La Nomenklatura



Es un tanto precario describir el incidente que ocurrió hoy, aunque no se trató de un evento poco común. Iba en mi limusina por las calles de Nueva Caledonia, rumbo a mi lugar de trabajo: el rascacielos de Industrias Ishii, quizá uno de los cuatro más altos del país. Soy la CEO de la oficina local.

Al doblar una esquina noté un puesto de venta de revistas y, con el rabillo del ojo, distinguí el cómic de la semana: ADA y Hulla resolviendo el caso de los jueces del reality.

Me pareció extraño, pero mantuve el rostro impasible. Evidentemente no iba a pedirle al chofer que se detuviera para comprar un ejemplar; habría sido un gesto impropio, una excentricidad capaz de encender las alarmas de la Nomenclatura. Así llamamos al reducido grupo de industriales, políticos y nobles que controlamos el destino de la nación. Somos doce. Nos conocemos bien. Y ellos me conocen a mí.

La Nomenclatura existe desde hace siglos. No llegué allí por mérito, sino por línea de sangre: mi padre y mi abuelo fueron miembros. Aprendí observándolos.

Al ver la revista comprendí algo de inmediato: la realidad había sido alterada de forma profunda. Hulla era un personaje cancelado desde hacía décadas, un precursor de Carbonell. Su reaparición indicaba que me encontraba en un mundo distinto al que conocía, uno peligrosamente inestable.

¿Sería yo la única en notarlo?

¿Era una extranjera en ese nuevo universo, o una nativa que aún recordaba la versión anterior?

¿Debía intentar reconstruir la línea original?

Y lo más inquietante de todo:

¿qué —o quién— había provocado el cambio?

Espero que se comprenda mi extrema cautela ante el evento. Por esa razón decidí mantener la calma y continuar con mi día como si nada hubiese ocurrido. El chofer me llevaría al estacionamiento subterráneo del edificio y, desde allí, tomaríamos el ascensor privado directo al último piso.

Una vez arriba, atravesaría las oficinas de la dirección general como siempre: sin detenerme, sin mirar a nadie, escuchando apenas los saludos de quienes trabajan allí. Pero no solo hay personas en ese espacio. Parte de la decoración es una estatua de oro dedicada a la diosa Zaida. Nunca me ha agradado. Tengo la sensación de que me observa, de que me sigue y me juzga. La conservo porque pertenece a mi familia desde hace generaciones y porque mi abuelo hablaba bien de ella. Aun así, prefiero mantener distancia de ese tipo de asuntos místicos.

Entraría a mi oficina y cerraría la puerta, buscando privacidad. Mi primer movimiento sería no informar a ningún otro miembro de la Nomenclatura sobre mi hallazgo. Por experiencia sé que ser quien mueve primero en un juego donde los rivales son tan hábiles como uno implica un riesgo innecesario.

Dejaría que las cosas siguieran su curso, observando. No todos poseen mi natural cautela. Tarde o temprano alguien más notaría el cambio y entraría en pánico, convocando una reunión de emergencia. Ya ha ocurrido antes.

Y en ese terreno —el de las intrigas— sé moverme con soltura.

-o-

En uno de los salones del exclusivo club "Los Avellanos", una figura discreta se aproxima a un hombre solitario, sentado en una mesa reservada para VIPs.

—Pero mírenlo… ¿no es acaso Truhanio van der Waals? Qué ocasión tan singular nos concede hoy tan ilustre presencia.

—Barón von der Waals, para ser precisos —corrigió el aludido, sin levantar la vista.

—Desde luego. ¿Concedería el señor Barón, en un gesto de cortesía entre iguales, que otro Barón le acompañe a degustar algunos… selectos etílicos brebajes?

—Querido Feloncio Sterling, sabes bien que siempre he apreciado tu compañía. Haz los honores.

Tras aquella introducción tan poco común —aunque perfectamente acorde con dos Barones de su talla— y sin despertar sospechas entre los demás comensales, Truhanio bajó la voz. Observó de reojo al recién llegado y luego al resto de los presentes antes de hablar.

—¿Lo has notado?

—¿Notado qué?

—La anomalía.

—¿Cuál anomalía? ¿La joven que canta al fondo del salón?

—Veo que no estás al tanto.

—No me des rodeos. ¿Qué ocurre?

—No te inquietes. Es algo que debe saber la Madame.

—¡Eh! —susurró Feloncio, tensando el gesto—. Ese nombre no se pronuncia a la ligera. Si pretendes involucrar a Bilana de Varenne, será bajo tu propia responsabilidad.

—El asunto lo amerita. Ya lo verás.

—Más te vale que no sea otro de tus juegos. La última vez apenas salimos indemnes.

—No lo es. Esta vez estamos ante algo que excede nuestras posibilidades. Necesito que todos estén al tanto… y solo ella, como CEO de Ishii, puede conceder ese favor.

-o-

Convocar una asamblea extraordinaria de la Nomenclatura no solo es riesgoso, sino completamente inadecuado: levantaría sospechas inmediatas tanto entre aliados como entre enemigos. Mis adversarios podrían interpretarlo como el momento perfecto para atacar, y mis aliados, por simple instinto de supervivencia, podrían cambiar de bando. Por ese motivo —y por otros tantos, algo cansinos de relatar— decidí esperar a la siguiente sesión ordinaria.

Celebramos tres al año. El asunto del barón von der Waals sería tratado como un punto secundario, poco antes de cerrar la minuta del día.

En esas reuniones, entre los doce miembros, todo transcurre dentro de una rutina cuidadosamente ensayada: se habla del mercado, de la política, de rumores de celebridades, de las oportunidades de Nueva Caledonia frente a otras potencias. El nombre de Aragca y el de su rey aparecen con frecuencia, como corresponde al vecino más influyente de nuestra particular región.

Una vez agotados los temas habituales, intervine con un tono deliberadamente cansino, como si anunciara una nimiedad.

—Para el punto final habrá una breve intervención del barón von der Waals, aquí presente, acerca de un asunto editorial.

No se hizo esperar. Se incorporó y comenzó a hablar con aire solemne.

—Estimados miembros de la Nomenclatura, seré breve. Quisiera formularles una pregunta sencilla: ¿cuánto tiempo lleva el gendarme Hulla siendo el compañero de aventuras de la detective Ada Escualo?

Se escucharon algunos murmullos. Fue don Álvaro de Montellano y Rivas quien, dirigiéndose a mí y no al barón, intervino:

—Madame de Varenne, con todo respeto, considero que el asunto del barón es de índole personal y no corresponde tratarlo en una reunión de la Nomenclatura.

—Me temo que aún no hemos escuchado todo lo que el barón tiene que decir —respondí con sequedad.

—Siempre ha sido así —intervino entonces la miembro más antigua de la Nomenclatura, doña Beatriz de Orellana—. Hulla y Ada llevan muchas décadas publicados como compañeros. No hay nada extraño en ello.

Doña Beatriz era, además, baronesa y portadora de otros títulos nobiliarios imposibles de enumerar aquí.

—Me temo que no es así como yo lo recuerdo —replicó de inmediato el barón—. Si mi memoria no me falla, la publicación se llamaba Ada y Carbonell.

—¿Carbonell? —dijeron casi al unísono varios miembros de la Nomenclatura.

—Jamás se ha escuchado ese nombre, al menos no en Nueva Caledonia —afirmó don Álvaro, ya rojo de cólera.

