La cura



— Siempre me he preguntado acerca de la identidad de la paciente de la unidad 731 —dijo la enfermera Ada Simula, mientras acomodaba su hermosa cabellera azabache.  

— ¿Te refieres a la mujer que lleva más años en coma profundo que nosotras trabajando en este hospital? —respondió la enfermera Zaida Escualor, una bella mujer de cabellera larga y oscura.  

— Esa misma.  

— Poco se sabe. Dicen que fue una actriz, muy conocida por interpretar en televisión el encierro de la Diosa en la luna de Mimas.  

— Oh, ¿entonces es la misma que hizo de esposa de Carbonell en la serie dedicada a su hija?  

— Es correcto, ella interpretó ambos papeles.  

— ¿Y qué le ocurrió? ¿Por qué cayó en coma?  

— Eso es incierto, solo hay rumores.  

— Cuéntame alguno.  

— Parece que nunca pudo superar el hecho de que su personaje fue cancelado.  

— Eso es lo raro. Recuerdo que lo hacía muy bien como la esposa de Carbonell.  

— Era tan exitosa que atrajo la envidia de muchos. Según dicen, la protagonista del programa la vio como una rival muy fuerte, se quejó ante los productores y, por eso, terminaron eliminando su participación en el show.  

— Entiendo. Debió haber sido muy difícil de digerir saber que ya no podría trabajar, siendo su desempeño de la más alta calidad. Ahora bien, ¿sabes por qué el hospital la mantiene con vida? Podrían desconectarla y dejarla descansar en paz.  

— Silencio, chica. Esa paciente es muy valiosa.  

— ¿Valiosa? ¿Para quién?  

— Escúchame bien: ella es muy importante porque es la base para crear “la cura” que tanto buscan los científicos y médicos de este hospital.  

— ¿"La cura" de qué?  

— Calla, niña. Estás muy preguntona hoy y hay cosas que no debes saber.  

— No pensé que estuviera indagando algo indebido. Explícame lo de "la cura".  

— Esta paciente tiene en sus venas los anticuerpos que pueden convertir a los personajes creados por inteligencia artificial en seres humanos comunes y corrientes.  

— Pues eso suena como una buena noticia. Ya parece que más del 25 % de las personas que uno ve en las calles fueron generadas con alguna de esas inteligencias.  

— No es tan simple como crees. Muchos de los "artis" no están dispuestos a ponerse la vacuna, y también hay grupos radicales que quieren eliminar a nuestra paciente para evitar que la cura sea desarrollada.  

— ¿Y por eso estamos aquí?  

— ¿Qué comes que adivinas? Nosotras somos la última línea de defensa de esa pobre mujer. Debemos protegerla con nuestras vidas, si es necesario.  

— Ella me agrada. Da por hecho que haré todo lo que esté a mi alcance para que siga viva.  

— No esperaba menos de ti.  

===

La hija de Carbonell, 1 parte

Enfermeras

Encuentro en Mimas

La hija de Carbonell, escena 1.


Me desperté sudando copiosamente en medio de la noche. Me pareció extraño. De inmediato supuse que algo estaba mal: tenía la sensación de que aquello ya me había sucedido antes, al menos un par de veces en el pasado... y otras tantas en el futuro. Por alguna razón, había despertado en el cuerpo de otro personaje, atrapada en las historias y cuentos de alguien diferente. Lo habitual es que aparezca en un ambiente de ciencia ficción, rodeada de naves espaciales, motores de antimateria y alienígenas con tecnología capaz de simular universos enteros. Pero esta vez era distinto: estaba en un cuarto común y corriente, de finales del siglo XX o principios del XXI, y lo más inquietante era que no estaba sola. A mi lado, en la cama, descansaba un hombre, quizás de unos cincuenta años, tal vez más.

Mi primera reacción fue tratar de identificar el cuerpo en el que había despertado. Me palpé: era una mujer, sin arrugas ni defectos físicos. Aquello era reconfortante, pero necesitaba ver mi semblante. Supuse que habría un espejo en el baño. La habitación no estaba completamente en penumbra; la luz de la luna y la artificial se filtraban por las ventanas.

