Lunes


La detective Ada y el inspector Carbonell, como de costumbre, cada lunes por la mañana, se reunían con el alto comisionado de policía para tratar distintos asuntos y casos en curso. 

—Estimados —dijo el comisionado—, en relación con el caso de los jueces del reality, han surgido nuevas pistas que me han llegado por una fuente altamente confiable. La información se refiere a los familiares de las víctimas. Se nos ha confirmado el paradero de una de las exesposas de Simón de Santillana —añadió, mirando de reojo a Ada—. Y aquí es donde entras tú, mi querida detective. Nuestra fuente asegura que la señora reside en Puerto Industrial. 

Al escuchar el nombre de su ciudad, Ada esbozó un gesto casi imperceptible, cuidando de no dejar traslucir sorpresa alguna. 

—Ada, quiero que te encargues de ese asunto de inmediato. 

—Por supuesto. Carbonell y yo podemos tomar la autopista y, en unas ocho horas, estaríamos en la comisaría local. 

—No, Ada. Este viaje lo harás sola. Carbonell permanecerá aquí, en la capital, coordinando otros aspectos de este mismo caso y de otros de similar urgencia. 

—A estas alturas, no creo que sea conveniente dividir al equipo. En Puerto Industrial, alguno de los muchachos puede encargarse de investigar a la dama. Incluso yo misma podría llamar desde aquí y coordinar la pesquisa. 

—Bajo circunstancias normales, y si se tratara de otro caso, estaría de acuerdo contigo —replicó el comisionado—. Pero dada la prioridad del asunto, prefiero que te ocupes personalmente. Mi asistente ya ha hecho una reserva aérea: saldrías en el primer vuelo de la noche. Tómate el resto del día para organizar tu equipaje y prepararte para el regreso a casa. 

—Comprendo, jefe. Donde manda capitán, no manda marinero —respondió Ada con tono lacónico.

Cabeza de Toro


Ada buscaba algo con urgencia en el clóset, revolviendo perchas y cajas con una ansiedad poco habitual.

—¿Qué buscas? —preguntó su marido desde la puerta, intrigado.

—Mi disfraz de vaquera.

—¿El de kevlar color negro?

—Ese mismo.

—Vaya, debe ser serio el asunto. ¿De qué se trata todo esto?

—Me llegó un correo electrónico de la oficina con una nueva asignación: el dueño del banco del pueblo murió y, según dicen, escondió varios lingotes de oro en algún lugar y, como de costumbre en estos casos, algún grupo de degenerados querrá robarlos.

—¿Y cuál es tu plan?

—Iré a la cantina. Escucharé, observaré… ya sabes.

—Te sugiero que lleves el Colt .45.

—Prefiero una mini Uzi 9 mm, querido.

Esa misma noche, Ada se dirigió al famoso bar “Cabeza de Toro”. Dejó estacionado su automóvil a varias cuadras para no llamar la atención. Al cruzar la puerta, notó a una mujer rubia tocando una música muy animada en un clavicémbalo y que mascaba chicle de manera vulgar, sin ningún disimulo. 

El humo de tabaco flotaba espeso y en varias mesas se jugaba a las cartas con mucha seriedad, las prostitutas rondaban a los jugadores como si fueran halcones y continuamente algunas bajaban solas y otras subían acompañadas a algún cuartucho maloliente del segundo piso.

Ada se acercó a la barra, pidió un vaso de bourbon, lo olió cautelosamente y se lo bebió de un solo trago. Luego avanzó con paso seguro hasta la mesa en donde había más dinero en juego; allí estaba Lucho “Poca Suerte”, un sujeto de aspecto áspero y modales desagradables.

—¿Molesto si me uno a la función? —preguntó Ada.

—Si trae dinero, forastera, tome asiento. La apuesta mínima es de doscientos machacantes sobre la mesa.

Ada aceptó. En pocas manos acumuló una suma considerable, mientras los demás jugadores se retiraban con excusas mal disimuladas. Pronto quedó sola con el peligroso bandido.

—Forastera, creo que usted está haciendo trampa. Y nadie se burla de Lucho “Poca Suerte”.

Él se llevó la mano a la cintura, pero no llegó a tocar el revólver. Ada ya había desenfundado la subametralladora. Una despiadada lluvia de balas, impactando cabeza y pecho, prácticamente desintegró al desdichado.