—Si lo que usted dice es correcto —y tal vez podría serlo— implicaría que hubo un cambio en la realidad. El problema es que nadie lo habría notado… excepto, claro está, gracias a la astucia e inteligencia de alguien tan brillante como el señor barón —apuntó doña Beatriz.

—La pena por difundir rumores sobre alteraciones de la realidad está claramente consignada en los apartados de Mundos Paralelos —añadió don Álvaro, casi sonriendo—. Allí se especifica que tales faltas implican cárcel y aislamiento para el infractor.

—Ha lugar —exclamé.

Sin demora, tomé el intercomunicador y me expresé con absoluta claridad:

—Guardias, arresten al señor barón. Será recluido en La Gorgona, nuestra prisión de máxima seguridad. Se requiere aislamiento total.

-o-

Una de las cosas que mejor funciona en Nueva Caledonia es el sistema judicial cuando se trata de impartir justicia. Basta con que la Nomenclatura señale a alguien como reo para que la bien aceitada maquinaria carcelaria se ponga en marcha a toda velocidad. En menos de dos horas, el buen Barón ya estaba ingresando en su celda definitiva.

Mucho se habla del lujo que rodea a Aragca, pero Nueva Caledonia no se queda atrás. Más que un penal, La Gorgona parecía un hotel de cinco estrellas. Sus instalaciones hacían que las viviendas del ciudadano común del país parecieran simples establos sucios. La razón era evidente: La Gorgona estaba destinada a albergar criminales de alto perfil —nobles, banqueros, políticos, místicos y otras personalidades de probada importancia o fortuna—.

Cuando el guardia indicó la celda asignada al señor Barón, este entró solo en su lujosa suite. Sin embargo, no estaba vacía.

No tuvo tiempo de reaccionar. La mujer que se encontraba en el interior, vestida con un atuendo blanco que recordaba vagamente al de un ninja, le hizo un gesto para que guardara silencio y habló en voz baja:

—Sea precavido, señor Barón. No está usted solo en estas penalidades. Los de mi orden, la Hermandad del Cuervo Blanco, hemos decidido velar por su seguridad. Y nada mejor que esta prisión. Más que un lugar de custodia y castigo, esta celda servirá como hogar protector.

—¿Hermandad del Cuervo Blanco? —replicó el Barón con sequedad—. Jamás he oído hablar de ella.

—Somos discretos. Todo se remonta al pasado, cuando apareció por primera vez un cuervo albino. Desde entonces luchamos a favor del bien en el mundo.

—¿Y qué particularidad ha atraído la atención de su hermandad hacia mi humilde persona?

—Sabemos de la anomalía. Uno de los hermanos tuvo visiones y nos habló del suceso que acontece y perturba a la Nomenclatura. Nadie más, salvo él, vio o sintió algo extraño. Pero cuando el Principal de la Orden tuvo conocimiento de su caso, me envió a investigar. Ambas novedades están, como es obvio, relacionadas. Se me encomendó protegerle y mantenerle, en lo posible, en una sola pieza.

—Es reconfortante saber que cuento con aliados tan distinguidos. ¿Cuál será el siguiente paso?

—Por el momento, guardar discreción. Tal es nuestro lema. Pronto estará en libertad. Estamos moviendo cielo y tierra.

Sin esperar respuesta, la misteriosa interlocutora salió por la puerta de la celda. La cerró con un golpe firme, y el Barón percibió cómo, desde el exterior, accionaban varias veces el cerrojo, como recordándole que seguía en una prisión estrictamente vigilada.

-o-

Ha pasado algún tiempo y llegó el momento de otra de esas rutinarias y tediosas reuniones de los Doce. Recuerdo que, una vez que los once presentes tomamos nuestras posiciones y nos atrincheramos para defendernos o atacar directo a la garganta a nuestros rivales, se hizo la lectura del orden del día. Como de costumbre, hice colocar el tema del Barón al final, en la sección de "varios".

Cuando llegó el turno, indiqué a la plenaria que el Barón debía ser restituido de inmediato en sus funciones. Vi algunas caras de asombro, otras ni se inmutaron y unas dos de enojo. Apenas dije «restitución», como por arte de magia, entró el Barón vestido con traje de ceremonia antiguo, mostrando todos sus honores militares.

Lo invité a tomar su asiento diciendo: «Esta corte encuentra completamente inocente al Barón Truhanio van der Waals de los falsos cargos de conspiración para alterar la realidad. Nuestras investigaciones demuestran que es imposible crear o generar universos alternos, siendo el asunto más un tema de especulación que de conspiración. Por lo tanto, se restituye —de acuerdo con las ordenanzas— al señor Barón aquí presente a sus funciones como honorable miembro de esta nomenclatura y se le hace beneficiario de una indemnización por su tiempo en la cárcel y por los daños y perjuicios que haya ocasionado dicha conducta. Pasa, por tanto, a ser poseedor de una renta vitalicia heredable a perpetuidad, más la administración de cuatro condados al sur de Nueva Caledonia. Comuníquese y cúmplase».

Disfruté mucho pronunciando tal proclamación mientras veía los rostros de los otros miembros; sé que estarían pensando que ahora yo sería mucho más peligrosa. Un homenaje de ese calibre al Barón lo colocaba de inmediato en posición de ser un aliado de gran talla a mi lado. Quizás no lo vieron venir: nunca nadie supo que yo era la única persona en este mundo que notó un cambio de realidad. ¿Y qué? ¿Iba yo a cambiar todo a como era antes? ¡No! En esta realidad soy alguien, tengo todo el poder a mi disposición.

En realidad, el Barón jamás fue consciente de que hubiese un tal Carbonell, pero tuve que confiar en él; le dije que creara esa historia ante la nomenclatura y que lo iba a recompensar grandemente. Él cumplió su parte, jugó bien. Sé que, por el momento, me he ganado un gran aliado que consolidará mi poder. ¿Y la Hermandad del Cuervo Blanco? Ja, ja... yo la inventé para la ocasión; supongo que soy la «Principal de la Orden». Es claro que en esta «Nueva Caledonia» que surgió de la nada, yo, Madame Bilana de Varenne, soy el ser más poderoso imaginable y no pretendo mover un dedo para cambiar eso. Por ello, a partir de este momento, Carbonell desaparece... ¡Viva Hulla, nuestro héroe nacional!

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Cejas de Oro



No sé si a todos ustedes les pasa igual. Quizás no.

El caso es que estuve revisando, una vez más, la foto de la portada del blog: esa en la que aparece ADA rodeada de varios personajes variopintos, de distintas pelambres. La he visto mil veces, y estoy seguro de que mucha gente también. Pero noté algo extraño.

Por alguna razón quise ampliar la imagen.

Y ahí lo vi.

Encontré un personaje que no había visto antes, lo cual es raro, porque —por razones obvias— debería conocer a todos y cada uno de los personajes del blog. Sin embargo, ahí estaba: una presencia casi como una sombra, algo escalofriante, una especie de anomalía. Un personaje desconocido para mí y que, por lo tanto, no debería estar en la foto de ADA.

Entre intrigado, curioso y con una ligera sensación de susto, tomé el fragmento de la imagen y decidí llevarlo a un experto: un viejo librero que vende libros usados, cartas, collectibles y revistas de tebeos.

