a saludarme con amabilidad y, sin previo aviso, me lanzó un leve puño a la altura del hígado. No fue agresión, sino un “bautizo háptico” que aplicaba a los nuevos profesores.

Esa noche, al volver a casa, noté una grieta en el sitio del golpe. Intenté repararla, pero la fisura se extendió hasta recorrerme por completo. La armadura se quebró, liberando un cuerpo de Fuego y Sombra: el que nunca me mencionó la esteticista. Era translúcido, con seis alas, y me sirvió para emprender el vuelo y escapar de Mimas. Vagué entre las estrellas rumbo a la Tierra. ¿A qué época? Poco importa. 

Por fin era libre.

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Relato para participar en la convocatoria de Campirela para "Cada jueves un relato",  Oct/9/2025: Explorar el cuerpo como espacio simbólico, político, erótico, emocional. Un territorio que se transita, se defiende, se desea, se transforma. Seguir el enlace para ver los detalles del reto y otras participaciones




Lobezno en Mimas



Desde su nave espacial, el Gran Lobo Malo se prepara para aterrizar en Mimas, una de las más pequeñas lunas de Saturno. Le han contado que allí se encuentra uno de los mejores bares del cuadrante Sigma de la Via Lactea. Aterriza y, con paso dubitativo, se aproxima a Five Points, un sitio donde espera consumir cerveza  romulana y quizá algo más con alguna de las chicas de piel verde.

Al entrar, descubre que el lugar es todo menos hospitalario. Varias mesas están ocupadas por jugadores de póker; en una reconoce a Bill the Butcher, en otra, situada en una esquina opuesta, está el “Predicador” Vallon. El resto son una mezcla de bandas: los Death Rabbits, los Bowery Boys y, más allá, los Plug Uglies junto con otros pandilleros cuyo nombre ya no recordaba. Camina con cuidado hacia la barra, procurando que ningún “dedos largos” se acerque a esculcarle los bolsillos. Con agilidad esquiva un mordisco de Hell-Cat Maggie, la mujer de garras aceradas que intenta arrancarle un trozo de oreja.

Tras superar varios obstáculos, finalmente llega a la barra. Para su sorpresa, la tabernera es una bella rubia vestida de rojo. La capucha que lleva no alcanza a ocultar su rostro, y con un gesto elegante introduce en su boca una goma de mascar rosada.

—Dame un cóctel Manhattan.

—Buena elección, tenemos whisky canadiense y bourbon del sur —responde la rubia, inflando un globo rosado con el chicle que mastica, lo revienta y vuelve a tragárselo con naturalidad.

La dama mezcla los licores mencionados junto con otros similares y le entrega la bebida en un vaso modelado con el motivo del Empire State, con King Kong en la cima. Si se observa el curioso vaso al detalle, se puede distinguir en la mano del grotesco simio una figurita idéntica a la tabernera, que le guiña un ojo al Lobo Feroz, quien se ha detenido a contemplar la insólita escultura cristalina.

—Hace falta hielo aquí.

—Mi segundo apellido es Gélida —responde la rubia, y sin dudarlo escupe el chicle dentro del mini Empire State. El astuto cliente contempla como la goma se transforma en cubos de hielo rosado.

—Cortesía de la casa —concluye ella con aire profesional.

Encantado por el servicio, el lobo aclara la voz y, antes de dar el primer sorbo, proclama:

—¡Por Nueva Ámsterdam!

De inmediato todo queda en silencio. La música de clavicémbalo que animaba el lugar y las conversaciones en las mesas cesan. Todos lo miran por un instante que parece eterno. Luego, como si nada, la música y el bullicio regresan, y cada cual vuelve a su rutina tabernaria.

La dama, curtida en esas lides, introduce rápidamente otros dos trozos de goma en su boca.

—No es usted vecino de la Gran Manzana, ¿verdad?

—Tan solo voy de paso. Estoy llevando unos pasabocas a mi abuela.

—¿Te advirtió mamita que no entraras en la taberna?

—Solo me dijo que no bebiera demasiado.

—¿Y mencionó algo sobre mis hielos de chicle?

—Dijo que no los masticara —respondió, mientras apuraba el cóctel con rapidez.

—¿Y qué hace todo niño desobediente? —preguntó posándole cariñosamente una mano en el hombro y con la otra le dio una palmada en la nuca que casi le arranca la cabeza, provocando que el insólito hielo se le atragantara.

Al ingerir el extraño cubo, los ojos del lobito quedaron desorbitados y cayó al suelo, paralizado.

—No te preocupes, yo te cuidaré. Son solo los efectos de la ayahuasca y un poco de fugu japonés. En unos instantes estarás bien, casi como nuevo —indicó la misteriosa rubia. Pero él apenas escuchaba una voz lejana; su mente vagaba por dimensiones psicodélicas donde lo de adentro estaba afuera y toda lógica carecía de sentido, mientras atravesaba un mosaico de universos paralelos multicolores.

