Ada buscaba algo con urgencia en el clóset, revolviendo perchas y cajas con una ansiedad poco habitual.
—¿Qué buscas? —preguntó su marido desde la puerta, intrigado.
—Mi disfraz de vaquera.
—¿El de kevlar color negro?
—Ese mismo.
—Vaya, debe ser serio el asunto. ¿De qué se trata todo esto?
—Me llegó un correo electrónico de la oficina con una nueva asignación: el dueño del banco del pueblo murió y, según dicen, escondió varios lingotes de oro en algún lugar y, como de costumbre en estos casos, algún grupo de degenerados querrá robarlos.
—¿Y cuál es tu plan?
—Iré a la cantina. Escucharé, observaré… ya sabes.
—Te sugiero que lleves el Colt .45.
—Prefiero una mini Uzi 9 mm, querido.
Esa misma noche, Ada se dirigió al famoso bar “Cabeza de Toro”. Dejó estacionado su automóvil a varias cuadras para no llamar la atención. Al cruzar la puerta, notó a una mujer rubia tocando una música muy animada en un clavicémbalo y que mascaba chicle de manera vulgar, sin ningún disimulo.
El humo de tabaco flotaba espeso y en varias mesas se jugaba a las cartas con mucha seriedad, las prostitutas rondaban a los jugadores como si fueran halcones y continuamente algunas bajaban solas y otras subían acompañadas a algún cuartucho maloliente del segundo piso.
Ada se acercó a la barra, pidió un vaso de bourbon, lo olió cautelosamente y se lo bebió de un solo trago. Luego avanzó con paso seguro hasta la mesa en donde había más dinero en juego; allí estaba Lucho “Poca Suerte”, un sujeto de aspecto áspero y modales desagradables.
—¿Molesto si me uno a la función? —preguntó Ada.
—Si trae dinero, forastera, tome asiento. La apuesta mínima es de doscientos machacantes sobre la mesa.
Ada aceptó. En pocas manos acumuló una suma considerable, mientras los demás jugadores se retiraban con excusas mal disimuladas. Pronto quedó sola con el peligroso bandido.
—Forastera, creo que usted está haciendo trampa. Y nadie se burla de Lucho “Poca Suerte”.
Él se llevó la mano a la cintura, pero no llegó a tocar el revólver. Ada ya había desenfundado la subametralladora. Una despiadada lluvia de balas, impactando cabeza y pecho, prácticamente desintegró al desdichado.
El bar estalló en murmullos. El dueño se acercó, nervioso.
—Señorita, jamás vi a alguien tan diestro. Ese hombre era de la banda de “Cicatriz” Vega, su mejor pistolero. Habrá problemas cuando sus secuaces se enteren. Para fortuna suya, hay un puesto de alguacil vacante… Hoy lo enterramos. Si le interesa, el comisario estará encantado de hablar con usted.
—Perfecto. Si ese era el mejor pistolero de “Cicatriz” Vega, supongo que ellos me darán una paga mucho más alta que lo que pueda ofrecer el ayuntamiento. Sin embargo, pasaré a hablar con el comisario: hay una considerable recompensa por el fiambre que les dejo aquí servido y quiero cobrarla —replicó Ada mientras recogía las apuestas de la mesa.
Ella se dirigió hacia la salida, coloco unos billetes en el escote de la rubia, que seguía tocando la música, nuestra heroína le acaricio suavemente el rostro, la clavicembalista en respuesta hizo una pequeño globo con el chicle, las dos cruzaron una mirada cómplice y Ada ágilmente cruzo la puerta para así desaparecer en la oscuridad.
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Relato para participar en la convocatoria de "Cada Jueves un Relato", en esta ocasión auspiciado por Neogeminis: A modo de Western. Inspirar un relato en los temas clásicos de vaqueros "made in USA" (o Italianos).


El bar podria haberse llamado: "Toro Salvaje", pero ..... ya existe el nombre.
ReplyDeleteJajaaaaaja
ReplyDeleteSí, el nombre está pillado, primero por Jake Lamotta:
https://es.wikipedia.org/wiki/Jake_LaMotta
Y después por mí cuando bauticé el blog y puse esto en mi perfil ya me identifiqué bastante con el contenido de esa reseña:
Nueva York, años 60. Mientras Jake La Motta, cómico, ensaya su papel ante el espejo, un flashback nos lleva hacia atrás en el tiempo, mucho más atrás, a los años 40. En esa época, Jake es un magnífico boxeador que sufre su primera derrota como profesional tras una exitosa carrera. A partir de aquí, asistimos al relato de aproximadamente quince años de vida del boxeador, en los que alcanza glorias que nunca parecen hacerle feliz, para después sumirse en los infiernos de la decadencia física y personal, que a su vez le harán descubrir su dignidad.
Tu relato es genial.
Pero eso no es novedad, es lo habitual.
Saludos.