Le mostré la imagen. Al principio la miró con desdén, casi con aburrimiento. Pero no sé… por un instante lo noté inquieto. Me dijo que volviera en una semana, que estaba muy ocupado.

Y dicho y hecho, a la semana volví.

—Es el Cejas de Oro.

—¿Qué?

—El amigo que usted me trajo la semana pasada.

—¿Amigo? No, no, no. No es un amigo. Es la imagen de un desconocido. Pensé que usted me ayudaría a identificarlo.

—Le repito: es el Cejas de Oro.

—No me resulta familiar ese personaje. Jamás lo he escuchado dentro de las narrativas de Aragca.

—Precisamente. El Cejas de Oro no es de Aragca, sino de Nueva Caledonia.

—¿Nueva Caledonia? Vaya… casi lo había olvidado. Creo que voy entendiendo. Es un lugar bastante misterioso.

—Cierto. Es como el hijo pródigo que ha corregido su camino.

—La verdad, no sabía que hubiese industria del cómic en ese lugar.

—Y no la hay. Nunca la hubo y nunca la habrá.

—¿Cómo va eso?

—Para explicarlo tendríamos que irnos al origen de todo, a la época del Platino del cómic aragquense.

—¿Es decir, antes de que apareciera Carbonell?

—Exacto. En aquellos días se publicaba bajo el nombre del Teniente Hulla. Creo que tengo algunos números por aquí.

El librero, con ayuda de una escalerilla de tres peldaños, trepó ágilmente —demasiado ágil para alguien de su edad— entre los polvorientos anaqueles y bajó una caja. Para mi sorpresa, contenía varias revistas de una época ya olvidada. Había títulos como Capitán Relámpago, El Guerrero sin Disfraz, Doña Parlanchina, Dorita, y, por supuesto, varios de Hulla: Hulla contra los vampiros, Hulla y el misterio de la pirámide, Hulla y la falange, entre otros.

—Aquí está —dijo el librero, tomando hábilmente uno de los números—. Aventuras de Hulla, Crispín y Goliberto.

Abrió la revista justo al centro y, con el dedo, señaló una viñeta.

—¿Lo ve?

Observé con cuidado y exclamé:

—Claro que sí. Es precisamente el mismo por el cual consulté.

Luego el librero sacó otras revistas de Hulla y me mostró distintas viñetas en las que aparecía el personaje al que él llamaba Cejas de Oro.

—¿Nota usted algo? —inquirió el viejo, como tanteándome.

—¿Algo así como un patrón? —respondí, con duda.

—Quiero saber qué piensa usted.

—Bueno… noto que el personaje en cuestión siempre aparece como un extra, simplemente como decoración, como relleno del fondo.

—Buena deducción —indicó—, pero lo que le he mostrado son las últimas publicaciones de Hulla. Después de ellas, nunca más se publicó.

—No entiendo.

—El Cejas de Oro siempre aparece en las publicaciones que van a desaparecer.

—¿Cómo va eso?

—Lo he venido siguiendo. Apareció primero en 1917, en los últimos tirajes de Campanín; luego, en los de Hulla, en los años treinta; y ahora usted me dice que salió en ADA. Claramente, eso indicaría que ADA está próxima a finalizar.

—Muy extraño. Soy conocedor del cómic y nunca había escuchado de ese personaje.

—Es que es nuevo.

—¿Nuevo? —dije, casi en shock—. Pero si me dice que apareció en 1917 y en 1930…

—Así es. Pero nunca antes estuvo en las revistas. Yo también las conozco. Su aparición es reciente. Es una entidad que se ha insertado en las imágenes hace poco.

—¿Una especie de anomalía?

—Un parásito.

—No diga nada —le indiqué al librero mientras sacaba unos billetes de cien dólares—. Será mejor que yo investigue esto. ¿Le molestaría prestarme por unos días los números de Hulla?

—No hay problema. Tome algunos y me los devuelve el próximo lunes.

—Trato hecho —le dije.



Barón Gabriel Cisneros de Montemayor



Mucha gente cree que existen colegios de magia donde niños de todas las condiciones y pelambres aprenden los misterios de las ciencias ocultas, pero en el mundo real las cosas ocurren de manera muy distinta. Para empezar, la magia no se enseña en escuelas: un mago de renombre transmite parte de sus conocimientos a dos o tres aprendices que, por lo general, ni siquiera se conocen entre sí. Estos aprendices suelen pertenecer a familias nobles o, al menos, muy acaudaladas. Además, no son niños, sino adultos de más de veinticinco años. Y aun así, no todos logran el título de Mago o Hechicero. De hecho, solo seis personas —cuyas identidades permanecen en absoluto secreto— ostentan ese título. 

El Barón Don Gabriel Cisneros de Montemayor, a los treinta y cinco años, entró al servicio de su “Maestro” hacia la década de 1950. Su primera misión consistió en leer los siete grimorios de Zaida, obras tan antiguas como enigmáticas, escritas antes de que el imperio Andirriano se desvaneciera en el olvido. Le tomó tres años leer y asimilar el primer tomo. Al cuarto año hojeó el segundo, se aburrió y lo abandonó. Renunció a convertirse en Mago y prefirió dedicarse a la entonces naciente industria de la cibernética. Gracias a su talento y fortuna, creó autómatas imposibles de distinguir de un ser humano. Llevó siempre una vida reservada. Murió de viejo. Sus hijos mantienen el castillo en buen estado, aunque ninguno se aventura al sótano donde el Barón concibió sus mayores creaciones. 

Un día, Madame Circuita, la nana mecánica que el Barón había construido para cuidar a sus hijos, regresó a casa. Los Cisneros la dejaron entrar al laboratorio sin objeciones. Tras tantos años de abandono, el lugar estaba revuelto: cables, circuitos, bulbos y bobinas se amontonaban por el suelo. Sin dudarlo, Madame Circuita abrió unos archivadores y extrajo una pieza rústica de tecnología olvidada: un brazo mecánico forrado en cuero, rematado en una garra demoníaca. Sonrió como quien encuentra a un viejo amigo. Movió un par de engranajes y la garra comenzó a chirriar, emitiendo sonidos oxidados, casi sobrenaturales. Observó por unos instantes cómo se abría y cerraba. Era hipnótico. La dejó a un lado. 

No era lo que había venido a buscar. Lo que necesitaba estaba justo frente a ella, cubierto por unas sábanas rotas y mohosas. Las retiró con disgusto. Bajo ellas, sorprendentemente bien conservada, apareció una especie de silla, más bien un trono, rodeado de válvulas, bulbos de vacío, bobinas de cobre, palancas y engranajes. Después de sí misma, Madame Circuita consideraba ese trono como la mayor creación del Barón: un dispositivo capaz de transportar a quien se sentara en él al interior de cualquier historia escrita. Con ese artificio podía viajar, si lo deseaba, a la Tierra Media de Tolkien, a Westeros de Martin o incluso al mundo desolado de Mad Max II. Sin ningún afán, sacó de su bolsillo una delgada novela: Cuentos completos de Aragca

Se acomodó en el trono, ajustó algunas perillas, movió las palancas y tomó el libro entre las manos. Saltaron chispas; el ingenio empezó a vibrar y emitir silbidos. Hubo un crujido luminoso y Madame Circuita desapareció de esta dimensión. 