—Noicanícula, noicanícula —intentaba gruñir, sin poder coordinar los labios.

De pronto pudo ver con claridad: estaba en Times Square. En todas las pantallas aparecía proyectada la imagen de la tabernera, vestida con capucha roja y haciendo globos de chicle. Las imágenes le guiñaban al mismo tiempo. De la pantalla más grande comenzó a materializarse esa mujer, que lo persiguió con intención de aplastarlo. Corrió hacia el único lugar posible: la Estatua de la Libertad, que parecía tener el mismo tamaño que la colosal figura televisiva. Pero horror de horrores: el rostro de la estatua era el mismo de la diabólica rubia. La imagen de la televisión y la estatua se unieron, formando una diosa de dimensiones colosales. Con una mano lo atrapó y trepó agilmente por las Torres Gemelas. Él  no podía creer lo que sucedía. Apenas escuchó el ruido de unos helicópteros artillados, su corazón no resistió más y murió de un paro cardiaco.

De vuelta en la taberna, la rubia, junto con un hombre que estaba jugando al póker y que se identificó como el Cazador analizaban el cuerpo inmóvil del incauto. Con profunda reverencia le entregó un puñado de dólares.

—Zaida cumple. Te dije que te lo entregaría, y ahí lo tienes. Todo tuyo. ¿Deseas algo de chicle para pasar la noche, querido mío?

* * *

Relato para participar en la convocatoria del Tintero de Oro, Caperucita en Manhattan, 

seguir este enlace para ver las bases del concurso y otras participaciones

Andirria




Todo comenzó en Mimas, en un día dedicado al ocio, Zaida desempacó tres barritas de goma de mascar, cada una de un color y sabor distinto. Las masticó al mismo tiempo hasta fusionarlas en una sola masa ectoplasmática y, cuando sintió que la mezcla estaba lista, la extrajo de su boca y empezó a moldear con ella el continente que se conocería como Aurelia. En cada extremo dejó los polos helados y, en el centro, dispuso vastas zonas tropicales.

Al séptimo día decidió crear a sus habitantes. Comenzó con unos pocos, pero en cuestión de minutos vio cómo la población se multiplicaba hasta ocupar cada rincón de Aurelia. Al norte se asentó Namcuan; en el centro, Surumbria; y más al sur surgieron otros reinos. Justo al mediodía, entre Namcuan y Surumbria, emergió el imperio más vasto que Aurelia vería jamás. Su rey lo llamó Andirria, en honor a su esposa fallecida, la princesa Andis Rhea, fundadora del culto a los Once Dioses.

Andirria se expandió sin freno hacia el norte y el sur. Sus habitantes, guerreros hábiles, pronto conquistaron Namcuan y asimilaron su cultura. En esas tierras del norte pervivía el recuerdo de Zaida a través de un culto fervoroso. Con el tiempo, en el propio corazón de Andirria se levantaron templos dedicados a ella, y muchos ciudadanos adoptaron las creencias venidas de Namcuan.

Pasaron los siglos hasta que uno de los reyes de Andirria declaró el culto zaidista una herejía. Se desataron brutales persecuciones: prohibió su práctica, ordenó demoler los templos uno tras otro y las sacerdotisas fueron ejecutadas sin clemencia. Las estatuas de oro puro erigidas en honor a la Diosa fueron reducidas a escombros.

Entonces llegó la Gran Plaga de Andirria. En menos de un siglo, la población se desplomó de 300 millones de habitantes a apenas 25 millones. La catástrofe marcó el inicio del declive y la eventual desaparición del imperio.

Héctor Plasma, uno de los médicos de la plaga, reconocible por su imponente máscara de pico, lo perdió todo durante la peste. Consumido por el rencor, maldijo a Zaida y juró vengarse de ella.


Corvus Verborum

Hielo Sagrado

Viaje al Sur

Doctor Plaga


Lunita Solaris

— Para la sección de entrevistas del día, en el noticiero de Lunita Solaris, hoy nos encontramos con un personaje muy interesante: Zaida.

Zaida, qué placer tenerte con nosotros por primera vez en nuestro programa. Ante todo, quiero darte las gracias por aceptar mi invitación.

— Es un placer, mi querida Glosolalia.

— Bueno, si quieres, empecemos con algunas preguntas cortas y livianas, como para “calentar”, y luego seguimos con asuntos más serios, ¿te parece?

— Dale, siempre estoy preparada para lo que venga.

— ¿Tienes apellido?

— Más de uno, depende de la época y la ocasión.

— ¿Qué edad tienes?

— Yo ya existía antes de que apareciera el universo.

— ¿Tus colores favoritos?

— Blanco para la ropa y rosado para la goma de mascar.

