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La esfinge de Mimas




I.

—Estamos un poco bajos de combustible y provisiones —anunció con cara muy seria el coronel Bill Deering.

—Conozco una luna cercana en donde hay toda una ciudad en la cual podremos conseguir lo necesario para continuar nuestro viaje hacia las afueras de la galaxia. Además, conozco a la alcaldesa del lugar; la llaman «La Esfinge de Mimas» —respondió con aire optimista la capitán Vilma Rogers.

—¿Mimas? No me suena nada bien. Según los mapas es una colonia penal, está prohibido acercarse.

—Esas son meras historias que cuentan las viejas asustadas. Según dicen, allí tenían encadenada a una especie de bruja muy poderosa.

—Leyenda o no, el mapa dice que en este mismo sistema solar, cerca de la estrella central, hay un planeta habitado. Quizás allí podamos aprovisionarnos.

—¿La Tierra? Nah, olvídalo, es un sitio muy primitivo. Nadie allí ha desarrollado la capacidad para viajar entre las estrellas, ese planeta no es más que un fraude. Además, los «humanos», que son la raza que gobierna ese mundo, tienen una anatomía bastante monstruosa... da miedo de solo verlos.

—Veo que no tenemos opciones, pues al mal paso, darle prisa. Dirige la nave a Mimas, aterricemos allí, compremos lo que necesitemos y nos marchamos lo más rápido posible.

—Muy bien, pues vamos. Muchas veces he ido allí y nunca pasa nada de qué preocuparse.

—Si no te conociera, cualquiera pensaría que hablas en serio. Si no fuera porque la situación es crítica, preferiría pasar de largo y buscar el equipamiento en otra parte más confiable.

—El siguiente sistema está a unos cuatro años luz y apenas tenemos energía para unos dos días-luz. Tú decides: tómalo o déjalo.

—Si no fuera porque ese maldito miniasteroide que salió quién sabe de dónde perforó el casco de la nave, en donde para mayor sabrosura estaba el combustible...

—Son los azares de todo viajero del espacio profundo, meros gajes del oficio.

—¿Azar o intencional?

—Ni lo uno ni lo otro, además ¿qué importa? Mimas está al alcance, se localiza a unos 731 minutos-luz y allí pondremos fin a nuestras angustias. Hay de todo: comida, alojamiento... Podremos aprovisionarnos y reparar la nave, todo en menos de lo que canta un gallo y a precio razonable.

—Me da mala espina el lugar, pero... a falta de pan, buenas son arepas.


II.

—¿Lo ve, jefe? Conseguimos un lugar perfecto en el astropuerto para estacionar la nave. Así podemos hacer las compras de aquello que necesitamos y reparar la nave. El almacén general está cerca de aquí.

—A mí me pareció que la tarifa que nos cobran es un poco cara.

—Es que estamos en la periferia de la galaxia y son básicamente los precios que se manejan en este sector. Entremos aquí, que es en donde me dan crédito para el tema de las provisiones.

—Buenas tardes, caballeros. Bienvenidos al almacén general de Mimas, tenemos las mejores mercancías de esta constelación —anunció Naria con voz jovial.

—Necesitamos un Estabilizador de Fase Subespacial, un Sincronizador de Polaridad Inversa, unas Juntas de Compresión de Hidrógeno Pesado, un paquete de Concentrado de Hidratación en Polvo "Oasis-3", seis kilos de antimateria para combustible y dos pintas de materia negra para el lubricante.

—Tenemos los faseadores importados, creo que serán buena opción; los sincronizadores son refurbished, pero les van a encantar. Todo lo demás es industria nacional y va sin impuestos.

—Muy bien, cárguelo a mi tarjeta —indicó Vilma.

—Perfecto, la transacción ha sido correcta. Pueden recoger sus artículos en la parte de atrás del almacén. ¿Necesitan algo más en lo que podamos ayudarles?

—Estamos buscando a una persona, la llaman la Esfinge de Mimas.

—¿Son amigos de ella? —respondió Naria mientras presionaba discretamente un botón secreto.

—La conocemos bastante bien —contestó Vilma, e iba a agregar algo más pero fue interrumpida por la entrada abrupta de varios gigantescos robots policiales fuertemente armados.

—¡ALTO! Están ustedes arrestados —indicó el líder de los robots.

Bill y Vilma iban a replicar algo, pero recibieron fuertes golpes en la cabeza con macanas de goma, dados con milimétrica precisión, lo cual los puso al instante fuera de combate.


III.

Despertaron en una especie de mazmorra húmeda y oscura.

—Saludos, soy la abogada Tisífone. Estaré a cargo de su defensa. Trataré de que les conmuten la ejecución en la guillotina por la de muerte en la horca. Con suerte lograremos ese objetivo, ya que el juez de su caso es particularmente severo cuando se trata de un crimen tan vergonzoso como el que cometieron ustedes.

—¿Pero de qué se nos acusa? —protestó Bill.

—La amistad con la Esfinge es una de las conductas punibles más detestadas en Mimas. De hecho, ya llegó la sentencia final —les dijo mostrándoles un dispositivo en donde se podía leer: «Muerte en la horca».

En ese mismo instante aparecieron de nuevo los robots, que condujeron a los condenados hacia el patíbulo, en donde una muchedumbre ansiosa de espectáculos ya se había reunido. Un niño que hacía de tamborilero, y que mantenía un redoble fatídico, precedía al par de viajeros caídos en desgracia.

Los robots, con la agilidad que da la práctica, pusieron las cuerdas alrededor del cuello de los delincuentes. Cuando el redoble terminó de sonar, activaron una trampilla para que se cumpliera la sentencia.

Pero en vez de quedar colgados y medio muertos, el par de desdichados cayó en una pila de barro y algunos otros compuestos innombrables pero malolientes.

—Vilma, amiga mía, ¿cómo estás? ¿Qué te trajo a Mimas? —dijo la Esfinge de Mimas—. Espero que no te haya disgustado esta pequeña broma.

—De modo que todo esto fue una bromita de mal gusto —exclamó enojado Bill.

—Se me olvidó mencionarlo, jefe: la Esfinge es famosa por su curioso sentido del humor.

—¡Alerta! —los interrumpió la Esfinge—. Es un grave delito hacer bromas con el sistema legal. Los verdaderos robots de la corte vienen a arrestarnos a todos, tenemos que correr.

A lo lejos se veían las siniestras figuras de los verdaderos robots policía. Nuestros amigos, sin perder tiempo, pusieron pies en polvorosa. Bill y Vilma pudieron llegar a su nave y despegaron de aquel lugar lo más pronto posible.

La sonrisa en la cara de la Esfinge era inocultable, estaba riendo a carcajadas cuando se le acercó uno de los robots y dijo:

—Alcaldesa, los forasteros no pagaron el estacionamiento.

—No te preocupes, pon una orden de arresto a nivel galáctico. Ofreceremos una buena paga a cualquier cazarrecompensas que les dé captura —contestó ásperamente la Esfinge.

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