El bar estalló en murmullos. El dueño se acercó, nervioso.

—Señorita, jamás vi a alguien tan diestro. Ese hombre era de la banda de “Cicatriz” Vega, su mejor pistolero. Habrá problemas cuando sus secuaces se enteren. Para fortuna suya, hay un puesto de alguacil vacante… Hoy lo enterramos. Si le interesa, el comisario estará encantado de hablar con usted.

—Perfecto. Si ese era el mejor pistolero de “Cicatriz” Vega, supongo que ellos me darán una paga mucho más alta que lo que pueda ofrecer el ayuntamiento. Sin embargo, pasaré a hablar con el comisario: hay una considerable recompensa por el fiambre que les dejo aquí servido y quiero cobrarla —replicó Ada mientras recogía las apuestas de la mesa.

Ella se dirigió hacia la salida, coloco unos billetes en el escote de la rubia, que seguía tocando la música, nuestra heroína le acaricio suavemente el rostro, la clavicembalista en respuesta hizo una pequeño globo con el chicle, las dos cruzaron una mirada cómplice y Ada ágilmente cruzo la puerta para así desaparecer en la oscuridad.

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Relato para participar en la convocatoria de "Cada Jueves un Relato", en esta ocasión auspiciado por Neogeminis: A modo de Western. Inspirar un relato en los temas clásicos de vaqueros "made in USA" (o Italianos).

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Camelot


Dos caballeros de los tiempos antiguos se dirigen a una cueva rodeada de pantanos infestos.

—¿Dices que esa adivina es muy buena? 

—Es la mejor de la comarca; nos será de ayuda. 

—¿Cómo dijiste que se llamaba? 

—Morgana. 

—¿Y qué tan buena es? 

—Shhh, ya estamos llegando. Ya puedo verla. Seguro estará cocinando sapos en un caldero. Si está de buen humor, podrá decirnos lo que te espera en este lance que tienes planeado.

—¿Qué misterioso destino trae a dos apuestos caballeros a mi humilde hogar? —preguntó una voz desde las sombras. 

—Este es el príncipe Arturo; desea conocer el destino que lleva escrito en sus manos. 

—¿Y quién es este que tanto habla? —respondió Morgana. 

—Él es mi amigo Percival. 

—Somos más que amigos —apuntó el aludido. 

—Tales asuntos no me atañen, caballeros —le interrumpió la adivina—. A ver, principito, tenga la bondad de quitarse el guante de la mano izquierda. 

—Haría bien en cuidar su lengua, pues pronto seré algo más que el heredero de este país —respondió bruscamente el caballero interpelado, mientras se quitaba el guante y le ofrecía la mano a la adivina.

Ella, tras observar apenas unos segundos las líneas de la palma, lanzó un chillido que casi paralizó de miedo a los dos caballeros.

—Aquí dice claramente que no eres quien dices ser. El verdadero príncipe está... —dijo la adivina con expresión de duda, aguzando la vista para ver mejor—... ¡encarcelado! 

—Vaya, realmente la fama que tiene usted es más que merecida. Ciertamente es así: él está encerrado en una torre y porta una máscara de hierro. 

—¿Quién eres tú, entonces? —demandó con enojo la adivina. 

—Mi nombre de nacimiento es Lancelot, hermano gemelo de aquel desdichado del cual está prohibido hablar. 

—Sea como sea, ante el Gran Ojo que todo lo ve y conoce, eres un usurpador y siempre lo serás —sentenció amenazante Morgana.

—¡Basta ya! —rugió Lancelot, desenfundando una daga y colocándola rápidamente contra la garganta de la adivina—. Hoy mismo, antes de que el gallo de medianoche cante, mi padre dará su último suspiro. 

—Planes de truhanes... Pues como se entere el portador de Excalibur, el Caballero Negro, ni el mismísimo Gran Ojo podrá detenerlo.

Morgana no pudo articular ni una sola palabra más. Lancelot, de un solo tajo, le había rebanado la tráquea. Mientras la veía desangrarse, sentenció:

—¡Ja!... Del Caballero Negro, ... , me encargo yo.


Relato para participar en dos convocatorias diferentes.

Inicialmente iba a hacer el relato con mis propios personajes: Madame Marusa o una antepasada suya como adivina, y los caballeros serían nobles de Aragca o Andirria (depende de mi estado de humor). Pero una de las condiciones en los retos me llevó al terreno de lo clásico.