— ¿Un amor que recuerdes con mucho sentimiento?

— La entidad de Encelado.

— ¿Sigues tocando el clavicémbalo?

— Siempre. Es mi forma de mover la marea de voces que llevas dentro.

— ¿Y qué pasó con la tecla muda?

— Sigue muda. Por eso todo lo que toco siempre falta de algo.

— ¿Eres pro-Nazi?

— La canción de Lili Marleen se escribió inspirada en mí, pero eso ocurrió en la Primera Guerra Mundial, no en la Segunda.

— ¿Qué opinas de WordPress?

— Puedo existir allí, igual que Jenny Everywhere, pero yo soy más selectiva,  estoy en Blogger, supongo es la costumbre, me siento más cómoda en esa plataforma.

— ¿Por qué cargas con la etiqueta de villana?

— Porque represento a todas las mujeres con las que la persona que me escribe tuvo amores fallidos. Represento eso: rechazo, peleas y los malos recuerdos de amores imposibles.

— ¿Pero en realidad podrías hacer algo siniestro?

— Sí. Podría asumir tu imagen, ir y cometer un asesinato en público, y todos creerían que fuiste tú. Arruinaría tu escasa vida para siempre.

— ¿Uh? ¿Pero no lo harías?

— Si conviene a mis intereses, no hay nada ni nadie que pueda impedirlo. Sin embargo, eres de las personas que me agradan. Siempre te cuidaré.

— ¿Por qué la goma de mascar? — pregunta Glosolalia, haciendo un gesto de confusión imperceptible para muchos, como tratando de mantener una imagen fría e imparcial.

— Con eso puedo crear configuraciones ectoplasmáticas.

— ¿Cómo va eso?

— Con media barrita de chicle puedo generar una ciudad entera de personajes, vegetación y animales.

— ¿Si pudiéramos ir a Mimas, veríamos esas construcciones?

— Tal vez sí. En realidad, cambio el aspecto de lo que la gente puede ver casi a diario. Ahora tengo un pequeño jardín ectoplasmático dedicado a los baobabs.

— ¿Baobabs? ¿Para qué?

— Bueno, de algún lugar tienen que salir las semillas para que estos se esparzan por todo el cinturón de asteroides, ¿no?

— …

— No la captas… no importa.

— ¿Realmente estás encarcelada en Mimas? — dice Glosolalia, aclarando la voz para no perder el control de la entrevista.

— Veo que ya comenzaste con las preguntas más serias. La respuesta es SÍ: estoy encerrada en el núcleo de esa luna de Saturno. Mi conciencia y voluntad están allí, pero conozco bastante bien el tema de las proyecciones místicas, de modo que puedo generar un cuerpo mío en cualquier lugar y tiempo.

— ¿Quiénes y por qué te encarcelaron?

— Tengo enemigos. Me han acusado de generar la plaga que acabó con el imperio Andirriano.

— ¿Andirria? Eso fue hace al menos 2000 años, quizás más.

— Exactamente.

— ¿Puedes elaborar más?

— No. Tomaría bastante tiempo explicarlo, darle contexto, etcétera. Aburriríamos a tus espectadores.

— De acuerdo. ¿Hay alguien a quien envidias?

— Tengo una rival.

— Danos el nombre.

— Realmente no viene al caso. No quiero que MI entrevista termine siendo un asunto de ella.

— ¿Es otro de los personajes que suelen salir en el universo de Aragca?

— Por supuesto, pero no tiene importancia. De hecho, así como Miss Marple y Poirot NUNCA compartieron líneas, así mismo se sigue esa regla. Si hay alguna historia que nos mezcle, no es canon.

— Pero se supone que ALMA eres tú.

— Alma es Alma. Ella tiene sus propias características. Como te repito, idealmente no se deben mezclar mis historias con lo que ocurre en Aragca, salvo por breves guiños.

— ¿Qué viene para el futuro de Zaida?

— Ya he vivido varias veces mi futuro. Lo que vendrá es mi pasado.

— Suena filosófico.

— Así es, querida.

— Ya para terminar, ¿prometes que esta entrevista no va a traerme problemas?

— Te lo prometo… aunque admito que a veces rompo promesas solo por curiosidad científica.

— ¿Y qué pasaría conmigo?

— Te volverías un personaje menor en una de mis historias. No suena tan mal, ¿no?

La entrevista termina con un breve beso en la mejilla y un abrazo entre las dos damas.


(fuera de cámara, en off)


— Dicen que tu voz puede abrir portales, Glosolalia.

— Dicen tantas cosas… Hoy solo fui tu entrevistadora.

— Pero grabas cada una de mis palabras en un dialecto que nadie más entiende.

— Es parte del contrato con Lunita Solaris.