Quizá una consecuencia previsible de emplear tecnología de los años cincuenta —además de estar obsoleta— es que el paso del tiempo cobra su deuda. El óxido y la fatiga de los materiales alteran el funcionamiento. Por alguna razón, Madame Circuita no llegó exactamente al mundo de Aragca, sino a algo anterior: el aparato la había trasladado al interior de uno de los primeros borradores del libro. Los personajes no estaban terminados, tenían otros nombres y propósitos; aun así, la historia era reconocible en sus líneas generales. El villano sí aparecía tal como siempre había sido. Los héroes, en cambio, estaban incompletos. El carabinero Carbonell, por ejemplo, aún no tenía compañera. Madame Circuita evaluó la situación. Dedujo que, si esas ideas tempranas se modificaban, podrían alterar por completo el curso de la historia. 

Pensó que, si se hacía pasar por la futura compañera de Carbonell, podría influir discretamente a favor de los villanos. Decidió teñirse el cabello de rojo y ponerse unas gafas oscuras. Cuando Carbonell caminaba hacia la estación de policía, ella eligió interceptarlo fingiendo un tropiezo. Simuló caer. Carbonell la ayudó a levantarse; ella, algo ruborizada, se disculpó: 

—No me fijé por dónde caminaba, mil disculpas. 

—No, no, ha sido culpa mía —respondió él. 

Madame Circuita sonrió y, sin vacilar, añadió: 

—Soy Ada Escualo. Acabo de llegar a la ciudad y no logro ubicar el cuartel de policía. Trabajo como detective. 

Carbonell también sonrió. —Entonces es su día de suerte. Me dirijo allí mismo, puedo acompañarla. 

Con un gesto hábil, casi instintivo, Madame Circuita tomó del brazo al héroe, y juntos se alejaron por la calle, conversando con aparente naturalidad, como si siempre hubiesen sido un par de enamorados.

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Relato para participar en el concurso de magia y fantasía del blog Tintero de oro, diciembre 2025

@hallucination.gpt Vintage mechanical arm #robot ♬ Darkness - The Thing About Noise

 

Atrapados


Estaba yo presenciando una escena de horror clásico: en una habitación oscura, una mujer vestida de negro —con un traje quizá anterior a la Gran Guerra del 40— pendía del techo, sostenida por hilos de nailon que la mantenían como a una marioneta. Tenía la mirada perdida, tal vez drogada, tal vez en trance, aunque aún le quedaban destellos de voluntad: se agitaba con torpeza, como intentando liberarse. Entonces lo vi con claridad: un hombre disfrazado de doctor de la peste negra la tenía prisionera y, con el pico de su máscara, le hacía grotescos tanteos por el rostro.

No pude soportarlo más. Con un movimiento casi reflejo, mi dedo índice derecho deslizó hacia arriba la pantalla del celular. La escena se disolvió y enseguida comenzaron a aparecer los horrores de siempre: una señora maquillándose con la música de Playboi Carti (o de alguno de los otros mil que suenan igual), un perro rottweiler cocinando hamburguesas con admirable esmero, una mujer pasada de kilos con una ropa de muy mal gusto bailando una canción de Rosalía.

Fui implacable: mi dedo, curtido por el callo del aburrimiento, ejecutaba cada video sin compasión alguna.

Hasta que apareció un sujeto de Tailandia (o Bangladesh) con una máscara de pulpo, de caucho rojo, ambiente barato. Quizá pretendía ser un Cthulhu de serie B.

Ya iba a enviarlo al olvido digital cuando algo —la curiosidad, o tal vez el algoritmo— me detuvo. La escena tenía cierta intriga. Le concedí dos segundos más.

Grave error.

Uno de los tentáculos salió de la pantalla y se enroscó en mi mano, inmovilizándome los dedos. No pude hacer nada. El monstruo emergió del teléfono como si el plástico fuera agua. Cthulhu, o su primo low-cost, se irguió en mi habitación, me ignoró por completo y saltó por la ventana. En cuestión de segundos crecía a un ritmo acelerado: sus pasos aplastaban casas, coches, antenas. Los cazas del ejército llegaron y lanzaron misiles que el monstruo apartó con un tentáculo distraído, como quien espanta moscas.

Siguió creciendo hasta que su cabeza se perdió entre las nubes. Luego dio un salto y abandonó la Tierra, rumbo al Sol.

Al principio lo vimos como una manchita en el astro rey. Cinco minutos después ya parecía un eclipse.

Y luego, claro, todo fue oscuridad.

Aun así, antes de que la noche se hiciera total, mi dedo —por puro reflejo— seguía frenéticamente deslizando la pantalla hacia arriba a un ritmo sin control.

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Relato para la convocatoria de Jose de Jascnet, 'Acervo de Letras', en el vadereto de noviembre de 2025, Escribir un relato de horror con personajes clásicos del género. Ver detalles y otras participaciones siguiendo el enlace




Una hora más juntitos los dos



Una pelirroja, uniformada de policía y con gafas de sol, interroga a un sujeto maniatado en una oscura bodega. El prisionero, amordazado, viste apenas una camiseta y calzoncillos blancos. Su rostro se ve sudoroso y algo magullado; tiene algunas salpicaduras de sangre. La mujer, con una porra en mano, lo circunda como un halcón acechando a su presa.

Se detiene frente al desdichado y le espeta: "Tienes hasta la medianoche para escribir un microrelato aceptable".

El escritor fija la mirada en el reloj analógico de la pared, que marca justo las doce, e inhala aliviado. La oficial capta de inmediato el pensamiento del hombre. Ella misma verifica su reloj digital de pulsera y sonríe con frialdad: "Hoy es el día en que se atrasa una hora el reloj, así que eso me otorga sesenta minutos adicionales contigo".

La luz se extingue. A lo lejos tan solo se escuchan los gritos y lloriqueos del pobre hombre.

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Relato para participar en la convocatoria "Cada Jueves un Relato," auspiciada por Dafne en su blog "Sine Die."

El tema de esta semana es el cambio de horario.

Puedes ver todos los detalles y otras participaciones siguiendo este enlace.




Consumidores Psicofobicos




Estaba escuchando, mientras manejaba el auto, el programa Pase lo que Pase de Radio con Vos, y oí al locutor, muy convencido de sí mismo, afirmar que: "no conocía a nadie que no tuviera un problema mental. Todo el mundo está loco”.

—¡Puf, paparruchas! —contesté al aire, enfurecido—. Recordé que esa frase la elaboraron en 1950 en el Departamento de Salud del Reino de Aragca. Como todo lo de ese gobierno, fue una historia creada para etiquetar a los ciudadanos: "este está neurótico, este es autista, este es bipolar"… Se inventaron cien mil sintomatologías para que la gente tuviera que acudir a servicios psiquiátricos innecesarios, recibir fármacos y, en general, alimentar con dinero a un sistema de salud corrupto. Habían convertido a la gente sana en enferma usando esas frases de manipulación masiva, para volvernos consumidores de químicos cancerígenos, "todo para nuestro bien".

Pero mi día no había terminado. Manejaba yo hacia un conocido establecimiento de ropa y artículos usados; buscaba un disfraz para Halloween. Y cuál no sería mi sorpresa cuando encontré, entre mil cachivaches, otro signo del consumismo de nuestro tiempo: allí, arrumbada, estaba la famosa máscara de Ada Escualo, el célebre personaje de las sagas de cine. Su imagen era inconfundible; se habían vendido cientos de juguetes con su estampa y allí, abandonada y sucia, haciendo más basura que otra cosa, estaba la icónica cara de la heroína. La imagen era chocante; sentí que iba a vomitar. “¿Es esto lo que hace el maldito consumismo?” —me pregunté sin darme respuesta.

