Era sábado por la noche, los López Salcedo, un matrimonio de clase media, celebraban sus 10 años de casados. Habían invitado a familiares y amigos al evento. Ana Salcedo contrató los servicios de una empresa de catering para ofrecer una cena íntima y espectacular, y Carlos López, su marido, se encargó de pagar por los servicios.
Basilio García, el chef, había preparado una suculenta colección de platillos orientales (combinaciones de estilos japonés, chino y tailandés) y Obdulio García, su hermano menor, hacía las veces de mesero. Ambos estaban vestidos de esmoquin blanco.
La velada transcurría entre risas, charlas animadas y el clásico sonido de los cubiertos chocando contra los platos de porcelana. De repente, la luz se apagó por unos segundos y, al volver, se escucharon los gritos alarmados de las mujeres: Arnulfo Benavides, el esposo de Mariela, una prima de Ana, estaba tirado sobre la mesa.
Orlando Tapias, amigo cercano de Carlos, fue el primero en reaccionar. Levantó con cuidado el cuerpo y vieron que Benavides trataba de mover los brazos y decir algo, pero finalmente colapsó. Rápidamente, don Edmundo, tío de Carlos y el más viejo de la reunión (y bastante acostumbrado a lances de mayor envergadura), indicó con toda calma que en esos casos lo mejor era llamar de inmediato a una ambulancia.
En menos de cinco minutos, un equipo de paramédicos había acudido al lugar. El jefe de los paramédicos indicó que Arnulfo Benavides estaba muerto, por lo tanto, el asunto era tema de la policía, a la cual él mismo llamó.
La policía llegó aún más rápido que los paramédicos. Eran 3 oficiales: el inspector Buonafaz y sus dos jóvenes ayudantes, los agentes Carbonell y Ada Escualo. Buonafaz era un hombre curtido en estas lides, estaba impecablemente vestido, incluso podía verse más elegante que cualquiera de los invitados. Su atuendo contrastaba con el modesto uniforme policial de sus dos ayudantes.
—Buenas noches, soy el inspector Buonafaz. Que nadie se mueva. Ada, por favor, toma fotografías de la escena y de todos los asistentes. Carbonell, ve registrando los nombres de cada una de las personas que están en este lugar, incluido el del occiso.
Buonafaz se movía por toda la escena con la misma soltura con la que un almirante se movería por el puente de un navío de guerra. Comenzó a hacer preguntas, en especial a los anfitriones y a la esposa del asesinado. Luego les pidió que hicieran una fila.
—Estimados, mis largos años de experiencia como miembro de la policía me permitirán en menos de 10 minutos encontrar al culpable del crimen. Cuento con las más sofisticadas herramientas de investigación, así como también con la mente más brillante en materia de resolución de misterios. Ada, por favor, procede.
La joven ayudante (una chica atlética, de cabellos rojos y gafas oscuras) fue oliendo, como si fuera un sabueso, a uno por uno de los allí reunidos.
—Los paramédicos y los del catering pueden retirarse. El agente Carbonell se encargará de colocarles un brazalete blanco en la mano izquierda, de modo que nos servirá para contactarlos en los próximos días —indicó con voz grave y solemne el inspector Buonafaz—. Ada, ¿ya tienes indicios de quiénes son los responsables?
Sin decir palabra alguna, Ada seleccionó a 3 personas de entre los invitados para que dieran un paso al frente (2 hombres y una mujer).
—Muy bien, aquellos que no fueron seleccionados, pasen con Carbonell, que les dará un brazalete verde, de modo que podrán retirarse, aunque se les recomienda no salir de la ciudad en los próximos 14 días.
En cuanto a los 3 restantes, se les pondrá un brazalete negro y Ada procederá a realizar un examen más profundo.
La policía pelirroja tomó la mano derecha de los 3 sospechosos, la olió con más cuidado, por ambos lados. Hizo el mismo procedimiento con la izquierda. Caminó enfrente de ellos y luego los rodeó. Finalmente, puso una mano en el hombro de uno de los caballeros.
—Gracias, Ada. Ustedes dos pueden retirarse. Nos quedaremos con el sindicado que Ada ha seleccionado.
—Este es Rogelio Araujo —indicó Carbonell—, amigo de los López Salcedo.
—Señor Araujo, mi equipo ha concluido que usted es el asesino de Arnulfo Benavides. Por lo tanto, procederemos a arrestarlo.
—Esto es un atropello —replicó Araujo bastante enojado—. ¿En qué se basan para acusarme?
—En una corte legal es donde un Tribunal de Justicia establecerá los motivos y la validez de las pruebas de este crimen. Ahora bien, ADA jamás se equivoca. Ella puede oler a kilómetros a un delincuente, en especial a los homicidas. Si ella indica que usted es el responsable, estoy, pues, en la obligación de darle captura y sacarlo de circulación en una penitenciaría a modo de detención —replicó con gesto de hastío Buonafaz, como si dar esa explicación estuviera de más.
—Esto es completamente kafkiano —vociferó Araujo—. Conozco mis derechos, puedo llamar a un abogado.
—Nadie tiene derecho a asesinar a otra persona —replicó Ada—. El occiso huele claramente al gas kriptón, que es bastante raro, pero letal. En sus manos hay un leve olor al mismo gas, que se sabe es usado por espías de potencias extranjeras para eliminar enemigos; sin embargo, aparte del olor, usted también tiene un microtatuaje en la mano izquierda, visible únicamente con luz ultravioleta, que es usual en operativos de la URSS: una hoz con un martillo. Pero gracias a mis gafas puedo verlo fácilmente y, lo más importante:
Yo he sido diseñada cuidadosamente para resolver este tipo de crímenes y misterios, de modo que NUNCA fallo. Es más, permítame abrir un cajón de esta estancia. Allí hay un papel, escrito con una máquina Remington.
Llamaron al anfitrión para que abriera un cajón de una mesa de decoración de la sala, que estaba cerrado con llave.
El mismo anfitrión leyó con cuidado la hoja mecanografiada con membrete del departamento de Justicia de Aragca, además de las firmas y sellos de 4 Magistrados y 2 forenses de la Corte Superior:
"El asesino es Rogelio Araujo, ex-espía soviético".
Araujo intentó escapar al ver la misteriosa hoja, pero Carbonell, en un rápido movimiento, lo puso fuera de combate y le colocó esposas en pies y manos.
"Caso resuelto. No existe crimen que no podamos resolver", dijeron al tiempo los 3 policías mientras hacían una complicada pose fotográfica, como si fueran un equipo de superhéroes de los años 30.
Me gustan los giros argumentales que tiene esta historia
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