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José (JascNet), en su blog del Acervo de Letras, nos propone el siguiente reto para Julio de 2025:

¡¡¡NOTICIA!!!, ¡¡¡NOTICIA!!!

Vuestro relato consistirá en una crónica periodística. Tenéis que buscar una fotografía simpática y adecuada (o pedirle a alguna IA que os la haga) y redactar el suceso.

Cuanto más estrambótica, fantástica, sobrenatural, increíble, extravagante, quimérica, imposible, utópica, insólita, absurda, chiflada, delirante, caótica, estrafalaria, fantasmagórica… ¡Mejor!

Están permitidos todos los géneros literarios, así como, tipos y número de personajes, escenarios, espacios temporales y extensión.

En este reto vais a tener libertad casi total. La única condición es que vuestra propuesta tiene que estar narrada en algún tipo de modelo periodístico, aunque no tiene que ser totalmente formal.

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Índice de Zaida


No te pierdas el PODCAST que explica el texto:








El Mito del Verde Eterno




I

Yosei Kitsune, alumna aventajada,

discípula de Zaida, la gran mentora,

aprendió el arte del globo rosado

y juró ser guardiana de la laguna sonora.


II

Mas fue su don también su caída:

creó un soldado, y otro, y otro más,

todos del color que Zaida pedía...

¡rosas como el alba fugaz!


III

Pero el Espíritu de las Aguas,

antiguo señor de raíz profunda,

le habló: «El amor no nace de engaños,

sino del verde que al mundo fecunda».


IV

Y le entregó un canto en antiguas lenguas

que brotó del musgo y el viento,

y surgió Qin Long, el dragón,

custodio del verdor y el alimento.



V

Qin Long, de escamas de jade,

odiaba el rosa, ese color sin ley:

con fuego verde quemó los soldados,

y en su llama nació el nuevo arrebol.


VI

Desde aquel día, los bosques son verdes,

la tierra olvidó su antiguo clamor...

solo el cerezo, por piedad de los dioses,

guarda en abril su último dulce rosado.



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Poema compuesto para participar en cada jueves un relato, 

esta semana a cargo de Neogeminis con el tema dedicado al color VERDE. 

(Se vale evocar a García Lorca)


Ver las indicaciones y participaciones de la comunidad 

siguiendo este enlace

Podcast:

Ectoplasma de pesadilla



Era una tarde lluviosa en Mimas, de esas en las que no dan ganas de hacer actividad alguna, salvo dedicarse al ocio más descarado. Así que Zaida tomó su clavicémbalo y se dispuso a ejecutar una complicada toccata de Bach; sin embargo, luego de unos acordes, decidió improvisar una mezcla con algo de jazz para darle un toque alegre a la jornada. Cuando llevaba algunos minutos, de repente notó un fenómeno muy extraño: un umbral a otra dimensión se abrió ante ella. Pudo ver una especie de caverna con múltiples espejos. El avistamiento le causó tanta curiosidad que dejó de tocar su instrumento, pero al hacerlo, el umbral se cerró súbitamente.

Estuvo algunas horas intentando reproducir los sonidos exactos para abrir de nuevo el umbral. Luego de varios intentos y fracasos, por fin lo logró. Se aseguró de recordar exactamente los acordes necesarios para abrirlo a voluntad. Se sintió contenta por el hallazgo, se rascó por un rato la barbilla y decidió sacar un trocito de goma de mascar. La mordió un rato e hizo un globo bastante grande, al que, con soplidos y ayuda de las manos, le dio la forma de una silueta rosada medio translucida, muy similar a ella misma.

—¡Proyección ectoplasmática, Clase V! —dijo Zaida muy contenta—. Hermana mía, quiero que vayas e investigues ese portal. Aquello que veas y escuches, yo también lo percibiré. Pondré parte de mi voluntad en ti.

Zaida volvió a ejecutar los acordes, y la proyección entró en la caverna del portal. A través de los espejos, pudo ver cuartos en donde la gente dormía plácidamente. En uno de ellos, una bella mujer de cabellos negros de repente comenzó a fruncir el ceño. En ese instante, escuchó unas voces femeninas:

—¡Rápido! Es Mara Laira, está comenzando a tener una pesadilla.

Se trataba de dos hermosas mujeres vestidas con trajes de gladiatrices, muy sexys, que entraron a toda prisa al cuarto de la durmiente y de inmediato se pusieron a luchar contra unos ghouls, a los que vencieron fácilmente. La dama que dormía volvió a recuperar un gesto apacible.

—Malditos efialtes —dijo una de ellas.

—Shhh… —replicó Lilith Blue, haciendo un gesto de intriga.

—¿Qué pasa?

—Me parece escuchar una música algo lejana, casi imperceptible.

—No oigo nada en particular.

En ese instante, Lilith Blue lanzó una de sus dagas hacia el espejo del cuarto, el cual atravesó sin romperlo y dio directo contra el globo ectoplasmático, el cual se reventó.

