— ¿Estás seguro de lo que dices? —interrogó con voz angustiada don Gaspar de Borja, Pastor Luterano del pueblo, alisándose un poco el cabello canoso.
— Yo mismo le he visto, mi padre fue quien me mandó a buscarle —respondió Diego, el hijo bastardo del Hidalgo Alonso de Ayala, quien había luchado en sus años mozos en las guerras contra los portugueses del Brasil.
— Siendo así, muchacho, no hay tiempo que perder. Mandaré a preparar monturas y unas mulas, a fin de que podamos arribar a la hacienda de don Alonso antes del mediodía —indicó con urgencia el buen Pastor.
Tan pronto como pudieron, el Pastor y el joven bastardo partieron hacia la hacienda de don Alonso, donde, cerca de unos matorrales espesos, ya se encontraban Bartolomé el Sangrador, barbero y boticario del pueblo, junto a Pedro, uno de los criados del Hidalgo. Ambos parecían contemplar boquiabiertos un extraño bulto entre la vegetación.
Apenas arribó la comitiva del Pastor, este comenzó a dar órdenes e interrogar a diestra y siniestra, insistiendo en ver el misterioso hallazgo.
Era el cadáver de un hombre con seis dedos tanto en la mano como en el pie del lado izquierdo, con impecable atuendo gris.
— Siniestro —dictaminó el Pastor tras examinar someramente al occiso—. Esta criatura no es obra de la Divina Providencia. Pedro, Bartolomé, revisadle las vestiduras, a ver qué más tiene esta aberración.
Con manos ágiles y entrenadas en tales faenas, los dos desdichados encontraron entre las prendas del difunto—al que pronto llamaron "el 66"— un tintero de marfil y una nota de grafía errática en letra roja, con un extraño acertijo que decía:
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El Pastor, de mala manera, arrebató la hoja de las manos de Bartolomé, la miró con el ceño fruncido y la apretó en el puño, ordenando que de inmediato quemaran la nota junto con el cadáver y el tintero de la bestia que habían encontrado. Dio órdenes estrictas de que nadie debía hablar de aquello.
Estaban a punto de cumplir el mandato cuando apareció don Alonso en persona.
— ¡Alto! —rugió el Hidalgo, mirando con desprecio a su hijo ilegítimo—. No permitiré que se cometa sacrilegio en mis tierras. No sé quién sea este hombre, pero el tintero de marfil me pertenece, y la nota también es mía. Además, la Ley indica que no se puede quemar el cadáver de un forastero; debe ser enterrado en el camposanto del pueblo.
— De ninguna manera permitiré eso —replicó el Pastor, indignado—. Este hombre lleva la marca de la maldición de los Endriagos y Vestiglos. La Escritura dice que no puede tener el privilegio de un sepulcro, como nuestro Señor Jesucristo.
— Pues tampoco llenaré de máculas mis tierras —masculló el Hidalgo.
— Señores —intervino Bartolomé, acostumbrado a estos lances y a otros de mayor calibre—, si lo desean, Pedro, el muchacho y yo podemos cargar con el muerto hasta el río y dejar que el cauce lo lleve hasta tierras lejanas.
Mientras hablaba, con dedos hábiles acostumbrados a esculcar, recuperó el tintero y la nota, que pronto saltaron a manos del muchacho, y de allí a las del Hidalgo.
— Muy bien, estoy de acuerdo, pero esperad a la noche, cuando nadie vea lo que hacéis —sentenció don Alonso.
Cuando cayó la noche, Pedro, Bartolomé y el bastardo cargaron el cadáver hasta la orilla del río, esforzándose en el silencio pesado de la madrugada. Con un último empujón, el cuerpo rodó entre las piedras y se hundió en la corriente oscura. Lo vieron flotar un instante antes de que la corriente lo arrastrara aguas abajo, hacia tierras de nadie.
— Listo —murmuró Bartolomé, limpiándose las manos en la camisa.
Pedro escupió al suelo y asintió.
— Mañana, como si aquí no hubiera pasado nada.
— No es el primer 66 que desaparece en estas tierras. Ni será el último— apuntó cáustico el bastardo.