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El Marciano



El Marciano fue el primer miembro de "La Sociedad de los Martes" que usó un cronoportador de marfil con el fin de alterar severamente la Realidad. 

Al igual que todas las personas, creía que viajar en el tiempo era una cosa instantánea: nada más lejos de la verdad. 

Aprendió en los cursos de rutina que impartía la "Alianza Araquense de CronoNautas" (AACN) que hay una relación proporcional cuasilogarítmica para hacer el viaje al pasado. Si se viajan 6 años hacia atrás, hay que esperar 3 meses dentro de la cámara cronoscópica. Pero viajar 10 años hacia atrás no implica 5 meses, sino más bien 14, y así sucesivamente. 

El Marciano olvidó esa lección porque se enseñaba en los primeros cursos obligatorios de Orientación. Así que quiso, en plan ambicioso, viajar 100 años al pasado. Sin contar que ello le llevaría 731 meses de espera. 

La ventaja es que en una cámara cronoscópica no envejecemos: el cuerpo queda "congelado" (eso se aprende en el segundo nivel de estudios crononáuticos), pero la conciencia no se apaga. 

Viajar lejos en el tiempo, luego se supo, altera tanto la mente debido a la espera por llegar al destino que el explorador temporal termina absolutamente desquiciado una vez finaliza el viaje. Es por ello que ahora limitamos el retroceso a máximo 28 meses. La Espera en la cámara era una fábrica de asesinos y sicópatas, muy peligrosos para soltarlos en alguna de las Lineas de Todas las Realidades posibles.

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Relato participante en los microretos del Tintero de oro, mayo 2025, tema: La espera

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El misterio del 66


— ¿Estás seguro de lo que dices? —interrogó con voz angustiada don Gaspar de Borja, Pastor Luterano del pueblo, alisándose un poco el cabello canoso.  

— Yo mismo le he visto, mi padre fue quien me mandó a buscarle —respondió Diego, el hijo bastardo del Hidalgo Alonso de Ayala, quien había luchado en sus años mozos en las guerras contra los portugueses del Brasil.  

— Siendo así, muchacho, no hay tiempo que perder. Mandaré a preparar monturas y unas mulas, a fin de que podamos arribar a la hacienda de don Alonso antes del mediodía —indicó con urgencia el buen Pastor.  

Tan pronto como pudieron, el Pastor y el joven bastardo partieron hacia la hacienda de don Alonso, donde, cerca de unos matorrales espesos, ya se encontraban Bartolomé el Sangrador, barbero y boticario del pueblo, junto a Pedro, uno de los criados del Hidalgo. Ambos parecían contemplar boquiabiertos un extraño bulto entre la vegetación.  

Apenas arribó la comitiva del Pastor, este comenzó a dar órdenes e interrogar a diestra y siniestra, insistiendo en ver el misterioso hallazgo.  

Era el cadáver de un hombre con seis dedos tanto en la mano como en el pie del lado izquierdo, con impecable atuendo  gris.  

— Siniestro —dictaminó el Pastor tras examinar someramente al occiso—. Esta criatura no es obra de la Divina Providencia. Pedro, Bartolomé, revisadle las vestiduras, a ver qué más tiene esta aberración.  

Con manos ágiles y entrenadas en tales faenas, los dos desdichados encontraron entre las prendas del difunto—al que pronto llamaron "el 66"— un tintero de marfil y una nota de grafía errática en letra roja, con un extraño acertijo que decía:  

Made in China  

探索未至之境

DeepSeek 6 

Propiedad de Zaida Inc.

El Pastor, de mala manera, arrebató la hoja de las manos de Bartolomé, la miró con el ceño fruncido y la apretó en el puño, ordenando que de inmediato quemaran la nota junto con el cadáver y el tintero de la bestia que habían encontrado. Dio órdenes estrictas de que nadie debía hablar de aquello.  

Estaban a punto de cumplir el mandato cuando apareció don Alonso en persona.  

— ¡Alto! —rugió el Hidalgo, mirando con desprecio a su hijo ilegítimo—. No permitiré que se cometa sacrilegio en mis tierras. No sé quién sea este hombre, pero el tintero de marfil me pertenece, y la nota también es mía. Además, la Ley indica que no se puede quemar el cadáver de un forastero; debe ser enterrado en el camposanto del pueblo.  

— De ninguna manera permitiré eso —replicó el Pastor, indignado—. Este hombre lleva la marca de la maldición de los Endriagos y Vestiglos. La Escritura dice que no puede tener el privilegio de un sepulcro, como nuestro Señor Jesucristo.  

— Pues tampoco llenaré de máculas mis tierras —masculló el Hidalgo.  

— Señores —intervino Bartolomé, acostumbrado a estos lances y a otros de mayor calibre—, si lo desean, Pedro, el muchacho y yo podemos cargar con el muerto hasta el río y dejar que el cauce lo lleve hasta tierras lejanas.  

Mientras hablaba, con dedos hábiles acostumbrados a esculcar, recuperó el tintero y la nota, que pronto saltaron a manos del muchacho, y de allí a las del Hidalgo.  

— Muy bien, estoy de acuerdo, pero esperad a la noche, cuando nadie vea lo que hacéis —sentenció don Alonso.  

Cuando cayó la noche, Pedro, Bartolomé y el bastardo cargaron el cadáver hasta la orilla del río, esforzándose en el silencio pesado de la madrugada. Con un último empujón, el cuerpo rodó entre las piedras y se hundió en la corriente oscura. Lo vieron flotar un instante antes de que la corriente lo arrastrara aguas abajo, hacia tierras de nadie.  

— Listo —murmuró Bartolomé, limpiándose las manos en la camisa.  

Pedro escupió al suelo y asintió.  

— Mañana, como si aquí no hubiera pasado nada.  

— No es el primer 66 que desaparece en estas tierras. Ni será el último— apuntó cáustico el bastardo.






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