—¿Qué fue eso? ¿Alguien de la facción Fantaso?

—No estoy segura, pero ya no se escucha la música. Y si son ellos, el pacto se ha roto: esto es un acto formal de guerra abierta.

—¿Notaste que tu daga se evaporó?

—Ciertamente, y es lo que más me preocupa. Esto no tiene sentido. Debemos consultar de inmediato a Atalanta.


"Guerras en un mundo onírico… ¡Vaya que interesante!" —pensó Zaida para sí misma mientras retiraba sin dificultad alguna la daga enterrada en su pecho.





Relato para participar en la convocatoria de "Cada jueves un Relato", del 5 de junio/2025 a cargo del Demiurgo de Hurlingham. 

Sueños Argumentales:  Elaborar un relato basado en el mundo de los sueños de acuerdo a algunas premisas, he elegido la siguiente:

14) En una mansión sombría y lujosa, un músico (podría ser una mujer) improvisa algo que abre portales a realidades sobrenaturales, peligrosas. Recibe tentadoras ofertas, para seguir haciéndolo.

Lili Marleen



Marifelita propone el siguiente reto para "Cada Jueves un Relato": "Elegir una imagen que inspire un relato para el tema de Mujeres en la Guerra". Ver todos los detalles siguiendo este enlace.

He tomado la imagen de las enfermeras para contar la historia de una de ellas.



Ypres, 1915.

La alianza de tropas provenientes de Inglaterra y Francia había lanzado un ataque feroz contra el ejército alemán, algo nunca antes visto en la historia humana.

Hans, un soldado de apenas 21 años, había recibido una herida de considerable gravedad en una de sus piernas. Se podría decir que tuvo suerte, pues muchos murieron ese día y otros quedaron espantosamente heridos, y en pocas horas también se sumarían a las bajas. Sin embargo, no todo era color de rosa para Hans. Había sido asignado a los cuidados del Hauptfeldwebel Zaida Rottweiller, Jefe de Enfermeras. Sus compañeros lo miraban con melancolía, con caras sombrías. Los soldados que lo llevaron en una camilla lo dejaron en la "enfermería": una especie de oscuro cuartillo cavado en un rincón alejado en la trinchera. Le dieron una última mirada, giraron la camilla para dejarlo en el piso y salieron del lugar como si hubieran visto al demonio.

Lo único que acertó a ver el confundido Hans fue un montón de baldes donde estaban tiradas diferentes partes humanas, en especial brazos y piernas. Quedó tan horrorizado con aquella vista que apenas si notó que se acercaba una silueta con claras curvas femeninas. Se trataba de una hermosa mujer rubia, no muy alta; en la mano derecha llevaba un serrucho y en la otra una lámpara de aceite.

—No te asustes, muchacho, voy a salvarte la vida —dijo—. Cortaré debajo de la rodilla, de modo que una buena prótesis hecha por un carpintero hábil ajuste a la perfección. Aquellos que sanan completos son reenviados de nuevo al frente, donde seguirán viendo y cometiendo atrocidades. Te sacaré de esa pesadilla. En un par de meses estarás de vuelta en casa. Tu estadía conmigo solo será cosa de tres o cinco minutos, ..., dependiendo de cuán duros sean tus huesos.

Cuando la enfermera Rottweiller acercó la lámpara para ver mejor a su paciente y así realizar su faena, se quedó por un instante quieta.

—Eres de rostro bello, mereces una vida mucho mejor que la de estar mutilado. Te cuidaré personalmente, aunque ello signifique dejarte listo para que vuelvas a combatir.

Pasaron los días, no muchos, y bajo los cuidados de la misteriosa enfermera, Hans se recuperó, quedando como nuevo. Incluso logró trabar más que una amistad con ella.

—Hoy es el día en que debes volver al combate, soldado —le dijo con aire serio y solemne la enfermera.

—Lo sé, amor, y por ello te compuse un poema. Míralo, aquí está.

Zaida lo miró y, mientras lo leía, dejó derramar algunas lágrimas.

—Me gusta, por favor, solo cambia mi nombre.

—¿Y cómo he de llamarte?

—Lili Marleen.




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Hielo Sagrado




(731 A.G. -Antes de Aragca-)

El VizBarón de Andirria estaba muy feliz aquella mañana. Ante su mesa tenía el legendario mapa del mundo, trazado por el mismísimo Battuta Al-Masudi, del cual se decía que, en los tiempos antiguos, había recorrido todos los rincones conocidos y por conocer.  