Sin pensarlo mucho, pagué por la máscara. Era barata, como todo lo que alguna vez fue importante.

Me alejé pensando que, a los chicos del grupo de manejo de ansiedad les encantaría tener una Ada de edición limitada para la colección, los ayudaría a calmarse un poco.




En cuerpo ajeno



La esteticista que me arreglaba las uñas —tanto de pies como de manos— solía decir, mientras aplicaba el esmalte, que tenemos tres cuerpos: el material, el astral y otro más que, con gesto de complicidad, aseguraba que requería un alto grado de comprensión espiritual para explicármelo. Nunca le presté demasiada atención, hasta el día en que fui abducida, encarcelada y ejecutada en Mimas.

Fue entonces cuando vi mi cuerpo físico separado de mí. Al morir, quedé reducida a una existencia inmaterial, intangible, sin forma e indetectable. Supuse que así era la muerte, de modo que me dediqué a observar a otros morir y comprobé que no se convertían en fantasmas. Más bien ocurría lo que muestran las películas: una luz o una oscuridad se lleva el alma del recién fallecido.

Sin cuerpo, decidí fabricarme uno con lo que tenía a mano: polvo lunar, rico en calcio. Tras años de ensayo y error, logré crear una especie de armadura semejante a una cáscara de huevo. Era frágil, pero me permitía contener mi espíritu dentro de una interfaz capaz de interactuar con el mundo material.

La baja gravedad de Mimas, junto con la ropa de estilo medieval, ayudaba a proteger mi frágil piel. Siempre fui cuidadosa de evitar tropezar o correr riesgos innecesarios.

Con mi nuevo cuerpo incluso conseguí empleo en una universidad, dictando la cátedra de Medios y vías de transporte interdimensional. Todo marchaba bien hasta que conocí al decano, el doctor Uribe, un hombre nervioso, atento a tres cosas al mismo tiempo. Se acercó a saludarme con amabilidad y, sin previo aviso, me lanzó un leve puño a la altura del hígado. No fue agresión, sino un “bautizo háptico” que aplicaba a los nuevos profesores.

Esa noche, al volver a casa, noté una grieta en el sitio del golpe. Intenté repararla, pero la fisura se extendió hasta recorrerme por completo. La armadura se quebró, liberando un cuerpo de Fuego y Sombra: el que nunca me mencionó la esteticista. Era translúcido, con seis alas, y me sirvió para emprender el vuelo y escapar de Mimas. Vagué entre las estrellas rumbo a la Tierra. ¿A qué época? Poco importa. 

Por fin era libre.

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Relato para participar en la convocatoria de Campirela para "Cada jueves un relato",  Oct/9/2025: Explorar el cuerpo como espacio simbólico, político, erótico, emocional. Un territorio que se transita, se defiende, se desea, se transforma. Seguir el enlace para ver los detalles del reto y otras participaciones




Lobezno en Mimas



Desde su nave espacial, el Gran Lobo Malo se prepara para aterrizar en Mimas, una de las más pequeñas lunas de Saturno. Le han contado que allí se encuentra uno de los mejores bares del cuadrante Sigma de la Via Lactea. Aterriza y, con paso dubitativo, se aproxima a Five Points, un sitio donde espera consumir cerveza  romulana y quizá algo más con alguna de las chicas de piel verde.

Al entrar, descubre que el lugar es todo menos hospitalario. Varias mesas están ocupadas por jugadores de póker; en una reconoce a Bill the Butcher, en otra, situada en una esquina opuesta, está el “Predicador” Vallon. El resto son una mezcla de bandas: los Death Rabbits, los Bowery Boys y, más allá, los Plug Uglies junto con otros pandilleros cuyo nombre ya no recordaba. Camina con cuidado hacia la barra, procurando que ningún “dedos largos” se acerque a esculcarle los bolsillos. Con agilidad esquiva un mordisco de Hell-Cat Maggie, la mujer de garras aceradas que intenta arrancarle un trozo de oreja.

Tras superar varios obstáculos, finalmente llega a la barra. Para su sorpresa, la tabernera es una bella rubia vestida de rojo. La capucha que lleva no alcanza a ocultar su rostro, y con un gesto elegante introduce en su boca una goma de mascar rosada.

—Dame un cóctel Manhattan.

—Buena elección, tenemos whisky canadiense y bourbon del sur —responde la rubia, inflando un globo rosado con el chicle que mastica, lo revienta y vuelve a tragárselo con naturalidad.

La dama mezcla los licores mencionados junto con otros similares y le entrega la bebida en un vaso modelado con el motivo del Empire State, con King Kong en la cima. Si se observa el curioso vaso al detalle, se puede distinguir en la mano del grotesco simio una figurita idéntica a la tabernera, que le guiña un ojo al Lobo Feroz, quien se ha detenido a contemplar la insólita escultura cristalina.

—Hace falta hielo aquí.

—Mi segundo apellido es Gélida —responde la rubia, y sin dudarlo escupe el chicle dentro del mini Empire State. El astuto cliente contempla como la goma se transforma en cubos de hielo rosado.

—Cortesía de la casa —concluye ella con aire profesional.

Encantado por el servicio, el lobo aclara la voz y, antes de dar el primer sorbo, proclama:

—¡Por Nueva Ámsterdam!

De inmediato todo queda en silencio. La música de clavicémbalo que animaba el lugar y las conversaciones en las mesas cesan. Todos lo miran por un instante que parece eterno. Luego, como si nada, la música y el bullicio regresan, y cada cual vuelve a su rutina tabernaria.

La dama, curtida en esas lides, introduce rápidamente otros dos trozos de goma en su boca.

—No es usted vecino de la Gran Manzana, ¿verdad?

—Tan solo voy de paso. Estoy llevando unos pasabocas a mi abuela.

—¿Te advirtió mamita que no entraras en la taberna?

—Solo me dijo que no bebiera demasiado.

—¿Y mencionó algo sobre mis hielos de chicle?

—Dijo que no los masticara —respondió, mientras apuraba el cóctel con rapidez.

—¿Y qué hace todo niño desobediente? —preguntó posándole cariñosamente una mano en el hombro y con la otra le dio una palmada en la nuca que casi le arranca la cabeza, provocando que el insólito hielo se le atragantara.

Al ingerir el extraño cubo, los ojos del lobito quedaron desorbitados y cayó al suelo, paralizado.

—No te preocupes, yo te cuidaré. Son solo los efectos de la ayahuasca y un poco de fugu japonés. En unos instantes estarás bien, casi como nuevo —indicó la misteriosa rubia. Pero él apenas escuchaba una voz lejana; su mente vagaba por dimensiones psicodélicas donde lo de adentro estaba afuera y toda lógica carecía de sentido, mientras atravesaba un mosaico de universos paralelos multicolores.

—Noicanícula, noicanícula —intentaba gruñir, sin poder coordinar los labios.

