I.
—¡Equipo! Tenemos una nueva misión —anunció a todo pulmón la Doctora June Alava.
—¿De qué se trata esta vez? ¿Alguna larva cuántica? —apuntó con desdén Nario Sereno.
—Casi —respondió de inmediato June, ignorando la ironía de la pregunta—. Esta vez es un chupacabras que está asolando a los granjeros de Urano.
—Otra vez nos toca el mismo chupacabras del mes pasado; yo paso —indicó con tono pesimista Rune Aldaba.
—Nah. Este es diferente, el otro fue en Neptuno —contestó June.
—Como sea, ¿cuánto tiempo nos tomará esta «misión»? De ese modo podré informarle a mi esposa que estaré lejos de casa por una buena temporada —comentó con cierto desgano Rubén Abala.
—Nos tomará mes y medio ir y otro tanto volver abordando la Tordesillas; es una nave cómoda con espacio para seis o siete personas —aseguró June.
—Si no está disponible el Lepanto, que es más rápido, pues no hay más remedio. La Tordesillas, supongo, estará bien —murmuró Rubén.
II.
—¿Ese planeta que se ve a la derecha es Júpiter? —inquirió Rune.
—No, querida; Júpiter lo pasamos hace unos días. En efecto, estamos en el sistema de Saturno —explicó con aire de entendido Nario.
—¿Y esa lunita que se ve allí cómo se llama?
—¿La que tiene un cráter gigante?
—Sí, esa. Más que cráter parece una gigantesca cicatriz.
—Oh, esa se llama Mimas.
A lo que invocó dicho nombre, al mismo tiempo de aquella misteriosa luna salió una especie de haz luminoso muy intenso con dirección a la Tordesillas. Los tripulantes no alcanzaron a reaccionar: una luz cegadora muy intensa envolvió toda la nave con un efecto muy similar a como si se la estuviera tragando una flama solar.
III.
Rubén y Rune se despertaron aturdidos en un paraje muy similar a un bosque de la Edad Media. No recordaban qué había pasado. Juntos se dirigieron a un castillo que estaba a menos de una legua de distancia.
En la puerta los estaba esperando Nario, que vestía los lujosos ropajes de un guardia del palacio real.
—La Dama los está esperando con impaciencia. Por favor acompañenme; les mostraré sus aposentos en donde podrán asearse y prepararse para la cena —les indicó Nario en un tono frío y lejano.
Rubén y Rune lo siguieron sin hacer mayor cuestionamiento; de inmediato se dieron cuenta de que su compañero estaba como «hipnotizado» o, más bien, como si fuera otra persona.
—La habitación de la señorita es esta y la de al frente es la del caballero. Por favor, estén puntuales en el comedor en aproximadamente una hora: ni un minuto más, ni un minuto menos —sentenció Nario.
Los dos hicieron tal cual como se les había ordenado: tomaron un buen baño y se colocaron el vestuario adecuado al ambiente del lugar.
—Vaya, pareces un príncipe azul —exclamó Rune al ver a Rubén.
—Y tú pareces la mismísima Cenicienta en pleno baile, estás bellísima —bromeó Rubén.
La pequeña algarabía fue interrumpida por los pasos y la presencia de Nario, quien dijo:
—Veo que están a tiempo. Por favor síganme; los conduciré al Comedor Principal en donde podrán acompañar a la Dama.
—¿No te parece extraño? —preguntó Rune a Rubén.
—¿Qué exactamente?
—La música. Todo el tiempo he escuchado como una tonada salida de un piano antiguo.
—Todo es extraño aquí, pero tienes razón, también escucho la tonada: muy débil, casi imperceptible, pero allí está, colándose en el ambiente.
IV.
El Comedor Principal era un espacio bastante amplio en donde destacaba una gran mesa en la que estaba sentada la Dama. De pie a su lado se veía a una sirvienta acomodando platos y otros menesteres en la mesa. Unos metros hacia la derecha había una mujer rubia tocando una música suave en una especie de piano antiguo (un clavicembalo). Nario se quedó en la puerta haciendo la guardia con su pesada alabarda.
—Bienvenidos, invitados. Tomen asiento —dijo la Dama.
—¿Doctora June? —interrogó Rune.
—Shhh —susurró Rubén llevándose un dedo a los labios de modo que Rune pudiera verlo claramente.
—En efecto, ese es mi nombre. Soy la Camerlanga Mayor de Mimas, June Alava, Favorita del Rey. Estoy muy agradecida de tenerlos como invitados en esta velada. Por favor, tomen asiento y disfruten la estancia —contestó en tono amable y cordial la Dama.
La sirvienta de inmediato dispuso de manera rápida y eficiente varios manjares y platos exquisitos para los invitados. Rune y Rubén, sin saber cómo, trataban de mantener los modales que obliga el protocolo de una gran velada en casa de la nobleza, tratando de no hacerse lío en el uso apropiado de la cubertería disponible.
De repente, Rubén miró con atención a la Dama y preguntó:
—Disculpe, ¿siempre ha llevado usted las uñas pintadas de negro?
Obviamente la pregunta salió a destiempo; fue tan inusual que la mujer que tocaba la música paró abruptamente y se hizo un silencio pesado. La Dama parecía como paralizada ante semejante intromisión tan íntima.
Moviéndose ágilmente y con elegancia, la sirvienta se inclinó hacia la Dama y le dijo algo al oído; tan solo fue un susurro rápido que los invitados no pudieron escuchar con precisión.
—Es una tradición familiar —respondió la Dama—. Mi madre siempre las llevaba de ese color y así sucesivamente cada uno de mis ancestros siguió la misma costumbre desde hace incontables siglos —continuó la Dama con tono seguro y una sonrisa muy serena.
