Las Luján

Era una noche oscura y tormentosa... 

Me disponía a retirarme a mis aposentos, tras haber dejado en orden los asuntos de la mansión del Coronel Luján, cuando el estrépito del portón principal interrumpió la paz nocturna. Alguien llamaba con insistencia.

—Borrasca, ¿quieres pedirle al mayordomo que atienda la puerta? —ordenó con voz autoritaria doña Tempestad Luján.

—¡Ambrosio, muchacho, la puerta! —bramó desde el otro extremo de la casa doña Borrasca, mientras hacía sonar una campanilla con el frenesí de un cura en misa de domingo.

Las damas Luján siempre estaban alerta ante cualquier acontecimiento. Me apresuré a cumplir sus órdenes, tal como lo había hecho durante más de tres décadas, atendiendo cada uno de sus caprichos. Al abrir, me encontré con una mujer joven que sollozaba desconsoladamente. Sin esperar invitación, se adentró en la casa.

—Necesito ayuda —suplicó.

—Pase, por favor —indiqué con respeto—. La sala principal es por aquí.

Como era de esperar, las dos damas Luján ya se encontraban en la estancia, vestidas de modo sobrio y solemne, con rostros severos e inescrutables.

—Ayúdenme, mi amo quiere abusar de mí —confesó la muchacha entre lágrimas.

—Los tiempos de esclavitud terminaron hace siglos —apuntó Tempestad, tajante.

—Es verdad —secundó Borrasca—, pero no es momento de discutir vicisitudes históricas. Esta pobre niña requiere nuestra atención inmediata. ¿De dónde dices que vienes, chiquilla?

—De lejos… del otro lado.

—Ya lo había notado; no tienes las facciones de la gente de por aquí —observó Borrasca con suspicacia.

—Vamos, niña, intenta calmarte y cuéntanos exactamente qué ocurre —insistió Tempestad.

—La persona que me escribe quiere que protagonice un cuento en el que se me obliga a realizar escenas fuera de tono. Me negué.

—Siendo personaje de otro, no me extraña —sentenció Borrasca—. Pero nosotras nos haremos cargo. Mientras estés en nuestra casa, estarás protegida. ¡Ambrosio! Prepare un té bien caliente para nuestra invitada.

—Comunicaré sus deseos al ama de llaves, señora —respondí mientras me dirigía a la cocina, escuchando a lo lejos cómo proseguía el interrogatorio.

Regresé con la bandeja, portando la tetera, el azúcar, la leche, dos cucharitas y un pocillo vacío. Cuando me disponía a servir a la desdichada joven, la voz de doña Tempestad me detuvo:

—Ambrosio, deje el té sobre la mesa auxiliar y retírese.

Aquí es donde el relato se torna interesante. El lector debe saber que, en el estricto protocolo de la servidumbre, la orden de retirarse no siempre implica abandonar la estancia, sino “hacerse invisible”. Me aposté tras una cortina, disponible para cualquier nuevo encargo.

—Ambrosio trajo el agua caliente —murmuró Tempestad.

—Para estos casos conviene agregar algo de polvo de caléndula —sugirió Borrasca mientras abría un compartimento secreto en su anillo de bodas y dejaba caer un polvillo finísimo en la taza.

—Y algo de matricaria —añadió Tempestad, repitiendo el gesto con su propio anillo.

Tras mezclar el te, se lo tendió a la joven.

—Beba, amiga nuestra. Esta pócima la calmará y le dará paz.

La chica aceptó el pocillo y bebió un par de sorbos. Iba a dar las gracias cuando una mueca de dolor deformó su rostro; acto seguido, se desplomó frente a las Luján.

—¡Ambrosio! —llamó doña Tempestad.

—A sus órdenes, madame —respondí mecánicamente, emergiendo de mi escondite.

—Acomode la estancia. Nuestra invitada no parece sentirse bien —indicó Borrasca con frialdad.

Me agaché para verificar su estado y exclamé:

—La señorita no tiene pulso.

—¡Por amor de Dios, Borrasca! ¿Qué le has dado a esta criatura? ¿La has envenenado? —inquirió Tempestad con ademanes teatrales.

—No que yo sepa, querida. ¿Qué pusiste tú?

—Lo de siempre. Ambrosio, traslade la visitante a la cripta.

—Estimadas señoras —interrumpí con suavidad—, no puedo llevarla allí. Es un sitio familiar y todos los que descansan en él tienen lazos de sangre con el Coronel.

—Pues en la sala no se puede quedar —replicó Borrasca.

—¡Ambrosio!, prepare las bolsas y disponga de la señorita como de costumbre —ordenó Tempestad.

—No es lo que el Coronel querría —repliqué—. Será mejor consultarlo.

—No te preocupes, no molestes al viejo con nuestras tonterías —respondieron ambas al unísono—. No queremos que se levante en medio de la noche por un asunto de poca monta. Retírate a tus aposentos.

«Malditas brujas», pensé para mis adentros. Siempre era lo mismo. Sé perfectamente lo que sucede después: realizan un ritual desconocido y, al día siguiente, ambas amanecen jóvenes y resplandecientes. Al fin y al cabo, no me pagan por hacer preguntas. Mañana me tocará pasar horas limpiando el desorden que habrán dejado en la sala. Nada que hacer: si bien el Coronel no es escritor erótico, sí lo es de misterio, y en sus relatos siempre alguien muere. Por el momento, me alegro de no ser yo la víctima.

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