De pronto pudo ver con claridad: estaba en Times Square. En todas las pantallas aparecía proyectada la imagen de la tabernera, vestida con capucha roja y haciendo globos de chicle. Las imágenes le guiñaban al mismo tiempo. De la pantalla más grande comenzó a materializarse esa mujer, que lo persiguió con intención de aplastarlo. Corrió hacia el único lugar posible: la Estatua de la Libertad, que parecía tener el mismo tamaño que la colosal figura televisiva. Pero horror de horrores: el rostro de la estatua era el mismo de la diabólica rubia. La imagen de la televisión y la estatua se unieron, formando una diosa de dimensiones colosales. Con una mano lo atrapó y trepó agilmente por las Torres Gemelas. Él  no podía creer lo que sucedía. Apenas escuchó el ruido de unos helicópteros artillados, su corazón no resistió más y murió de un paro cardiaco.

De vuelta en la taberna, la rubia, junto con un hombre que estaba jugando al póker y que se identificó como el Cazador analizaban el cuerpo inmóvil del incauto. Con profunda reverencia le entregó un puñado de dólares.

—Zaida cumple. Te dije que te lo entregaría, y ahí lo tienes. Todo tuyo. ¿Deseas algo de chicle para pasar la noche, querido mío?

* * *

Relato para participar en la convocatoria del Tintero de Oro, Caperucita en Manhattan, 

seguir este enlace para ver las bases del concurso y otras participaciones

Charla Nocturna



Siempre que se sentía estresada por los aconteceres de su oficio, Ada mantenía la costumbre de dedicarse largas horas a resolver ecuaciones diferenciales y otros acertijos matemáticos. El tiempo dedicado a ello le ayudaba a aclarar la mente. A diferencia de los “detectives” de la televisión o de las novelas de misterio, Ada no trabajaba en un único caso: los detectives de la vida real siempre trabajan varios casos a la vez. Tenía asignada la misteriosa desaparición del periodista del diario El Protector, un tal Rojas, sumado a la tarea de identificar los cuerpos de dos occisos que habían sufrido muertes horrendas: el del Hotel Francés y el otro en las cercanías de la Avenida de las Angustias. Todo ello se sumaba a la explosión ocurrida en el piso donde habían muerto los jueces del reality y, claro está, la misteriosa muerte de los tres jueces.

Mientras le cambiaba las pilas a su calculadora científica, por un instante se le cruzó por la cabeza si toda esa racha de crímenes inexplicables estarían ligados a un mismo evento mayor.

—¿Y si organizo cronológicamente cada uno de esos sucesos? —pensó en voz alta. Acto seguido tomó el teléfono y marcó un número que sabía de memoria.

Aló —contestó una voz masculina, con tono de trasnochado.

—Soy Ada. Sé cómo resolver el misterio de los jueces.

Más vale que así sea. Son casi las tres de la mañana, ¿nunca descansas?

—Me puse a resolver unas transformadas de Laplace.

Muy bien, ¿de cuántos asteriscos?

—Varios de dos y uno de tres, los demás eran sencillos.

¿Y qué te dijeron los números?

—Quiero investigar más a fondo el tema de Rojas, el periodista desaparecido.

Tiene sentido, haz cita con el editor en jefe, Francisco de Paula Bolívar.

—También quería felicitarte: manejaste muy bien la conferencia de prensa sobre el asunto de la captura de la falsa ladrona de joyas, Lupin Adler.

Alias la Araña, la Princesa de los Ladrones.

—Supiste evitar la suspicacia de los participantes en esa rueda de lobos furiosos que buscaban noticias sensacionalistas.

Ese es otro cabo suelto. ¿Crees que la verdadera ladrona aparezca algún día?

—Puede ser tema para un libro. Será algo que dejemos pendiente, tenemos otras prioridades.

También he estado pensando en ello.

—¿A qué conclusión llegaste?

A ninguna, más bien me salió un interrogante que no logro disolver.

—Cuéntame, quizá pueda ayudar.

¿Estamos metidos en un whodunit o en un howdunnit?

—Por lo menos no estamos en "un misterio de habitación cerrada", y definitivamente esto no es un hardboiled/noir.

¿Entonces es una "historia de misterio invertida"?

Al escuchar eso, Ada soltó una risotada y preguntó:

—¿Estás viendo a Columbo de nuevo?

¿Qué? No, no… es que se me hace que desde hace un buen tiempo hemos caído en un bucle sin fin, como dándole vueltas al misterio sin solucionarlo.

—Te entiendo, por eso te digo que quiero ir al inicio de esta racha de asesinatos absurdos. Me parece que todo está relacionado.

Es posible.

—¿Tienes algún plan que desees compartir?

Sí, ya que lo mencionas, hagamos algo a lo Columbo: quiero darle una visita a las personas cercanas a Simón de Santillana. ¿Qué sugieres?

—El tipo tenía una exesposa y la madre aún está viva.

¿Cuál está viva, la mamá de Santillana o la exsuegra?

—Ambas. Podemos darles una visita de cortesía a esas damas.

¿Sabes, Ada? Creo que avanzamos mucho más en esta corta charla que en todo el tiempo que hemos dedicado al caso.

—Lo sé, lo sé. Por eso quiero hacer las cosas correctamente.

¿A lo Columbo?

—¡Nah!, más bien como Miss Marple.

Perfecto, ya está listo el plan de acción. Mañana temprano reunámonos y concretemos los detalles. Tengo mucho sueño; si me permites, me voy a sumergir en la esfera de los sueños.

—Dos más dos es cinco.

¿Eh?, qué graciosa eres. Te amo, preciosa.

—Yo también. Así quedamos: mañana comenzamos a desatar todo este enredo.

Así será. Nunca nadie escapó a Columbo y a Miss Marple.

—Sí, pero ellos eran personajes ficticios. En la vida real también hay casos irresolubles o que se solucionan mal.

Es el riesgo que asumimos: unas son de cal y otras son de arena.

—Está bien, besos. Duerme tranquilo, ya veremos qué depara el futuro.

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Relato para participar en la convocatoria "Hoy toca jugar" de María, 

en su blog "Algo más que palabras".

El reto consiste en elegir una imagen y de allí derivar un texto. 

Ver los detalles y otras participaciones en este enlace

Al otro lado


Lo último que recuerdo es que estaba en mi oficina analizando las fotos de un campo de pruebas nucleares, cuando una insignificante policía se presentó para arrestarme. Me fue fácil deshacerme de ella: activé mi trampilla en el piso que me da acceso a un tobogán que me llevaría al estacionamiento anexo al edificio en donde me encontraba. Una vez allí, tomaría mi auto y desaparecería en el confuso tráfico urbano. Me aseguré de que ella no pudiera seguirme.

Pero nunca llegué al estacionamiento, todo lo contrario: en un instante caí aquí, en una especie de limbo. No sé si el lector ha estado encerrado alguna vez en una bola de ping-pong, en un universo absolutamente blanco, hacia arriba y abajo, al frente y atrás, a izquierda y derecha. Daba igual emprender la marcha en cualquier dirección, así que como por instinto me fui viajando hacia el oeste. De repente, me pareció escuchar un susurro, me concentré y supe que era música. Seguí el sonido por un rato y a lo lejos vi seres de color. Me acerqué rápidamente; eran tres mujeres vestidas como la bandera venezolana, tocando frenéticamente. Al verme llegar, interrumpieron la faena.

—Personajes de dominio público no son autorizados en este Reino —sentenció la vestida de amarillo.

—¿En dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

—Somos tres de las integrantes originales de No Lo Soporto. Una de las sacerdotisas de Mimas pronunció un conjuro con maldiciones y nos trasladó aquí ya hace muchos años —dijo la Azul.