El lugar no era lujoso, pero sí decente. Pensé que si me movía, el hombre a mi lado podría despertarse y comenzar a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, la curiosidad por descubrir quién era yo —o mejor dicho, de quién era el cuerpo que habitaba— era apremiante. 

Ir al baño en medio de la noche no debería ser motivo de alarma. Pero ya saben, en los cuentos estas cosas simples suelen desencadenar tragedias o escenas dramáticas que hacen reflexionar... o al menos sacar una sonrisa al lector.

Con cautela, ubiqué las puertas. Había tres: una debía ser la del clóset, otra la de salida, y la tercera, el baño. ¿Cuál sería cuál? Difícil saberlo. Me moví con cuidado, eligiendo la más lejana, cerca de la ventana. Por suerte, acerté. Era el baño. Cerré la puerta tras de mí y encendí la luz.

El baño reflejaba el estilo del dormitorio: sin lujos, pero funcional. Había dos de cada cosa: toallas, cepillos de dientes, máquinas de afeitar y un montón de gafas de sol. Frente al espejo, vi el cuerpo que ocupaba. Era una pelirroja, no desnuda, sino con una blusa vaporosa, ideal para dormir. Tenía unos 45 años, un aspecto hermoso aunque ya con algunos signos de decadencia. Era alta, atlética, y podía sentir la fuerza de su cuerpo.

¿Quién sería esa mujer? ¿Cuál su ocupación? ¿Y qué relación tenía con el hombre en la cama?

Si uno opta por quedarse en un cuerpo ajeno, hay que fingir, evitar alarmar a quienes rodean al "cuerpo-anfitrión". Decidí regresar a la cama, aunque con dudas. A veces, las parejas suelen abrazar o mostrarse cariñosas durante el sueño, y la idea de intimar con un desconocido me repugnaba. Aun así, me enrollé en las cobijas, intentando evitar cualquier contacto.

—¿Ocurre algo, mi amor? Te noto intranquila. ¿Por qué te despertaste? —su voz rompió el silencio.

Era lo que temía: un sujeto preguntón con sueño ligero.

—Estoy bien. Solo tuve una sensación de incontinencia, pero ya pasó. No te preocupes.  

—No escuché nada. Ni el sonido del pis en el agua, ni que bajaras la cadena.  

—¿Qué eres, una especie de detective? Simplemente no pude hacer nada, eso es todo.  

—¿Incontinencia o inconveniencia a las 4 a. m.? ¿Seguro que estás bien?  

—Sí, todo va bien. Vuelve a dormir.  

—Sabes que si me despiertas, ya no puedo conciliar el sueño.

No respondí. Fingí un ronquido, esperando que desistiera.  

—Ah, no, no me vengas con eso. Sabes que odio cuando finges haberte dormido —insistió.  

—¿Puedes callarte de una buena vez? Ni tú ni yo dormimos así —solté, molesta.  

Error. Apenas terminé la frase, se escuchó el llanto de una niña pequeña.  

—¿Ves lo que has hecho? Despertaste a mi hija. Ahora ve a calmarla.

De pronto, entendí lo que ocurría. Todo encajaba. Esto no era real. Este hombre era un actor de segunda. Si el marido de una mujer fuerte y atlética debía ser alguien similar, este tipo no cuadraba. Estaba claro que quien dirigía esta escena no había tenido presupuesto para un galán. Igual pasaba conmigo: ocupaba el cuerpo de una actriz secundaria sin mayor talento, quizás poco conocida.

—Por supuesto que iré a calmar a la niña —respondí haciendo ademanes exagerados, muy postizos como para darle aire teatral al asunto. Me dirigí a una de las puertas que supuse no llevarían a ningún lado, dado que esto era un set de grabación. Como esperaba, al cruzarla, el llanto cesó y una voz gritó: "¡Corten!". Sonreí. Sabía que en la próxima escena aparecería en el lugar correcto: quizá una luna lejana del siglo XXX, o, mejor aún, en un reino medieval con espadas y dragones.  

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