Al norte del mapa estaba la región de los Hielos Sagrados, en donde las leyendas decían que Ellos bajaron del cielo y habían puesto los Once huevos. Pasados varios eones, de cada huevo surgieron los dioses y héroes del mundo. Estos, al igual que sus progenitores, también pusieron huevos, cada uno siete. Pero la simiente nacida de los dioses no resistía el frío. Varhan consultó a su hermano mayor, El Primer Nacido, diciéndole que era necesario llevar la descendencia a tierras cálidas. Eruthur dio su aprobación, indicando que él se quedaría a resguardar las tierras de sus padres. Los demás hermanos, con sus hijos e hijas, se dispersaron y poblaron todo el mundo conocido.  

Eirhumara, que era la más sabia y hermosa de los Primeros, fue la que pobló Namcuan y jamás volvió a escuchar noticias de los hijos de sus hermanos. Eirhumara enseñó a los hombres que el nombre de su madre era Zaida.  

El VizBarón sonrió al recordar dicha antigua leyenda. Según se decía, mucho tiempo después de que Eirhumara retornara a las tierras de sus antepasados, los hombres de Namcuan caminaron buscando las tierras del sur.  

—Y allí es cuando los de Namcuan encuentran que no eran los primeros en pisar estas tierras del sur, ¿no es verdad? —preguntó Suánzang, el mercader que estaba ofreciendo el mapa al VizBarón.  

—Error que le costó perder la cabeza al Rey Pimiko II —respondió mordaz el VizBarón.  

—Pero no resultó en vano los esfuerzos de Namcuan.  

—El resultado es que, después, Namcuan tuvo mejores reyes, al menos unos con más sentido común que las bestias sangrientas que los gobernaron antes de venir aquí a conquistar lo que ya estaba conquistado.  

—Quizás el veneno más fuerte que inocularon en el mundo fue la religión que profesaban. 

—Antes de Namcuan, la gente rendía adoración a los Once, pero luego de las tres guerras con Namcuan, en Surumbria comenzaron las brujas a predicar el culto de Zaida, que aún persiste y tiene gran arraigo en la población —respondió el VizBarón con aire disgustado, mientras buscaba de mala gana una bolsa de oro para darle en pago y despachar al mercader, pues le causaba disgusto esa presencia por sus modales y formas de expresión impropias de un Andirriano. 


(Mapa moderno de la región)

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Video ensayo de NoteBook LM Un podcast sobre Aragca


He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo


Querida Zaida, tú no estás atrapada en una luna olvidada de Saturno; estás amarrada y amordazada en tu propia mente. Sin embargo, te daré pistas de cómo salir de allí. En lo profundo de tus temores hay una puerta sin llave ni candado que espera abrirse. Puedo darte las instrucciones para lograrlo.

¿Aún estás dudando? Muy bien, la primera pista es que nada aquí es real, ni siquiera yo. Todo es efecto de tus propios pensamientos.

Muy bien, veo progreso en ti. Siento tus pasos aproximándose para afrontar tu destino.

¿Dices que te he mentido porque ves dos puertas? Ja. No te mentí. Si hay dos puertas, es porque al menos hay una puerta, ¿no es lógico? Técnicamente, he sido honesta contigo.

Todo esto parece una broma, pero somos inmortales, así que no tengas miedo. Abre cualquiera. Eso sí, ten en cuenta que lo que ocurra después depende de cuál elijas.

No temas por la izquierda: no te encontrarás con una amenazante figura vestida de militar que habla sin mover los labios. No y no, ello es tan solo producto de tu 'infértil' imaginación.

Y aquí va mi voz de advertencia: nada tan engañoso como la puerta derecha.

¿Dices que quieres abrirlas al mismo tiempo? Pfff, ya te pasas de valiente.

¡Ajá! Veo que te has puesto indecisa a último minuto, con la mano en el pomo de una de ellas, como si pudieras adivinar el laberinto de irrealidad que aguarda tras ellas. Y siempre —siempre— que llegas hasta aquí, prefieres seguir sin libertad. ¿Qué maldad acecha en el corazón de los hombres para generar semejante prisión? Como siempre, cobarde, te retiras sin abrir nada… pero ya volverás a intentarlo, lo sé muy bien. 

Mientras más dudes, más fuerte me haces, más insolente seré contigo. 

Solo abriendo la maldita puerta, estarás libre de mí.

===



Me uno al "Cada Jueves un Relato" del 17/Abril/2025 ofrecido por Neogeminis: 

Hacer un relato que incluya algunas de estas frases acerca del paso del tiempo:

Parece una broma, pero somos inmortales (Julio Cortázar)
He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo (Gabriel García Márquez)
Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad (Ernesto Sábato)
La palabra “tiempo” rompió su propia cáscara (Virginia Woolf)
¿Qué maldad acecha en el corazón de los hombres? (Woody Allen)
Un sueño no es en sí más que una sombra (W. Shakespeare)
Nuestra mente es porosa para el olvido (Jorge Luis Borges)
Una amenazante figura vestida de militar hablaba sin mover los labios (Lovecraft)
Tal vez un vago presagio asió su garganta con guante de seda (Manuel Puig)
Nada tan engañoso como… (Artur Conan Doyle)



El misterio del 66


— ¿Estás seguro de lo que dices? —interrogó con voz angustiada don Gaspar de Borja, Pastor Luterano del pueblo, alisándose un poco el cabello canoso.  