—Luego de un concierto, la sacerdotisa nos pidió que agregáramos una nueva integrante al conjunto que tocaría el clavicémbalo. Nos negamos rotundamente a poner semejante instrumento en nuestro arte —continuó la Roja.

Suena bien, ¿pero qué tiene que ver conmigo? —repliqué ásperamente.

—Serás la cuarta integrante del grupo. Apenas se completen cinco, el hechizo se terminará y podremos volver a nuestro mundo. Mientras tanto, todas seguiremos aquí, perdidas en el olvido de esta dimensión sin nombre —respondieron las tres al mismo tiempo.

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Para esta semana el Demiurgo de Hurlingham propone elaborar un microrelato basado en los títulos de la agrupación No Lo Soporto. Escogí algunos que he subrayado. Para conocer las condiciones, contexto del reto y otras participaciones, seguir el enlace 

No SéInsignificante -I Can't Tell You –Hoy –Boy –Theory -Si Tenemos Imaginación –Fish -Cáscaras De Hombre -El Enojo –Truth
Avión -Cambiar es existir –Soy nada –Nunca iré -Otro lado –Blue Twain –Ya no–InstanteSeres -Lejos –Voy a estallar –Trueno
-Viajando hacia el  oeste –Ella también
Energía –Frecuencias –Universo -Si Querés –Hey -Suena Bien -Atado –Instinto –Elvis -The Beatles -Blue Monday
No lo soporto -Vivir Lo Diferente –Apenas –Download -Así Es Amar --Funky Feeling -Music Friends -Nivel 2 –Me iluminaré Paisaje–Lo ideal

 



Ada y Carbonell (Reseña)



Por décadas, los nombres de Ada y Carbonell han circulado entre lectores, televidentes y cinéfilos de varias generaciones. Sus aventuras, reformuladas una y otra vez, han cruzado océanos y soportado los vaivenes de la industria editorial. Hoy parecen consagrados como parte del canon popular de Aragca, aunque su origen revela una historia mucho más errática y llena de metamorfosis.

Los inicios en El Vigilante

La crítica coincide en que el punto de arranque del género detectivesco en Aragca se sitúa en 1903, con la publicación de Las aventuras del Sereno Antracita en el diario El Vigilante, fundado décadas antes por Arnulfo Peláez. Según el historiador literario Emilio Borda Estrada (Revista Letras Aragquinas, 1987), “Antracita supo conectar con la ansiedad de un país que apenas se organizaba en torno a instituciones modernas; el sereno representaba el orden en medio de la penumbra urbana”.

El éxito fue inmediato: la sección de cuentos del diario, inicialmente abierta a todo tipo de autores, quedó copada por las peripecias del vigilante nocturno. Como señala Marta Quiroga, especialista en cultura popular (El folletín y sus desvíos, 2004), “el personaje dio origen a una genealogía de policías literarios que, de un modo u otro, aún reverbera en Ada y Carbonell”.

Matrimonios de detectives y esposas en la sombra

Los imitadores no tardaron en aparecer. El Gendarme Hulla y Esposa (1909) introdujo el modelo de la “esposa en la sombra”: un marido oficial, torpe frente a los enigmas, y una mujer perspicaz que, desde la tranquilidad doméstica, resolvía los casos. Para la investigadora Laura Gálvez, “allí se gestó un germen protofeminista que nunca se reconoció, pero que abriría la puerta a futuras duplas equitativas” (Seminario de Literatura Aragquina, 2011).

Un intento menos recordado, Turba y Escuálida (Editorial Lando y Quilme, 1915), apostó por un matrimonio de investigadores en igualdad de condiciones. El proyecto se interrumpió tras un solo volumen, aunque su audacia lo convirtió en pieza de culto entre coleccionistas.

La reconfiguración gráfica

Hacia 1950, con el género en decadencia, la editorial Lando y Quilme ensayó un relanzamiento en clave de historieta: Carbon y Ada Tiburón. El cambio fue radical: ya no eran cónyuges, sino compañeros de escuela convertidos en policías. Carbon asumía el papel del investigador brillante; Ada, rebautizada “Tiburón”, encarnaba el torpe sidekick que generaba el gag humorístico.

El crítico cultural Hernán Ospina describe esa etapa como “el momento en que la cultura de masas fagocitó al folletín. Carbon y Ada Tiburón dejaron de ser personajes literarios para convertirse en caricaturas pedagógicas de la lógica policial” (Archivo del Cómic Aragquino, 1999). La revista se mantuvo hasta 1973, cuando la muerte de su creador precipitó el cierre.

La televisión: entre la visibilidad y la amputación

En los noventa, Canal 4 llevó al aire El Inspector Carbonell, un programa semanal de treinta minutos que omitió sin explicación alguna la figura de Ada. Según la periodista cultural Irene Vélez (La televisión que olvidamos, 2002), “el show televisivo consolidó al detective masculino como héroe solitario, en consonancia con la estética de las series policiales estadounidenses de la época”.

El programa tuvo cinco temporadas y fue cancelado abruptamente. Las secuelas que intentaron continuar la franquicia —CarbonoirLa hija de Carbonell y Carbonell contra los piratas del espacio— fueron, en palabras del crítico Julio Sanabria, “tres piezas de arqueología televisiva que nunca lograron conectar con el público”.

El retorno cinematográfico

El renacer llegó en 2020 con la película Ada y Carbonell, que recuperó el carácter dual de la pareja y le dio un tratamiento contemporáneo. El film, dirigido por Clara Montalbán, apostó por un equipo de detectives complementarios que solo en ciertas ocasiones trabajaban como pareja. En palabras de Montalbán, “Ada dejó de ser un apéndice humorístico y volvió a su sitio: el de una profesional con tanto peso como Carbonell” (entrevista en Cine y Nación, enero 2021).

El éxito de la película abrió la puerta a una saga en expansión, con proyectos de series y precuelas en desarrollo. Hoy, a más de un siglo del Sereno Antracita, la genealogía de detectives aragquenses sigue viva, con Ada y Carbonell como estandartes de una tradición que nunca se resignó al olvido.



La espía que amaré



—¿Dejaste escapar a una espía soviética? —preguntó Carbonell.

—Todas las pistas me llevaron a Amazona, una discoteca underground en el centro de la ciudad. Dentro, la multitud bailaba en todas direcciones; la música era un rock pesado y estridente, y las bebidas parecían cócteles multicolores. Caminé hasta el fondo, donde una escalerilla conducía a una oficina apartada. Entré y cerré la puerta. En un sillón, de espaldas, había una mujer rubia. Saqué mi pistola y le dije: “En nombre del Rey de Aragca, queda detenida”. Iba a colocarle las esposas, pero fue más rápida: se levantó y me lanzó un gancho de izquierda directo al mentón. No pude esquivarlo. Golpeaba duro; el impacto me lanzó al otro extremo de la sala, casi me arranca la cabeza. Decidí entonces usar fuerza letal, busqué mi pistola… y, horror de horrores, vi que ya la tenía ella en la mano, con el dedo en el gatillo.

—Je, je… Ada, qué divertido. ¿Qué cara puso al descubrir que siempre llevas un arma sin balas? —rió Carbonell.

—La miró con desprecio y la arrojó lejos. Como te dije, era rápida. Estaba a punto de abalanzarme sobre ella cuando digitó una clave en su computador. Una trampilla se abrió bajo sus pies y, como si fuese un tobogán secreto, cayó por allí. La compuerta se cerró en cuestión de segundos.