Dicho eso, la música volvió a sonar manteniendo el ambiente alegre pero elegante de la velada.
—Esto es muy extraño —confesó en voz baja Rubén a Rune—. Todos sabemos que June nunca conoció a sus padres; este ambiente es muy sospechoso y creo saber quién es el responsable de esto.
—Es cierto, ¿pero qué vamos a hacer? —murmuró Rune intrigada.
—Déjamelo a mí, sé exactamente cómo resolver el misterio —indicó con voz baja Rubén mientras tomaba en una mano uno de los cuchillos de la mesa y, con la velocidad que da la practica en ciertos lances turbios, agarró a la sirvienta, doblándole un brazo en la espalda, mientras que con la otra mano le puso el cuchillo en el cuello a aquella mujer.
(Curiosamente la «pianista» parecía no estar alarmada, pues continuó tocando calmadamente la música).
—Vamos, pongan fin a esta farsa. Tienen ustedes hipnotizados a nuestros amigos, simplemente queremos que nos los devuelvan tal cual estaban y todos nos iremos en paz.
—No sé de qué habla usted, caballero —respondió con voz de sorpresa y muy asustada la sirvienta.
—Es muy sencillo: hay alguna bruja aquí en este castillo que ha encantado a nuestros amigos; quizás todo aquello que vemos sea mera ilusión. Dejémonos de trucos o comienzo a cortar carne —farfulló Rubén mientras hundía la hoja filosa del cuchillo en la piel del cuello de la desdichada.
Y quizás Rubén hubiese rebanado todo el cuello de la sirvienta si no fuera por la rápida intervención de Nario, que aprovechó el forcejeo de ese par para darle un buen golpe por la espalda a nuestro héroe y ponerlo fuera de combate.
V.
Se despertó adolorido en una oscura y húmeda mazmorra; a su lado estaba llorando Rune.
—Dijeron que la pena de muerte era lo acostumbrado en estas situaciones. Lo que hiciste aparentemente es muy grave.
—Todo esto es una locura.
Iba a agregar algo más cuando escucharon los pasos de una gran comitiva y el sonido de llaves antiguas abriendo pesadas puertas. El grupo iba presidido por June; detrás de ella venían la sirvienta y la pianista, y cerraba el grupo Nario, vestido a la usanza de los verdugos de antaño. Extrañamente la celda era tan amplia que también había allí un clavicémbalo, y la rubia se sentó mecánicamente para tocar una tonada triste y fúnebre.
—Rubén Abala —anunció la Dama con voz fría y resonante—. La agresión con arma a un miembro de esta casa dentro del Comedor Principal constituye alta traición y un delito horrendo contra la Corona. La pena es la muerte inmediata.
—¡Esto es una locura! —protestó Rune —. ¡Ella no es la Dama y este no es su castillo! ¡Nario, reacciona, por favor!
Nario, con la mirada completamente extraviada y sin pestañear, blandió en el aire una pesada y gigantesca hacha ceremonial.
—Que la sentencia se cumpla —ordenó la Dama.
Sin tiempo que perder, Rubén actuó con la velocidad del rayo: apresó la muñeca de Nario con fuerza y le arrebató el hacha de un manotazo, dirigiendo toda su furia y frustración contra la sirvienta. Esta cayó de inmediato al piso herida de muerte.
—¡Deténgase! —ordenó muy alterada la Dama.
Apenas escuchó esa voz, Rubén reaccionó y tiró el hacha al piso.
La sirvienta estaba de rodillas en el suelo, presionándose la herida mientras un hilo denso de sangre manchaba sus vestidos.
A Rubén lo invadió una ola repentina de culpa y pánico. Miró sus propias manos manchadas de rojo y el hacha que acababa de soltar contra el suelo.
—No... no, no... —balbuceó Rubén, arrodillándose junto a la mujer herida—. Espere, no quería... yo pensé que usted era... ¡por favor, déjeme ayudarla!
Con las últimas fuerzas que le quedaban, la sirvienta levantó una mano temblorosa, le tomó la manga a Rubén y se inclinó hacia su oído. Con un hilo de voz agonizante, susurró:
—Yo no soy la bruja... es ella...
La mano de la mujer se desplomó sin vida contra el suelo de piedra y sus ojos quedaron fijos en el vacío. Rubén, paralizado por el horror, miró frenético a su alrededor: la Dama, la pianista y la propia Rune lo observaban con rostros de espanto. ¿A cuál de las tres se refería?
Antes de que pudiera formular la pregunta, un chasquido sordo resonó en el aire y todo el entorno se disolvió en un destello cegador.
VI.
De pronto, todos se encontraron de nuevo en el puente de mando de la Tordesillas, flotando en la órbita de Saturno justo en el momento en que observaban el horizonte.
—¿Y esa lunita que se ve allí cómo se llama? —preguntó Rune.
—¿La que tiene un cráter gigante? —indagó Nario, parpadeando un par de veces como si intentara sacudirse el sopor de un sueño pesado.
—Sí, esa. Más que cráter parece una gigantesca cicatriz.
—Oh, esa se llama Mimas —explicó Nario.
En ese momento, la Doctora June Álava arrugó el entrecejo con evidente inquietud.
—¿Mimas? No me gusta ese lugar —intervino June firmemente—. Mejor desviemos la nave.
—Nos tomará un mes más de ese modo —protestó Rubén, ajustándose en su asiento.
—No lo sé —respondió June negando con la cabeza—. Prefiero esa demora; mi corazonada me dice que no estamos preparados para enfrentar lo que hay en esa luna.
Los tripulantes se miraron entre sí y, aunque no muy convencidos por el cambio repentino de ruta, terminaron asintiendo y acatando la orden en silencio mientras la Tordesillas se alejaba del misterioso satélite.







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