Por un lado está el Vaderreto, que exige una historia con un Rey y un Mago. Mmmmm, aquí cumplo parcialmente: no hay un mago al estilo de los que perseguía don Quijote, pero creo que la lectora de manos puede ocupar perfectamente ese rol. Tampoco hay rey… todavía, porque en pocas horas el protagonista será coronado, lo que técnicamente me da cierto margen con esa convocatoria.

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Del otro lado está Fuego en las Palabras (#Fuegoenlaspalabras), que invita a tomar un relato clásico e invertir los papeles o el contexto de los personajes. Aquí sí puse voluntad para ajustarme a los requerimientos; es mi primera vez participando allí, así que no quiero dar malas impresiones.

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Zaida 2001



La primera noticia acerca de temas espirituales en Aragca, según se especula, ocurrió en la noche de los tiempos, cuando se cree que el ser humano era una criatura mitad simio, mitad hombre. En el cine, a veces, se muestran unos chimpancés reunidos alrededor de un monolito, pero lo que realmente ocurrió fue que no había presupuesto para pagar a una actriz que se pareciera a la diosa Zaida.

Esta diosa, perteneciente a una dimensión desconocida, usando magia o una tecnología imposible de imaginar incluso para nosotros, apareció un día de repente, como una especie de fantasma, en las llanuras donde nuestros supuestos padres —los homínidos— estaban a punto de colapsar por el hambre. La diosa les enseñó a adorarla; ellos aprendieron a hincar la rodilla y a postrarse ante su presencia. En recompensa, ella les enseñó los secretos del fuego.

Luego de algunos milenios, la diosa comenzó a pensar que sus mascotas se habían vuelto dependientes de ella y que no progresaban como era debido. Así que, un día, sin decir palabra, se elevó por los cielos y desapareció para siempre, quedando de ese modo registrada en los anales sagrados de la humanidad.

Se dice que, durante su ascenso, la diosa atravesó el espacio sideral y se desterró voluntariamente en una luna olvidada de Saturno (sin confirmar).

Desde ese día, en muchos lugares del mundo han aparecido “hijas de Zaida”, reclamando haber sido enviadas por la diosa, o incluso mujeres sabias que repiten enseñanzas místicas supuestamente basadas en los dichos y hechos de Zaida, alrededor de las cuales se han formado cultos, sectas y grandes religiones.

Como suele ocurrir, ninguna de estas hijas ha logrado ponerse de acuerdo con las demás, lo cual ha sido interpretado por los fieles como una prueba irrefutable de la profundidad del mensaje original.

Los más escépticos señalan que, si la diosa regresara hoy, probablemente negaría haber dicho la mayoría de las cosas que se le atribuyen, en cualquier caso, Zaida permanece ausente, observando —según algunos— desde su exilio, y otros dicen que vive entre nosotros, discretamente, bajo una identidad cotidiana e informal. 

¡Podría ser tu vecina!



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Relato participante en la convocatoria "Cada Jueves un Relato" por Roselia Bezerra en su blog “Espiritual Idade”.  

En esta ocasión, la autora nos invita a escribir un relato inspirado en los colosos espirituales de la humanidad.  

Los detalles completos de la convocatoria pueden consultarse en este enlace (convocatoria en idioma portugués).




El Agravio. Donde se da cuenta de cómo un impostor fue descubierto por un caballero

Acababa yo de presentar un corto entremés, basado en un diálogo absurdo entre don Quijote y Sancho, cuando de entre el público surgió una figura que no pude ver con claridad, a causa de la oscuridad de la sala.

El hombre habló con gran enojo, poniendo la punta de su ropera en mi garganta:

—Ratón y bellaco, habéis desfigurado a un noble personaje, cuyo autor conozco sobradamente. Decidme, pues, ¿cómo os llamáis?

—Soy el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda —respondí, no sin mostrar cierta cólera en el rostro.

—Os parecéis a Jerónimo de Pasamonte… o quizá a Pedro Liñán de Riaza.

—Os aseguro que no sé quiénes son tales hombres; mas no tolero ofensas de desconocidos. Identificaos, buen señor.

En ese instante la figura se descubrió por completo, y el miedo se apoderó de todos. Mi interlocutor resultó ser un monstruo de la naturaleza. Al verlo, cuantos estábamos en la sala —público, actores y gente del teatro— huimos despavoridos, sin mirar atrás.

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