—Se escapó la dama.

—Por ahora. Pero los documentos y objetos hallados en la oficina nos han permitido conocerla mejor.

—¿Y cómo se llama esa espía?

—Octobriana.

—Perfecto… ahora me toca a mí conocer a una chica así de intrigante. Sus días de fechorías ya están contados.

—Toda tuya querido.


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El blog del Tintero de oro propone este mes elaborar un microrelato inspirado en una obra de arte.

He escogido una imagen del Noveno Arte, el Comic, de un personaje de dominio público, Octobriana, que tiene una historia muy interesante.

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Enlaces relacionados

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Wiki Octobriana

Evolución de Octobriana

Octobriana Underground













Buonafaz. Los archivos Carbonoir (II)



Era sábado por la noche, los López Salcedo, un matrimonio de clase media, celebraban sus 10 años de casados. Habían invitado a familiares y amigos al evento. Ana Salcedo contrató los servicios de una empresa de catering para ofrecer una cena íntima y espectacular, y Carlos López, su marido, se encargó de pagar por los servicios.

Basilio García, el chef, había preparado una suculenta colección de platillos orientales (combinaciones de estilos japonés, chino y tailandés) y Obdulio García, su hermano menor, hacía las veces de mesero. Ambos estaban vestidos de esmoquin blanco.

La velada transcurría entre risas, charlas animadas y el clásico sonido de los cubiertos chocando contra los platos de porcelana. De repente, la luz se apagó por unos segundos y, al volver, se escucharon los gritos alarmados de las mujeres: Arnulfo Benavides, el esposo de Mariela, una prima de Ana, estaba tirado sobre la mesa.

Orlando Tapias, amigo cercano de Carlos, fue el primero en reaccionar. Levantó con cuidado el cuerpo y vieron que Benavides trataba de mover los brazos y decir algo, pero finalmente colapsó. Rápidamente, don Edmundo, tío de Carlos y el más viejo de la reunión (y bastante acostumbrado a lances de mayor envergadura), indicó con toda calma que en esos casos lo mejor era llamar de inmediato a una ambulancia.

En menos de cinco minutos, un equipo de paramédicos había acudido al lugar. El jefe de los paramédicos indicó que Arnulfo Benavides estaba muerto, por lo tanto, el asunto era tema de la policía, a la cual él mismo llamó.

La policía llegó aún más rápido que los paramédicos. Eran 3 oficiales: el inspector Buonafaz y sus dos jóvenes ayudantes, los agentes Carbonell y Ada Escualo. Buonafaz era un hombre curtido en estas lides, estaba impecablemente vestido, incluso podía verse más elegante que cualquiera de los invitados. Su atuendo contrastaba con el modesto uniforme policial de sus dos ayudantes.

—Buenas noches, soy el inspector Buonafaz. Que nadie se mueva. Ada, por favor, toma fotografías de la escena y de todos los asistentes. Carbonell, ve registrando los nombres de cada una de las personas que están en este lugar, incluido el del occiso.

Buonafaz se movía por toda la escena con la misma soltura con la que un almirante se movería por el puente de un navío de guerra. Comenzó a hacer preguntas, en especial a los anfitriones y a la esposa del asesinado. Luego les pidió que hicieran una fila.

—Estimados, mis largos años de experiencia como miembro de la policía me permitirán en menos de 10 minutos encontrar al culpable del crimen. Cuento con las más sofisticadas herramientas de investigación, así como también con la mente más brillante en materia de resolución de misterios. Ada, por favor, procede.

La joven ayudante (una chica atlética, de cabellos rojos y gafas oscuras) fue oliendo, como si fuera un sabueso, a uno por uno de los allí reunidos.

—Los paramédicos y los del catering pueden retirarse. El agente Carbonell se encargará de colocarles un brazalete blanco en la mano izquierda, de modo que nos servirá para contactarlos en los próximos días —indicó con voz grave y solemne el inspector Buonafaz—. Ada, ¿ya tienes indicios de quiénes son los responsables?

Sin decir palabra alguna, Ada seleccionó a 3 personas de entre los invitados para que dieran un paso al frente (2 hombres y una mujer).

—Muy bien, aquellos que no fueron seleccionados, pasen con Carbonell, que les dará un brazalete verde, de modo que podrán retirarse, aunque se les recomienda no salir de la ciudad en los próximos 14 días.

En cuanto a los 3 restantes, se les pondrá un brazalete negro y Ada procederá a realizar un examen más profundo.

La policía pelirroja tomó la mano derecha de los 3 sospechosos, la olió con más cuidado, por ambos lados. Hizo el mismo procedimiento con la izquierda. Caminó enfrente de ellos y luego los rodeó. Finalmente, puso una mano en el hombro de uno de los caballeros.

—Gracias, Ada. Ustedes dos pueden retirarse. Nos quedaremos con el sindicado que Ada ha seleccionado.

—Este es Rogelio Araujo —indicó Carbonell—, amigo de los López Salcedo.

—Señor Araujo, mi equipo ha concluido que usted es el asesino de Arnulfo Benavides. Por lo tanto, procederemos a arrestarlo.

—Esto es un atropello —replicó Araujo bastante enojado—. ¿En qué se basan para acusarme?

—En una corte legal es donde un Tribunal de Justicia establecerá los motivos y la validez de las pruebas de este crimen. Ahora bien, ADA jamás se equivoca. Ella puede oler a kilómetros a un delincuente, en especial a los homicidas. Si ella indica que usted es el responsable, estoy, pues, en la obligación de darle captura y sacarlo de circulación en una penitenciaría a modo de detención —replicó con gesto de hastío Buonafaz, como si dar esa explicación estuviera de más.

—Esto es completamente kafkiano —vociferó Araujo—. Conozco mis derechos, puedo llamar a un abogado.

—Nadie tiene derecho a asesinar a otra persona —replicó Ada—. El occiso huele claramente al gas kriptón, que es bastante raro, pero letal. En sus manos hay un leve olor al mismo gas, que se sabe es usado por espías de potencias extranjeras para eliminar enemigos; sin embargo, aparte del olor, usted también tiene un microtatuaje en la mano izquierda, visible únicamente con luz ultravioleta, que es usual en  operativos de la URSS: una hoz con un martillo. Pero gracias a mis gafas puedo verlo fácilmente y, lo más importante:

Yo he sido diseñada cuidadosamente para resolver este tipo de crímenes y misterios, de modo que NUNCA fallo. Es más, permítame abrir un cajón de esta estancia. Allí hay un papel, escrito con una máquina Remington.

Llamaron al anfitrión para que abriera un cajón de una mesa de decoración de la sala, que estaba cerrado con llave.

El mismo anfitrión leyó con cuidado la hoja mecanografiada con membrete del departamento de Justicia de Aragca, además de las firmas y sellos de 4 Magistrados y 2 forenses de la Corte Superior: 

"El asesino es Rogelio Araujo, ex-espía soviético".

Araujo intentó escapar al ver la misteriosa hoja, pero Carbonell, en un rápido movimiento, lo puso fuera de combate y le colocó esposas en pies y manos.

"Caso resuelto. No existe crimen que no podamos resolver", dijeron al tiempo los 3 policías mientras hacían una complicada pose fotográfica, como si fueran un equipo de superhéroes de los años 30.


Los archivos Carbonoir I

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