— Yo mismo le he visto, mi padre fue quien me mandó a buscarle —respondió Diego, el hijo bastardo del Hidalgo Alonso de Ayala, quien había luchado en sus años mozos en las guerras contra los portugueses del Brasil.  

— Siendo así, muchacho, no hay tiempo que perder. Mandaré a preparar monturas y unas mulas, a fin de que podamos arribar a la hacienda de don Alonso antes del mediodía —indicó con urgencia el buen Pastor.  

Tan pronto como pudieron, el Pastor y el joven bastardo partieron hacia la hacienda de don Alonso, donde, cerca de unos matorrales espesos, ya se encontraban Bartolomé el Sangrador, barbero y boticario del pueblo, junto a Pedro, uno de los criados del Hidalgo. Ambos parecían contemplar boquiabiertos un extraño bulto entre la vegetación.  

Apenas arribó la comitiva del Pastor, este comenzó a dar órdenes e interrogar a diestra y siniestra, insistiendo en ver el misterioso hallazgo.  

Era el cadáver de un hombre con seis dedos tanto en la mano como en el pie del lado izquierdo, con impecable atuendo  gris.  

— Siniestro —dictaminó el Pastor tras examinar someramente al occiso—. Esta criatura no es obra de la Divina Providencia. Pedro, Bartolomé, revisadle las vestiduras, a ver qué más tiene esta aberración.  

Con manos ágiles y entrenadas en tales faenas, los dos desdichados encontraron entre las prendas del difunto—al que pronto llamaron "el 66"— un tintero de marfil y una nota de grafía errática en letra roja, con un extraño acertijo que decía:  

Made in China  

探索未至之境

DeepSeek 6 

Propiedad de Zaida Inc.

El Pastor, de mala manera, arrebató la hoja de las manos de Bartolomé, la miró con el ceño fruncido y la apretó en el puño, ordenando que de inmediato quemaran la nota junto con el cadáver y el tintero de la bestia que habían encontrado. Dio órdenes estrictas de que nadie debía hablar de aquello.  

Estaban a punto de cumplir el mandato cuando apareció don Alonso en persona.  

— ¡Alto! —rugió el Hidalgo, mirando con desprecio a su hijo ilegítimo—. No permitiré que se cometa sacrilegio en mis tierras. No sé quién sea este hombre, pero el tintero de marfil me pertenece, y la nota también es mía. Además, la Ley indica que no se puede quemar el cadáver de un forastero; debe ser enterrado en el camposanto del pueblo.  

— De ninguna manera permitiré eso —replicó el Pastor, indignado—. Este hombre lleva la marca de la maldición de los Endriagos y Vestiglos. La Escritura dice que no puede tener el privilegio de un sepulcro, como nuestro Señor Jesucristo.  

— Pues tampoco llenaré de máculas mis tierras —masculló el Hidalgo.  

— Señores —intervino Bartolomé, acostumbrado a estos lances y a otros de mayor calibre—, si lo desean, Pedro, el muchacho y yo podemos cargar con el muerto hasta el río y dejar que el cauce lo lleve hasta tierras lejanas.  

Mientras hablaba, con dedos hábiles acostumbrados a esculcar, recuperó el tintero y la nota, que pronto saltaron a manos del muchacho, y de allí a las del Hidalgo.  

— Muy bien, estoy de acuerdo, pero esperad a la noche, cuando nadie vea lo que hacéis —sentenció don Alonso.  

Cuando cayó la noche, Pedro, Bartolomé y el bastardo cargaron el cadáver hasta la orilla del río, esforzándose en el silencio pesado de la madrugada. Con un último empujón, el cuerpo rodó entre las piedras y se hundió en la corriente oscura. Lo vieron flotar un instante antes de que la corriente lo arrastrara aguas abajo, hacia tierras de nadie.  

— Listo —murmuró Bartolomé, limpiándose las manos en la camisa.  

Pedro escupió al suelo y asintió.  

— Mañana, como si aquí no hubiera pasado nada.  

— No es el primer 66 que desaparece en estas tierras. Ni será el último— apuntó cáustico el bastardo.






La hija de Carbonell, escena 1.


Me desperté sudando copiosamente en medio de la noche. Me pareció extraño. De inmediato supuse que algo estaba mal: tenía la sensación de que aquello ya me había sucedido antes, al menos un par de veces en el pasado... y otras tantas en el futuro. Por alguna razón, había despertado en el cuerpo de otro personaje, atrapada en las historias y cuentos de alguien diferente. Lo habitual es que aparezca en un ambiente de ciencia ficción, rodeada de naves espaciales, motores de antimateria y alienígenas con tecnología capaz de simular universos enteros. Pero esta vez era distinto: estaba en un cuarto común y corriente, de finales del siglo XX o principios del XXI, y lo más inquietante era que no estaba sola. A mi lado, en la cama, descansaba un hombre, quizás de unos cincuenta años, tal vez más.

Mi primera reacción fue tratar de identificar el cuerpo en el que había despertado. Me palpé: era una mujer, sin arrugas ni defectos físicos. Aquello era reconfortante, pero necesitaba ver mi semblante. Supuse que habría un espejo en el baño. La habitación no estaba completamente en penumbra; la luz de la luna y la artificial se filtraban por las ventanas.

El lugar no era lujoso, pero sí decente. Pensé que si me movía, el hombre a mi lado podría despertarse y comenzar a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, la curiosidad por descubrir quién era yo —o mejor dicho, de quién era el cuerpo que habitaba— era apremiante. 

Ir al baño en medio de la noche no debería ser motivo de alarma. Pero ya saben, en los cuentos estas cosas simples suelen desencadenar tragedias o escenas dramáticas que hacen reflexionar... o al menos sacar una sonrisa al lector.

Con cautela, ubiqué las puertas. Había tres: una debía ser la del clóset, otra la de salida, y la tercera, el baño. ¿Cuál sería cuál? Difícil saberlo. Me moví con cuidado, eligiendo la más lejana, cerca de la ventana. Por suerte, acerté. Era el baño. Cerré la puerta tras de mí y encendí la luz.

El baño reflejaba el estilo del dormitorio: sin lujos, pero funcional. Había dos de cada cosa: toallas, cepillos de dientes, máquinas de afeitar y un montón de gafas de sol. Frente al espejo, vi el cuerpo que ocupaba. Era una pelirroja, no desnuda, sino con una blusa vaporosa, ideal para dormir. Tenía unos 45 años, un aspecto hermoso aunque ya con algunos signos de decadencia. Era alta, atlética, y podía sentir la fuerza de su cuerpo.

¿Quién sería esa mujer? ¿Cuál su ocupación? ¿Y qué relación tenía con el hombre en la cama?

Si uno opta por quedarse en un cuerpo ajeno, hay que fingir, evitar alarmar a quienes rodean al "cuerpo-anfitrión". Decidí regresar a la cama, aunque con dudas. A veces, las parejas suelen abrazar o mostrarse cariñosas durante el sueño, y la idea de intimar con un desconocido me repugnaba. Aun así, me enrollé en las cobijas, intentando evitar cualquier contacto.

—¿Ocurre algo, mi amor? Te noto intranquila. ¿Por qué te despertaste? —su voz rompió el silencio.

Era lo que temía: un sujeto preguntón con sueño ligero.

—Estoy bien. Solo tuve una sensación de incontinencia, pero ya pasó. No te preocupes.  

—No escuché nada. Ni el sonido del pis en el agua, ni que bajaras la cadena.  

—¿Qué eres, una especie de detective? Simplemente no pude hacer nada, eso es todo.  

—¿Incontinencia o inconveniencia a las 4 a. m.? ¿Seguro que estás bien?  

—Sí, todo va bien. Vuelve a dormir.  

—Sabes que si me despiertas, ya no puedo conciliar el sueño.

No respondí. Fingí un ronquido, esperando que desistiera.  

—Ah, no, no me vengas con eso. Sabes que odio cuando finges haberte dormido —insistió.  

—¿Puedes callarte de una buena vez? Ni tú ni yo dormimos así —solté, molesta.  

Error. Apenas terminé la frase, se escuchó el llanto de una niña pequeña.  

—¿Ves lo que has hecho? Despertaste a mi hija. Ahora ve a calmarla.

De pronto, entendí lo que ocurría. Todo encajaba. Esto no era real. Este hombre era un actor de segunda. Si el marido de una mujer fuerte y atlética debía ser alguien similar, este tipo no cuadraba. Estaba claro que quien dirigía esta escena no había tenido presupuesto para un galán. Igual pasaba conmigo: ocupaba el cuerpo de una actriz secundaria sin mayor talento, quizás poco conocida.

—Por supuesto que iré a calmar a la niña —respondí haciendo ademanes exagerados, muy postizos como para darle aire teatral al asunto. Me dirigí a una de las puertas que supuse no llevarían a ningún lado, dado que esto era un set de grabación. Como esperaba, al cruzarla, el llanto cesó y una voz gritó: "¡Corten!". Sonreí. Sabía que en la próxima escena aparecería en el lugar correcto: quizá una luna lejana del siglo XXX, o, mejor aún, en un reino medieval con espadas y dragones.  

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